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Enamorarse de un asesino
El Mundo
El flechazo surgió en las peores condiciones. Juan José Garfia y María del Mar Villar se conocieron en 1992, con los barrotes de por medio, en la cárcel de El Dueso (Cantabria). Él tenía 25 años y cumplía una condena de 113 por un triple asesinato: en 1987 mató a un guardia civil, a un policía municipal y a un empresario. Sin mediar palabra. Ella tenía 32 cuando fue destinada a este penal como enfermera de Instituciones Penitenciarias.El ex enemigo público número uno estaba incluido en el FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento), un novedoso régimen de aislamiento orientado a presos peligrosos y conflictivos. La incomunicación en la celda era absoluta y el trato vejatorio el pan de cada día. Y en estas llegó la enfermera. Antes de que la amable ATS se acercara hasta su nicho para darle un masaje, acompañada en todo momento por un carcelero, él ya había detectado su perfume por el pasillo. Una fragancia tan excitante como balsámica.«Sí, todavía sigo usando Agua de Vanderbilt», asegura Marimar tras 12 años de relación.
El idilio acabó en boda (en 1998 se casaron por la iglesia en la cárcel valenciana de Pica-ssent) y se ha mantenido gracias a las innumerables cartas y a los dos vis-à-vis mensuales -uno íntimo y otro familiar, dos horas por encuentro. Después de llevar media vida entre rejas, con una condena que se refundió en 35 años, Juan José tiene concedido el segundo grado y sigue a la espera de un permiso, el primer peldaño hacia su reinserción.
La película Horas de luz, dirigida por Manolo Matjí y protagonizada por Alberto Sanjuán y Emma Suárez, aborda con sobriedad esta «historia de lucha, compromiso y reivindicación, pero también de culpa, de emoción, de amor», según explican los guionistas, Carlos López y José Angel Esteban. «El preso más peligroso aprende a querer. La enfermera incansable se juega el puesto por defenderle.Y sólo se tienen el uno al otro. Esta era la historia de un culpable que empieza a redimirse cuando descubre sus propios sentimientos».Desde el cartel publicitario se dispara una pregunta a bocajarro: «¿Puede el amor liberar a un asesino?».
«La pregunta está mal planteada», razona Marimar. «A ver, ¿liberar a un asesino o a una persona condenada por asesinato? Porque son dos cosas diferentes. Para lo primero no tengo respuesta.Considero que un asesino es la persona que sale de su casa premeditadamente pensando en cargarse a alguien, o quien vende drogas a un niño, o el ejecutivo que va a f... niñas a Tailandia. Pero no la persona que dispara para proteger su vida, como hizo Juanjo, aunque no sea justificable. Mi marido no es un asesino; es una persona condenada por asesinato».
Aunque al principio se negó en rotundo a ser entrevistada, la protagonista real de esta historia acabó aceptando que el periodista la visitara en su casa granadina de Fuentevaqueros, el pueblo natal de Lorca, donde vive desde hace cuatro años con sus tres hijos (A., de 18 años, y los gemelos N. y J., de 13, fruto de su matrimonio con un ciudadano libio). Y con sus padres octogenarios, algo tocados por la demencia senil. «Iré a buscarte al aeropuerto.¿Te gusta comer de todo?», sugirió por teléfono al periodista con decisión maternal. Dicho y hecho. El pasado sábado 18 vino a recogerme en su Fiat Punto azul, el mismo que utiliza para visitar a su esposo en la prisión de Córdoba. «El otro día me dejó tirada. ¡Me quedé sin vis-à-vis el día de mi cumpleaños!»
A sus 45 años, el físico de María del Mar no recuerda demasiado a la enfermera que interpreta Emma Suárez. De facciones más romas, todo su cuerpo tiende a la exuberancia. «Hijo mío, la ley de la gravedad hace estragos: ya sólo puedo presumir de ojos y de escote», bromea mientras se atusa su rubia cabellera. Camiseta de tirantes verdes, pulsera azul en el tobillo, labios pintados de rojo. Su coquetería no está reñida con su discurso combativo.Natural de Munguía (Vizcaya) e hija única de un guardia civil retirado se considera católica y anarcoindividualista. De espíritu contestatario y motinero, Instituciones Penitenciarias le ha abierto varios expedientes. En la actualidad está en paro y «ahogada económicamente», aunque mantiene a su familia trabajando como quiromasajista a tiempo parcial en un balneario de Granada. «O recogiendo espárragos, o cuidando ancianos ». Sus convicciones políticas le llevaron a afiliarse a la CNT, sindicato donde lleva asuntos de prisiones. Aficionada a la lectura, a veces se relaja viendo programas del corazón, pero sabe perfectamente que Bakunin no es el padre de Carla Goyanes. Los tiene bien puestos.
