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Artículos Profesionales


Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo Luis Iturriaga. Época. 12 de julio de 2002

Luis Iturriaga


Los incidentes provocados por teléfonos que no han sido desconectados son casi diarios. Las compañías estudian prohibir conjuntamente que puedan ser introducidos en la cabina, como sucede con objetos punzantes y peligrosos.

Veinticinco de mayo, aeropuerto de Bilbao, 8.35 h. De la mañana. El vuelo de Iberia 435 con destino Madrid despega sin ningún contratiempo. Los pasajeros hojean relajados los periódicos mientras la tripulación transmite instrucciones rutinarias de seguridad que nadie escucha. El avión asciende hasta la altura de crucero, es un día apacible y no hay turbulencias; en media hora la nave aterrizará en barajas. Pero cuando han transcurrido 15 minutos de travesía la voz del comandante aparece preocupada por los altavoces.: “¡Hay interferencias! ¡Hemos perdido el rumbo fijado! ¡Algún pasajero no ha desconectado el móvil!”.
De inmediato aparecen las azafatas con cara de preocupación y enfado y repiten lo que el piloto acaba de decir. ¡Apaguen los móviles estamos sufriendo graves interferencias!”. Varios pasajeros se levantan de sus asientos y comprueban que los teléfonos que tienen en el equipaje de mano, en sus chaquetas, o en sus bolsos, están apagados. La gente se mueve inquieta y mira con suspicacia a su vecino de asiento. Durante un breve lapso, el miedo se viste de mueca en los rostros del pasaje. Luego, el rictus se torna en estupor, después de comprobar que cinco individuos “han tenido el descuido” de no desconectar sus móviles.
Una vez controlada la situación, que apenas ha durado cinco minutos pero ha estado cargada de tensión, el comandante se dirige a los pasajeros por la megafonía del avión:
“Las interferencias que han producido los cinco móviles que estaban sin desconectar nos habían desviado hacia la ruta de Lisboa. No se hacen una idea de lo peligroso que resulta no apagar los móviles”.
Miradas asesinas taladran a los cinco “irresponsables”, el incidente no ha tenido ninguna consecuencia fatal, si no lo menciona el comandante nadie se hubiera dado cuenta, pero los teléfonos habían producido durante un breve tiempo el desvío del avión de su ruta fijada.

Negligentes pasajeros. Época ha comprobado que incidentes similares u otros como que se disparen alarmas del avión, salten las máscaras de oxígeno o que la tripulación tenga que abortar el aterrizaje se producen todos los días, debido al “descuido” o al pasotismo que hacen que los pasajeros no desconecten los móviles mientras transcurre el vuelo. Este tipo de peripecias ha llevado a las compañías aéreas a plantearse con urgencia el buscar soluciones e incluso barajan la posibilidad de prohibir los móviles en el interior de los aviones.
El problema para adoptar esta drástica medida, según el comandante de Iberia, Juan Fernández trapa, es que son “todas las compañías aéreas las que deben adoptar la decisión, porque si no el pasajero volaría con quien le deje llevar el móvil”. Para este piloto, “la solución se está cociendo, pero aún no se ha decidido nada concreto”.
El pasado mes de enero, La Dirección General de Aviación Civil emitía una resolución, a la que ha tenido acceso esta revista, en la que advertía del riesgo que supone para la navegación aérea el uso, durante el vuelo, de dispositivos electrónicos portátiles (conocidos como PED por sus siglas en inglés). Aparatos como los ordenadores portátiles, cámaras de vídeo, juguetes con control remoto y los teléfonos móviles conforman, entre otros, los llamados PED.
Aviación Civil considera que los teléfonos celulares representan “el riesgo más significativo para la seguridad de las aeronaves” debido a las ondas que emiten.
Los móviles puede inducir interferencias directamente en el equipamiento de la aeronave, en sus componentes y cableados, con la suficiente potencia como para “afectar negativamente al funcionamiento normal de la aeronave”.

