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Artículos Profesionales


Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo El Mundo. El Mundo. 02/02/2004

El Mundo


Cientos de detenidos y acusados por los más diversos delitos desfilan cada día por los despachos, los pasillos y los calabozos de plaza de Castilla. Algunos son habituales; otros pasan sus primeros días en España

Tiene 20 años y es la primera vez que visita España. Ni siquiera le dio tiempo a ver al maleante que le estaba esperando para recoger el cargamento de droga.

La policía ya notó en sus andares asustados y perdidos que sus entrañas estaban repletas de bolas de cocaína. No pudo hacer nada, no conocía a nadie. La primera cara que tuvo delante fue la de un agente que supo cómo sacarle la verdad. Con una simple pregunta: «¿Dónde va usted?» No supo responder. Lo habían cogido.

Es un chico asustado, pero para los narcos de la droga es una simple mula de transporte de cocaína, un joven que por salir de la miseria arriesga su vida y su libertad. Su nombre puede ser cualquiera, porque de gente como él las cárceles españolas están llenas.

A las 20.00 horas el juez de guardia le está interrogando en el hospital Gregorio Marañón, donde está detenido. Parece un chico normal que estuviera ingresado por alguna dolencia. Tiene cara de niño con un corte de pelo muy moderno y con los ojos totalmente empañados por el miedo. Con toda la amabilidad y la distancia que el momento requería, la fiscal, la abogada de oficio y el juez intentan sacarle alguna palabra, una frase. Pero el chico está aterrado, no articula ni una sola sílaba. Vestido con un pijama del hospital y con las manos cubriéndose el rostro intenta alejarse de una realidad que ya le está machacando los sesos. Todavía no sabe que puede estar encerrado entre seis y nueve años. La pena irá muy vinculada al peso del veneno que llevaba en su vientre.

Le leen sus derechos. No quiere firmarlos. Está aturdido y no responde a ninguna pregunta. «Nunca me ha sucedido esto», contesta el juez. Generalmente acceden a declarar. «Está usted en su derecho de no declarar», le recuerda la fiscal nuevamente.

Entra un policía en la pequeña estancia donde se ha trasladado todo el juzgado de guardia. «Señoría, aquí en el hospital ha expulsado primero 31 bolas, y después otras ocho, pero él dice que lleva 60».

«No es la primera vez que se ha roto una bola», comenta más tarde la fiscal. «Cuando eso sucede, la muerte es inevitable». El juez intenta calmarlo. Espera un rato y vuelve a pronunciar esa frase que ya se sabe de memoria. «¿No va usted a declarar?» Silencio.El muchacho sigue sin responder y mira a su alrededor. Todos los que están allí son extraños. Hasta que alguien le dice: «¿No tienes ningún número de teléfono para llamar a tu familia?» Esa pregunta ha desencadenado un llanto comprimido y medio apagado.El muchacho llora y lo único que sale de su boca es: «¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?». El juez se levanta y le comenta: «Cuando esté usted mejor, volvemos».

Todos se encaminan hacia la puerta y el joven se queda con la misma postura y solo. Otras manos desconocidas le conducirán al centro de presos preventivos. Es decir, a la cárcel.

En plaza de Castilla los calabozos están en el sótano. No se sabe si el arquitecto decidió construirlos allí para que a nadie se le olvidara que los sótanos están más cerca del infierno.Aunque más que la casa de Lucifer podría ser el limbo, un lugar donde los detenidos todavía no están penados. Algunos saben perfectamente por qué están allí y otros no quieren ni saberlo.

El magistrado que interroga a los presos es un hombre cordial, amable. Pero a veces tiene que ser una piedra. Todo el mundo es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. Ésa es la máxima de nuestra justicia. Por eso, a veces, hay que ser roca para averiguar la verdad, y en otras ocasiones hay que ablandar la dureza, porque también llegan inocentes que no tienen por qué sufrir la maquinaria de la justicia.

Al juez le toca guardar las llaves para abrir o cerrar las puertas del infierno. Y estar en su antesala es algo muy complicado.El magistrado intenta cumplir una función. Un trabajo que quizá algunos no comprenden porque no es fácil decidir sobre la libertad de los demás.

Los detenidos desfilan durante toda la mañana. Uno de ellos es un hombre de nacionalidad rumana. Está acusado de estafar a los turistas. La técnica es la siguiente: dos hombres se acercan al incauto extranjero y se identifican como policías. Le piden los papeles y, claro, también el dinero. El turista se queda sin documentación, sin divisas y con la boca abierta.

Parece que en esta ocasión a los policías falsos les salió el tiro por la culata. Había una pareja de inspectores del cuerpo de policía que les acechaban desde hacía tiempo. Y en esta ocasión fueron pillados con las manos en la cartera. Uno de ellos salió corriendo y tiró la placa falsa, pero al final fueron detenidos.Y allí estaban declarando. Por cierto, con intérprete. Parece que para hacerse pasar por policías españoles no había problema, pero para declarar necesitan que se lo traduzcan todo a su lengua materna.

Rueda de reconocimiento

«Señoría», comenta la secretaria judicial, «ya tenemos la rueda de reconocimiento preparada». Y allí se encamina el juez con el testigo. Detrás de una mampara hay una persona que ha sido identificada como uno de los asaltantes. El denunciante es un chico joven al que le robaron el vehículo. Días antes fue sacado a la fuerza de su coche con un destornillador. «Te quito la vida si no bajas del coche», le dijeron. Ahora está intentado identificar a su agresor pero no lo consigue. «No estoy seguro, no quiero equivocarme», comenta el testigo.

