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Artículos Profesionales


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Alejandra Ruiz-Hermosilla. La Razón. 11.09.03

Alejandra Ruiz-Hermosilla




Por primera vez desde que los británicos quemaran Washington en 1814, los Estados Unidos sufrían un ataque en su territorio nacional. El 11 de septiembre de 2001, los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y el avión secuestrado que se estrelló en Pensilvania robaron la inocencia de los millones de estadounidenses que creían en la invulnerabilidad del país más poderoso del mundo. El golpe que los terroristas de la organización Al Qaida, dirigida por el millonario integrista saudí Osama ben Laden, propinaron a los EE UU fue certero y dañó todos sus órganos vitales, sobre todo la seguridad y la economía, además de matar a más de 3.000 personas. La respuesta a la agresión no se hizo esperar aunque tampoco fue inmediata. Entre una y otra han dibujado, dos años después, un mundo distinto en casi todos los ámbitos, desde las relaciones internacionales hasta los viajes en avión.

Apenas un mes después de los trágicos atentados aéreos del 11-S, los EE UU tuvieron que hacer frente a una ola de atentados postales. La administración pública y sus representantes fueron los principales destinatarios de una serie de cartas llenas de esporas mortales de ántrax con las que el remitente asesinó a cinco personas, infectó a una veintena, puso bajo tratamiento preventivo a miles y aterrorizó a millones. El presidente George Bush llegó a afirmar que los ataques con ántrax eran la «segunda fase» de los atentados terroristas contra el país. El pánico volvió a sacudir a una población que se había hecho piña en torno a las víctimas del 11-S y que lloraba, rezaba y entonaba el himno nacional con una sola voz. Pero incluso esta muestra de patriotismo dolorido y solidario fue vapuleada cuando, tras meses de investigación a cargo del FBI y de la CIA, todas las pistas apuntaban a un terrorista o grupo violento doméstico.

Sin embargo, la identificación del instigador y máximo responsable de los atentados en Nueva York y Washington había sido mucho más rápida, permitió poner cara al enemigo, localizarlo fuera de las fronteras estadounidenses y poner en marcha contra él la poderosa máquina bélica de los EE UU. Osama ben Laden era el enemigo público número uno, estaba en Afganistán y lo protegía el gobierno de los extremistas islámicos talibán. Así quedaba definido el campo de batalla de la primera guerra del siglo XXI.

A última hora del domingo 7 de octubre de 2001, las fuerzas estadounidenses ejecutaron la orden que el presidente Bush llevaba anunciando varios días y bombardearon, en dos oleadas y con participación británica, varios objetivos talibán señalados por los equipos estadounidenses de inteligencia en Afganistán. Al amanecer, se detuvo el bombardeo, pero los proyectiles volvieron a caer sobre «centros terroristas cercanos a la capital, Kabul, y a la ciudad santa de Kandahar», residencia del máximo dirigente talibán, el mulá Omar, un instante después de que lo hiciera la noche.

Líderes políticos de los cinco continentes apoyaron la «respuesta estadounidense contra los terroristas que atentaron en Nueva York y Washington». George Bush aprovechó para anunciar en una carta al Consejo de Seguridad de la ONU su intención de llevar la «guerra contra el terrorismo en legítima defensa» contra otros grupos distintos de Al Qaida y contra otros «estados patrocinadores del terrorismo» más allá de Afganistán.

El secretario general de la ONU, Kofi Annan, mostró su preocupación ante este anuncio mientras un portavoz de Osama ben Laden llamaba a la guerra santa contra los EE UU a todos los musulmanes.

A los primeros bombardeos nocturnos se sumaron los diurnos y se hicieron más intensos al tiempo que el presidente Bush ofrecía a los afganos una segunda oportunidad si entregaban a Ben Laden, a sus lugarteniente y a otros «granujas y criminales». La respuesta salió de los labios del tuerto mulá Omar y fue una nueva llamada a la guerra santa contra la coalición anglo-estadounidense. Para sumar países a esa alianza contra el terrorismo, el presidente de los EE UU y el secretario de Estado, Colin Powell, se desplazan a China y a India, que les otorgan su apoyo.

El 19 de octubre de 2001, entraron en Afganistán tropas terrestres aliadas con la misión de capturar a Ben Laden y a los líderes talibán mientras la ONU pedía a los EE UU un parón en los bombardeos para suministrar ayuda humanitaria. Pero tres días después un contingente de 550 soldados australianos de las fuerzas especiales llegaba a Afganistán y la guerra no parecía tener pausa. Además, a los buques y aviones enviados, Reino Unido sumó tropas especiales para misiones terrestres.

