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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

martes, 20 de mayo de 2008

Articulo Lorenzo Silva. www.elmundo.es. 30/04/08

Lorenzo Silva


Las fuentes divergen, y no se sabe a ciencia cierta si vivió 17, 16 ó 15 años. La última cifra parece la más plausible si otorgamos crédito a la certificación de fallecimiento que encontrara el estudioso Carlos Cambronero. Pero tampoco cabe atribuir una exactitud incuestionable a ese documento, expedido siete años después para dar fe de la suerte de la más popular de las 400 víctimas mortales que dejó entre los madrileños el levantamiento del 2 de mayo de 1808.

Según registran los archivos, era hija de María Oñoro y Juan Malasaña, chispero (o herrero) del barrio de Maravillas de Madrid, donde tenía su fragua y su casa, en el número 18 de la calle de San Andrés. También nos consta que la chica era costurera, y que de alguna forma estuvo próxima a los acontecimientos que tuvieron lugar en el cuartel de artillería de Monteleón -en la actual plaza del Dos de Mayo-, donde los oficiales Daoíz y Velarde se sublevaron contra la ocupación napoleónica con el resultado por todos conocido. Cuentan que el padre de Manuela contribuyó a la defensa del cuartel disparando sobre los franceses desde el balcón de su casa, según unas versiones, o codo a codo con los militares desde el interior del recinto, según otras. Lo que parece seguro es que ni él ni su hija llegaron a ver el alba del día 3 de mayo.

Respecto a la forma en que Manuela encontró la muerte, hay al menos cinco versiones. Según unos, mientras su padre disparaba desde el balcón de la casa de la calle de San Andrés, ella le recargaba el arma, y en esta labor andaba cuando fue abatida por una bala francesa. Según otros, el disparo mortal le llegó cuando estaba con su progenitor en el interior del cuartel, ayudando a los defensores. Una tercera versión sostiene que fue interceptada por los franceses cuando pretendía romper el cerco para llevar provisiones a los sitiados y que, al percatarse de su propósito, los invasores la pasaron allí mismo por las armas. También hay quien dice que lo que sucedió fue que al registrarla le encon-traron las tijeras de costurera, y eso decidió su suerte, porque Murat había ordenado que se ejecutara a todo civil al que se sorprendiera con armas y las tijeras lo fueron en aquella improvisada y artesanal escabechina. Por último, la teoría más desmitificadora, y que en tiempos recientes parece gozar de más predicamento, sostiene que Manuela se pasó todo el día encerrada en el taller de costura donde trabajaba, y que al caer la noche, cuando regresaba a su casa, la pararon dos soldados franceses con intenciones de abusar de ella. La muchacha trató de defenderse son sus tijeras y sus agresores la tumbaron a tiros.

Fuera cual fuera la verdad, Manuela se convirtió en un símbolo del valor y de la negativa a doblegarse al extranjero de aquel pueblo furioso y temerario. Su apellido se convirtió en el nombre que le da hoy la gente al barrio donde vivía. Dicen que era de condición jovial y carácter extrovertido. En la Sala de Heroínas del Museo del Ejército hay un cuadro que la representa como una mujer atractiva y llena de aplomo.

Acaso nunca existió esa cuajada heroína guerrera. Puede que sólo fuera una desdichada niña de 15 años que se cruzó con la soldadesca enardecida. Da igual. Ahora es como queramos recordarla.

Especial: Segundo Centenario de la Guerra de la Independencia Española. 1808-1814

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

Fuente: www.elmundo.es
Fecha: 30/04/08

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