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Artículos Profesionales


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Mónica García Prieto. El Mundo. 21/09/2003

Mónica García Prieto
El Mundo


Noelia, Lourdes, Paqui y Teresa son cuatro de las 15 legionarias enviadas a Irak, un mundo lleno de armas, violencia y machismo.«Las damas legionarias», como se las llama, se sinceran con la periodista, armadas con su fusil de asalto HK. «Le estamos echando ganas y huevos», dice una en lenguaje propio del cuerpo.

«Nosotras lo que somos es unas privilegiadas». Unas privilegiadas por trabajar a 55 grados sobre cero en medio del desierto, sin horarios, en un país invadido por EEUU y Gran Bretaña con el apoyo incondicional del Gobierno español, donde los ataques contra las tropas ocupantes (para los rebeldes iraquíes, todos aquellos que lleven un uniforme militar) son mortalmente diarios y donde Al Qaeda, la temida red terrorista internacional, amenaza de muerte a todo extranjero que pise el suelo de la antigua Mesopotamia. Están en el ojo del huracán, en uno de los lugares hoy más peligrosos del mundo, pero las palabras de la dama legionaria Teresa Muñoz, malagueña de 28 años, son inmediatamente repetidas por tres compañeras como una letanía: «Unas privilegiadas». «Claro que sí. Todos mis compañeros de la Brigada Alfonso XIII de Almería, a la que pertenezco, estaban ansiosos por venir. Y seremos la envidia del resto en cuanto regresemos», añade Lourdes Galindo, legionaria de 26 años y voz más masculina que femenina pero mirada risueña.

En la Base España de Diwaniya, la región del sur de Irak asignada a los militares españoles por el Mando Central norteamericano, la presencia de mujeres, legionarias o soldados, está a la orden del día. No son la cara bonita de la misión ni una forma de maquillar el inherente machismo de las Fuerzas Armadas, sino profesionales orgullosas de cumplir con una misión dura e incierta.

Restan importancia a su condición sexual en un mundo tradicionalmente masculino, pero no admiten que se las discrimine ni positiva ni negativamente. De los 300 legionarios desplazados a Irak, 15 son mujeres, con las mismas obligaciones y derechos que sus colegas masculinos. En total, la Brigada Plus Ultra cuenta con 77 rostros femeninos que apenas se distinguen, con sus uniformes militares, del resto del destacamento.
Coincidir con varias de estas jóvenes legionarias a la vez no es fácil. Dos de ellas, Noelia Jiménez, 24 años, y Paqui Vergara, una malagueña de 20, están en alerta, a la espera de una orden para calzarse el casco y el chaleco blindado y, en cuestión de 15 minutos, salir a patrullar con un fusil de asalto HK de 5,56 milímetros cualquier sector desconocido de una provincia de considerable tamaño y mayoría chií.

Su función principal es cachear a las mujeres en los controles de carretera, ya que las permeables fronteras del Irak del desgobierno propician el tráfico de armas, drogas y terroristas procedentes de todos los países vecinos: desde Jordania hasta Siria, pasando por Turquía, Irán o Kuwait. Sus colegas masculinos se ocupan de registrar a los varones, demostrando un exquisito respeto por la mujer musulmana.

Dentro de pocas semanas, su misión se ampliará a la provincia de Nayaf, una «zona hortofrutícola» en palabras del ministro de Defensa español, Federico Trillo, donde ya se ha registrado uno de los atentados más sangrientos desde el final de la ocupación (más de 80 muertos, entre ellos uno de los más significativos líderes religiosos locales, el ayatolá Mohamed Baqr al Hakim).

Lourdes y Teresa, las otras dos legionarias, que no están bajo aviso, están casi molestas por tener que abandonar su pelotón para atender a CRONICA. «No me extraña. Que se vayan a patrullar sin mí hace que lo pase mal, porque al regreso siento mucha envidia.El día que me tengo que quedar en la Base, se van al pueblo guay», dice la dama legionaria Jiménez. Es la única de las cuatro que, dada su robusta constitución física y su pelo cortado al uno, tiene aspecto masculino. «En Diwaniya, la gente me llama mister.Y no es que me moleste, pero... Menos mal que llevo pendientes».

