- Menú -

HOME

Noticias...
Se busca...
Eventos...
Legislación...
Bibliografía...
Artículos...

> MAPA del WEB <

Su opinión...

Envíenos la noticia o el comentario que desee.

 

 

Artículos Profesionales


Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo Matías Antolín . La Razón. 31/07/2004

Matías Antolín
Periodista


Aquel crimen de una noche de verano, el célebre «caso Urquijo», me persigue. Llevo muchos años con un crimen al hombro por mor de mi amistad con Rafi Escobedo. El pasado 21 de julio, TVE emitió un reportaje sobre este popular crimen. Bajo la coartada de «programa serio», no aliñado con «salsa rosa» o «tomate cotilla», me ofrecí a colaborar. Me arrepiento. Todo quedó manipulado. El asunto fascina y siempre que alguien tiene ocasión me demanda que cuente lo que sucedió en un chalé de Somosaguas aquel verano de 1980. Es injusto estar condenado al silencio, encadenado a un mito. No pueden quedar los relojes parados en el ayer. El periodista que escribe de un crimen no es del todo inocente. Es muy voluptuoso abandonarse a la sinceridad. Aún no sé por qué intento abrir una tumba llena de recuerdos y encubrimientos. Quizá porque el escabroso crimen de los marqueses de Urquijo es una joya jurídica, periodística y social de la «España negra», donde sólo se ha mostrado un escaparate de bisutería. En cierto modo, me siento cómplice; no quisiera ser ambiguo donde hay que ser explícito. Más que solucionar el famoso «caso Urquijo», algunos lo hemos problematizado; todos los imbricados de alguna forma en este caos hemos mentido más que un epitafio, simulando y disimulando muchas cosas. Todos somos encubridores de Caín y todos regresamos al lugar del crimen. ¿He de seguir escribiendo sin cargar con pólvora de verdad la opinión?

Lástima que no nevara en Madrid el 1 de agosto de 1980 (día de autos, que se dice), porque este hecho climatológico acaso hubiera proporcionado alguna huella a la policía. Pronto se convirtió en un «crimen de porteras» (con mi respeto al gremio de conserjes) en la era de los porteros automáticos. Se han cumplido veinticuatro años del asesinato de los marqueses de Urquijo y la celérica justicia española aún no ha encontrado a uno de los culpables, Javier Anastasio, co-autor con Rafi Escobedo del doble crimen. Conforme fui metiéndome en mis errabundas pesquisas tuve la certidumbre de que estaba ante un crimen en busca de autor. Rafi quizá haya parecido el más inocente de los culpables, pero sólo la verdad es inocente. Me siento en el «caso Urquijo» como un buscavidas trumancapotesco. ¿Cuál es la verdad y nada más que la verdad? ¡Todo ha sido una gran mentira! Es probable que yo sea la mala conciencia del crimen de mi amigo Rafi al ser legatario de sus secretos. Sin ser juez ni policía ni fiscal, escuché al asesino de sus suegros contar su «hazaña». Él fue el cerebro descerebrado que cometió este crimen «altruista», pues el único móvil fue el amor loco y enfermizo que sentía por Myriam de la Sierra, hija de los marqueses de Urquijo, su esposa, a la que quería recuperar, ya que le había abandonado echándose en brazos del americano Dick (hoy están separados). Según Escobedo, su cuñado, Juan de la Sierra Urquijo, estaba informado de la conspiración y dejó hacer. Sabedor de esto, el administrador Diego Martínez Herrera encubrió esta complicidad, según el mismo autor. Javier Anastasio, amigo de Rafi, participó activamente en el doble asesinato; sigue huido de la justicia desde diciembre de 1987. Myriam estaba al margen de todo y asistió a la tragedia desde la butaca. Mauricio López-Roberts, marqués de Torrehermosa, mejor persona que personaje, ha sido otra víctima de este adefesio jurídico. Acató su absurda condena que cumplió en el penal de Ocaña.

No se reconstruyó este popularísimo crimen, cada español construyó su propia versión. No existen crímenes perfectos sino mal investigados. Este viscoso caso no es un misterio, sí es un escándalo. La ficción de este crimen con luna de agosto, tolerado para cotillas y chismosos, ha superado a la realidad, porque lo falaz parece verosímil y lo verdadero, falso. Las cosas no son como son sino como se cuentan. Hasta el peor papel necesita un buen intérprete, y Rafi Escobedo era un gran actor, sabía que era verdugo, pero le encantaba encarnar a la víctima. Hay quien mata para salir del anonimato por necesidad de ser popular, con el ánimo de ser conocido, de ser «alguien». Pienso que su crimen significó para él la culminación de una experiencia cumbre, en la que se sintió de alguna manera realizado, aunque una vez cometido tan horrenda matanza, el propio asesino se autodestruyó tras reflexionar entre rejas de lo absurdo de su acto. Cuando una persona anuncia que va a quitarse la vida a un amigo, no miente; por eso creo lo que me contó tres días antes de suicidarse (solo o con ayuda de otros). Sí, no tengo duda alguna. Escobedo mató a sus suegros y se suicidó porque tenía miedo a la libertad, porque cada minuto de vida le dolía. Rafi Escobedo dio su «adiós a la vida» el 27 de julio de 1988, dos semanas después de haber estado con quien esto escribe, junto a Jesús Quintero, grabando en su celda de El Dueso (Santoña) una entrevista para el programa de TVE «El perro verde». Fue asesino de sí mismo. También al verdugo ahorcan. Dice el prestigioso abogado Marcos García Montes que el suicida es un homicida tímido. Digo yo que no existe la verdad, sólo verdades. Como legatario de su testamento, cartas, periquitos, pertenencias personales, etc. puedo decir y digo que Rafael Escobedo Alday y Javier Anastasio de Espona asesinaron a los marqueses de Urquijo. El resto es espectáculo televisivo, telebasura desinformativa.

Fuente: La Razón
Fecha: 31/07/2004

© BELT.ES  Copyright. Belt Ibérica, S.A. Madrid - 2004. belt@belt.es