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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Artículos

lunes, 29 de mayo de 1905

Articulo Ana María Ortiz. El Mundo. 23/03/2003

Ana María Ortiz
El Mundo




Pese a las bombas, sus parejas han decidido quedarse en Bagdad para cubrir el conflicto. Yolanda, que espera su primer hijo para finales de abril, y Lidia son veteranas en vivir con la inquietud. Ocho periodistas murieron en Afganistán.

Cuando está en la guerra él siempre me dice que los que estamos aquí percibimos que están 24 horas al día en peligro. Y en realidad, las situaciones de riesgo son el ratito del check point, una refriega de tiros... Después de hablar mucho con él he entendido que no todo el día su vida está en peligro, que sólo hay momentos.¿Miedo? Sí, no tiene por qué pasar nada, pero siempre te da un poquito de recelo». [Yolanda Benítez, 34 años, compañera de Jon Sistiaga, corresponsal de Telecinco en Bagdad].

«El otro día yo le preguntaba: "¿Y si te mueres, qué pasa?" Y me dice: "Pues si me muero, soy yo el que pierde". Ésa es su visión de las cosas. Con una persona que no tiene miedo a la muerte no puedes luchar, no tienes argumentos para convencerle de que lo deje. Jamás se lo he pedido. ¡Es que antes me dejaría a mí! Que esté cubriendo un conflicto no me causa un sufrimiento muy grande, pero sí mucha preocupación. Todos los días se te pasa lo peor por la cabeza, pero desconectas y punto. Si no, no podríamos vivir». [Lidia Blanco, 33 años, compañera de Carlos Días, técnico de sonido de TVE, en Bagdad].
Winston Churchill, quien fuera reportero de guerra en Africa en sus años mozos, solía decir que el «corresponsal de guerra es el periodista elevado a la máxima potencia». Y si se pregunta a quienes ejercen la profesión, la mayoría contesta que les anima el privilegio de mirar la Historia desde primerísima línea. Muchos, demasiados, han encontrado la muerte en ese afán por informar desde dentro de la batalla. Sólo en Afganistán ocho profesionales de los medios de comunicación -entre ellos el corresponsal de este periódico Julio Fuentes- perdieron la vida. En los últimos 12 años, según la Federación Internacional de Periodistas, 1.192 profesionales del gremio han sido asesinados. El 27% en zona de guerra.

HASTA EL FINAL

Esta semana, Jon Sistiaga, 35 años, y Carlos Días, 39 años, les decían a Yolanda y a Lidia que no van a regresar a casa pese a las bombas, que habían ido a Bagdad para cubrir una guerra y que ésta apenas había comenzado a escribirse. Se van a quedar hasta el final. Y ellas, entre la comprensión y la resignación.

Después de años (seis, Yolanda; 15, Lidia) viviendo con un reportero de guerra y ayudándole a hacer las maletas cada vez que huele a conflicto, son veteranas en lidiar con la ausencia y en sedar la inquietud. Kosovo, Afganistán, Israel-Palestina, Zaire, el antiguo Congo, Ruanda, Colombia, la Guerra del Golfo... Y ahora Irak. Verbalizan el desasosiego como si ello les ayudara a digerirlo: «Estoy un poco nerviosa y me dan mucha envidia las mujeres y los maridos de los periodistas que han vuelto a casa, pero entiendo que Jon quiera quedarse», dice Yolanda.

El mejor anestésico suele ser encender todos los días el televisor.Yolanda para escuchar las crónicas de Jon en Telecinco y Lidia, para intuir que Carlos está tras esa cámara de TVE que enfoca a Angela Rodicio. Están bien. El otro cordón umbilical que los conecta a más de 4.000 kilómetros de distancia, el teléfono, ha comenzado a fallar.

«Lo que más rabia me daría es que no regresara a tiempo y se lo perdiera, porque esto si que va a ser irrepetible». Se refiere Yolanda a Ibar, que da pataditas en su vientre y se le espera para finales de abril. Con una mano cuenta los días que faltan para el alumbramiento y con la otra mide el tempus de la guerra.A ver si los números cuadran y el futuro papá, que no quiere perderse detalle del conflicto, llega a tiempo. «Una semana de bombardeos, otra para entrar en Bagdad... Me ha dicho que con ver llegar a las tropas americanas a Bagdad se da por satisfecho».
El caso de Jon Sistiaga es bastante atípico. Cuando está en Madrid, se ocupa de la información nacional, hasta que suenan tambores de guerra. «Tengo una curiosidad intelectual muy profunda por entender por qué la gente se mata entre sí», explicaba el propio Sistiaga a CRONICA, «y he llegado a la conclusión de que las cosas por las que mueren y matan casi siempre son mucho menos sublimes de lo que ellos mismos creen, tanto las víctimas como los verdugos. No tienen tanto que ver con causas nacionalistas o étnicas y son mucho más económicas o geopolíticas». Se perdió la anterior Guerra del Golfo y ahora que la historia se repite, salvo que los dolores de parto precipiten su marcha, aguantará hasta el final.
Lidia Blanco, sabe que Carlos, si puede, también será de los últimos. «Estar en Madrid le pone nervioso. A él ir al Congreso de los Diputados o a entrevistar a algún ministro son cosas que le aburren. En cuanto pasa algo, dice: "Es que hay que estar allí, tengo que ir allí como sea". Delante de la televisión, como un loco, mirando todas las guerras». Con ésas, el año pasado Lidia sumó 180 días de soledad.