Las paredes de su casa están repletas de cuadros que Garfia ha ido pintando en sus 17 años de encierro. A simple vista no parecen los lienzos de un atormentado. No hay motivos carcelarios, y usa profusamente el color en paisajes y retratos. «Cursa quinto de Historia del Arte dentro de la cárcel; ha pasado de la abstracción al hiperrealismo», comenta su esposa, que se encarga de organizarle las exposiciones. Pero Garfia no sólo pinta; también escribe.Y publica. Con motivo de este reportaje, Marimar desempolva Las aventuras de Wïki, el pingüino predestinado, un cuento infantil que dedicó a sus hijos. De su puño y letra han salido, entre otros libros, una recopilación de fugas titulada Adiós prisión y una novela histórica sobre los comuneros de Castilla, Crónicas rústicas. En la celda devora libros: ha leído desde Dostoievsky a Delibes, pasando por García Márquez.
Wïki también es el nombre del pingüino de peluche al que Marimar se abraza por las noches. Se lo regaló en un vis-à-vis. Tras presentarme al muñeco, me conduce a la habitación de su hija N., repleta de medallas (es campeona de judo de Andalucía) y de ositos. También hay un póster de Harry Potter, un retrato de la niña, el cartel de Horas de luz... «Las sábanas son las que utilizó Juanjo en Picassent».
Juan José Garfia ha conocido las sábanas de más de 35 prisiones.Nació en Valladolid hace ahora 38 años. Era el mayor de cinco hermanos. Su padre, un obrero de la química Nicas aficionado a la bebida, militó en los años 70 en el clandestino Partido del Trabajo de España. Cuando acabó 8º de EGB, el primogénito quiso hacer delineación. El dibujo se le daba bien. Le dieron una beca, pero le llegó el aviso cuando ya se había cerrado la matrícula. «En su casa no había mucha cabeza, son medio analfabetos», relata Marimar. «Cuando pidió seguir estudiando no lo dejaron.Yo creo que en esa familia siempre potenciaron que él y sus hermanos fuesen unos chorizos. Todos han pasado por la cárcel. Lo primero que robó Juanjo fue una caña de pescar, y en vez de reñirle, le aplaudieron».
Tenía 17 años cuando sustrajo tres kilos de goma 2 en la mina de León donde trabajaba. Fue su primera condena: seis años por tenencia ilícita de explosivos. Cumplió tres y salió «muy envenenado».En 1987 mató a tiros en Valladolid a un policía municipal, a un guardia civil y a un empresario que se metió casualmente en la refriega. Fue en un control rutinario de la policía. «Yo iba en un coche robado en compañía de mi hermano y su novia. Nos pararon, los encañoné, sacaron las armas y nos pusimos todos a disparar. La intención era ésa, encañonarlos, desarmarlos e irnos», explicaría años más tarde al periodista Jesús Quintero en Cuerda de presos. «Hay situaciones a las que no hay que llegar, pero, si se llega, no hay filosofías, es la supervivencia», añadió sin arrepentimiento.
PRESO CONFLICTIVO
En el 89 protagonizó su primera fuga al escaparse de un furgón celular durante un traslado, y en el 91 volvió a repetir la jugada.Durante 74 días tuvo en jaque a las fuerzas de seguridad: atracó bancos, secuestró a un teniente coronel de la Guardia Civil y le quitó media cara de un tiro a un brigada del cuerpo. Finalmente, fue detenido en una casa de El Albaicín granadino tras una espectacular operación policial en la que intervinieron 60 policías y 14 geos.Ya era un reo de leyenda. Pocos meses después, tras liderar un violento motín en Badajoz, fue aislado en una celda de El Dueso (Cantabria). Allí conoció a una ATS de Prisiones llamada María del Mar.