A 63 GRADOS CENTÍGRADOS

El aire seco abrasa la cara en el trozo de desierto donde se ha levantado la Base España, de un perímetro de cuatro kilómetros y situada a las afueras de la ciudad, de 450.000 habitantes, pero las chicas restan importancia a las altas temperaturas que amenazan con deshidratación permanente. «Tenías que haber pasado el calor de Kuwait en pleno agosto. Pasamos allí cinco días a 63 grados», interviene Paqui, también procedente de Málaga.
Ella y su amiga y compañera Teresa tienen vidas paralelas. Paqui se crió en Alora, «un pueblo de legionarios, así que lo he mamado desde pequeñita», relata. Se conocen desde 1995, ya que a pesar de los ocho años de edad que se llevan, las abuelas de ambas eran amigas y sus hermanas estudiaron juntas.

La decisión de ingresar en la Legión no fue bien aceptada por sus familias, que las tacharon de locas. Sólo cuando aprobaron el acceso al cuerpo sus allegados se convencieron de que iban muy en serio, aunque probablemente nunca hubieran imaginado que sus niñas pasarían el verano de 2003 en la guerra de Irak.

Teresa y Paqui ya llevan dos meses en el Golfo Pérsico y dicen que se les ha pasado el tiempo volando. «Nos hemos adaptado enseguida», interviene Noelia. «Ahora, nuestra familia es nuestro pelotón, trabajamos juntos las 24 horas del día».

Se trata de grupos reducidos de entre cinco y ocho personas que siempre trabajan en equipo. «Eso es lo bonito», dice Lourdes evocando el «A mí la Legión» del credo legionario que Millán Astray enunció hace 80 años. «La gracia está en que hacemos una pateada de 30 horas, y aunque tengamos 15 ampollas o una, nadie se queja. Y si algún compañero desfallece, si hay que llevarle a hombros se le lleva. Pero te aseguro que nadie se queja por mucho que sufra, nos limitamos a recitar el espíritu de la Legión y a olvidarnos del cansancio».

Nunca hay horarios fijos, se trabaja a destajo, las patrullas nocturnas (la que más tensión provocan) duran desde las 20.00 hasta las 06.00 horas, y además está la cuestión económica. Todos los que piensan que los legionarios o soldados se enrolan para ir a Irak con el objetivo de ganar más dinero se equivocan. «Ganamos lo mismo que en España, lo único que se cobran son dietas de misión. Pero aquí nadie viene a hacerse rico». Y aunque hubiera alguno que lo pensara, a estas alturas ya debe de haberse apercibido de que ningún dinero puede pagar la experiencia de participar en la estabilización de un país armado hasta los dientes y recién ocupado tras una dura campaña de bombardeos aplaudida por el Gobierno de Aznar.

Las cuatro damas legionarias, como se las llama en el cuerpo, tenían claro incluso antes de que terminaran oficialmente las hostilidades que querían participar en la misión. «Yo ya estuve en Kosovo, pero quería vivir una experiencia pura», dice Noelia mientras enciende un cigarrillo americano. Lleva cuatro años en la Legión, pero nunca había pasado por algo así. «Esta vez, el mérito lo tenemos nosotros. Cuando llegamos, apenas había unos barracones; ahora la base está montada y nuestras labores de patrulla y asistencia a la población son plenas», continúa.

Mientras buena parte de España salía a las calles con pancartas de «No a la guerra», nuestras cuatro chicas llamaban a diario a sus brigadas para saber si podrían participar en el conflicto, ya que el Gobierno de Aznar apoyaba la línea invasora de George W. Bush y Tony Blair.

«A mí no me interesa la política, pero si hay que ir, tengo que hacerlo. Es la única manera de desempeñar nuestro trabajo de verdad», continúa. «Esto no es lo mismo que hacer maniobras», añade Lourdes, antes de que intervenga Teresa: «No paramos de dar la lata hasta que conseguimos venir».
Pero una cosa es mirar la televisión desde Europa y otra arribar al polvoriento Irak. Se esperaban una resistencia armada y, a cambio, dicen haber encontrado cierta simpatía hacia lo español.«Yo creía que nos recibirían fatal, y me quedé alucinada cuando oí al primer tipo decir: "American, no, Spain, good, olé"», dice Noelia Jiménez. «Lo mejor es que casi todo Diwaniya dice ser del Real Madrid, y siempre que nos ven gritan: "¡Raúl, Hierro!", salvo uno, que prefiere al Barça».

