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Revista de Prensa: Artículos

miércoles, 30 de abril de 2008

Articulo Ricardo García Cárcel. www.muyinteresante.es. 20/11/07

Ricardo García Cárcel


Tras la invasión napoleónica, los españoles canalizaron su caótico patriotismo inicial y fueron capaces de dotarse de su primera Constitución. La historiografía posterior ha capitalizado aquellos seis años, modelando a su gusto héroes y mitos nacionales.

Foto: www.muyinteresante.es

Los españoles de mi generación, la de los nacidos en la larga posguerra, recibimos en nues¬tra infancia un autentico aluvión de imágenes épicas de la Guerra de la Independencia, entendida ésta como eslabón decisivo de una larga cadena de manifestaciones de la identidad española, caracterizada por la capacidad de resistencia a invasores foráneos, cadena que empezaría en Numancia y Sagunto. El mito de la España indomable de 1808, que se opone a la dominación del déspota extranjero, tuvo enorme arraigo en el franquismo. Hasta se reflejó en el cine pseudohistórico que se hacía entonces. Recuérdense, a este respecto, películas como Agustina de Aragón, de Juan de Orduña (1950), rememorando a la heroína defensora de Zaragoza frente a los franceses.

El propio franquismo remodeló su mitología en el cine. Es un buen ejemplo Carmen la de Ronda, de Tulio Demicheli (1959), con el corazón partido de la cupletista entre el casticismo representado por el bandolero y el europeísmo encarnado por el soldado francés. Y ella, en medio, muriendo al no poder o no saber elegir. Unos años antes, tal contraposición, en términos de equiparación era impensable. El correlato de la España indómita, fabricada en aquellos tiempos, era el de la anti-España, la de los afrancesados, los traidores, los que renunciarían a la lucha contra el invasor por comodidad o por cobardía. La excepción a la regla de la dignidad española. Pero hay que tener muy presente que el franquismo no hizo sino capitalizar en su interés el viejo discurso romántico nacionalista que había sido alimentado con las gestas del Dos de Mayo o la defen¬sa heroica de los sitios durante la contienda, con toda su carga emocional. La guerra contra Napoleón se valoró por la historiografía del siglo XIX como la demostración que dio España a Francia de sus propios valores identitarios.

Las primeras historias de la Guerra de la Independencia, con este nombre, surgen en los años treinta del siglo XIX –Cecilio López o Muñoz Maldonado– y cuarenta –Agustín Príncipe–. Guerra de la Independencia entendida como la lucha de un pueblo que busca garantizar la libertad de su territorio frente al invasor y ocupador extranjero. Pese a que el término “independencia” se usó mucho ya desde el mismo Dos de mayo, costó institucionalizar el concepto de Guerra de la Independencia. Las primeras historias de aquella contienda la denominaron Guerra de la Usurpación (Cabanes, 1809) o Guerra de Revolución (García Marín, 1817). La historiografía francesa la llamó Guerra Imperial o Guerra Napoleónica de España. Los británicos la han denominado Guerra Peninsular. La historiografía catalana la llama Guerra del Francés. Por lo tanto, ¿es válido el concepto de Guerra de la Independencia? Desde 1808, existen dos proyectos ideológicos que caracterizan el desarrollo de la guerra.

El primer proyecto sería conservador, heredero del nacionalismo de Estado dieciochesco, que concibió la guerra sólo como el medio para retornar a Fernando VII. Sus primeros formuladores serían José Joaquín Colón, el padre Salmón y José Clemente Carnicero. El otro proyecto era el liberal, que propugna el nacionalismo cívico, de los ciudadanos, no súbditos, y soñaba con la revolución por hacer. Sus primeros intelectuales serán Flórez Estrada y Romero Alpuente. A lo largo de la guerra, ambos proyectos se cruzan y las Cortes de Cádiz, aunque fueron una creación institucional de los liberales, supusieron la convergencia de ambos proyectos. Hasta Goya aportó visiones diferentes del Levantamiento en sus cuadros. En la Carga de los Mame¬ucos parece primar el pueblo-masa; en Los fusilamientos hace emerger, a través de la figura del hombre de blanco que abre los brazos, los derechos cívicos individuales.