La joven bilbaína se licenció en Enfermería, consiguió trabajo en un barco que hacía rutas por el Mediterráneo, se casó con el sobrecargo (un libio del que tuvo tres hijos) y acabó aprobando unas oposiciones para ATS de Instituciones Penitenciarias. Tras el divorcio el tipo se largó sin decir adiós, dejándola sola con los tres críos. «Ahora, el padre es Juanjo».
-¿Por qué decidió trabajar en la cárcel?
-Siempre me llamó la atención cómo una persona puede elegir la delincuencia. La primera vez que me llamaron para ir a la cárcel de Bilbao noté la prepotencia de los carceleros hacia un preso con mono que traía un pie malherido. Ese fue mi primer contacto y mi primer posicionamiento. Luego, cuando maduras y conoces la situación te das cuenta de que la gente no elige ser delincuente.En el 99% de los casos es una cuestión de injusticia social o de falta de oportunidades.
Su primer destino fue Basauri. Luego Palencia y El Dueso. «Aquí me di de narices con el tema FIES, un experimento de Antonio Asunción (a la sazón director de Prisiones, más tarde ministro en un gobierno de Felipe González) para aislar a los presos que resultaban conflictivos. El módulo era un patio-jaula que parecía inspirado en el Silencio de los corderos. La idea era que se pudriesen allí. Era algo tan interno y secreto que ni siquiera se molestaron en legislarlo. Recuerdo que el jefe médico me enseñó las historias clínicas y me dijo: "Hay una orden desde Madrid para que estos seis hijos de puta se autoeliminen". Me negué en rotundo a colaborar». «Allí había una negación absoluta de derechos», continúa. «No podían mirarse al espejo, les recortaban el mango del cepillo de dientes, no tenían libros, ni tele, ni derecho a visitas... Vestían mono de trabajo y chancletas. Comían dentro de la celda y salían solos al patio. Les hacían radiografías, atados de pies y manos, con el único fin de humillarlos. Eran seres destinados a morirse. Había órdenes de darles tranxilium y tranquimazín a mano abierta, psicofármacos muy potentes que crean adicción y te pueden volver loco. Más de uno acabó suicidándose».
EL FLECHAZO
-¿Conocía sus antecedentes?
-Más o menos. Se encargaban de decirnos quién se había fugado, quién había agredido a un carcelero... Pero mi postura era: los jueces están para juzgar y les pagan por ello; a mí me pagan para darles una calidad sanitaria. Aunque al principio no me dejaban, me empeñé en hacerles la prueba de la tuberculina.
-¿Hubo flechazo?
-Sí, al menos por mi parte; a los 10 minutos de hablar con él.Me encontré con un hombre serio, digno, diferente. No se drogaba, hacía ejercicio físico Un día le dio una dorsalgia [dolor de espalda] y a raíz de ahí empecé a darle masajes, siempre a través de la reja y bajo la vigilancia del carcelero. Como se tenía que quitar la camiseta, aprovechamos para intimar. Poco a poco él empezó a buscar calor, afecto y acercamiento. Me enamoré enseguida
-¿No era una locura embarcarse en una relación con un preso condenado a más de cien años?
-Esto me lo tomo como una situación temporal. Los sentimientos y las personas perduran mucho más que una condena. Pero mi caso no es tan raro como parece. Yo conozco más de 20 casos de funcionarios de Instituciones Penitenciarias que se han liado con presos: desde una psicóloga que se enamoró de un etarra hasta una asistente social que se ennovió con un enfermo de sida, un tío feísimo.Curiosamente, los casos de funcionarios varones que se lían con presas son mucho más excepcionales. Será que nosotras tenemos más sensibilidad.
-¿Le preguntó por qué cometió aquellos asesinatos?
-No, aquello fue una situación anterior a mi entrada en su vida.Él ya estaba pagando por su pasado.
A los cinco meses de conocerlo, Marimar denunció el asunto FIES a Salaketa, una asociación de ayuda a presos comunes. La acusación llegó al parlamento vasco y el módulo de El Dueso acabó desmantelándose.«Me metieron un expediente de seis meses, pero Antonio Asunción pidió tres años». Ella solicitó el traslado a Martutene (Vizcaya) y a su novio lo mandaron a Picassent (Valencia). En 1993, Garfia se enteró por otro interno de que aquella enfermera rubia se había jugado el puesto y le escribió una primera carta de agradecimiento.Marimar le contestó y, muchas cartas después, le fue a visitar.«Salía de trabajar de Martutene, cogía el autobús a las nueve de la noche y llegaba a Valencia a las tres de la mañana. Me iba a una pensión a las cinco y media, dormía dos o tres horas, me iba a verle y a las 11 de la noche cogía el autobús de vuelta».Le siguió de cárcel en cárcel.