Todas quitan importancia a la seriedad de la situación, en un obvio intento de protegerse del miedo. «Estamos viendo cosas muy feas, pero todo está mucho mejor de lo que esperaba», dice Lourdes con gesto serio. «Por suerte, el BMR [Blindado Medio Ruedas, un robusto vehículo militar dotado de ametralladora] impone mucho».

Los BMR siempre patrullan en parejas, por motivos de seguridad.«A nosotros nos respetan, parece que se ha corrido la voz de que somos más abiertos y tranquilos que los americanos», prosigue Lourdes. «Aunque, por supuesto, llamamos la atención. Las mujeres iraquíes nos miran como a bichos raros, montan corrillos cuando nos ven vestidas de uniforme, y los hombres no se comportan de manera muy distinta». «Yo creo incluso que entre las mujeres más jóvenes suscitamos envidia, mientras que los mayores nos miran como a bichos raros, nos ladran más que saludarnos», dice Teresa. «El resto es increíblemente hospitalario, nos miran y se ríen», añade Lourdes.

HABICHUELAS Y PASTELES

Realmente, se sienten abrumadas por la hospitalidad de un pueblo al que se pinta desde Occidente como salvajes del Lejano Este.«Nos ofrecen té por las calles, platos de habichuelas, pasteles locales... Es increíble, sabiendo que están en la miseria. Pero ten en cuenta que en muchos pueblos somos los primeros extranjeros que ven».

Porque la Brigada Plus Ultra, a diferencia de los estadounidenses, que sólo patrullaban las calles de la capital de la provincia, recorren toda Diwaniya siguiendo las directrices del mando polaco, del que dependen. El esfuerzo físico es lo que menos preocupa a las legionarias, para quienes demostrar que valen lo mismo que sus colegas es una cuestión de honor. «Le estamos echando ganas y huevos, y así se llega a todos sitios, sobre todo teniendo a los compañeros al lado», dice Lourdes.

La llegada a la Base España, después de las patrullas, es un alivio para nuestras legionarias. Ninguna de las chicas, como el resto de la tropa y oficiales que integran la Plus Ultra, podían soñar que sus condiciones de vida serían tan dignas. «Cuando veníamos desde Kuwait, nos imaginábamos tirados en el desierto, en tiendas de campaña. Pero tenemos muchas instalaciones, camas, duchas a diario, incluso podemos llamar a menudo a casa», prosigue Paqui.

Porque lo más difícil es compaginar el entusiasmo del deber cumplido con la angustia de las familias que, desde España, imaginan que todo Irak es un polvorín. «Cuando les dije que me venía, mi familia me dijo que estaba loca», dice Paqui, «pero sabían que no me podían quitar la idea de la cabeza». «A mí, mi madre me dijo que no iría de ninguna manera», añade Teresa, curiosamente la mayor de las cuatro.

«Por supuesto, a mi madre también le impresionó la idea, pero sé que si le hubiera cogido más joven ella también lo habría hecho», relata Noelia. «No se pierde ni un solo aniversario de la Legión. Al final, está encantada de que haya probado esta experiencia». Lourdes recibió en casa una respuesta similar.«Tú no vas», le dijo su madre. Ahora es su hermano, filólogo de lengua árabe, quien más la envidia de su familia. La única que no recibió reproches fue Noelia. Su chico, también legionario, con quien convive desde hace más de un año, es quien le espera en casa y no viceversa, como hubiera ocurrido hace apenas unos años.

«El tiempo pasa volando. Los escasos ratos libres, al final de la jornada, los pasamos en nuestro barracón, escuchando música y charlando. Y una vez que nos metemos en el catre, no duramos ni tres canciones. El cansancio nos hace dormir casi enseguida», cuenta Paqui.

Las legionarias de 2003 no renuncian a su condición de mujeres, y en su neceser no falta el champú, el desodorante, el agua de colonia y las toallitas húmedas, pero son mucho más discretas que los hombres. «¡Ellos han traído perfumes!», dice Noelia entre risas, mientras dos cabos que se han sumado a la conversación asienten divertidos. «Menos mal que no me has preguntado por mi neceser», comenta uno de ellos.