«Actualmente», dice la fiscal, «el 90% de los detenidos son extranjeros».Después de ese comentario, el siguiente preso para declarar es un ciudadano español. Le acusan a él y a otro compatriota de robar lectores de tarjetas bancarias. «Estaba bajo los efectos de la droga y no me acuerdo de nada, señoría», responde el reo.Su compañero coincide en la declaración. Antes de encaminarse a su celda comprueba la presencia de un fotógrafo y afirma: «En la comisaría me han dado una paliza, soy epiléptico y mira, mira qué marcas me han dejado». «¿Por qué no lo has declarado ante el juez?», le pregunta el periodista. «No sé, no me lo han preguntado», responde dirigiéndose a la salida.

Un hombre con aspecto muy desaliñado está sentado ante el magistrado junto a su abogado defensor. Aparenta unos 50 años y lleva encerrado tres días después de ser acusado de abusos sexuales. Es el portero de una finca y niega cualquier insinuación sobre el caso. «Yo estaba allí pero no toqué a ninguna de las chicas», reclama en un lenguaje que alcanza la convicción. Con una pose impasible se defiende de los supuestos tocamientos por los que fue detenido.«¿Cómo voy yo a tocar a unas niñas? Sólo les dije que me gustaban las mujeres y que mi segunda mujer se fue porque era lesbiana, pero ya está ». «¿A usted no le importa que pongamos su nombre?», le pregunta el informador. «Ponga lo que usted quiera, yo no he hecho nada. Además, yo también soy periodista», reclama con una media sonrisa.

Mientras se estaba produciendo esta declaración, el juzgado de diligencias se trasladó al domicilio de una anciana que llevaba varios días muerta. Estaba enferma de cáncer y se fue de este mundo sin molestar. Era una de tantas ancianas de esta ciudad que se mueren en la soledad de los tabiques que la guardan. El cáncer la consumió y nadie supo nada hasta que la ausencia o los olores fueron los que dieron la señal de alarma.

Los pasillos de plaza de Castilla bullen de gente que viene a pedir justicia o que tiene problemas con ella. De presos que se despiden «No te preocupes, mamá, esta noche ya estoy libre», le comenta un joven esposado a una madre preocupada. «Sí, hijo mío, te espero». «¿Es cierto? ¿Estará libre esta noche?» Le pregunta a su abogada la madre. La respuesta se pierde en un susurro porque la letrada, celosa de su trabajo, ha percibido la presencia del periodista.

«Aquí no se puede fumar», le increpa a otro preso el guardia que le custodia. La protesta del reo se confunde con la conversación que mantiene el agente judicial con uno de los abogados.

Santiago Pedraz es el titular del Juzgado 26 de plaza de Castilla.A pesar de su aparente juventud (nunca confesó su edad), lleva muchos años impartiendo justicia. Es un juez que ha llevado la Audiencia Pública hasta los límites más transparentes de la justicia.Desde siempre permitió que las cámaras de televisión pudieran grabar sus juicios para demostrar que, en su sala, el ejercicio de la ley también tiene que estar peritado por los ciudadanos.En este día también está de guardia de diligencias urgentes o juicios rápidos. Con este tipo actuaciones se intenta agilizar la lenta y pesada máquina de la justicia. Algo que todavía no se ha podido conseguir en su totalidad.

Durante un solo día hay cinco juzgados en permanente guardia.Tres están destinados a los juicios rápidos, uno para las diligencias más urgentes y otro para las detenciones inmediatas.

En el juzgado de Santiago Pedraz acaba de sentarse un ciudadano español. Es joven y antes de entrar se ha dirigido al periodista para proclamar su inocencia. Sin embargo, en el juicio de conformidad reconoce su delito: romper una cabina telefónica con el fin de quedarse con la recaudación.

Unos minutos más tarde, una mujer dominicana denuncia a su novio por haberla maltratado. Él se defiende de la acusación contestando al magistrado que fue sólo un empujón. Evidentemente, las pruebas son tajantes. La mujer aparece con la nariz totalmente vendada a causa del golpe. Es una víctima más de la violencia de género.Para prevenir un posible agravamiento de la situación, el magistrado ha decretado el alejamiento del agresor.

«También hay mujeres que aprovechan el estado de la opinión pública para arremeter contra sus compañeros y mienten», dice otra magistrado que no ha querido dar su nombre. «Afortunadamente», reflexiona la juez, «a las que mienten se les nota».

Esa misma juez fue la que presidió un juicio rápido en el que se pedía protección a la denunciante. «¿Su marido la ha agredido, la ha insultado, la ha amenazado?».

Le interroga la juez. «No, señoría, me molesta». «¿Pero en qué sentido?» «Que viene a verme y yo sé que está con otra», le contesta muy convencida la denunciante. «En estos casos», explica la juez al terminar el juicio, «no se puede ordenar ninguna acción de protección porque realmente no existe ese riesgo». Es más un asunto familiar que penal. Pero esto pasa todos los días, comenta la juez con un gesto de resignación.

Fuente: El Mundo
Fecha: 02/02/2004

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