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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

martes, 28 de noviembre de 2006

Articulo Gin Marie. www.imaginingourselves.imow.org. Noviembre de 2006

Gin Marie


Ayer fuimos de nuevo al pueblo a hacer varias cosas y nos encontramos estacionando frente a una casa con hermosas flores rojas que caían sobre una pared. Una gran inscripción árabe decoraba el segundo piso y relucientes azulejos nuevos cubrían la fachada. El portón, de metal gris con un diseño de espiral en la parte superior, ocultaba el pequeño jardín. El agujero de una bala perforaba el poste del portón.

Mientras esperábamos bajo el ardiente sol, el portón empezó a abrirse poco a poco. Primero fue solo una pulgada, y se quedó así por un rato. Después, se abrió una pulgada más. Cuatro dedos pequeños aparecieron en el borde. Luego un ojo oscuro. Sin embargo, una voz de mujer se alzó desde dentro de la casa y el portón se cerró de golpe. Un grupo de gente estaba viniendo por la calle, así que igual me tuve que dar vuelta.

Hacía mucho calor y usábamos los uniformes de siempre: pantalones, camiseta, chaqueta camuflada, chaleco y casco. Después de un rato con esa vestimenta, parece que traspasaste la barrera del sudor. No “brillas”, goteas. Te derrites. Puedes sentir cómo las gotas que se forman en tu cuero cabelludo se deslizan hasta la parte baja de la espalda. El sudor corre por tu cara y, como la mayor parte de tu uniforme está cubierto por el chaleco, no lo toca nada de aire. No quiero ni pensar cómo será cuando llegue a 60 grados.

Cuando volví a mirar al portón, había ocho dedos en el borde y un ojo oscuro que espiaba. Saludé con la mano, y apareció la cara de una pequeña niña. El cabello oscuro rizado y el rostro con forma de corazón, tenía alrededor de diez años y usaba un vestido de terciopelo púrpura con una camiseta rosa debajo. Me saludó, y yo volví a saludarla. Dio una pequeña risita y se escondió. Después, reapareció y saludó un poco más. Una vez que establecimos contacto, no dejó de saludar y entró corriendo en la casa para buscar refuerzos. Oí risitas detrás de mí cuando me di vuelta hacia la calle para enfrentar un grupo de muchachos que pasaba mirándonos fríamente. Ah, la hostilidad adolescente, la recuerdo bien.

Oí voces detrás de mí y me di vuelta para encontrar a la niña acompañada por otra niña y un niño. Saludaron y, tímidamente, dieron un paso adelante. Averigüé que la primera niña se llamaba Rania y que su tímida hermana mayor se llamaba Rahel. Probablemente, estoy asesinando la ortografía. Mientras me presentaban a su hermano, un niño robusto llamado Usama –“bin Laden”, agregó descaradamente– apareció otra hermana, mayor y simplemente hermosa. ¿Saben?, a veces ves a alguien y simplemente te gustaría parecerte a ella.
En fin, esta hermana se llamaba Raher –otra vez estoy segura de no haberlo escrito bien– y hablaba algo de inglés. Quería saber cuándo podría regresar a la universidad. Los niños se agruparon a nuestro alrededor, Rania se abanicaba y nos miraba con simpatía. El sudor corría por el rostro de todos. Entonces, oí otra voz desde la puerta: “¿Les gustaría un poco de té?”
Era la madre de los niños, y verla me causó nostalgia. Se parecía a mi mamá. Usaba un caftán con enormes manchas naranjas y púrpuras, y parecía cálida, dulce y amable. No hablaba casi nada de inglés, pero ya todos somos expertos en hablar con señas. Después de unos minutos, Rania apareció en la puerta con una bandeja de plata con tres pequeños vasos. Aquí el té se bebe en vasos con forma de reloj de arena y con pequeñas cucharas, y por lo general muy caliente. Cuando nos presentaron a uno de los grandes pooh bahs, nos sirvió el té tan caliente que podría haberme bañado en él. Todavía no sé cómo no lo escupí por pura autopreservación. Tienes que preguntarte si hay un mensaje escondido ahí.