Eran los últimos días de octubre de 2001 y el Congreso de los EE UU aprobó una ley antiterrorista conocida como «U.S. Patriot Act», responsable de una de las nuevas características del mundo nacido tras el 11-S: la restricción de los derechos y libertades de los ciudadanos en nombre de la seguridad. La práctica equiparación de los inmigrantes con los sospechosos, los registros de domicilios y negocios, las escuchas e investigaciones secretas y el estricto control fronterizo derivados de esa ley han convertido los aeropuertos de los EE UU en un infierno, la vida de sus ciudadanos en objeto de seguimiento y la nacionalidad en razón de sospecha.

Las bajas civiles se multiplican en la operación «Libertad duradera» y las manifestaciones contra la intervención en Afganistán se repiten en toda Europa, pero el primer ministro británico Tony Blair mantiene su apoyo a la operación y empieza una gira por Oriente Próximo para explicarla y recabar apoyos.

El mundo islámico, desestabilizado

Recién estrenado el mes de noviembre, la Alianza del Norte, integrada por opositores al régimen talibán y respaldada por EE UU, decide hacer frente a los «estudiantes del Corán» y avanza desde sus posiciones hacia Kabul ante una sorprendentemente escasa resistencia.Combatientes voluntarios llegan al país desde todos los rincones del mundo musulmán, pero no logran evitar la caída de Kabul y del régimen de terror impuesto por el mulá Omar.

A pesar de los bombardeos selectivos, de las informaciones de la inteligencia y de las misiones especiales, Osama Ben Laden no aparece ni vivo ni muerto. Las críticas arrecian contra la administración Bush que acaba de autorizar los juicios militares para los prisioneros acusados de terrorismo, entre ellos el llamado «talibán americano». Caído el régimen integrista de Afganistán, la ONU adopta una resolución que prevé la formación de un gobierno multiétnico en en el país, el despliegue de una fuerza internacional y elecciones en dos años. Las tropas de la coalición siguen buscando hoy al enemigo público número uno y no se han retirado de Afganistán, donde los atentados siguen siendo protagonistas casi diarios y han tenido como objetivo incluso al nuevo presidente interino Hamid Karzai, surgido de la conferencia interafgana de Bonn.

Así, con la herida afgana sin cicatrizar, Washington vuelve la vista a un antiguo enemigo al que no terminó de derrotar después de que invadiera Kuwait en 1991: Sadam Husein. El tirano iraquí había cometido el error de expulsar a los inspectores de la ONU y Bush no tardó en pedirle que permitiera su retorno para investigar el posible desarrollo de armas de destrucción masiva susceptibles de ser utilizadas por los terroristas islámicos contra EE UU. La guerra contra el terrorismo no ha acabado.

El año 2002 se inaugura con las imágenes de los prisioneros afganos encapuchados y encadenados en la base estadounidense de Guantánamo (Cuba) y con la detención en Europa de supuestos miembros de Al Qaida. El viejo contienen mantiene las filas cerradas en cuanto a la lucha antiterrorista y el apoyo a los EE UU cuando Bush crea el «eje del mal», integrado por Iraq, Irán y Corea del Norte. Pero Oriente Medio no puede mantener ya las filas cerradas como los europeos y el descontento de los musulmanes con sus dirigentes se manifiesta por primera vez con el atentado contra una iglesia cristiana en Islamabad (Pakistán). Los autores del ataque, que mató a cinco personas, demostraron a su gobierno que el apoyo a los EE UU en su campaña mundial contra el terrorismo no era bien recibido entre el pueblo. Esta es la segunda característica del paisaje surgido tras el 11-S: la desestabilización de los gobiernos musulmanes que se aliaron con los estadounidenses y que han sustituido a Arabia Saudí en este papel. Se trata, sobre todo, de Egipto y Jordania, los nuevos «amigos» de EE UU tras conocerse que la mayoría de los suicidas que atentaron contra Nueva York y Washington eran saudíes.

A esta novedad hay que añadir otra en las relaciones internacionales fruto del nuevo orden comandado por los EE UU. En mayo de 2002, la OTAN y Rusia firmaron la Declaración de Roma, que creó un organismo conjunto de coordinación para la toma de decisiones en materia de defensa. Este acuerdo se enmarca en la aproximación que tanto los EE UU como Europa comenzaron hacia Rusia tras los atentados del 11-S y como resultado de una mayor comprensión de la postura del gobierno de Vladimir Putin en su guerra contra los independentistas chechenos, que pasaron a ser considerados terroristas islámicos.

En este ambiente se celebró el primer aniversario de los atentados que cambiaron el mundo y que Bush aprovechó para amenazar a Iraq con una intervención militar sino permitía el trabajo de los inspectores de la ONU en un tira afloja que llevaba meses entorpeciendo las relaciones entre los EE UU y las Naciones Unidas en medio de la marea suscitada por Iraq con el apoyo de los países musulmanes para que le fueran retiradas las sanciones impuestas tras la Guerra del Golfo.