Con la vuelta de Fernando VII y la represión sobre los liberales se legitima desde la Corte sólo la interpretación conservadora de la guerra, como expresión de la lealtad al rey de su pueblo. Épica militar, xenofobia, fernandismo e integrismo religioso. La memoria liberal sólo resucitará –salvo la fugaz experiencia del Trienio– a partir de 1837 y será distinta al proyecto que formularon Flórez Estrada o Romero Alpuente. La guerra es ya el pasado y su análisis está en función de sus resultados. Los liberales, aquellos viejos radicales de las Cortes de Cádiz, se han integrado en la política de gobierno tras la muerte de Fernando VII. Toreno escribe su clásica Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1836-37), donde entierra el sueño de la revolución pendiente. El Levantamiento traería la guerra, y ésta la revolución, la única revolución posible, la que podía vencer las resistencias reaccionarias.

Entre las expectativas planteadas durante la guerra –la de la configuración de una nueva nación y la de la realización de la revolución–, el liberalismo moderado aparca el sueño revolucionario y opta claramente por interpretar la guerra desde la óptica patriótica. Es la lección de España a Europa, al ser capaz de vencer al déspota. La memoria de la guerra se oficializa cada vez más: monumentos, calles o poesía romántica, con Espronceda a la cabeza.

En 1868, el mito liberal de la contienda, que había sido desactivado ideológicamente hasta la práctica mixtificación de las dos concepciones originarias de la guerra, resurge de sus cenizas a caballo del populismo del momento. Renace la interpretación revolucionaria de la guerra pero no desde la óptica constitucional sino desde la base social: el pueblo como protagonista de la historia y, con él, una nueva épica de la guerra. Si esta épica militar había sido monopolizada por el conservadurismo ideológico, ahora se recrea una épica popular y Galdós, con sus Episodios Nacionales, será su gran formulador. La Restauración, con su vocación de síntesis, relanzará la memoria de la guerra y lo hará desde una óptica más desideologizada, en función de un positivismo documentalista entonces en pleno auge. Surgen las grandes historias de la guerra de Gómez de Arteche y de Pérez de Guzmán. Se desmadrileñiza la guerra con monumentos a Velarde en Santander o a Daoíz en Sevilla. Se pintan cua¬dros como los de Sorolla, Álvarez Dumont o Palmaroli dedicados al Dos de Mayo.

Llegó entonces el primer centenario y con él una nueva iconografía monumental. Desde el gobierno central se promovió poco la memoria de la guerra. La excusa es que no había recursos. En realidad, no pareció haber demasiado interés por la nacionalización de las masas. Hizo más por la evocación del sitio de Zaragoza un político liberal como Segismundo Moret o una institución también liberal como la Sociedad Económica de Amigos del País de Zaragoza, que el propio presidente del gobierno en ese 1908, el conservador Antonio Maura, inhibido ante lo que podía ser interpretado como antifrancesismo y que prefirió, en cambio, apoyar el séptimo centenario de Jaime el Conquistador.

Años más tarde estalló la última Guerra Civil. En 1936, los republicanos que defienden Madrid vincularán su ¡no pasarán! a la memoria histórica de los sitios de Zaragoza y Gerona. Manuel Azaña, en su discurso del Ayuntamiento de Valencia el 21 de enero de 1937 decía: “La Guerra de la Independencia –hacia la cual me vuelvo muchas veces, siempre que hablo de la actual contienda– cobijó y amparó el nacimiento de un movimiento político español, el primero en que nuestra nación tomaba conciencia de su propio ser y empezaba a aletear con independencia política”. Franco, por su parte, se subió al carro de la memoria de la guerra y se permitió subrayar muchas veces el paralelismo “entre la Guerra de la Independencia y nuestra cruzada”. Pasó el tiempo y aquella memoria del franquismo más duro dio paso a una historiografía muy diferente que surge en el marco del desarrollismo y la tecnocracia del segundo franquismo.

