Ver Suplemento Temático...


Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno.

 

Revista de Prensa: Artículos

martes, 5 de diciembre de 2006

Articulo Jose Antonio Vera. www.larazon.es. 02/12/06

Jose Antonio Vera


Hay mucha más radiactividad a nuestro alrededor de lo que parece. En manos de terroristas, determinadas sustancias podrían tener efectos devastadores    

Da pánico pensar las consecuencias del uso de sustancias radiactivas por grupos terroristas. Si protagonizaron la barbaridad del 11 S y el 11M, pueden hacer cualquier otra cosa que se les ocurra. Hasta ahora no lo han hecho porque quizás no han tenido oportunidad. Si una dosis mínima de polonio 210 es capaz de generar la psicosis que vive hoy Gran Bretaña, no quiero imaginar lo que sería una sustancia similar en manos de terroristas dispuestos a disolverlas en depósitos de agua o alimentos. El caos sería total.

Y es que no estamos preparados para enfrentarnos a una crisis derivada de un accidente o atentado radiactivo. En Chernóbil vimos cómo el peligro potencial se extendía hasta 500 kilómetros del foco. Lo de Hiroshima y Nagasaki es mejor no recordarlo: tras la explosión no quedaron en el lugar ni insectos. Pero es que hoy el mundo está sembrado de misiles atómicos con un poder destructivo 65 veces superior a la bomba de Hiroshima. Y no siempre está claro que quienes los manejan sean gente responsable. ¿Quién controla las armas nucleares de la antigua URSS? ¿Están preparados para hacerlo Ucrania, Bielorrusia, Kazajstán o Azerbaiyán? ¿Lo están Pakistán y la India, Irán o Corea?

Vemos la alarma que genera un simple caso de envenenamiento con polonio 210. De una u otra manera se cree que 30.000 personas han podido exponerse a la sustancia empleada. Se da la circunstancia de que el p-210 sólo actúa dentro del cuerpo humano, pero el problema es que el propio cuerpo rechaza el polonio y expulsa al exterior entre un 60 y un 90 por ciento de la cantidad ingerida. Luego quedan rastros de la contaminación en la mayoría de los sitios por los que Litvinentko pasó tras ser envenenado. Por supuesto en el hospital, pero también en las cafeterías y restaurantes, y como se ve, en los aviones que pudieron emplear los envenenadores, o las personas que fueron contaminados por el p-210 expulsado por el espía en los lugares en los que estuvo antes de morir. Aunque no contagia persona a persona, sí es cierto que la contaminación radiactiva se puede expandir, si bien al tratarse en este caso de radiación alfa, es más difícil que penetre en el cuerpo si no es por inhalación de humos o a través de una herida.

No conviene alarmar, pero importa poner el acento en la perversidad del arma radiactiva, pues una vez en funcionamiento su propagación es imparable. Lo peor es pensar en la facilidad con la que determinadas personas pueden tener acceso a sustancias radiactivas en la extinta URSS. Si llegan a las mafias, éstas las podrían suministrar a grupos terroristas. Y éstos emplearlas. No ya sólo armas o minibombas sucias de efectos mortales inmediatos, sino componentes habituales de laboratorios y centrales, con efectos parecidos a los del polonio 210.

Para tener una idea del problema, basta decir que las pruebas nucleares que se han realizado en el mundo (la última, Corea del Norte), han extendido la contaminación por estroncio 90, que una vez que penetra permanece en el organismo durante años. No mata al instante, pero muchas de las modernas epidemias de anemia, leucemia y sarcoma de huesos tienen su origen en el estroncio 90. O en el yodo 131. Tras el desastre de Chernóbil, se encontró un brusco aumento de la contaminación por yodo 131 en el agua de la lluvia y en los vegetales y la leche. Hay que tener en cuenta que algunos isótopos como el kripton, el tritio o el estroncio son radiactivos durante 10, 12 y 28 años, respectivamente, pero otros como el plutonio o el uranio-235 lo son durante 24.000 y 713 millones de años. No así en el polonio 210, cuyo periodo de desintegración es de 138 días.

Aunque el problema del p-210 es que hay más de lo que parece. De los 4.000 contaminantes que tiene el tabaco, el p-210 es el único componente del humo del cigarro que ha producido cáncer por sí mismo en animales de laboratorio por inhalación. Los tumores aparecen con un nivel de p-210 cinco veces menor que la dosis de una persona que fuma mucho. Últimamente se ha sabido que el nivel de polonio 210 en el tabaco americano, por ejemplo, se ha triplicado, fundamentalmente por el uso de fertilizantes fosfatados en los cultivos.

Como consecuencia, las hojas del tabaco adhieren en su envés depósitos de plomo 210 y polonio 210. A la temperatura de combustión del cigarrillo, se volatiliza e inhala, siendo inútiles los filtros de los pitillos, nada efectivos contra los vapores radiactivos. De ahí que puedan encontrarse restos del polonio 210 en muestras de sangre y orina de los fumadores. Tan es así que el cirujano Everett Koop declaró que es la radiactividad, y no el alquitrán ni la nicotina, la responsable del 90 por ciento de los cánceres de pulmón atribuidos al tabaco.

Pero este es otro debate. Sirve de ejemplo para ilustrarnos sobre los efectos de la radiactividad. En contacto directo es letal al instante. Absorbida poco a poco, de manera constante durante años, también es perversa. Si ya tenemos a nuestro alrededor suficiente radiactividad «natural», Dios nos libre de los desalmados que puedan emplearla en grandes dosis para envenenar o aterrorizar al mundo.

Esta noticia ha sido vista por 1790 personas.