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Revista de Prensa: Artículos

miércoles, 11 de junio de 2008

Articulo Ramón Tamames. www.larazon.es. 29/05/08

Ramón Tamames


Se conmemoran los 200 años de lo que fue el gran episodio histórico: el de la División Española, que al mando de Don Pedro Caro y Sureda, tercer Marqués de La Romana, guarneció Dinamarca.

Dibujo: www.larazon.es

En la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País tuve el honor de participar en el ciclo organizado por la Fundación Instituto de Empresa -que preside Diego de Alcázar, el actual Marqués de La Romana, décimo de su estirpe-, en conmemoración de los 200 años de lo que fue el gran episodio histórico: el de la División Española, que al mando de Don Pedro Caro y Sureda, tercer Marqués de La Romana, guarneció Dinamarca. Durante una parte del año 1808, por el previo acuerdo de Bonaparte con Godoy de colaboración con el Ejército danés, a fin de cubrir el flanco Norte de la «Grande Armée», frente a coalición antinapoleónica de Inglaterra y Suecia.

Mi interés personal por la cuestión, lo explicaré brevemente, a partir del verano de 1953, cuando con diecinueve años, viajando en autostop, visité las islas de Seeland y Fionia en Dinamarca. Y ya de retorno, en la península de Jutlandia, a bordo del coche de una amable familia danesa, con la que iba hablando en inglés, nos acercamos a Kolding, avistando una poderosa fortaleza de ladrillo rojo ennegrecido en alguno de sus muros. «Ése es el castillo de Kolding -dije yo un tanto enfáticamente-, que incendiaron los soldados españoles del Marqués de La Romana». Ante lo cual, mis amigos daneses, no ocultaron su extrañeza: «¿Y usted cómo sabe eso? ¿Quién se lo ha contado?» Mi respuesta inmediata: «Lo he leído en una novela de un escritor español, Pío Baroja, «El gran torbellino del mundo», donde se refiere a los soldados españoles en Dinamarca en 1808».

El conductor esbozó una sonrisa, y entendí cómo en danés explicaba nuestra conversación a su esposa e hijos, que celebraron con risas lo que acababan de oír. Con una explicación inmediata del pater familias sobre la razón de tanto júbilo: «Nosotros somos los propietarios del castillo, y todavía no hemos reparado una parte de lo que incendiaron sus compatriotas en 1808».

Aquel episodio me hizo volver una y otra vez al tema, siendo ése el origen de mi conferencia en la citada Real Sociedad, y ahora en mayo, en versión inglesa, en Copenhague, por auspicio de la Fundación del Instituto de Empresa, la Embajada de España, y varias instituciones culturales e históricas de Dinamarca.

Los sucesos del 2 de mayo de 1808 de Madrid llegaron a los oídos de Don Pedro Caro y Sureda, quien en vez de jurar fidelidad con sus tropas a José I, como se le pedía, resolvió volver a España para luchar por la independen­cia de la nación. Se produjo así la retirada de la División Española de tierras danesas, donde habían tenido una relación de gran amistad y muy buena convivencia con la población, según describe Baroja patrióticamente en su ya citada novela.

En una especie de «Anábasis» a lo Jenofonte, el retorno de los 10.000 españoles que pudieron volver a la patria fue muy complicado; y triste la suerte de los 5.000 que quedaron prisioneros en Dinamarca. El caso es que el 10 de septiembre de 1808, ya reagrupadas en Gotemburgo todas las tropas, zarpó el bergantín «Calypso» con el Marqués de La Romana a bordo, rumbo a Londres; donde mantuvo una solemne entrevista con el rey Jorge III, en tanto que una flota británica llevaba a los soldados españoles a nuestros puertos del Norte.

El Marqués desembarcó el 19 de octubre en La Coruña, para pronto ser nombrado, por la Junta Suprema, general en jefe del llamado Ejército de la Izquierda. Con el cual luchó por años, siendo, además, uno de los creadores de la guerra de guerrillas, base principal de la resistencia española que tanto contribuyó a la derrota definitiva del gran corso.

En su libro «Viaje por España», Christian Andersen nos cuenta que siendo un niño de tres años, conoció a la «princesa de toda su vida, España». A través de un soldado de La Romana que un buen día, en su ciudad natal de Odense, le alzó en sus brazos y apretó contra sus labios una medalla de plata que llevaba: «A mí me gustó la medalla y que aquel extranjero bailara girando conmigo en sus brazos ?». Y más adelante, en otro pasaje del mismo libro, Andersen se despide de su princesa soñada: «El mapa nos muestra a España como la cabeza de doña Europa; yo vi su preciosa cara y no la olvidaré nunca. Dansk y spansk riman y forman poesía; como la del recuerdo de mi infancia que asocia en mi mente a Dinamarca con los españoles del Regimiento Zamora».

El tercer Marqués de La Romana, ya en Portugal, al lado de Wellington, se disponía a levantar el cerco de Badajoz por los franceses, cuando la muerte le sorprendió en febrero de 1811. «¡La desgracia persigue a España!», así exclamó Wellington al oír noticia tan infausta sobre su amigo el marqués. A quien rindió honras fúnebres, acompañando su cadáver por espacio de dos leguas hasta embarcarlo sobre el Tajo, para ser conducido a Lisboa, y de allí a Cádiz. «Por entre lágrimas de los que lo veían, el mismo Lord Wellington aumentaba las suyas», según el testimonio del portugués, José Accursio das Neves, que dedicó la mejor elegía a aquel gran patriota defensor de una nación que acababa de nacer. Hace ahora dos siglos.

Especial: Segundo Centenario de la Guerra de la Independencia Española. 1808-1814

Fuente: www.larazon.es
Fecha: 29/05/08

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