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Dirección y Gestión de la Seguridad Global.

 

Revista de Prensa: Artículos

jueves, 26 de noviembre de 2015

Inseguridad o seguridad utópica

Jesús González Álvarez
Director de Seguridad. Gestor, asesor y consultor de seguridad. Gestor del cumplimiento normativo. Creador de contenidos especializados


Desde hace mucho tiempo, a diario y con demasiada frecuencia, en los diversos medios de comunicación aparecen abominables noticias relativas a:

  • Ajustes de cuentas entre bandas de delincuentes.
  • Mafiosos que acribillan a los miembros de otra familia.
  • Campesino que dispara, con su escopeta, al vecino por un problema de lindes.
  • Marido que mata a su pareja actual o anterior y, en ocasiones, se suicida con la misma arma.
  • “Personas normales” que “se lían a tiros” en centros de enseñanza, supermercados, campamentos, por disputas de tráfico, a compañeros de trabajo, etc.
  • Terroristas dispuestos a disparar, “a sangre fría”, en la nuca a un político o asesinar a varios ciudadanos.
  • Activistas capaces de detonar explosivos (artefacto, vehículo, cinturón), aun sabiendo que supone su propia muerte.
  • Ejércitos particulares al servicio de narcotraficantes, señores de la guerra, etc.
  • Grupos paramilitares al servicio de ideales, personas o entidades variopintas.
  • Empresas privadas “de seguridad” y mercenarios al servicio de gobiernos, particulares, grupos políticos, etc.
  • Ejércitos irregulares al servicio del nuevo estado islámico ISIS con capacidad de actuación en cualquier lugar del mundo.
Estos son algunos ejemplos de las amenazas que se ciernen sobre todos los ciudadanos normales y corrientes, que solamente desean vivir en paz y tranquilidad, es decir: trabajar, disfrutar del ocio, criar a su familia, jubilarse, etc.  
 
Pero la situación parece avanzar en sentido contrario, pues las estadísticas nos corroboran que la violencia de género no decrece, todos los tipos de delincuencia aumentan, los tiroteos se repiten en cualquier país, surgen nuevos actores (lobos solitarios), el terrorismo se ha globalizado y ya nos afecta a todos, los conflictos y guerras llegan a nuestras inmediaciones continentales (caso de Ucrania, las primaveras árabes) y sus consecuencias (refugiados de Siria y otros países) traspasan cualquier frontera o delimitación territorial.
 
Si analizamos la relación de todos los actos ilícitos enumeradas, podemos comprobar que todos comparten un mismo denominador común: el uso de armas de fuego en sus fechorías. Por tanto, aplicando la lógica matemática, podemos deducir que si despejamos ese factor común (que no es incógnita) desparece la ecuación y lograremos una igualdad equivalente a menor violencia y mayor seguridad.
 
Pero, ¿quién asume la responsabilidad de resolver el problema?. No he oído decir a ninguna persona que no desee la paz, pero todos fruncen el ceño pues la perciben como una utopía, quizás fruto de una concienciación permanentemente y con intenciones manipuladoras por parte de nuestros políticos, gobiernos, medios de comunicación, empresas, etc. Es decir, las personas que hemos elegido para que nos representen y proporcionen el anhelado bienestar no han sido capaces de reconducir las situaciones perniciosas e incluso, con sus desaciertos, han conseguido crearnos mayor inseguridad (como está ocurriendo ahora mismo).
 
Hasta la fecha se han aplicado reiteradamente “soluciones de fuerza”, es decir, ante los medios de los agresores hay que reaccionar con mayor contundencia: más presencia policial, colaboración del ejército, bombardeos selectivos (drones) y masivos (aviones), alianzas impensables, etc. La mayoría son arrebatos mediáticos (justificación para el político de turno), irracionales (no están fundamentados en análisis reales) e ineficaces para acabar con los factores de riesgo que seguirán latentes hasta que resurja  la ocasión propicia.
 
Los más dañinos atentados perpetrados por creyentes islamistas han ocasionado 3.350 víctimas mortales (Nueva York: 2.977, Madrid: 191, París: 130, Londres: 52) y cuantiosos daños materiales. Los autores suelen ser personas de barrios marginales, de escasos recursos, fácilmente influenciables y que “no tienen nada que perder”, es decir, no encontramos adinerados dispuestos a inmolarse, aunque sí a financiar el estado del terror. Y esta desigualdad social sería la primera causa del terrorismo indiscriminado; por tanto, un individuo “sin nada que perder” y con acceso fácil a armamento (anteriormente analizado) constituye un peligro inminente en cualquier lugar del mundo para los ciudadanos indefensos que solo queremos PAZ.
 
Muchas son las soluciones que han adoptado nuestros gobernantes (asesorados por sus consejos de expertos, militares laureados y condecorados, gurús reconocidos, consultores estratégicos, agentes inteligentes, etc.): más vigilantes y controles en aeropuertos, leyes y pactos antiterroristas, congelación de cuentas bancarias, arresto de captadores y muyahidines, confinamiento en Guantánamo, alianzas internacionales, invasión de países, etc. Ahora, si nos preguntamos ¿qué ha cambiado desde el 11-S de 2001? y ¿han sido eficaces las medidas adoptadas?, obtenemos la descorazonadora y perversa respuesta: en 14 años se ha expandido el estado del terror a todo el mundo. Es decir, lejos de mejorar la situación ha empeorado; igual llegó el momento de preguntarse si hay que cambiar de rumbo (imaginar nuevas acciones), buscar nuevas opciones (individuales y colectivas), sustituir nuestros gobernantes (por su incapacidad demostrada), etc.
 
