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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Articulo Emili J. Blasco. www.abc.es. 26/11/06

Emili J. Blasco


La Guerra Fría fue dada por concluida con la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del bloque del Este, pero los espías siguen existiendo e incluso campan a sus anchas ante el menor presupuesto que los países occidentales dedican al contraespionaje, al centrar sus esfuerzos en la amenaza terrorista internacional. Las circunstancias cambian, pero no los métodos, y un misterioso veneno, o un cóctel letal indeterminado, volvió a ser utilizado para quitar de en medio a alguien incómodo.

Foto: www.boston.com

Viktor Yushchenko

El ex agente ruso Alexander Litvinenko ha pagado con una muerte lenta -23 días de calvario desde los primeros vómitos al progresivo mal funcionamiento de sus órganos vitales y un definitivo ataque al corazón- sus ácidas críticas a Moscú. Las escasas fuerzas que le quedaron los últimos días en una cama de la UCI del hospital del University College de Londres, fueron para levantar el dedo y señalar al Kremlin, acusación que éste rechaza como una «tontería delirante».

Foto: www.fakelexpress.com

Litvinenko, en una imagen de
mayo de 2002

¿Un castigo ordenado por Vladimir Putin para acallar a uno de sus críticos más activos? ¿Un ajuste de cuentas de antiguos camaradas de Litvinenko en los laberintos del viejo KGB, que le pagan así su sonada deserción hace seis años? ¿Una acción preventiva ante la información que el ex espía estaba obteniendo sobre los asesinos de la periodista Anna Politkóvskaya? ¿Una operación de la mafia rusa contra el nutrido círculo de disidentes, varios de ellos millonarios, que viven exiliados en la capital británica? Sea lo que fuere, quizás todo eso a la vez, es posible que nunca llegue a saberse. ¿Y el veneno? Las últimas sospechas apuntan al polonio 210, un elemento altamente tóxico; en Londres hay psicosis, pues se ha encontrado un rastro radiactivo en el último bar donde estuvo la víctima.

 Foto: www.time.com

La periodista Anna Politkóvskaya

Roces diplomáticos
Pero más allá de los detalles de la investigación abierta por Scotland Yard, aún sin sustantivos avances, el caso sugiere dos cosas, según han destacado diversos analistas los últimos días. Una es que tal vez sea la primera acción punitiva en el extranjero del Buró Federal de Seguridad (FSB), la central interior de inteligencia rusa (una de las dos sucesoras del KGB; la otra es el SVR, el Servicio de Inteligencia Exterior), después de que en julio la Duma rusa aprobara una ley para permitir que el FSB persiga los enemigos el Estado ruso allí donde se encuentren escondidos.

La otra es que, si esto es así, indicaría que el presidente Putin estaría dispuesto a más de un roce diplomático con los países occidentales, y ello porque se encuentra en una posición de fuerza debido a las necesidades que éstos tienen de sus suministros energéticos. Esto es lo que temen los enemigos de Putin que hasta ahora se creían a salvo en Londres. A Litvinenko, por ejemplo, no le ha valido de mucho que el mes pasado se le concediera la nacionalidad británica. Tiempo atrás, tanto él como su vecino Akhmed Zakayev, otro destacado refugiado ruso, sufrieron el ataque de un cóctel molotov contra la mutua fachada de sus viviendas. El envenenamiento supone ahora una escalada.

En la Federación Rusa, el entonces coronel del FSB Litvinenko luchó contra Zakayev cuando éste era un destacado rebelde checheno. Pero el enfrentamiento a Putin les ha acabado uniendo en Londres, en un círculo al que se suman otros prominentes emigrados: antiguos espías como Oleg Gordievsky, agente doble que pidió el asilo en el Reino Unido en 1985; disidentes de la era soviética como Vladimir Bukovsky, que llegó a Gran Bretaña tras ser encarcelado en la URSS durante una década, y oligarcas como Boris Berezovsky, que amasó una fortuna con el colapso del comunismo, puso en marcha una potente televisión crítica con Putin y tuvo que huir de su país ante amenazas de ser llevado ante los tribunales por corrupción.

Vuelven los tiempos oscuros
«Esto es el retorno a la era de las venganzas del KGB. Litvinenko ha sido la primera víctima, pero no será la última», ha advertido Bukovsky. Para Gordievsky, «el KGB ha sido renombrado como FSB, pero sus métodos no han cambiado desde aquellos perfeccionados en las más oscuras horas del reino de terror de Stalin».

