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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

viernes, 4 de abril de 2008

Articulo Ángeles de Irisarri. www.abc.es. 30/03/08

Ángeles de Irisarri


Las vecinas de Madrid también se sumaron a la sublevación popular contra las tropas de Napoleón. Mujeres del pueblo, sencillas y humildes, pero de un inmenso valor para hacer frente al Ejército más poderoso del mundo. Entre ellas, Clara del Rey, «dueña honrada», o la joven bordadora Manuela Malasaña. Ambas perdieron la vida en aquella trágica jornada.

Foto: www.abc.es

Desde antes de que abandonara Madrid el Rey Fernando VII, los vecinos echaban pestes contra los franceses. Los pasquines, que aparecían en todas las esquinas, hablaban de un ejército de ocupación y daban cifras: 100.000 soldados en España y 30.000 en la capital y, en referencia a que don Fernando había salido camino de Burgos para recibir al emperador Napoleón, sostenían que era una añagaza pues que los gabachos pretendían llevárselo a Francia, como ya habían hecho con su señor padre, para tener presos a los dos reyes, y se hacían lenguas de la inoperancia de la Junta que, presidida por el Infante Antonio Pascual, tío carnal del Señor Rey, gobernaba en su nombre, y hablaban también de invasión y de esclavitud, palabras que se propalaban en los corrillos y se musitaban en las tabernas, no las fueran a escuchar los franceses que también las frecuentaban y armaran una trifulca, otra.

Los franceses que, vive Dios, habían venido altivos e insolentes y, a la menor se ponían farrucos e insultaban a los hombres y, ahítos de vino, hacían otro tanto con las mujeres y hasta las llamaban putas, pues que bien se habían aprendido la palabrota, y hasta pretendían llevárselas a un pajar o a un lugar oscuro. Eso sí, pagando, queriendo abonar el servicio con un cáliz o con un paño de altar que, rapiñado en alguna iglesia, sacaban del morral sin recatarse pues, como predicaban los curas en las parroquias, talmente parecía que se había producido en España una nueva invasión de los bárbaros. A más que, los madrileños se sentían vigilados.

A ver que, mismamente en la romería de Santiago el Verde que venía celebrándose de antiguo el día 1º de mayo en los sotos del Manzanares, donde iban a merendar gentes de todo Madrid: mujeres con sus tarteras en la cabeza y llevando a los críos de la mano, hombres pasando la bota, y todos alegres, se había aguado la fiesta. No porque lloviera, sino por los muchos soldados franceses que había por allá, como si guardaran la carrera. Algunos habían intentado confraternizar con los españoles y se habían acercado a los grupos con su mejor sonrisa, pero lo que murmuraban los maliciosos que lo que deseaban era un bocado o un trago, y ni una migaja les dieron en razón de que nadie había olvidado el encuentro que los vecinos habían mantenido con ellos en la plaza de la Cebada poco ha, y hasta habían hecho ostentación de navajas cuando cortaban el pan, pues, no en vano, en aquella ocasión habían salido victoriosos y algunos enemigos -que ya empezaba a llamárseles «enemigos»- habían terminado en el hospital.

Y fue que, ante las miradas hostiles, los franceses decidieron hacer cumplir el bando que había proclamado la Junta de Gobierno, prohibiendo los corrillos y las reuniones, con lo cual los romeros hubieron de desalojar y los que habían ido a merendar se fueron mascullando, pues que no hubo bailes ni luminarias, no obstante, todos con la esperanza de divertirse en las verbenas de San Isidro, tan próximas ya.

Tal decía Clara del Rey a las jóvenes que la rodeaban: la Tal, la Cual, y a una dicha Manolita Malasaña que iba la más enfadada de todas, pues que era la primera vez que su padre la llevaba al baile y, mira, que tanto tiempo esperando los sones de panderos y dulzainas, y ay, pardiez, que volvía sin haber danzado un pasacalles.

Al día siguiente, 2 de mayo de 1808, los madrileños se levantaron con el sol. Los hombres se fueron a sus quehaceres y abrieron sus talleres y tiendas, las mujeres prepararon el desayuno de sus maridos e hijos, dieron un limpión a sus casas, cogieron el cesto y salieron a comprar vianda para poner a hervir el puchero.

Para cuando la señora Clara llegó al mercado de la plaza de la Cebada, ya le habían comentado varias vecinas que, en el día anterior, el mariscal Murat, el lugarteniente de Napoleón en España, había sido abucheado al salir de misa, y estaba riendo con aquellas dueñas, pero, al escuchar que los franceses se habían llevado al infante Francisco y que la población, a los gritos de «traición, muerte a los franceses y viva Fernando VII», se había enfrentado a la guarnición gala del palacio Real con lo que tenía a mano: palos, cuchillos y navajas, y que se habían producido varios muertos por ambas partes, se echó a correr pues que temió por su marido y sus hijos.

En busca de su marido
Se encaminó aprisa a la calle de Toledo, a la sastrería de su esposo y la encontró cerrada, continuó hacía la plaza Mayor, deteniéndose a preguntar a los que iban en dirección contraría si habían visto a Manuel González, su marido, y todos le decían que no y seguían su camino, pero fue, Dios lo quiso, que en la dicha plaza una conocida le informó que lo había visto en la puerta del Sol. Y allá se dirigió diciéndose que había elegido la ruta más peligrosa, pues hubo de esquivar una patrulla francesa escondiéndose en un portal y pidiendo refugio a los vecinos, que, mira, la emplearon en lo que estaban haciendo: arrojar pucheros de agua hirviendo a un piquete enemigo que puso pies en polvorosa.