Ante esta situación, creo conveniente aportar mi grano de arena, aunque a muchas personas les parezca una utopía, entendida según las dos acepciones de la RAE: como un plan deseable que parece de muy difícil realización y como una representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. Expongo mis ideas, propuestas, soluciones, ilusiones, etc. no importa la denominación y si su aceptación e implantación.
 
  • Adoptar decisiones políticas a favor de los ciudadanos (mantener la paz sin violencia, conseguir rebajar la desigualdad en el mundo, erradicar la pobreza, etc.), sin dar prioridad a intereses económicos defendidos por lobbys, especuladores (con semillas, cosechas, materias primas, etc.), grupos de inversión, grandes empresas o corporaciones, etc., todos con intereses abyectos.
  • Unirse todos los países contra quienes amenazan nuestra convivencia, sean particulares, células, comandos, grupos, facciones, paramilitares, ejércitos,… nacionales o internacionales, locales o extranjeros, aliados o no aliados, etc. Debemos exigir a las organizaciones internacionales, creadas expresamente para estos fines, que funcionen realmente y se impliquen contra el objetivo común.
  • Intervenir en los países en guerra para obligar a la paz, hacer elecciones democráticas (libres, transparentes) y que gobiernen los elegidos por la mayoría. Todo el proceso estaría organizado y supervisado por la ONU, OTAN y sus organismos (cascos azules, observadores, asesores, etc.) como garantes de la paz mundial, no en defensa de los intereses de los países más poderosos.
  • Las policías y ejércitos se deberían dedicar a mantener la paz en sus demarcaciones, retirando todo tipo de armas y municiones a los civiles, particulares, grupos organizados, paramilitares, ejércitos particulares, etc. Dichas armas serían destruidas o reutilizadas para uso exclusivo de las fuerzas autorizadas.
  • Cesar en la fabricación de armas (desde una pistola a un carro de combate) y sus municiones respectivas, excepto las necesarias para cuerpos de seguridad pública y privada, militares y particulares amenazados. En determinados casos se podrían equipar a los agentes con pistolas eléctricas, munición de goma o plástico, etc.
  • También abarcaría los explosivos, tanto materias como componentes de objetos (granadas, cohetes, bombas, obuses, torpedos, misiles) que no tengan una aplicación industrial: minería, túneles, canteras, etc.
  • Prohibición de la venta de armas a países no comprometidos con la democracia y el respeto de los derechos humanos. Es ilógico e incomprensible que algunos países vendan armas y proyectiles a una parte en conflicto (aliados por conveniencia) y, al cabo de un tiempo, acaben combatiendo contra sus clientes; es decir, las armas serán usadas por el enemigo contra quienes las han producido.
  • Erradicar falsas percepciones y conductas mitificadas. Por ejemplo, en numerosas ciudades, se puedan comprar armas (pistola, revólver, fusil, escopeta, etc.) en el mercado negro o, sin excesivos requisitos, en comercios autorizados. No debemos percibirlo como algo normal ni aceptarlo porque se difunde en la prensa, se generaliza en las películas, se tolera por las administraciones, se crean falsos mitos, etc.
  • Aumentar las penas para los delitos relacionados con la apología del terrorismo (amparándose en creencias religiosas u otros ideales), en cualquier instalación (iglesia, mezquita, oratorio), medio de comunicación (prensa, redes sociales) u otras manifestaciones: asociaciones, partidos políticos, etc.
  • Incrementar los controles sobre las armas privadas: para caza, seguridad privada, agentes forestales, particulares, etc. Permanecerían depositadas en instalaciones policiales o de empresas de seguridad, desmontadas por piezas, una de las cuales (fundamental para su funcionamiento) estará bajo custodia del titular. Serán retiradas exclusivamente para la práctica de la actividad.
  • Reducción del tiempo y detalles de la información (en televisión, redes sociales, etc.) generada en actuaciones terroristas; es decir, los ciudadanos no necesitamos imperiosamente ser conocedores de la evolución y pormenores de las operaciones para que nos radien minuto a minuto y extensamente los hechos. Por contra, este exceso de información puede ser utilizado por los delincuentes para saber dónde actúa la policía (establece controles, organiza asaltos, etc.), avisar a compinches, conseguir apoyos, huir en otras direcciones, permanecer ocultos, reorganizarse, etc.
  • Exigir a las empresas proveedoras de servicios de comunicaciones e internet (operadores de telefonía, servidores, navegadores, redes sociales, mensajería, etc.) que impidan el uso de dichos medios en lugares y países, a determinados usuarios y organizaciones, etc. Resulta curioso que se tolere el empleo de recursos alegales para conseguir estos fines y para otros sean perseguidos.
Recientemente, nuestros antepasados han sufrido la guerra civil y el recorte de libertades posterior; los ciudadanos que han pasado de los 50 años han soportado el terrorismo nacional (bandas ETA y GRAPO) durante más de 40 años y el futuro nos augura un largo recorrido en compañía del terrorismo internacional, que también están padeciendo y padecerán nuestros descendientes. ¿Vamos a hacer algo para cambiar ésto?. Quienes nos han gobernado desde hace más de 80 años en el mundo no lo han conseguido, igual hay que buscar otros líderes dispuestos a luchar por la paz y seguridad empleando otros métodos y procedimientos, quizás imitando la "Convención sobre la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonal y sobre su destrucción", en vigor desde el 1 de marzo de 1999.

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