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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

miércoles, 4 de enero de 2006

Articulo Juan Eslava Galán. El Mundo. 31/12/05

Juan Eslava Galán
Escritor, autor de Una Historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie


En las trincheras de la Primera Guerra Mundial la tensión nerviosa diezmaba regimientos enteros, cuando la aparición de la alambrada, la ametralladora, los gases tóxicos y los obuses de metralla terminaron con la guerra tradicional, mucho menos cruenta, y obligaron al infante a permanecer durante días y semanas en zanjas, aguardando la muerte.

Había que distraer al soldado, ofrecerle alicientes para vivir, aliviar sus deprimentes imaginarias con alguna actividad agradable.Entonces surgieron las madrinas de guerra, corresponsales voluntarias que escribían al soldado largas cartas y, sobre todo, que recibían cartas del soldado. La redacción y la espera de la respuesta se mostraron una medicina casi milagrosa contra las depresiones y la «fatiga de trinchera». Lo que al principio comenzó espontáneamente fue prontamente estimulado por las autoridades militares cuando advirtieron que esa correspondencia elevaba la moral de los soldados.En la prensa francesa menudearon peticiones de militares, especialmente en el patriótico La Vie Parisienne. Algunos soldados llegaron a tener varias madrinas. Muchas de las madrinas no se conformaron con un solo soldado y extendieron su correspondencia a varios.Era una correspondencia no necesariamente amorosa, aunque, por supuesto, lo que el soldado esperaba era conocer personalmente a la chica con la que intercambiaba coincidencias durante un permiso y quizá llegar a algo con ella. Hay postales de la época muy sugerentes que nos muestran al soldado, al entrañable poilú, en amoroso diálogo con su corresponsal o incluso encamado con ella. También se hacían regalos en cumpleaños, Navidad o fechas señaladas. Las madrinas enviaban a sus ahijados paquetes con comida o ropa de abrigo, a menudo tejida por ellas mismas. A cambio recibían alguna obra de artesanía en la que los soldados invertían sus horas muertas: broches confeccionados con esquirlas de metralla, lapiceros a partir de cartuchos de balas, monederitos con carcasas de granadas de mano...

La costumbre de las madrinas de guerra se transmitió a España durante las guerras de Marruecos. En la prensa española de la época menudean las peticiones de madrinas de guerra por parte de soldados destacados en tierras africanas. La institución ganó popularidad hasta el punto de que Miguel Mihura publicó en 1922 una comedia en dos actos titulada La madrina de guerra.

Durante la Guerra Civil hubo muchas madrinas en el bando nacional y no tantas en el republicano, donde la institución no fue estimulada desde el mando por miedo quizá a la quinta columna fascista, porque un aumento significativo de la correspondencia con retaguardia desbordaría de trabajo de la censura militar que leía todas las cartas del frente.

En el bando nacional muchas jóvenes falangistas y margaritas navarras aceptaron con entusiasmo la labor de este madrinazgo como una contribución de la mujer al triunfo de las armas nacionales.En una carta del teniente médico Mariano Clavero a su madrina Carmen Sánchez (que amadrinó a docenas de soldados en la Guerra Civil) leemos: «La madrina no la concibo de otro modo: un poquitín de madre; otro poquito de hermana de la caridad; otro poquillo novia; y un 98% de amiga leal». Dada la época y la censura, no se concebía gran intimidad en estas cartas que aparecen plagadas de frases hechas y apenas se atreven con tímidas expresiones de cortejo. Sin embargo, cuando el soldado conseguía un permiso procuraba alcanzar una mayor intimidad con la madrina, a veces mediante cierto chantaje sentimental: «¿Cómo puedes ser tan severa conmigo? Déjame propasarme un poquito, que pasado mañana vuelvo al frente y al otro puedo estar muerto». Grave razón que algunas veces ablandaba resistencias berroqueñas.

Las madrinas de guerra republicanas, desarrolladas sólo, y tímidamente, a partir de 1938 (quizá por el mal recuerdo que habían dejado las milicianas alistadas en la primera hora), tuvieron un carácter muy distinto. En lugar de escribir cartas visitaban el frente para lavar la ropa de los soldados o cocinar para ellos, un poco al estilo de las soldaderas popularizadas por la revolución mejicana.

En cualquier caso unas y otras, rojas y azules, contribuyeron eficazmente al guardarropa del soldado en talleres de confección del socorro de invierno. En la guerra se dieron muchos amores imposibles de soldados con sus madrinas, pero también es cierto que del madrinazgo salieron muchos noviazgos serios que después acabaron en matrimonio.

Fuente: El Mundo
Fecha: 31/12/05

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