Ver Suplemento Temático...


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

martes, 28 de junio de 2016

El patriotismo en las escuelas

José Antonio Marina
Filósofo, ensayista y pedagogo español


Foto: ¿Debe la escuela fomentar el patriotismo? (CC)
¿Debe la escuela fomentar el patriotismo?

Una de las críticas que se hacen con frecuencia a nuestro sistema educativo es que lo componen en realidad 17 sistemas, lo cual provoca que algunas voces reclamen la devolución al Estado de las competencias educativas. Me parece una pretensión tan improbable que no merece la pena gastar energías en luchar por ella. Sobre todo, porque los problemas que puede plantear esa fragmentación tienen solución educativa. La descentralización, en principio, no tiene por qué ser mala. En España hemos copiado el modelo francés, que alardeaba de que a la misma hora todas las escuelas de Francia estaban dando la misma lección. En cambio, en Reino Unido no hubo un 'curriculo nacional' hasta 1998. Las evaluaciones PISA, que sitúan la educación española en una posición mediocre, señalan también que algunas comunidades autónomas ocupan puestos por encima de la media, mientras que otras se descuelgan. Castilla y León está a 30 puntos de Finlandia, pero Canarias está a 100.

Los conflictos con las CCAA suelen surgir por dos motivos: (1) en las comunidades que tienen lengua propia, por la enseñanza de los dos idiomas oficiales y (2) por utilizar la educación como medio para reforzar la identidad nacional de una comunidad.

El patriotismo como problema

Hoy quiero referirme a este segundo tema, que plantea un problema muy interesante a la filosofía de la educación: ¿debe la escuela fomentar el patriotismo? ¿Debe utilizarse para fortalecer la identidad nacional? Siempre ha sido así. En las instrucciones pedagógicas dadas por Jules Ferry, el ministro que organizó el sistema educativo francés, se puede leer: “Debemos sacrificarnos para defender a la patria; no hemos nacido para nosotros, sino para ella”. Littré, una de las figuras de la ideología de la República francesa, era tajante: la escuela debe “inculcar a los niños que hay que estar dispuestos a matar y a hacerse matar por la patria”. Durante toda mi infancia y adolescencia, tuve una asignatura que se denominaba Formación del espíritu nacional. Recuerdo que hace años seguí de cerca el debate sobre el currículo de historia en los Estados Unidos, un país que considera fundamental fomentar el orgullo nacional. Se discutía si la historia debería estudiar todo el pasado, o tan solo el pasado glorioso. Se trata, pues, de una preocupación universal.

Algunos autores afirman que la 'ciudadanía mundial' no es capaz de producir la energía emocional suficiente para animar a comportamientos generosos

Como rechazo a los hipernacionalismos que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, y también por el auge de los movimientos socialistas -que eran claramente internacionalistas-, el patriotismo comenzó a verse como un peligro. Libros como ‘Contra las patrias’, de Fernando Savater, ‘Identidad y violencia’, de Amartya Sen, o ‘Identidades asesinas’, de Amin Maaluf, alertaban a la ciudadanía sobre la facilidad con que las pasiones identitarias pueden salirse de madre. Martha Nussbaum -una gran pensadora, Premio Príncipe de Asturias- defendió en un brillante artículo que la educación debería fomentar una ciudadanía universal, cosmopolita, a salvo de los peligros identitarios. Dio origen a un debate que está recogido en el libro ‘Los límites del patriotismo’, que les recomiendo. Algunos autores sostuvieron que la 'ciudadanía mundial' no era capaz de producir la energía emocional suficiente para animar a comportamientos generosos. La globalización debería ser compatible con la localización, para evitar que hubiera una 'ciudadanía líquida', compuesta por individuos cosmopolitas, pero desarraigados.

Una unidad política superior

Supongo que el lector se dará cuenta de la dificultad del problema educativo que les planteo. Estamos en un mundo multicultural, globalizado, en el que las naciones necesitan integrarse en unidades más amplias, resucitando la vieja idea de 'imperio', que no era un 'superpoder', sino una estructura en la que múltiples naciones, culturas, lenguas, se integraban en una unidad política superior sin perder su identidad. ¿Debemos prescindir del patriotismo? ¿Debemos fomentar un patriotismo nacional, europeo, universal?

Michel Lacroix, en su libro ‘Éloge du patriotisme’, señala que la dificultad está en articular lo particular de la identidad nacional con la universalidad de las responsabilidades éticas. El nacionalismo extremado, dice, es el patriotismo reducido a su componente particularista. Se pasa de uno a otro en tres etapas. (1) El patriota construye una jerarquía moral en la que el valor 'nación' ocupa la cima; los otros valores (libertad, justicia, democracia, derechos del hombre, respeto a las otras patrias) son relegados. Charles Maurras lo dijo con claridad: “En caso de conflicto entre la patria y otros valores, estos deben ceder ante ella”.  (2) Se niegan esos valores universales, haciéndolos depender de cada cultura. Y (3) se borran las huellas de esa negación, convirtiendo a la nación en fuente suprema de derecho. Esa fue la deriva nazi. Como señaló Wilhelm Frick, ministro del Tercer Reich: “Para los nacionalsocialistas, el derecho es lo que sirve al pueblo alemán. La injusticia, lo que le perjudica”.

Una identidad transeúnte

Pero esta bajada a los infiernos del patriotismo no es ineluctable. Basta con mantener viva la relación con lo universal, que puede hacerse en un viaje de ida y vuelta. De lo universal se pasa a lo particular, para desde allí volver a lo universal. Pondré como ejemplo la obra de un artista. Todo gran artista ha construido una poderosa identidad personal, que, sin embargo, solo es comprensible dentro de la gran corriente universal del arte, de la que ha emergido. Pero su identidad artística no le condena a un encierro autosuficiente, sino que le permite -y le exige- colaborar con su obra al enriquecimiento de la tradición de la que nació. Una nación es una identidad transeúnte, un foco de energías creadoras que debe proporcionar algo al resto de la humanidad. Considerar la nación como un proyecto egocéntrico o, más aún, idolátrico, lo convierte en inútil o en peligroso. 

Por eso creo que la educación puede resolver los enfrentamientos entre identidad y universalidad, ayudando a comprender cuál ha sido el dinamismo histórico que ha llevado a la formación de culturas diferentes, cómo cada una de ellas ha tenido que resolver a su manera los mismos problemas y cómo su gran objetivo debería ser proporcionar a la humanidad, mediante el ejemplo, un brillante proyecto de mejora… para la humanidad. Universalidad-identidad-universalidad.

¿Qué aporta a la historia?

Bajando a la arena educativa, eso supondría seguir el proyecto ilustrado, iniciado por Kant en su maravilloso opúsculo ‘Historia universal desde un punto de vista cosmopolita’. ¿Qué aspira a aportar cada ciudad a esa historia? ¿Qué proyecto va a alumbrar? Lo que vale para los nacionalismos vale para otro fenómeno identitario que también plantea problemas educativos, la religión. No se trata de que cada una defienda sus derechos como si fueran un fortín, sino de mostrar de qué manera colaboran a una civilización más justa y más humana. No hacer una teología para creyentes, sino 'ad usum infidelium',  dirigida a quienes no lo son. Sobre este espinoso asunto ya les informé aquí.

Bien sé que nada de esto es fácil, pero la complejidad del mundo y la necesidad de articular soluciones novedosas a problemas eternos deben animarnos a profundizar.  

Esta noticia ha sido vista por 389 personas.