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Revista de Prensa: Artículos

jueves, 28 de mayo de 2015

La destrucción de documentos y archivos: una tragedia silenciada para la Seguridad de los Estados

Josefa Izquierdo Alberca
Analista del IEEE


 

Artículo cedido por:


Resumen

La destrucción deliberada de los documentos y los archivos es una práctica habitual en las situaciones de conflicto, pero pasa desapercibida frente a la fuerza de las imágenes de la destrucción de monumentos y edificios.

A pesar de la normativa jurídica vigente, la comunidad internacional debe prestar más atención a la protección de los archivos como centros custodios esenciales para la seguridad humana y la salvaguarda de la memoria individual y colectiva.

LA DESTRUCCIÓN DE DOCUMENTOS Y ARCHIVOS: UNA TRAGEDIA SILENCIADA PARA LA SEGURIDAD DE LOS ESTADOS

Las noticias sobre la destrucción del patrimonio cultural son frecuentes en los medios de comunicación, tanto si se refieren a los efectos de los desastres naturales, como es el caso del reciente terremoto de Nepal, como si son de carácter intencional. Estos últimos, vinculados históricamente a los conflictos sociales y armados, han tenido recientemente gran resonancia tras las imágenes de la destrucción de los yacimientos arqueológicos iraquíes por parte del Daesh.

Sin menoscabo de la condena que merecen estos actos, conviene también llamar la atención sobre la destrucción deliberada y silenciosa del patrimonio documental que guardan los archivos. Se trata de una práctica deliberada y que a menudo pasa desapercibida ante los ojos de la opinión mundial porque no va acompañada de la fuerza de las imágenes. Sin embargo, la destrucción de archivos y documentos es una práctica habitual en las guerras y tiene un impacto directo, no solo en la memoria de un país o una cultura, sino también y directamente en los derechos individuales de los habitantes y, por lo tanto, en la seguridad de los Estados.

1. La "fórmula Arria".

La destrucción de la biblioteca de Sarajevo en 1992, durante la guerra de los Balcanes, marcó un antes y un después en la percepción de la destrucción del patrimonio cultural como un objetivo al servicio de la limpieza étnica. Durante ese conflicto en Croacia fueron dañadas 188 bibliotecas, de ellas 43 totalmente destruidas; de los 13 servicios de archivos croatas, 8 fueron directamente tocados por los proyectiles y 4 de ellos seriamente dañados, fuero eliminados también miles de documentos y las severas condiciones de conservación del material protegido y conservado en los archivos fue una víctima más en el conflicto.

Sin embargo, hoy son escasas las noticias relativas a los archivos. Apenas hay referencias a la destrucción del patrimonio documental de un Estado, ni tan siquiera cuando se da cobertura informativa a desastres naturales de gran impacto, como en el caso del huracán Mitch en Honduras, o el terremoto de Nepal.

La retrasmisión o publicación de la destrucción intencionada de obras de arte, monumentos históricos o bibliotecas se graba con fuerza en la retina de millones de personas porque se trata de acciones que conllevan una fuerte carga simbólica: al destruir los budas de Bamiyan en Afganistán, los toros alados de Nínive o los manuscritos de Tombuctú se intenta una estrategia global para hacer desaparecer una cultura y una civilización borrando sus vestigios.

La preocupación de Naciones Unidas por la destrucción y el expolio del patrimonio cultural que Daesh realiza en Irak ha conseguido ya un encuentro el pasado mes de abril entre INTERPOL, la directora general de la Unesco y los representantes jordano y francés del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Este encuentro se ha llevado a cabo bajo la fórmula Arria, esto es, como una reunión informal entre algunos miembros del Consejo de seguridad de Naciones Unidas e invitados ajenos a la organización. Este tipo de reuniones son una modalidad que el embajador de Venezuela en Naciones Unidas, Diego Arria, inició en 1992 en el contexto del conflicto de Bosnia, cuando un sacerdote bosnio se dirigió a Nueva York y solicitó personalmente hablar con algunos miembros del Consejo. Solo el embajador Arria se prestó al encuentro y su impresión fue tal que invitó a más miembros a escuchar los testimonios del sacerdote. Hoy, bajo esta fórmula, se producen encuentros mensuales entre los miembros del Consejo y los agentes sociales como una interesante fórmula que aúna formalidad e informalidad y facilita el intercambio de información.

En la reunión del pasado mes de abril, se trató el tráfico ilícito de objetos artísticos como fuente de financiación de los grupos terroristas. INTERPOL ha desarrollado una base de datos para contribuir a frenar la imparable sangría de expolio artístico en Irak y Siria. Aunque sin mención concreta alguna a la necesaria protección del patrimonio documental que custodian los archivos de estos países, se planteó la necesaria cooperación entre fuerzas policiales y entidades privadas para acabar con el tráfico ilegal de obras de arte robadas. Por su parte, Irina Bukova anunció la convocatoria del posterior encuentro entre arqueólogos, historiadores y escritores con el objetivo de buscar fórmulas para detener la "oleada de destrucción patrimonial que azota Iraq, Siria y otros países en conflicto" y que, en sus palabras, "acentúa la desintegración de las sociedades y se expande como una peste en otros países, en Mali, en Libia, en Yemen".

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