Y luego, despidiéndose de aquella gente, continuó andando, para encontrarse, ay, Señor, con una batalla campal en la puerta del Sol, con que los mamelucos -de los que ajustadamente se decía que tenían rabo, como el Demonio- cargaban contra la multitud a galope tendido con sus sables desnudos cortando cabezas, si bien, algunos eran muertos pues los madrileños en un alarde de odio o furor, lo que fuere, se arrojaban con sus facas a los pies de los caballos y los destripaban, derribando al jinete para rebanarle el cuello en el acto.

La señora Clara del Rey se encontró con una vecina en la esquina de la calle del Carmen, que le dijo haber visto a su marido e hijos encaminarse al parque de artillería de Monteleón, con otras muchas gentes que habían ido allí a pedir armas para hacer frente a la francesada. Y allá se fue, por callejas, evitando las vías principales en donde los enemigos combatían el levantamiento del pueblo de Madrid. Se juntó con un grupo de hombres y mujeres que llevaban su misma dirección, algunos de los cuales habían ya luchado en la puerta de Toledo o en la plaza Mayor contra los escuadrones enemigos que, acampados extramuros, habían entrado en la capital causando centenares de muertos. Las mujeres, algunas de ellas manolas, le fueron contando que habían matado a tantos y cuantos coraceros enemigos, pero ella, creída de que su familia estaría en el lugar de más peligro, avivaba el paso y no escuchaba en razón de que llevaba en su sesera encontrar a su marido e hijos y morir con ellos, si menester fuere, por la libertad y contra la tiranía. Por aquellas dos palabras que mil veces habían salido de la boca de Manuel González Blanco, su buen esposo y ciento por ciento patriota. E iba apurada, asumiendo riesgos además, pues, al oír pasos, de los portales salían a veces vecinos armados y más de un ladrillo caía de las ventanas y hasta algún mueble, en razón de que tomaban al grupo por franceses.

En el cuartel de Monteleón
Cuando la señora Clara y compañía llegaron al cuartel de Monteleón, serían las 12 y tuvieron suerte pues los españoles, que se aprestaban a defenderlo sin hacer caso a la orden de la Junta de Gobierno ni a las amenazas enemigas para que entregaran las armas y se rindieran, y ya atrancaban la puerta. La buena mujer se llevó una alegría pues que allí estaban sus tres hombres, pero ellos no, al revés, hasta le recriminaron su presencia. No obstante, se abrazaron todos y también acudió al abrazo Manolita Malasaña que se encontraba allí con su padre. Tal vez hubiera sido bueno que unos a otros se contaran lo que habían oído, visto o sufrido, pero Clara siquiera llegó a saber quién era Daoíz y quién Velarde -los dos militares de graduación que dirigían la defensa del cuartel-, porque ya los enemigos pretendían forzar la puerta por donde había entrado y soldados y paisanos se disponían a disparar los cañones y atinaban, pues los franceses se retiraron dejando un montón de cadáveres sobre los adoquines, tiempo que aprovecharon otros españoles para entrar en el lugar, algunos con fusiles.

Clara del Rey, al ver que Manolita andaba entre los artilleros y les daba a beber de una bota o les alcanzaba el botafuego, hizo lo mismo cuando los enemigos volvieron al asalto. Y fue y tornó de los fusileros a los artilleros, y ya tenía el rostro tiznado de negro humo, cuando una bala de cañón estalló cerca de ella y un trozo de hierro le dio en la cabeza acabando con su vida, y ni amén pudo decir. Otro tanto que Manolita, pues que, a poco, fue alcanzada por una bala de fusil en la sien cuando llevaba cartuchos en el halda a su padre. Y era tanto el humo y tantas las órdenes, los gritos y los muertos que no se enteró nadie del fallecimiento de las dos mujeres. De la señora Clara, dueña honrada y de la joven bordadora Manolita, moza de grandes prendas, hasta tiempo después, hasta que cesó la lucha en el parque de Artillería de Monteleón porque los franceses entraron en él a bayoneta calada cuando los defensores no tenían ya con qué defenderse.

Los españoles que pudieron salir por su pie lo hicieron, llevándose a los heridos, a Velarde y a Daoíz entre otros, y a sus muertos, a Clara y a Manolita entre otros y otras. Mientras, ya se pregonaba por todo Madrid que los habitantes debían entregar las armas blancas y se prohibía cualquier reunión vecinal. Esto último no se pudo cumplir pues los vencidos se juntaron en los entierros de los héroes de la jornada y de los que serían fusilados después en diferentes lugares de la villa por haber participado en la rebelión, Dios bendiga a todos, en fin.

Y es que falta iba a hacer, porque el levantamiento del pueblo de Madrid fue el detonante de una larga y sangrienta contienda, de la llamada Guerra de la Independencia, en la que el pueblo español asumió la autoridad suprema de la nación que habían dejado vacante los Reyes Fernando VII y Carlos IV, que estuvieron prisioneros en Francia, y se opuso al mayor ejército del mundo, al del emperador Napoleón Bonaparte, que había subyugado a media Europa, consiguiendo vencerle además, eso sí, a costa de muchos sacrificios y mucha sangre, demasiada sangre incluso.

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

Fuente: www.abc.es
Fecha: 30/03/08

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