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Revista de Prensa: Artículos

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Articulo M. Martín Ferrand. ABC. 16/09/09

M. Martín Ferrand


Tener más hambre que un maestro de escuela, una frase proverbial, ha sido una triste realidad española hasta que, en 1901, recién creado el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes -un rótulo más ajustado que el actual-, el presidente del Consejo de Ministros, Práxedes Mateo Sagasta, incluyó en el Presupuesto del Estado, por vez primera en nuestra Historia, las retribuciones de los maestros de enseñanza primaria. Hasta ese momento recibían su sueldo, cuando lo recibían, de las esquilmadas cajas de los Ayuntamientos y, en ocasiones, de la caridad ciudadana. Hoy en día los «trabajadores de la enseñanza», que así les señala el lenguaje social al uso, ya no tienen hambre. De lo que ahora carecen es del respeto de sus alumnos y, por añadidura, padecen unos planes docentes de vuelo corto, tolerancia larga e inteligencia escasa. Más sociales y masificados que académicos y exigentes.

Vivimos una sociedad en crisis. En el epicentro de tan desolador terremoto, está la falta de autoridad. Consciente de ello, en la estela marcada en Francia por Nicolas Sarkozy, Esperanza Aguirre se ha propuesto recuperarla para los profesores que la tienen perdida, un poco, por su propia desidia y, un mucho, por la mala educación cívica de los alumnos -algunos asilvestrados- y la irresponsable impertinencia de los padres. La presidenta de Madrid propone una Ley de Autoridad del Profesor que, convirtiéndolos en «autoridad pública», pueda reforzar su poder en las aulas.

La autoridad no se alcanza sólo con una ley. No será suficiente que Aguirre les coloque a los profesores en la pechera una estrella de sheriff docente. En «Río Bravo», un western portentoso, Howard Hawks hace un análisis inteligente para matizar entre la potestad, la autoridad y sus símbolos. John Wayne no necesita la estrella que indica su cargo para merecer respeto y su ayudante, Dean Martin, con estrella y todo, no alcanza la autoridad hasta que no se la merece. Un profesor sin afeitar, con una camiseta playera -de las que llevan mensaje- y en chancletas difícilmente, ni con la ayuda de la Ley, obtendrá el respeto de sus alumnos y, sensu contrario, unos alumnos que no acudan al centro escolar con la disciplina puesta y el ejemplo familiar adecuado malamente aprenderán algo y se conducirán con urbanidad. Hemos de intentar volver, con ley o sin ella, a la idea del maestro y los discípulos. Hay valores permanentes.

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