La glorificación épica se deslizó de 1808 a 1812. Nacía o renacía así el mito liberal de las Cortes de Cádiz. Los héroes ya no eran Daoíz y Velarde o Agustina de Aragón, sino los diputados capaces de elaborar la Constitución de 1812, a la que se atribuían dos conquistas: la nueva nación y la apertura de la revolución liberal. Los liberales de Cádiz eran vistos como hipotéticos modelos referenciales de la España progresista que aspiraba a hacer caer otro régimen: la dictadura de Franco. Esta historiografía dividió sus planteamientos. Unos historiadores (Artola) se dedica¬ron a evocar la revolución que fue; otros (Tuñón) trataron de explotar nostálgicamente el filón de la revolución que no pudo ser. Optimismo y victimismo. Se trata de la España posibilista frente a la España del exilio.

En los últimos tiempos parece haberse impuesto en la historiografía española un deconstruccionismo post-moderno que aborrece los mitos de la historia de España. Además, se ha aplicado un revisionismo laminador a los mitos de la contienda, hasta acabar como pura invención el propio concepto de Guerra de la Independencia como conflicto nacional. El discurso nacional de la contienda, según esta historiografía, nunca existiría o sería pura explosión emocional, reaccionaria y xenófoba. Se ha establecido una curiosa dualidad entre realidad y representación. La realidad de la guerra sería el proyecto ideológico reaccionario, fernandista, xenófobo e integrista. La representación, superpuesta a la realidad, sería la presunta “invención” de los liberales; invención tardía y superficial. España, desde esta óptica, emergería como nación a través de la soberanía na¬cional proclamada por la Constitución de 1812. Sin embargo, esto es sólo de una manera teórica o retórica porque, al fin y al cabo, la nación española no sería sino una realidad virtual, un sueño del imaginario. España pasaría así a ser un Estado plurinacional, con muchos lastres históricos a sus espaldas, en busca de una nación imposible.

Es curioso, al respecto, el silencio crítico con el que se asume la metafísica de los nacionalismos sin Estado. En cualquier caso, es bien patente que los mejores estudios sobre la guerra proceden en los últimos años o de la his¬toriografía francesa –Aymes, Demanges, Dufour, Hocquellet– o de los estudios anglosajones –Lovett, Esdaile, Fraser–.

He insistido reiteradas veces en la necesidad de cuestionar el concepto de invención como creación ex-nihilo. Los historiadores no deberíamos ser partidarios del creacionismo. Nuestro propio oficio nos exige ser evolucionistas. Ni 1808 ni 1812 inventaron nada. El Dos de Mayo de 1808 fue un motín en el que confluyeron diversas vías conspirativas con múltiples antecedentes. Ni la ingenua tesis de la espontaneidad revolucionaria ni la amargada tesis de la conjura son creíbles. Fue un motín que se convirtió en un movimiento plurifuncional por el inmenso vacío del poder que dejaron las abdicaciones de Bayona. Unos españoles lo vivieron como una revolución; otros como una reacción. En cualquier caso, no puede comprenderse el Dos de Mayo sin la memoria histórica previa –la crisis del sistema con el fracaso del godoyismo–. Pero tampoco 1812 inventó nada. Ni la nueva nación ni la nueva revolución.

La gran novedad que hubo que asumir fue la de una España sin rey que exigía alternativas a partir del no reconocimiento de José I. La Constitución de 1812 fue un producto de la memoria histórica (particularmente aportada por Jovellanos y Martínez Marina) y de las lecturas francesas de algunos liberales. El jacobinismo (más aparente que real) de la Constitución fue una derivación de la necesidad de ganar la guerra. Más que los radicalismos ideológicos, lo que contó en Cádiz fue la escenificación, la conciencia de representación pública que tuvieron liberales y conservadores. De ahí que paralelamente a la división ideológica de los diputados haya que tener presente la bipartición entre exhibicionistas y discretos o entre apocalípticos e integrados, a mi juicio opciones posicionales más fieles a la realidad que la clásica bipolarización ideológica. En definitiva, no puede entenderse ni 1808 ni 1812 sin la herencia histórica previa. El adanismo con el que se ha juzgado posteriormente este perío¬do me parece poco creíble.