El eje atlántico de Azores

La presión estadounidense, sustentada en la acusación de posesión de armas de destrucción masiva, forzó que los inspectores regresaran a territorio iraquí en diciembre de 2002, poco después de que la ONU aprobara por unanimidad la resolución 1.441que daba un ultimátum de 30 días a Iraq antes de autorizar a EE UU a emplear la fuerza si el régimen de Sadam no se desarmaba.

Quizá ésta fuera la última muestra de consenso en el Consejo de Seguridad de la ONU que vivió uno de los episodios más lamentables de su historia, marcado por las discrepancias entre las naciones que lo integraban y la inoperancia de sus decisiones, durante los meses previos a la guerra de Iraq. Este episodio ha dejado su huella en el mundo dibujado por el 11-S, que ha heredado una ONU débil y dividida.

Entre febrero y marzo de 2002, los inspectores no hallan pruebas de que Iraq fabrique armas de destrucción masiva, pero tampoco de que no lo haga, y los EE UU presentan ante los 15 miembros del Consejo de Seguridad de la ONU pruebas de que el régimen de Sadam posee armas de destrucción masiva. El 7 de marzo, los EE UU, Reino Unido y España presentan un proyecto de resolución por el que dan a Sadam un ultimátum para desarmarse antes del 17 del mismo mes o hacer frente a una posible guerra. Francia, Rusia y Alemania rechazan el ultimátum y llaman al diálogo para establecer plazos en el desarme iraquí, pero Bush insiste en que el 17 de marzo es el último día para votar una segunda resolución.

Un día antes de que expire el plazo, George Bush, José María Aznar, Tony Blair y Jose Manuel Durao Barroso se reúnen en las Islas Azores (Portugal) para tratar el asunto iraquí. Quedaba así conformado el nuevo eje atlántico que al día siguiente no presentó su proyecto de resolución ante la firme amenaza francesa de veto. Y vencido el plazo, George Bush se dirigió a los estadounidenses y anunció la guerra. El 20 de marzo de 2003, EE UU lanzó un ataque contra objetivos estratégicos en Iraq y comenzó la «tormenta del desierto». Veinte días después, las fuerzas de la coalición anglo-estadounidense llegaron al corazón de Bagdad y pusieron fin al gobierno de Sadam. Inmediatamente, el Consejo de Seguridad de la ONU anuló las sanciones impuestas a Iraq durante 13 años.

La guerra se saldó con poco más de 150 bajas aliadas, pero la posguerra ya ha costado la vida a 157 soldados británicos y estadounidenses sin haber capturado a Sadam Husein... ni a Ben Laden. Las reacciones contrarias a la guerra recorrieron el mundo y hoy, casi dos años después del 11-S, han dejado una Unión Europea poco unida, una Iberoamérica abandonada por el «gran hermano» estadounidense centrado en el ámbito musulmán, unas Naciones Unidas sin poder, unos EE UU asustados, doloridos y en recesión, y un mundo islámico inestable y desangrado por atentados terroristas. Estos ataques son constantes en Iraq, también en Afganistán, y han dejado decenas de víctimas desde Indonesia a Marruecos pasando por Arabia Saudí. Los musulmanes han sufrido hasta en el turismo, que hoy elige destinos «más seguros» y viaja menos, por lo que varias compañías aéreas han quebrado en los últimos 24 meses y las supervivientes idean estrategias apara captar clientes.

La guerra también ha sumido a Tony Blair en la mayor crisis desde que llegara al número 10 de Downing Street. Su incapacidad para justificar la intervención en Iraq y el escándalo tras el suicidio del experto en armas de destrucción masiva David Kelly le han restado apoyos entre la opinión pública británica.

Mientras, en Nueva York, el segundo aniversario del 11-S se conmemorará entre las diferencias que enfrentan a las autoridades con los familiares de las víctimas por el proyecto de reconstrucción de la llamada Zona Cero. La recesión económica que sufre la ciudad y el miedo a un segundo ataque mantiene crispados los ánimos en el corazón del imperio, tal y como puso de manifiesto el reciente apagón que afectó a la ciudad de los rascacielos. En Nueva York, George Bush recibirá pocos votos para ser reelegido presidente a finales de 2004, unas elecciones que ya se empiezan a librar. Por eso, el presidente estadounidense está intentado que la ONU envíe más tropas a Iraq. Necesita reducir sus gastos militares, ampliar al máximo el apoyo internacional a su política y cerrar con éxito alguna de las batallas abiertas en su guerra contra el terrorismo que, dos años después, no ha detenido los atentados ni ha sentado en el banquillo a Ben Laden o a Sadam Husein, a pesar de haber cambiado el mundo

Fuente: La Razón
Fecha: 11.09.03

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