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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Artículos

viernes, 15 de septiembre de 2006

Articulo Felipe Sahagún. www.elmundo.es. 11/09/06

Felipe Sahagún


 

El 11-S y sus secuelas han sido el acelerador de los principales cambios internacionales que se iniciaron tras la Guerra Fría, como el rearme y el nacionalismo

Más que una ruptura del sistema internacional en formación de la Posguerra Fría desde la caída del Muro de Berlín, el 11-S y sus secuelas han sido un gran catalizador de los cambios principales iniciados al final de la Guerra Fría.Las respuestas a los atentados han acelerado los movimientos tectónicos geopolíticos de finales del siglo XX y han reactivado tendencias, como el rearme o el nacionalismo, que habían empezado a debilitarse en algunas zonas del planeta.

Han acelerado la globalización y, a la vez, su cuestionamiento por parte de los perdedores o víctimas de ese proceso. Pocos lo han entendido mejor que Osama bin Laden. Basta ver dónde coloca su fusil durante las entrevistas, apuntando desde el Indico al bajo vientre del mapa mundi.

Han acelerado el surgimiento de China y de la India como nuevas superpotencias en ciernes. Mientras Occidente, dividido como siempre, derrocha dinero y esfuerzos en derrotar a un enemigo mal definido con una estrategia de eficacia dudosa, China asegura por todo el planeta las fuentes de materias primas indispensables para su consolidación como superpotencia.

Han acelerado la proliferación nuclear y de otras armas de destrucción masiva en los países que se sienten o han sido, de hecho, incluidos como graves amenazas internacionales en la estrategia de seguridad estadounidense.

Mientras Occidente pierde el tiempo en frenar el número de centrifugadoras en poder de Irán, Pakistán sigue adelante con la construcción de un reactor de plutonio de 1.000 megavatios en Jushab que, en pocos años, permitirá a los sucesores de Musharraf, tal vez extremistas islámicos, producir de 40 a 45 bombas atómicas cada año. Multiplicará así por 20 su capacidad nuclear actual.

Washington se lo está permitiendo porque le sigue necesitando en la persecución de Al Qaeda.

Han acelerado el distanciamiento entre Estados Unidos y muchos de sus aliados europeos que quedaron relegados o fueron ignorados en la intervención de EEUU, en una coalición ad hoc, contra el régimen talibán afgano.

Han acelerado la guerra civil entre musulmanes moderados y radicales, y entre el mundo chií, dirigido por la teocracia iraní, y el mundo suní, que ha encontrado en la invasión de Irak el regalo estratégico más importante que se podía hacer a Irán, adversario histórico de Arabia Saudí en el ámbito religioso y de Irak en la lucha por la hegemonía regional en el Golfo Pérsico, principal fuente mundial de petróleo al menos hasta mediados del siglo XXI.

Irán ha utilizado brillantemente el conflicto palestino-israelí para abanderar en el Líbano y en Gaza una de las pocas causas que unen a suníes y chiíes. Así diluye el temor creciente en los principales países árabes a la influencia regional imparable que, gracias al tremendo error estadounidense en Irak, está ganando el régimen iraní.

Han convertido el islamismo yihadista, hasta el 11-S un nicho ideológico reducido, en un movimiento telúrico con una capacidad de arrastre comparable al del comunismo tras la revolución bolchevique y, por sus connotaciones religiosas, posiblemente más peligroso.

Han acelerado el rearme iniciado por EEUU en la segunda mitad de los 90. Sus gastos militares, que antes del 11-S representaban un tercio del gasto mundial, representan, cinco años después de los atentados, más de la mitad del gasto mundial.

Han acelerado la formación de nuevas alianzas entre las grandes potencias frente al hegemón estadounidense en cumplimiento exacto de la tendencia histórica observada, en el último capítulo de su libro Diplomacia, por Henry Kissinger cada vez que, en la historia moderna y contemporánea, un país se ha convertido en superpotencia única.

Ante la imposibilidad de hacer frente con éxito a EEUU y a sus aliados con medios convencionales, se han multiplicado los ataques terroristas y la guerra tradicional ha dejado paso a docenas de guerras asimétricas donde se confunden los actores estatales y no estatales, los combatientes civiles y militares, sin límites en el campo de batalla y sin respeto alguno de las normas más elementales que, con tanto sacrificio, se habían venido elaborando desde finales del siglo XIX.

Han acelerado el deterioro de las organizaciones internacionales y del derecho internacional, y han dejado obsoletas las reglas del sistema construido sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial.

Estos cambios habían comenzado, de forma más o menos visible, mucho antes del 11-S, pero las respuestas de la Administración Bush y de los demás actores internacionales al 11-S los han intensificado.

Como señala Ivo H. Daalder, de la Brookings, en la aceleración de los cambios hay vencedores y perdedores. Entre los primeros se encuentran el yihadismo, estados desestabilizadores como Irán, Corea del Norte y Pakistán, y China, que en cinco años se ha convertido en actor global indispensable sin que nadie, al menos desde Europa y Norteamérica, preste atención a los efectos políticos, económicos y ecológicos de su política.

Entre los perdedores se cuentan regímenes como el talibán y el de Sadam Husein, los neoconservadores estadounidenses que dieron la patada en el avispero de Oriente Próximo sin prever adecuadamente las consecuencias, y, sobre todo, el prestigio y la confianza internacional en Estados Unidos, que desde Vietnam no había caído tan bajo.

Si todavía no hay acuerdo entre los historiadores sobre las causas de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, es absurdo esperarlo sobre las causas y consecuencias del 11-S a sólo cinco años de la tragedia. Cien expertos consultados por la publicación Foreign Policy concluyen que la respuesta hasta ahora ha sido un fracaso.

En la edición de septiembre-octubre de la revista, Juan Cole, profesor de historia en la Universidad de Michigan especializado en el Oriente Próximo, relativiza los efectos del 11-S en la globalización y en la política exterior de las grandes potencias, califica de «probable» el reforzamiento de Al Qaeda, niega el llamado choque de civilizaciones, confirma un choque brutal de políticas, reconoce los riesgos del plan bushista de convertir la lucha contra el terrorismo en otra guerra sin fin y admite, como casi todo el mundo, que el próximo ataque es sólo cuestión de tiempo.

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Fuente: www.elmundo.es
Fecha: 11/09/06

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