Este té estaba lo suficientemente caliente como para saber bien, pero no lo suficiente para ser peligroso. Cuando la madre se dio cuenta de que había otro soldado que no había visto, se apresuró a buscar otro vaso. Y así estuvimos, cuatro soldados estadounidenses, armados hasta los dientes y sofocados por dispositivos de protección en un ya de por sí sofocante día de calor en Irak, tomando té en el umbral de la casa de esta mujer mientras sus hijos bailoteaban entre nuestras piernas y ella nos sonreía desde la puerta.

Por supuesto, una vez que terminamos el té y felicitamos a Rania por sus dotes de anfitriona y a su madre por el té, comenzó la toma de fotografías. Todos teníamos cámaras digitales, y me tomé una con la pequeña niña, que para entonces estaba saltando de entusiasmo. Hasta la madre se unió después de que se lo pidiéramos, soltando su cabello y arreglándolo para que se viera mejor. Ni las niñas ni la mujer llevaban velo aunque las mujeres de la casa de al lado sí lo hacían. Me observaban de la misma manera que los miembros más conservadores de mi escuela católica me habían mirado justo antes de que me echaran, así que sabía exactamente a qué atenerme.

Es la clase de mirada que a los que se creen moralmente superiores les gusta dirigirte para que sepas que están orando por ti –y que no te envidian en lo más mínimo. No, ellos están por encima de ti, pagana pecadora. Cuando me encuentro con una de estas criaturas, siempre recuerdo una línea de la película Miss Congeniality. “¡Dijo que eran los calzones de Satán!” (Próximamente, de Victoria’s Secret… ¿O puede ser que literalmente pertenecieran a Satanás?) En cierta forma, es conmovedor encontrar la misma clase de irritación a más de 16 mil kilómetros de distancia de casa. En mi país, siempre quise abofetear a esas señoras de la iglesia y aquí me gustaría hacer lo mismo, solo que tendría implicancias geopolíticas.

En fin, agotamos el repertorio de conversación con las manos y teníamos que irnos, así que empezamos a prepararnos. Y, entonces, Rania se me acercó corriendo, moviendo la mano para mostrarme que tenía algo para mí.

Era una rosa. Estaba en su momento justo, recién florecida y fresca, tan perfumada que inundó el Humvee. (Otra frase que creo que nunca podré volver a usar). Estaba profundamente conmovida.

Lo que esta pequeña niña pudo ver desde el umbral de su casa fue un grupo de sudorosos y probablemente irritables estadounidenses –y cascos de proyectiles, ramas rotas y escombros que quedaron de las batallas. Y no estaba afectada por nada de ello, aun cuando su casa sí lo estaba. Era a nosotros a quienes vio y, en nosotros, a potenciales amigos. La pequeña niña confiaba en que los adultos harían lo correcto. Sus padres deben ser las personas más maravillosas del mundo.

Me subí al Hummer y vi a su madre parada en la puerta, saludando. Algunos gestos son universales; llevarte la mano al corazón tiene que significar algo. Ella se llevó la mano al corazón y dijo su nombre, que simplemente no puedo reproducir. Pero, después, tomó mi mano y me besó en la mejilla, y recordé otros días, en Francia, cuando los besos en la mejilla parecían encantadores en lugar de emotivos. Ella no podía saber que yo había perdido a mi madre recientemente, y que sus caricias me hicieron sentir completa por solo un segundo. No pude conocer de ella nada más que su bondad y sus ojos amables. Le besé la mejilla y nos quedamos paradas sonriéndonos, y después nos tuvimos que ir.

Cuando piensen en Irak, no piensen en terroristas o en Saddan Hussein. Piensen en la hospitalidad de Rania y su madre, en los soldados estadounidenses sudando en la puerta de su casa y tomando té en pequeños vasos en un día de más de 30 grados. Muktada Sadr no representa a Irak y, no importa a cuánta gente mate o ataque, nunca lo hará.

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

Fuente: www.imaginingourselves.imow.org
Fecha: Noviembre de 2006

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