Por otra parte, 1808 no hay que contraponerlo a 1812. El patriotismo xenófobo frente al patriotismo integrador. Esa dicotomía es falsa. 1812 es la herencia finalmente resultante de la heterogénea confluencia de fuerzas que inciden en 1808. Las conquistas de la Constitución de 1812 no son el contrapunto al Dos de Mayo sino el legado de aquel tormentoso 1808 en que se produjo un levantamiento sin duda caótico, irracional y confuso, que no sabía bien lo que quería pero sí lo que no quería y que, en cualquier caso, cambió el rumbo de la historia de España. Nada fue ya igual. Pero la Historia tampoco puede entenderse sin la tradición previa: las precondiciones y los precipitantes. Ésta sería la primera lección que me sugiere la contemplación de aquellos años trascendentales en la biografía de España.

La segunda lección que nos genera la mirada sobre la guerra contra Napoleón es la necesidad de superar las lecturas simplistas que se han hecho de la misma. Ni los héroes fueron los ídolos que han sido adorados en los altares nacionales ni los villanos los demonios estigmatizados. Personajes como Godoy, Napoleón o José I han suscitado mil denuestos.

Hoy, en cambio, genera ternura José I, el monarca que soñó con ser el buen rey que España necesitaba; a Napoleón se le reconoce un cierto paternalismo regeneracionista en su interés por España, más allá de confundir la indignidad de los reyes con las capacidades morales de la sociedad española; y a Godoy se le ha liberado del estigma de traidor por el que estuvo a punto de ser asesinado en el motín de Aranjuez. Los héroes como Daoíz o Velarde no son vistos hoy como los espontáneos patriotas que dieron su vida por amor a España. Se sabe que Castaños no ganó más batallas que la de Bailén; Palafox fue un militar medio¬cre que supo descubrir la trascendencia de los media; Agustina de Aragón fue la heroína rentable por excelencia, en tanto que la única mujer en medio de hombres; y Wellington fue un genio militar pero profundamente reaccionario. ¿Y qué decir de Fernando VII? Primero fue príncipe mártir, luego rey deseado, para descubrirse –después de 1814– como nada deseable.

Por supuesto, la clásica frontera moral que se estableció entre patriotas y afrancesados tampoco tiene sentido. La tipología de los pro-galos fue muy plural y su diferenciación de los patriotas fue muy aleatoria con afrancesados precoces que se hacen patriotas después y lo contrario. El proyecto político de los afrancesados, en el ámbito cultural, fue paradójicamente muy nacionalista. Lo de España y anti-España es indefendible desde todos los puntos de vista.

La Guerra de la Independencia fue un conflicto profundamente costoso. Medio millón de muertos –250.000 españoles, 200.000 franceses y unos 50.000 ingleses–. Sólo en los sitios hubo más de 40.000 muertos. Fue una contienda que arruinó económicamente a España y que, sobre todo, dejó la estela de un protagonismo militar que sería la plataforma de pronunciamientos futuros y abrió paso a un insurreccionalismo social, en buena parte cultivado a caballo del guerrillerismo. Una contienda, pues, que quizás no merezca entusiasmos glorificadores ni emociones desbordadas.

Pero sí que merece una memoria histórica global que se nutra tanto de la épica de las grandes victorias como de los fracasos. Una memoria que sirva para celebrar la España constitucional que salió de aquella guerra, al mismo tiempo que para concienciarse de la propia fragilidad del patriotismo sólo constitucional y, desde luego, que permita echar la vista atrás sin las ansiedades ni los mitos de cartón piedra del franquismo. Porque, a la postre, la memoria de la guerra fue patrimonio de conservadores y progresistas. Todos quisieron mirarse en aquel espejo. España merece un aniversario de 1808 con memoria abierta y plural, que sea capaz de evocar la guerra con sus victorias y sus miserias y explore los caminos que conducen del Levantamiento de 1808 a la revolución de 1812. La revolución que fue y la que pudo ser. La España real y la soñada. Sin prejuicios ni complejos.

Fuente: www.muyinteresante.es
Fecha: 20/11/07

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