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Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo El Mundo. El Mundo. 08/08/2004

El Mundo





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Víctor Paiva y su padre, Juan, están acusados de haber causado la muerte a más de 400 personas por cerrar las puertas de su supermercado en llamas. En Paraguay tienen fama de mezquinos, tacaños y vivir obsesionados con que les quieren robar. ¿Qué se le habrá cruzado por la mente a Juan Pío Paiva, cuando los interrogadores le mostraron las fotografías recién tomadas de su clientela, convertida en un amasijo de carne chamuscada? Porque en lugar de derrumbarse y confesar su responsabilidad, el propietario del supermercado que el pasado domingo 1 de agosto se incendió en Asunción dejando más de 400 muertos apretó fuertemente la mandíbula. El local aún ardía como una pira, pero él se negó a declarar si no era en presencia de sus abogados. Tal vez se estuviese reprochando a sí mismo el desacierto de confiar la supervisión del negocio que con tanto esfuerzo levantó, en su hijo Víctor Daniel, aquella mole humana de la que se burlan, a sus espaldas, los empleados y la chusma callejera. El monstruo al que todo Paraguay desprecia después de haber sido visto a la entrada del local en llamas abroncando a sus empleados por no sacar el dinero de las cajas registradoras. O quizás, en su ensimismamiento, El Nene, como apodan a Juan Pío sus amigos, estuviese recordando las declaraciones que hizo al diario local Ultimas Noticias poco después del atentado contra las Torres Gemelas. Entonces, Paiva se jactó de que «aunque una flota de aviones se estrellara contra sus locales, nada semejante a lo de Nueva York hubiera ocurrido», puesto que él personalmente, se había preocupado de que los materiales de construcción fuesen de la máxima solidez. «No soy responsable de la seguridad de las tiendas. De eso se ocupa una empresa privada», dijo, sin embargo el detenido, cuando por fin se presentaron sus abogados. Éstos le soplaron algo al oído y al magnate se le iluminó el rostro: claro, el culpable de la tragedia era Víctor Ruiz, el gerente del local siniestrado.Probablemente los letrados ya estuvieran enterados de que Ruiz figuraba en el parte de las víctimas mortales. Convenía, pues, culpar de la transformación del centro de compras en un horno crematorio a quien no tenía voz para defenderse. La policía descarta que los guardias jurados, que no se atrevían a ir al baño sin la aprobación de los dueños, decidieran clausurar las 10 vías de escape con que cuenta el edificio. El comisario Nelson Aranda, responsable de las primeras pesquisas en torno al siniestro, no sabía si reír o si retorcerle el pescuezo al sujeto que tenía enfrente. Según el testimonio de los empleados que sobrevivieron al desastre, el empresario de 58 años se ocupaba hasta de los asuntos más nimios en el manejo de los supermercados. Como por ejemplo, que ningún cliente se largara sin pagar. Para ello habría resuelto que en caso de que se produjera un tumulto, por la razón que fuese, las puertas se cerraran herméticamente; no fuera que aprovechándose del pánico, alguien se llevara un par de calcetines, unas gafas de sol. El domingo 1 de agosto, las instrucciones del patrón se cumplieron al pie de la letra. Y fue así como al menos 426 personas, más de 100 de ellas menores de edad, acabaron calcinadas dentro de la trampa de fuego y humo asfixiante en que quedó convertido el estilizado edificio de Bernardo Ismachowiez, uno de los arquitectos más famosos de Paraguay. HECHO A SI MISMO Juan Pío Helvidio Paiva es la encarnación del hombre hecho a sí mismo. Un individuo de humildes orígenes, que, gracias a sus instintos mercantiles y a su resistencia de mula para el trabajo, llegó a convertirse en sinónimo del empresario próspero, respetado y admirado por sus logros económicos. El incendio que conmocionó a los paraguayos marca su final y frustra aquello a lo que dedicó su vida: juntar dinero. «Resulta que la codicia también es un material combustible», dijo Alicia Paredes, una dependienta que salvó la vida, refiriéndose al personaje que nos ocupa. El Nene nació el 20 de septiembre de 1946 en Caazapá, una localidad rural a 245 kilómetros al noreste de la capital paraguaya, Asunción.Cerca de allí se encuentra el santuario de Ycuá Bolaños: ykuá en guaraní significa «pozo de agua» y Bolaños es el apellido de un misionero franciscano -un santo, según la tradición- que llegó de España en tiempos de la colonia. En la creencia popular, el agua del manantial tiene propiedades curativas. A los 39 años, cuando ya había amasado una respetable fortuna con la venta de carne en un local situado en los arrabales de la ciudad, Juan Pío rindió homenaje al lugar de peregrinación, bautizando con ese nombre a la materialización de sus sueños: la cadena de cuatro supermercados que estableció en la capital.