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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

viernes, 1 de abril de 2016

Un ejército de niños que educar

Berta G. De Vega
Redactora en El Mundo


¿Cree, como dijo Ada Colau, que los militares no tienen que estar en el Salón de la Enseñanza?

Muchos jóvenes la desmienten. Proliferan los campamentos militares para menores que quieren corregirse o disciplinarse.


A los campamentos militares se apuntan chicos y chicas, que reptan por el barro y se tiran por
terraplenes. También les enseñan disciplina y a respetar la bandera

Irene Domenéch, estudiante de 2º de Bachillerato de 17 años, no tiene referencias bélicas para explicar su vocación militar. Por eso, cuando se le pregunta por qué le apasiona la vida militar, responde con un sencillo "para servir a mi país".

Irene, catalana, no asistió al stand que las Fuerzas Armadas instalaron en la feria educativa, que se ha hecho célebre por el gesto antimilitarista de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. La cita que no se perdió la joven, en cambio, fue la que le permitió el pasado verano hacer una singular mili en el centro de vacaciones del embalse de Benagéber, en Valencia, organizado por AVIME 1537, Asociación de Veteranos de Infantería de Marina de España. Había muchos niños y jóvenes: 82. Y ocho chicas. "Nos trataban a todos por igual", remarca la joven Irene.

En España hay, aunque se desconozca, un ejército de niños y adolescentes que buscan educación militar. Aunque a Ada Colau no le gustó que el Ejército estuviera esta semana en el Salón de la Enseñanza de Barcelona, lo cierto es que en la caseta de las Fuerzas Armadas había colas de chavales para interesarse por una carrera militar. No sólo eso. En tiempos de vacaciones escolares hay chicos -también chicas- cuyas familias pagan porque se pasen 15 días levantándose a las siete de la mañana, izando la bandera, reptando en el barro, tirándose por terraplenes, vestidos de uniforme militar. Tienen los cuartos perfectamente ordenados, las camas hechas sin arrugas y la ropa lavada a mano con pastillas de jabón. Sin ver un solo dispositivo electrónico. Fuera móviles, consolas y tabletas. Para algunos, es un premio por las notas. Para otros, la prueba del algodón de una vocación militar que creen afianzada por lecturas, documentales bélicos y destreza en los juegos de estrategia de ordenador. Llegan con la teoría. Se tienen que acoplar a la práctica. A veces, los hay que lloran durante dos días. Pero casi ninguno abandona.

Hay más, el campamento Tercios de Lezo -así se llama el que se celebra este año en el embalse de Valencia-, es uno de los más veteranos. Dionis Ruiz, un ex boina verde, diseñó el programa en 2012, la pista militar de entrenamiento y reclutó a veteranos de Infantería de Marina como instructores. Este año lo hará por su cuenta. Este año, lo hará por su cuenta. Ha escogido Tercios de Lezo como nombre para su nueva aventura, a la que se han apuntado ya niños de ediciones anteriores. En otros campamentos aprenden robótica o idiomas y practican deportes. La oferta educativa de este es saber lo que es el respeto, el compañerismo, el honor y la disciplina. No ocultan que se le rinde honor a la bandera española y "lo que representa". Pero está prohibido hablar de política.

María Fernanda Lozano, ingeniera, mandó a Miguel, su hijo de 17, hace dos años. Repitió. Quiere entrar en la Academia de Zaragoza. Su afición por lo militar comenzó con los documentales sobre la épica del desembarco de Normandía, siguió con los libros y con juegos de estrategia. Tiene dos amigos con las mismas aspiraciones. El campamento le puso a prueba. Allí se encontrará con compañeros de un perfil muy variado. Incluso extranjeros, como un estadounidense que en su país es cadete de la Fuerza Aérea, una posibilidad que también existe en Reino Unido, donde son militares en activo los que organizan las actividades de 41.000 niños vestidos de uniforme, en Tierra, Marina y Aire.

En España, el Ministerio de Defensa no tiene nada programado para menores. De ahí el éxito de campamentos como el de Valencia, donde van de todo el país y de entornos sociales muy diferentes. "Pero allí, de uniforme, ayudándose todos en las pruebas, esas diferencias no existen", explica Irene Doménech, 17 años, una de las pocas chicas que acudieron el año pasado y que sueña con entrar en junio en la Academia de Zaragoza. Ahora se afana en sus estudios en Burgos. ¿Eres distinta a la mayoría de las chicas? "Soy más dura".

Las ocho chicas dormían separadas de los 82 chicos que acudieron el año pasado pero, el resto del día, estaban juntos. Irene dice que no sabe lo que es el machismo: "Nos trataban a todos por igual". Ella es dura pero -cuenta Dionis Ruiz- otra chica llegó al campamento arrastrando problemas en el colegio, donde se metían mucho con ella. Después de esos 15 días de curso nadie le tosió.

El campamento transforma, según el ex boina verde. "Cuando llegué no tenía ganas de estudiar, no me relacionaba bien con mis padres y ahora quiero sacarme el graduado y poder entrar en el Ejército", explica Nacho Aguilar, de Valencia, que está deseando que llegue agosto y poder ir por cuarta vez. "A veces te piden que hagas algo, y piensas: ¿Están locos? Y la satisfacción es enorme cuando lo consigues".


Jóvenes en el 'stand' del Ejército en el Salón de la Enseñanza

Fuerte de mente

"Lo mejor es la fortaleza mental con la que sales", confirma Irene. Desde que estuvo se ha aficionado a correr. Le daban pánico las alturas, pero se propuso bajar por una pared y lo hizo. "Lo primero que te enseñan es a no dejar a nadie atrás", tercia Nacho Aguilar, con 18 años. A veces se escuchan gritos de ánimo en las pruebas más exigentes: "Olé tus cojones". U ovarios.

Hay disciplina. No se tolera contestar de mala manera a los instructores. Ni fumar. Las camas tienen que estar sin una arruga, las habitaciones perfectamente limpias y recogidas. Nacho, desde que fue al campamento, se hace su cama: "Antes, llegaba del colegio y me tumbaba. Ahora me siento en una mesa y hago los deberes. Hablo con mis padres, porque me enseñaron a valorar la familia". Para él, lo más duro no fue ninguna prueba física, sino "tener que acatar órdenes".

Miguel, Irene y Nacho han hecho allí muy buenos amigos. Ella dice que más que en los 10 años anteriores. Comparten historias de campamento, no de mili. Miguel quiere entrar en el Ejército porque, dice, es la manera más segura de, al acabar, tener un trabajo con 23 años. Estuvo hace unos días en Aula, el salón educativo de Madrid y, como en Barcelona, había colas en el stand del Ejército. A lo mejor Ada Colau no cayó en eso. En los chavales que quieren la seguridad de un empleo. Militar incluso.

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