Algo, en cualquier caso, ha cambiado. En la época de la Guerra Fría, los contactos de los espías soviéticos tenían lugar en una capilla lateral del Brompton Oratory, una iglesia católica cercana a los almacenes Harrods. Hoy no hace falta tanto sigilo para quienes desean pasarse información confidencial, y Litvinenko se reunió con sus confidentes el 1 de noviembre, el supuesto día de su envenenamiento, primero en un elegante hotel del centro de Londres y luego en un restaurante japonés del turístico Piccadilly Circus.

La cuestión es que potencias como el Reino Unido ya no se ocupan demasiado del contraespionaje, que centraba toda la atención de los servicios secretos interiores. El MI5 británico sólo dedica un 6 por ciento de su presupuesto a esa tarea. «No es que haya menos espionaje extranjero al que controlar aquí, sino que estamos siendo más selectivos en los casos prioritarios», indicó hace un tiempo la responsable del MI5, Eliza Manningham. Ante la amenaza del terrorismo islamista, poco importa que una treintena de espías se cuenten entre el personal de la Embajada de Rusia en Londres, según estimaciones de algunos expertos.

También Litvinenko habría bajado la guardia, quizás no tan entrenado como antaño, y eso que era consciente del riesgo que corría. «Me dijo que estaba seguro porque reconocería a un asesino a una milla de distancia; ha sido víctima de su propio orgullo», comenta Gordievsky.

Atrás quedan diez años de confrontación con Putin. A finales de los 90, el entonces teniente coronel del FSB, donde entró a los 26 años tras un periodo en el Ejército, se enfrentó a quien era el máximo jefe del KGB por no combatir suficientemente la corrupción que había en la central de inteligencia. Como responsable de una investigación sobre prácticas internas, Litvinenko se ganó además muchos enemigos entre sus colegas.

Su camino de no retorno fue una conferencia de prensa en Moscú en 1998, en la que aseguró que se le había encargado el asesinato del empresario Berezovsky. Meses después sería arrestado y encarcelado. Los tribunales le absolvieron, pero nuevas causas se levantaron contra él. En 1999 publicó un libro en el que acusaba a Putin de haber promovido un atentado contra un bloque de apartamentos con el fin de culpar a terroristas chechenos.

Finalmente, en 2000 escapó a Londres con su mujer e hija, donde siguió levantando su voz contra el presidente ruso, no siempre con mucho crédito, como cuando dijo que tras los ataques del 11-S se encontraba el FSB o que destacados dirigentes de Al Qaeda eran agentes pagados por Moscú. El haber puesto tierra de por medio no ha impedido que sus enemigos le alcanzaran.

El "tercer hombre"
Los misterios que rodean la muerte de Alexander Litvinenko son dignos de una novela de intriga y espionaje. ¿Quién le mató y cómo? La mano negra que pudo poner el veneno para acabar con la vida del incómodo ex espía podría haber llegado directamente de Rusia. Las sospechas de su familia y amigos se centran sobre un desconocido llamado Vladimir, que se presentó a la cita que Litvinenko había concertado el 1 de noviembre por la mañana con Andrei Lugovoy, un viejo conocido, ex oficial de los servicios secretos rusos que ahora dirige una agencia de guardaespaldas en Moscú dedicada a reclutar reciclados agentes del viejo KGB.

De acuerdo con el relato de Litvinenko, esa persona apenas dio datos sobre sí misma durante la conversación que mantuvieron e insistió en que tomaran un té en el bar del exclusivo hotel Millennium de Grosvenor Square en el que se habían citado (si estuviéramos en la Guerra Fría, sería interesante resaltar que en esa plaza se halla la Embajada norteamericana).

Tras esa reunión, Litvinenko se reunió en un restaurante japonés de Piccadilly Circus con el experto en seguridad italiano Mario Scaramella, con quien mantenía una relación habitual para compartir información confidencial. Además de pasarle documentación sobre los posibles asesinos de la periodista Politkóvskaya, acribillada en Moscú el pasado 7 de octubre, Scaramella también le enseñó una lista de supuestos objetivos del FSB, entre los que se encontraba él mismo y Litvinenko. La advertencia, que tampoco era una novedad para su interlocutor, llegaba tarde. Por la noche, Litvinenko comenzaría a encontrarse mal. ¿Fue Scaramella, Lugovoy o el «tercer hombre»?