«Ycuá Bolaños, sinónimo de calidad y bajos precios», se puede leer en un cartel de publicidad que, de milagro, no fue alcanzado por las llamas. Los clientes de la sucursal ubicada en la Avenida Artigas, el escenario del desastre, eran personas de bajos recursos, igual que la mayoría de los 5.884.491 habitantes de un Paraguay donde más del 50% de la población vive bajo el umbral de la pobreza.Donde la desigualdad entre los más ricos y aquellos que sobreviven con menos de un dólar al día es de un 91,1%. La guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay en los años 30, acabó con el 60% de la población masculina y más de 100 personas fueron ejecutadas bajo la dictadura de Alfredo Stroessner (1956-1989). En realidad, tampoco los supermercados Ycuá Bolaños son un ejemplo de prosperidad. La sociedad anónima que administra sus bienes, con unos ingresos mensuales de alrededor de un millón de dólares, tiene una deuda de aproximadamente cinco millones de dólares, con proveedores y bancos locales. Los proveedores, con todo, no tenían problemas en negociar con Juan Pío Paiva. Pagaba más barato, pero, al menos al principio, lo hacía al contado. Muy pronto se reveló en él un carácter obsesivo por mantener el control de sus negocios. Tenía instalada su oficina a espaldas de las cajeras, con grandes ventanales de vidrio. Realizaba él mismo el pago a los proveedores y no permitía que sus gerentes intervinieran en las negociaciones de precios o entrega de productos para el supermercado. LA CONTABILIDAD, A MANO «Es una persona avara», recuerda Analía González, que trabajó con él entre 1987 y 1992. Todo un récord, si se tiene en cuenta la elevada tasa de rotación de personal en Ycuá Bolaños. Juan Pío no perdona ni tolera un error. Al primer error el trabajador es despedido. Paiva pagaba todo lo que correspondía al personal, en concepto de indemnización por despido, pero nunca perdonaba.«Si lo hizo una vez, seguro que lo volverá a hacer. Es mejor que salga fuera. Hay mucha gente que quiere trabajar», solía repetir. Los inspectores del fisco lo visitaban con frecuencia en busca de irregularidades, no tanto por celo profesional como por encontrar un agujero que les permitiera presionarle para cobrar un soborno.Pero lo tuvieron difícil con él. Paiva era sumamente cuidadoso en el pago de impuestos con tal de no tener que dar dinero a los inspectores del Ministerio de Hacienda. Juan Pío se ocupaba personalmente de llevar las cuentas del entonces único supermercado, y lo hacía a mano, en libros de contabilidad, porque siente una repulsión especial hacia las computadoras.Encerrado en una modesta oficina, donde tenía sólo un escritorio, casilleros para el archivo contable y una radio, para escuchar los programas deportivos. Trabajaba durante horas, sin perder de vista el movimiento de las cajeras. En 1997 estableció una sociedad con los integrantes de la empresa consultora Casaccia-Burgos Auditores, que era responsable de presentar sus informes financieros al Ministerio de Hacienda.La nueva firma recibió el nombre de Ycuá Bolaños Industrial y Comercial Sociedad Anónima. Pero Juan Pío siguió manteniendo como propiedad unipersonal su primer supermercado. El segundo local, ya como sociedad anónima, fue instalado en la periferia de Asunción. Siguió con la política de bajos precios, pero dejó de abonar al contado por las mercancías.Los proveedores recibían su dinero a 30, 60 y 90 días de plazo, lo que popularmente se denomina bicicletear. Edgar Riveros trabajó seis años en el departamento de contabilidad, llevando adelante la auditoría interna. Recuerda que Juan Pío intentó seguir utilizando el mismo sistema contable, pero sus nuevos socios impusieron un esquema moderno. Se vio forzado a aceptar las computadoras, pero logró que desde su oficina se siguiera viendo a las cajeras. RÉGIMEN ESCLAVIZANTE Contaba con 85 empleados que trabajaban bajo un régimen esclavizante, aunque el patrón tampoco se daba un respiro. Todos los días se presentaba a trabajar. Sólo los domingos se ausentaba para asistir, como si fuera un rito religioso, al estadio del Cerro Porteño, uno de los clubes de fútbol más populares de Paraguay. «Sólo cuando ganaba Cerro Porteño venía de buen humor», recuerda Angel Aguilera, quien duró apenas