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Artículos Profesionales


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Antonio Garrigues Walker. ABC. 11.09.03

Antonio Garrigues Walker
Presidente del Bufete Garrigues




Después de los atentados del 11/S nada hubiera podido impedir la invasión de Irak. Esa invasión -démoslo por seguro- se hubiera producido sin el apoyo de nadie, y en concreto sin el apoyo británico y español, e incluso con una, o, para el caso, varias, resoluciones absolutamente contrarias de la ONU. El país más poderoso del mundo tenía que demostrar -sobre todo ante su opinión pública pero también ante la internacional- su capacidad de reacción y su superioridad absoluta. Las víctimas humanas y el orgullo herido exigían una respuesta. Se trataba de una cuestión de principio.

Invadir Irak, además de afrontar una asignatura pendiente, era -según los expertos del gobierno Bush- una operación llena de buen sentido tanto militar como político. Su justificación no planteaba ningún problema. El régimen de Sadam Hussein -un dictador ciertamente sanguinario y despótico- poseía abundantes armas nucleares y químicas de destrucción masiva y múltiples conexiones con Al Qaeda y otras redes terroristas. Representaba, por lo tanto, una amenaza grave e inminente para la seguridad americana y para la paz mundial que había que eliminar sin más perdida de tiempo. No tenían pruebas concretas sobre las armas ni sobre las conexiones terroristas pero era algo tan lógico, ¡tan seguro!, que no sería responsable esperar a que se concretara la amenaza. La acción preventiva estaba enteramente justificada. Las pruebas aparecerían sin el menor género de dudas. Se trataría, así mismo, de una operación militar de ejecución rápida y limpia. Vendría a ser prácticamente un ejercicio de guerra digital en la que los riesgos bélicos serían mínimos. La abrumadora superioridad tecnológica unida a un conocimiento exhaustivo de las fuerzas del enemigo garantizaban un éxito quizá no tan rápido ni tan fácil como en Afganistán pero muy parecido. Una vez liberada de un dictador como Sadam Hussein, la población iraquí apoyaría mayoritariamente la nueva situación y los americanos -así lo pronosticó Wolfowitz- serían recibidos «como nos recibió el pueblo francés en 1944». El apoyo de la opinión pública americana a este plan estaba garantizado. En todo el mundo pero en especial en los países anglosajones, la ciudadanía, en situaciones de crisis, apoya siempre («right or wrong, my country») al gobierno. La muy probable oposición del resto del mundo, además de no importar en exceso, podría corregirse, en alguna forma, con el mensaje de que la invasión de Irak favorecería grandemente la paz en Oriente Medio porque los EE.UU. adoptarían, al fin, posturas mucho más comprometidas y menos sectarias. No como razones principales pero sí como subproductos importantes de la operación figuraban también dos asuntos interrelacionados: de un lado la mejoría de la imagen del Presidente y de su partido cara a confrontaciones electorales y de otro, el control del precio y del suministro de un petróleo de fácil extracción y buena calidad que podría ayudar a una economía, rodeada de escándalos financieros, cuya recuperación no se producía a pesar del anuncio de importantes reducciones fiscales y otros incentivos y estímulos. La invasión sería, finalmente, un aviso para todos los demás navegantes en las aguas turbias del terrorismo y de las armas de destrucción masiva, y en concreto para Irán y Corea del Norte.

Este fue el argumentario básico -tenía algo desde el principio de cuento de la lechera- de una operación militar y política que, según los analistas más serios, puede calificarse -así lo haría también Kazantakis- como «fracaso esplendoroso». Se ha roto el cántaro de los ensueños y ha emergido una realidad torva y fea. Las críticas empiezan a surgir desde todos los sectores de la sociedad. Una gran mayoría de los americanos piensan que su país se puede empantanar en Irak al estilo Vietnam o a cualquier otro estilo y que su economía, en todo caso, se va a resentir gravemente. Esas mismas o parecidas sensaciones prevalecen en Gran Bretaña. El deterioro creciente de la situación en Oriente Medio complica aún más las cosas. Ha llegado el momento -todo el mundo coincide en ello- de revisar actitudes y estrategias. Y eso es, exactamente, lo que ha empezado a suceder en estos últimos días. España tiene que estar especialmente atenta a este proceso de revisión.