En un principio se habló del talio, vieja sustancia en la botica de los servicios secretos debido a sus características de insípido, incoloro e inodoro, como posible causa del envenenamiento. Luego se sugirió que podía haber sido el talio en una variante radioactiva, porque ésta borra pronto sus rastros en el cuerpo, pues su degradación es tan rápida como dañino su efecto. El equipo médico que le ha atendido ha descartado ambas posibilidades. Ahora se habla del polonio 210. Que Litvinenko se apresurara a tomar potásico férreo, antídoto del talio, indica que pronto sospechó de su envenenamiento, y es que el talio ha sido la pócima mortal preferida en muchas operaciones secretas. Fue utilizado por el régimen de Sadam Husein para librarse de disidentes y enemigos, Francia lo habría usado para matar al líder de la guerrilla de Camerún en 1960, mientras que la CIA concibió un plan para poner polvo de talio en los zapatos de Fidel Castro.

Mosú se desmarca de los "clichés de la Guerra Fría"

El Kremlin se queja porque dice que Occidente está dando excesiva importancia al envenenamiento del ex espía ruso Alexander Litvinenko. Dmitri Peskov, uno de los portavoces de la Presidencia rusa, calificó esta semana de «absolutamente delirante» lo que se está publicando fuera de Rusia en relación con el caso Litvinenko, sobre todo las acusaciones lanzadas contra el presidente Vladimir Putin y contra los servicios rusos de espionaje. «Están funcionando los viejos clichés de la Guerra Fría, el mito de la supuesta crueldad de nuestros agentes secretos», se lamentaba Serguei Ivanov, uno de los responsables del Servicio Exterior de Inteligencia Ruso (SVR). Pero no es baladí suponer que detrás de lo que le ha pasado a Litvinenko están sus antiguos compañeros, incluyendo al propio Putin, quienes le consideran un traidor por haber huido a Londres y haber puesto al descubierto los trapos sucios del funcionamiento interno del antiguo KGB.

Gracias, precisamente, a los testimonios de Litvinenko, de Oleg Kaluguin, ex general del KGB también en el exilio, y de otros muchos agentes desertores se saben cosas como la existencia del «Laboratorio-12», conocido también con el nombre de la «Cámara». Fue creado por orden de Stalin durante los años 30 con el objetivo de sintetizar potentes venenos que mataran con rapidez sin dejar huella en el organismo. La causa de la muerte reflejada en el acta del forense hablaba de paro cardiaco debido a insuficiencia coronaria o respiratoria, pero no decía nada de sustancias tóxicas.

Los venenos solían probarse en seres humanos, en reclusos condenados a muerte. Con los compuestos elaborados en el «Laboratorio-12» fueron «ejecutados» personajes como el diplomático sueco Raoul Wallenberg, muerto en 1947, el dirigente nacionalista ucraniano Stepan Bander, en 1959, y el disidente búlgaro Gueorgui Markov, en 1978.

Amir Hatab, uno de los líderes de la guerrilla chechena, murió hace tres años tras extraer una carta del sobre. El papel había sido tratado con una poderosa toxina. Sigue existiendo la teoría de que el líder palestino Yaser Arafat fue asesinado con un veneno que el Mossad obtuvo en Rusia. El presidente ucraniano, Víctor Yúshenko, no llegó a morir porque no ingirió la cantidad suficiente la dioxina que le pusieron en la comida. Su rostro, no obstante, ha quedado desfigurado. Los expertos sostienen que el propio Litvinenko tenía que haber muerto de inmediato, pero eliminó gran parte del veneno con un lavado de estómago que todo agente experimentado sabe hacerse. En cualquier caso, no hizo sino prolongar su agonía.

KGB. Las tres letras de la Lubianka

Desde que fue creado el Comité de Seguridad del Estado -más conocido como KGB-, el régimen soviético tuvo siempre organizaciones secretas para las operaciones más inconfesables. Los asesinatos políticos y la represión de disidentes han sido sus especialidades.

Foto: ABC

Agosto de 1991. Manifestantes derriban la estatua del primer jefe
del KGB,FélixDzersinski, frente a la sede central de Moscú.