unos meses en el supermercado controlado por la sociedad anónima. Estuvo poco tiempo, porque llegó con 10 minutos de retraso al trabajo en dos ocasiones. De carácter reservado, Juan Pío no era amigo de frecuentar la vida social asuncena. Su principal diversión era asistir a los encuentros deportivos. La cadena de Ycuá Bolaños se convirtió en sinónimo de buenos precios, buena atención y modernidad. Entretanto, Paiva alcanzó la imagen que buscó, de la mano de sus socios, entre los que se contaba el ex general golpista Lino Oviedo. Su estilo de vida no era ostentoso. Hasta el día de su detención, vivía con su esposa, con quien tiene dos hijas. «Es muy buen padre», refiere Estela Chamorro, que trabajó para él como empleada doméstica. Un hombre hogareño, que salía poco y que disfrutaba de estar en su casa, con su familia. La apertura del segundo local fue la presentación en sociedad de su hijo Víctor Daniel, nacido el 28 de julio de 1966. No se tienen referencias de su madre, pero los chismes hablan de que sería el fruto de un amor que Juan Pío tuvo en su ciudad natal, Caazapá. Víctor es un hombre tremendamente obeso. Pesa unos 140 kilos y adquirió fama por su glotonería. No era precisamente el orgullo de su padre, que soñaba con un hijo varón que jugara al fútbol en el Cerro Porteño. Ycuá Bolaños-Botánico, denominado así por estar cerca del Jardín Botánico de Asunción, se convirtió en la base de operaciones de Víctor Daniel. Llegaba al local apenas se abría y se quedaba hasta el cierre. Durante casi toda la jornada permanecía sentado en una silla alta, especialmente diseñada para contener su tremenda humanidad, dentro de la carnicería. Allí, el heredero de Juan Pío daba rienda suelta a su glotonería. El tercer local fue construido en uno de los espacios más caros de Asunción, en las inmediaciones de las avenidas República Argentina y España, un barrio residencial para familias de alto poder adquisitivo.Invirtieron 500.000 dólares en la compra de 1.000 metros cuadrados, donde de inmediato comenzó la construcción del local. En el año 2001 se inauguró la tercera sucursal, que se convirtió en todo un acontecimiento, con anuncios en los principales medios de comunicación. Una de las paredes de acceso fue alicatada con los colores del Cerro Porteño, azul y granate. De hecho, los únicos adornos de la oficina de Paiva, siempre modesta, aludían al equipo de fútbol.Su fanatismo era tal, que donaba millonarias sumas, probablemente su único gesto de generosidad. Sus ganancias aumentaron con rapidez. En 1998 pagó al fisco 40.000 dólares en concepto de impuestos personales; en 2000 aumentó a 70.000 dólares y el pasado año fueron 85.000 dólares. La sociedad proyectaba la apertura de un nuevo supermercado en Ciudad del Este, en la frontera compartida con Argentina y Brasil, pero la sucursal no pasó de ser un proyecto. Nunca se supo el motivo. En su lugar se construyó la que fue pasto de las llamas el domingo pasado. Si el padre tenía la obsesión de controlar a las cajeras, el hijo tenía la manía de verificar a los carniceros: estaba convencido de que, a cambio de propinas, entregaban carne de primera calidad marcando el precio de productos de segunda. Como dice el refrán, el fruto no cae lejos del árbol. Duro en su trato con los empleados, tacaño con los proveedores y mezquino con los pocos amigos que tuvo, Víctor Daniel está considerado una persona cruel y vengativa, objeto del repudio y la sorna de sus subalternos. El día en que se desató el infierno en el supermercado, Víctor Daniel había salido a comprar, por encargo de su padre, unas entradas para el partido de fútbol que se disputaría esa tarde.Eso fue lo que le salvó de morir en la tremenda hoguera. Después de cumplir con el mandato paterno, fue visto frente al local, contemplando en la más absoluta estupefacción cómo el único sitio donde se sentía un individuo competente, era consumido por las llamas. En su desesperación llamaba insistentemente por teléfono, dando instrucciones a sus secretarios para que sacaran el dinero de las cajas, como si las vidas de los desgraciados que arañaban los cristales blindados de las puertas, no valieran un peso.Todavía cuando los agentes de la policía le subieron con dificultad en una patrullera, para evitar que fuese linchado por la multitud, el hijo del amo seguía chillando: «¡Saquen la plata, bribones!». Las fotografías de los asistentes saliendo del supermercado envuelto en llamas, con los billetes rebosando de las bolsas de recaudación, han indignado a la sociedad paraguaya. ABUCHEOS Y VENGANZA En declaraciones a la