En su reciente discurso del 7 de Septiembre, el Presidente Bush -cinco meses después de que él mismo, vestido de militar, diera por concluida victoriosamente la guerra de Irak-, se ha visto en la dura obligación de pedir, además de 87 billones de dólares, cosas importantes tanto a su propio pueblo como al resto del mundo. Me apresuro a opinar que, nos guste o no, habrá que dárselas. Habrá que dar las cosas que pide a pesar de todos los pesares que se pueden alegar. A pesar de que la invasión pudo y debió ser evitada; a pesar de las graves incompetencias que se han puesto de manifiesto durante y después de la invasión; a pesar de que ya parece claro que el gobierno americano y el gobierno inglés manipularon de forma interesada las pruebas sobre posesión de armas y conexiones terroristas; a pesar del daño que su peculiar equipo de ideólogos ha producido a la convivencia global desacreditando y descalificando a las Naciones Unidas; a pesar de haber generado una profunda y peligrosa división en Europa aislando y castigando al eje franco-alemán; a pesar de poner en peligro la relación atlántica; a pesar de sus continuas resistencias a las instituciones multilaterales y globales; a pesar de la forma -muy alejada de toda humildad- con la que ha pedido la colaboración internacional. A pesar de todo lo anterior es, en efecto, preciso que el mundo occidental en su conjunto, más Rusia y China, colaboren decididamente con los EE.UU. a salir de una encrucijada sumamente compleja que si no se controla pronto en alguna forma puede colocarnos a todos en situación de grave riesgo, en auténtico peligro.

Eso es lo que ha venido a reclamar en su discurso del 8 de Septiembre, Kofi Annan, que a pesar de las limitaciones que tiene que tolerar, está actuando con dignidad y con inteligencia. Hay, en efecto, que internacionalizar el conflicto. Hay que lograr una resolución unánime del Consejo de Seguridad que devuelva a la ONU su plena autoridad política sobre la situación en Irak, aún cuando los EE.UU. mantengan el liderazgo -conviene absolutamente, al menos de momento, que lo mantengan- sobre sus propias fuerzas militares y las que envíen, -al amparo de esta resolución-, otros países. Hay que recuperar la buena relación atlántica y superar los recelos de Francia, Alemania y Rusia que no deben caer en la tentación de dar lecciones de ética política o de poner condiciones de cumplimiento imposible o de amenazar con vetos de ningún tipo. Hay que lograr que los EE.UU. se manifiesten y se comporten de forma menos prepotente y asuman la necesidad y la autoridad de instituciones globales. Hay que poner en marcha una reforma de las Naciones Unidas que se adapte, con realismo, a las nuevas realidades. Será complicado y difícil hacerlo, pero eso es lo que hay que hacer.

España -a quien, en todo caso, interesa grandemente mantener su excelente relación con los EE.UU- puede ser, y yo pienso que va a ser, un país clave en todo este proceso. Hemos alcanzado un alto crédito como país y una inmejorable capacidad de diálogo con todos los personajes claves de este drama. Nuestra situación nos va a permitir moderar posiciones, intermediar en las distintas propuestas, buscar y arbitrar soluciones y sobre todo ayudar a que se genere un clima distinto. Hay que volver al espíritu del 11 de Septiembre y recrear la mayor coalición política de apoyo a un país que se generó de forma natural y espontánea en aquellos horribles momentos. Estos son también momentos difíciles, momentos en los que es preciso aportar un mínimo de grandeza, un mínimo de generosidad, y, desde luego, un mínimo de sensatez. Estados Unidos necesita y merece el apoyo que pide aún cuando ellos sean los culpables de la situación que se ha creado, aún cuando el gobierno que dirige sus destinos no haya estado a la altura de las circunstancias. La ciudadanía americana provocará los cambios necesarios para evitar que un grupo de personas, con necias ansias autárquicas e imperialistas, puedan desacreditar a un país que debe liderar ese modelo de globalización que devuelva al mundo la esperanza de un futuro digno, un futuro que tiene sus primeros retos en el encuentro con los cinco grandes que ha convocado Kofi Annan en Ginebra para este fin de semana y desde luego, en la reunión que se está celebrando en Cancún. Crucemos los dedos.

Yo lo haré hoy desde la zona cero en Nueva York, solidarizándome con la pena de un país grande y bueno.


Fuente: ABC
Fecha: 11.09.03

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