Responsable de que todo el equipo, desde el micrófono a la cámara, funcionen perfectamente, Carlos Días se encarga del sonido y presta sus ojos al que graba. Suele decir que es el que pega un empujón al cámara si en un momento dado ve venir una piedra.El suelo de Irak le es terreno conocido. Fue en el Kurdistán iraquí, tras la Guerra del Golfo, cuando Sadam arremetió contra los kurdos, donde vio su primer muerto. «Estábamos en la frontera de Irak y Turquía y estaban comenzando a pasar los primeros refugiados.El ejército turco había improvisado una especie de campamento con plásticos. A la entrada de algunas tiendas había unas montañitas, que apenas se elevaban un palmo del suelo, con zapatitos de niños.Te imaginas lo que puede ser pero pasas de largo. En una de esas vino una madre y nos lo puso así, delante. El niño se acababa de morir de hambre. Igual no me acuerdo de lo que comí ayer, pero eso fue hace 13 años y la cara de la madre y el niño no se me olvidarán jamás», relata el propio Carlos.
Toca hablar del riesgo. El elevado número de periodistas en las listas de bajas de las últimas guerras ha hecho que en el gremio salte la alarma.

Estos días una web (www.pressnetveb.com) recopila las recomendaciones de diferentes organismos (Comité para la Protección del Periodista, Federación Internacional de Periodistas, Reporteros sin fronteras) para sobrevivir en situaciones límites.Cómo atemperar los nervios de un niño soldado que te apunta con un arma, cómo enfrentarse a un secuestrador, a un ataque bacteriológico...Tras la guerra de Afganistán, la Universidad de Cambridge desarrolló un robot periodista destinado a grabar lo que sucede en lugares demasiados peligrosos para los reporteros de carne y hueso. Que se sepa, la máquina no está trabajando en Irak.

EL PELIGRO

Lidia Blanco es empleada en un laboratorio farmacéutico y suele enterarse de la mayoría de las aventuritas de Carlos a toro pasado: «A lo mejor seis meses después se le escapa: "Como cuando me pusieron un fusil en el estómago...". "¿Cómo? Eso no me lo habías contado". "¿Ah, no? Bueno, en realidad no fue para tanto"».

Yolanda Benítez, como Jon, trabaja en la redacción de Telecinco.Es subjefa de sociedad, aunque ahora lleve unas semanas de baja.Cosas de un embarazo primerizo. La cercanía al mundo periodístico le ha servido para entender el gusanillo informativo que mueve al reportero de guerra. Pero también para ser más consciente del peligro y de los límites de la prudencia. «Tiene chaleco antibalas y mascarilla antigás, pero yo no sé si los llevaría.El chaleco pesa muchísimo y te impide moverte y la mascarilla es también un mazacote horroroso. Además, los filtros hay que cambiarlos según la sustancia que sea. Tienes la máscara puesta y si es otro gas no sirve para nada. O sea que es un poco absurdo ponérsela».

Su peor pesadilla está fechada en abril de 1999. El día 2, Jon y el cámara Bernabé Domínguez desaparecieron del mapa en la frontera entre Kosovo y Macedonia. Durante cinco días estuvieron secuestrados por las tropas serbias en Pristina. «Es lo peor que me ha pasado en mi vida», relata Jon. «¿Qué hago siendo interrogado por un tipo enorme que me está arreando tortazos y diciéndome que soy un espía? ¿Cómo lo convenzo de que sólo soy un periodista que estaba sacando unas imágenes de unos cuantos refugiados en un tren. A los periodistas no nos han entrenado para pasar interrogatorios de este tipo».

Ahora que Jon está en Bagdad, quien se mueve nerviosa en el sofá de casa, más que Yolanda, es la madre del reportero. «Está histérica», cuenta la embarazada, «me llama y me dice: "Dile que se venga.¿Es que no hay nadie para ir a las guerras nada más que él?"».

Fuente: El Mundo
Fecha: 23/03/2003

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