prensa, empleados de Ycuá Bolaños han señalado que la orden de cerrar los portones de acceso era una decisión de los patrones, con el único fin de cuidar su dinero. «Viven pensando en que la gente sólo quiere robarles. Cerraron los portones, porque les importa más el dinero que la vida de las personas», dijo la jefa de la sección cocina. Se habla de una fortuna personal de ocho millones de dólares, resultado de 10 años de trabajar pensando en acumular más dinero.Pero el embargo judicial y el pleito que ahora se inicia, por indemnización de las personas muertas, tendrá un costo económico altísimo para Juan Pío. Él y su hijo están en la cárcel, donde fueron recibidos por los reclusos en medio de abucheos. Las amenazas de muerte obligaron a las autoridades de la Penitenciaría Nacional de Tacumbú a ubicarles en un espacio alejado del resto de los presidiarios. Es seguro que alguno de ellos tendrá un pariente entre los muertos en la tragedia y también es seguro que buscará venganza. Diez años para amasar una fortuna y apenas una tarde para perder absolutamente todo. Juan Pío y Víctor Daniel quedan con el estigma de 400 muertes y la imagen de guardias armados cerrando los portones, para evitar pérdidas económicas al supermercado. Aquello que se convirtió en el motivo de sus vidas, el dinero, se les escapó de las manos a los Paiva. Desde la cárcel no podrán recuperarlo nunca más. Nuestro 11-S, nuestro 11-M Siento un orgullo muy grande por integrar el Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Paraguay. Llevo 18 años vistiendo el uniforme amarillo de nuestra institución; en este momento tengo el rango de capitán inspector y ocupo el cargo de comandante de la Unidad Especial de Búsqueda y Rescate. Los bomberos tenemos algo en común: no importa nuestra nacionalidad, porque estamos unidos por un sentimiento muy fuerte de fraternidad. Como suelo decir con frecuencia, en realidad somos una logia. Al cabo de un tiempo sólo tenemos amigos bomberos y hablamos hasta el cansancio, de los demás, de incendios, cuarteles y guardias. Dos circunstancias que cambiaron nuestra visión del mundo, el 11 de septiembre y el 11 de marzo, tuvieron como protagonistas a bomberos. En Nueva York y en Madrid afrontaron situaciones extremas en una misión que se resume en dos palabras: salvar vidas. Paraguay tuvo su día fatídico el 1 de agosto. Ese domingo, un día hermoso, radiante, con un cielo increíblemente azul, nos enfrentamos a la prueba suprema de arriesgar nuestras vidas para que otros tuvieran la oportunidad de vivir. Era imposible acceder al supermercado Ycuá Bolaños, sin equipos de protección adecuados.Corríamos el riesgo de desplome del edificio, el humo convirtió en una trampa mortal el local y el fuego era voraz. Las gigantescas llamas se alimentaban del último aliento de las personas que encontraba a su paso. No todo el personal de bomberos voluntarios dispone de equipo de protección y es norma que sólo entran a los incendios aquellos que sí lo tienen. El pasado 1 de agosto, cuando llegamos al supermercado, había cuerpos por doquier y dejamos de lado el protocolo de protección personal. Había que sacar a centenares de personas de las garras del infierno. El estacionamiento, la rampa de acceso, el pasillo que conduce a la salida de emergencia eran sectores con cuerpos apilados, formando tétricas pirámides que podían alcanzar un metro de altura. A medida que las líneas de ataque lograban conquistar territorio del fuego, teníamos la impresión de hundirnos en la descripción de Dante. Esa porción de 5.000 metros cuadrados se convirtió en el Apocalipsis. Comenzamos a trabajar a las 11.32 a.m. y eran las 7 p.m. sin que los muchachos pudieran tener un instante de descanso. Querría saber de dónde sacaban fuerzas. Una vida, por los menos una vida más para salvar, era el motor que nos mantenía.Estábamos cansados, agotados, no había suficiente personal de relevo pero queríamos terminar de matar la última llama. Queríamos vengarnos por las vidas que llevó consigo. Cada uno tenía un motivo para sentir rencor contra el fuego. En mi caso, no logro borrar de mi mente al hombre que encontré abrazado a su hijo.Murieron juntos, encerrados en un vehículo. La carga pesada de ser jefe es mantenerse entero, para evitar que los muchachos se desmoronen. Esto nos obliga a tragarnos las lágrimas, a llorar a solas, a buscar un rincón donde maldecir tanto dolor. Ojalá nunca hubiese sucedido la tragedia del 1 de agosto.


Suplemento Temático: Centros Comerciales

Fuente: El Mundo
Fecha: 08/08/2004

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