A comienzos del noviazgo le envío dos libros -«tenía 28 años y era el primer regalo que recibía en su vida»- y algunas fotografías.«Un día le dije: seguro que no tienes fotos eróticas. Dime cómo las quieres: con dos piezas, con una... Una amiga me hizo un carrete en ropa interior y desnuda, cubierta con unos ositos de peluche. A todo esto, el material lo revisaba el director de seguridad. ¡Imagínate qué recorrido tuvieron mis fotos!», recuerda ruborizada. Hasta que les concedieron el primer vis-à-vis.«Estaba más cortado que yo. Fue muy bonito, muy tierno».
Ese mismo verano ella solicitó un encuentro familiar y le presentó a los niños. «¿Te puedo llamar papi?», le preguntó el mayor, A., que hoy tiene 18 años y está a punto de empezar la carrera de Filosofía, una elección que a su madre no le hace demasiada gracia. «Tú verás, vas a ir directo al paro», le previene en presencia de los gemelos, que estudian 2º de la ESO y quieren ser cirujana plástica y médico rural. A la boda, celebrada por un cura «rojillo y enrollao» en la cárcel de Picassent, asistieron los tres niños, los padres de los novios -«los míos aceptaron mejor la relación que los suyos»- y Pectolín, el director de Seguridad.
-¿Buscaba en Garfia un padre para sus hijos?
-Buscaba un hombre para mí, y que al mismo tiempo quisiera a mis hijos. Él se los ha sabido ganar. El cariño de un niño es muy limpio: es el sentir que te quieren por ti mismo.
LA ADOPCION
A los pocos días de la boda, Garfia quiso adoptarlos. No lo ha logrado porque el trámite es demasiado caro para su bolsillo: unos 6.000 euros.
-¿Se arrepintió de lo que hizo?
-Escribió una carta a su víctima.
Aquella fatídica madrugada del 16 de septiembre de 1987 se le quedó grabada la frase de un policía municipal antes de morir: «Mi mujer, mis hijos». En aquel momento Garfia no comprendió que un moribundo se acordase de su familia. Sólo cuando se casó con Marimar y los niños empezaron a llamarle «papi» lo entendió.En uno de los párrafos de Carta a mi víctima decía: «Ahora yo amo también a mi mujer y a mis hijos, y sólo ahora puedo comprender ese dolor de lágrimas de piedra».
El psicólogo Jesús Valverde, profesor de Intervención sobre la Conducta Desadaptada en la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro La cárcel y sus consecuencias, le trata desde hace seis años. y lucha porque le concedan su primer permiso.«Juanjo se está adaptando a la cárcel, que es inadaptarse a la vida». El Código Penal establece que la pena máxima es de 30 años, pero le están aplicando la cadena perpetua, porque aún está por salir la sentencia del motín de Foncalent y no le han refundido otras causas menores, como algunas cartas insultantes a jueces».
Mar Hedo, portavoz de Instituciones Penitenciarias, no acepta tal calificativo: «Para conceder permisos y progresar de grado hay que evaluar la gravedad de los delitos. Su actitud ha mejorado en los últimos años, pero es complicadísimo que a un preso con más de 10 años por cumplir se le conceda un permiso. Éste nunca puede ir en contra de la seguridad del ciudadano».
Mientras, Marimar va tachando los días. Desde la terraza se ve un campo baldío con un almacén de tabaco al fondo. «Ése será su taller de pintura cuando salga», musita.
- ¿Y usted, se ha puesto en el lugar de las viudas?
- ¿Yo? Bajo ningún concepto. La pregunta no ha lugar.
- ¿Cómo se imagina el futuro?
- Una vida sencilla: ir al cine, pasear junto al mar, ver la tele en el sofá Los dos hemos vivido solos y tendremos que ceder.Pero después de todo lo luchado no nos vamos a pelear por el mando a distancia.
Fuente: El Mundo
Fecha: 26.09.04