El ánimo es alto, sobre todo porque han podido celebrar el 83 aniversario de la fundación de la Legión española -el 20 de septiembre de 1920- en plena misión y con la asistencia del máximo cargo militar español en la antigua Mesopotamia, el general Cardona.«Si ya te dije que somos unas afortunadas...».



















PAQUI VERGARA.

 20 años; dos en la Legión.


«Cuando veníamos desde Kuwait, nos imaginábamos tirados en el
desierto, en tiendas de campaña. Pero tenemos muchas
instalaciones, camas, duchas a diario, incluso podemos llamar a
menudo a casa».



NOELIA JIMÉNEZ.

 24 años; cuatro en la Legión.

«No
me interesa la política; si hay que ir, tengo que hacerlo. Es la
única manera de desempeñar nuestro trabajo de verdad. Mi madre
está encantada. No se pierde un aniversario de la Legión y si le
hubiera cogido más joven, también habría venido».



TERESA MUÑOZ.

28 años; dos en la Legión.

«Yo
creo incluso que entre las mujeres iraquíes más jóvenes suscitamos
cierta envidia. Las personas mayores, en cambio, nos miran como si
fuésemos bichos raros. Nos ladran más que saludarnos».



LOURDES GALINDO.

26 años; cinco en la Legión.

«Lo
bonito es "patear" 30 horas y que nadie se queje, aunque tenga 15
ampollas. Si hay que llevar a un compañero a hombros, se le lleva.
Pero nadie se queja. Recitamos el espíritu de la Legión y
olvidamos el cansancio».



DE PATRULLA CON LA PLUS ULTRA

Los dos imponentes BMR, con la bandera española ondeando al viento del desierto, salen pesadamente de la Base España sorteando los obstáculos que los mismos militares han colocado para evitar atentados con coches bomba. El enemigo asusta, sobre todo porque es invisible. Cualquier carro blindado es objetivo preferente de los baasistas, los fieles de Sadam, y los voluntarios árabes que aprovechan la ilegalidad de la invasión para llevar a cabo su yihad.

Entre el rugido de los BMR, el joven teniente Sergio Valbuena relata a gritos la misión: «Se trata de visitar un polvorín abandonado por el Ejército de Sadam. Allí hay abundante munición y explosivos, y tememos que la policía iraquí esté traficando o robando armamento».

El polvorín, al sureste de Diwaniya, está custodiado por agentes iraquíes que, chapurreando cuatro palabras de inglés, no se muestran muy conformes con la visita. Finalmente ceden. En el recinto se almacenan explosivos, vainas y proyectiles de todo tipo.Valbuena reitera su desconfianza: «Aún no podemos contabilizar toda la munición de los cuatro polvorines que hemos encontrado, pero parece que están siendo saqueados».

MIEDO Y TENSION

Durante las patrullas, los miembros del pelotón se guardan instintivamente las espaldas, aunque de vez en cuando bromeen para distender la tensión. El siguiente objetivo es un puesto de carretera donde media docena de iraquíes tiene la misión de registrar los coches que entran en Diwaniya. Hasta que los dos BMR no se acercan, los iraquíes no habían parado ni un coche. Valbuena se dirige al responsable local. Éste, en un inglés exasperante, jura que todos los vehículos son registrados, y hace un ademán a sus hombres para que comiencen a parar coches.

Obligan a salir a sus ocupantes que, con mirada indiferente o divertida, abren el maletero y se dejan cachear. En ninguno de los coches hay armas, pero es cuestión de suerte: «En la última semana hemos realizado 128 controles y examinado 1.327 vehículos.Nos hemos incautado de 10 kalashnikov, tres pistolas y una ametralladora», relata el comandante Martínez Falero, que está haciendo una campaña en las televisiones locales para pedir a la población que entregue sus armas. Sabe que, hasta que no haya seguridad en la zona, no se podrán emprender los proyectos que exige la población chií de Diwaniya, maltratada por el régimen de Sadam.

Fuente: El Mundo
Fecha: 21/09/2003

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