El español Ramón Mercader fue el agente del KGB por antonomasia. Hasta hace poco ni siquiera en su discreta tumba moscovita aparecía su verdadero nombre. Una estrella de cinco puntas como símbolo de la máxima condecoración, la de «Héroe de la Unión Soviética», indica que bajo esa lápida de granito rojo del Cáucaso descansa alguien cuya relevancia para el régimen comunista no encajaría en ese cementerio anodino del extrarradio de la capital. Esa tumba simboliza mejor que cualquier otra cosa el espíritu de una organización que los rusos conocieron durante todo el periodo soviético como «las tres letras» y que aún hoy (tres letras también: FSB) sigue siendo una especie de vigilante de los vigilantes. No en vano, el actual presidente Vladimir Putin es un antiguo agente, salido de la sede central de la Plaza de la Lubianka de Moscú, que en los chistes soviéticos se consideraba el edificio más alto del mundo porque desde el sótano, y aunque no haya ni ventanas, ya se podía ver perfectamente Siberia.

Aunque Mercader blandía el piolet asesino el 20 de agosto de 1940, en realidad era la mano de Josip Stalin la que traspasó en cráneo de Trotsky en una herida mortal. La venganza del tirano del Kremlin se llevó a cabo con precisión a miles de kilómetros de distancia, a través de uno de sus miles de agentes, tal vez el más fiel, el más perfecto. Desde que fue creado el «cheka», el «Comité Extraordinario para la lucha contra la contrarrevolución y el sabotaje», que luego se llamaría KGB, siglas del «Comité de la Seguridad del Estado», el régimen soviético tuvo siempre una -o varias- organizaciones secretas encargadas de las operaciones más inconfesables. El primer jefe del KGB fue un polaco, Félix Edmundovich Dzersinski, cuyas iniciales FED se convirtieron en la marca de uno de los productos más adecuados para las misiones de espionaje: una gama completa de cámaras fotográficas de primera calidad. La estatua de Dzersinski que presidía la plaza de la Lubianka fue la primera que los moscovitas derribaron en el verano de 1991 cuando se derrumbó el régimen comunista, no sólo por venganza, sino también para comprobar si eran ciertas las leyendas que decían que no era de bronce, sino de oro macizo.

Acomodados occidentales, como el británico Kim Philby, trabajaron como agentes dobles, pero al final salieron a la luz. Un buen agente como Mercader nunca puede admitir que sea un agente del KGB. Ni cuando fue detenido por la policía mexicana, ni en los años que pasó cumpliendo condena en la Penitenciaría del Distrito Federal se le escapó un reconocimiento, una confidencia, una indiscreción. Nunca se oyó de su boca que había sido entrenado por el KGB desde su juventud gracias a las inclinaciones comunistas de su madre, ni que desde años antes de cometerlo, tenía asignado ya el asesinato de Trotsky. Los agentes de Stalin ya habían hecho desaparecer su rostro de las fotografías oficiales de los años de la revolución; sólo faltaba eliminar al original, al Trotsky al que nadie quería dar asilo y que permanecía atrincherado en una casa del barrio mexicano de Coyoacán, tras un muro de seis metros de alto y durmiendo en una habitación hermética, blindada con chapa de acero de tres centímetros de espesor.

Los asesinatos políticos fueron una de las especialidades del KGB, además de la represión masiva de disidentes. Los conceptos de «enemigo del pueblo» o «familiar de enemigo del pueblo» eran utilizados con frecuencia para encerrar durante años o hacer desaparecer a cualquiera. En tiempos de Stalin, como llegó a escribir el mariscal Zhukov, «ningún soviético decente podía irse a dormir sin temor de que a la mañana siguiente fuera a ser detenido». El KGB se convirtió en un ejército paralelo que tenía sus propios cañones, carros de combate, aviones y buques de guerra, sucursales e imitadores en todos los países del bloque comunista, una auténtica multinacional del espionaje.

Mercader podía haber revelado la verdad sobre su misión al salir de prisión en 1960, pero prefirió irse a vivir a la URSS, donde fue condecorado en secreto. Aceptó incluso ocultar la condecoración y renunciar a los privilegios a los que habría tenido derecho. Mientras estuvo en la cárcel, Stalin había muerto hasta en los documentos del Partido Comunista y la sola mención de su nombre se convirtió en políticamente incorrecta. En los 17 años que le quedaban de vida tuvo tiempo de desilusionarse viendo el auténtico rostro del socialismo real, aquello por lo que había luchado toda su vida, pero tampoco entonces se permitió una debilidad. Su fidelidad como agente del KGB no se disolvió ni siquiera cuando se fue a Cuba en busca de mejor clima. Allí murió a los 64 años. El KGB repatrió su cadáver a Moscú.

Por Enrique Serbeto

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