Riesgos de interferencia. Estos teléfonos son transmisores que operan aproximadamente en las bandas de frecuencia de 415 MHz, 900 y 1.800 MHZ. La potencia de transmisión y la frecuencia concreta de un teléfono celular dependen del tráfico existente de comunicaciones en la red, de la distancia del teléfono celular a la estación base de la red más próxima, y de cualquier obstáculo o interferencia en la trayectoria de la señal.
Una aeronave que se encuentre en tierra es probable que esté cerca de una estación base de la red de telefonía móvil, con lo que la potencia de salida del teléfono celular probablemente se baja, aunque esto no puede garantizarse. Al cerrar las puertas de la aeronave se incrementa la atenuación de la señal, y el teléfono celular aumentará su potencia de salida; lo mismo ocurre a medida que la aeronave se distancia de la estación base. Por lo tanto, según Aviación Civil, “el riesgo de interferencia en estas situaciones aumenta”, ya que una vez que se encuentre la aeronave en el aire, el teléfono celular transmitirá periódicamente intentando registrarse en la red de telefonía móvil. Como en estas circunstancias la capacidad de la conexión del celular con su base será muy escasa, el teléfono móvil radiará a su máxima potencia, con lo que “el riesgo de interferencia alcanza su valor más alto”.
El comandante de Iberia, Juan Fernández Trapa, alerta del peligro de los móviles y asegura que los pasajeros no están concienciados: “El pasajero que tiene su móvil conectado y se encuentra cómodamente sentado en la butaca, si pudiera ver lo que hay debajo de la moqueta, observaría un enorme depósito lleno de gasolina, 14.000 tuberías y unos mazos de cables realmente portentosos”.
Las radiaciones del móvil suponen un gran riesgo para estos cables. “Los cables de un avión tienen empalmes. El cable está apantallado, pero la zona del empalme es un sitio muy delicado y puede suceder que con un teléfono radiando al máximo en la fila donde se encuentran los ensamblajes se introduzca la señal del celular y eso produce una alerta en la tripulación”.
El piloto de Iberia destaca que es prácticamente imposible que estas interferencias produzcan una catástrofe, debido a los mecanismo de alarma que existen en la cabina más la ayuda que reciben desde tierra, pero asegura que complican seriamente la navegación y pueden inducir a los tripulantes a errores. “Las interferencias de un móvil en un vuelo de crucero apacible, con sol y moscas, sólo provocan la irritación al comprobar que las irregularidades detectadas se deben a un pasajero inconsciente”.
Sin embargo, Juan Fernández señala que si se dan esas interferencias en una aproximación, con un aeropuerto con niebla, que genera el funcionamiento de un proceso electrónico de una calidad muy sensible, se pueden producir problemas: “Las interferencias hacen que detectemos un fallo en el sistema. Si eso ocurre cerca del suelo el error significa acción inmediata y eso puede ser abortar un aterrizaje o marcharse de la zona. Podría ocurrir que tocáramos suelo con las ruedas y nos volviéramos al aire. Y todo por un teléfono móvil que no se ha desconectado”.

Falsa altitud. Jesús González, piloto del SEPLA y responsable del área de seguridad, indica que el funcionamiento de todos los sistemas del avión y sus interacciones ha sido probado “en las condiciones más realistas posibles, pero no incluye, ni podría incluir ensayos en tierra y en vuelo con pasaje real y con los millones de combinaciones posibles de dispositivos electrónicos que un pasajero puede llevar en sus bolsillos o en su equipaje”, con lo que considera que las consecuencias de estas interferencias en la actualidad “son desconocidas”. Para este piloto, los problemas de seguridad que ocasionan los móviles durante los vuelos han adquirido “proporciones inaceptables”.
Jesús González afirma que uno de los incidentes que han ocurrido como consecuencia de las interferencias generadas por móviles ha sido el de confundir al piloto sobre la altura a la que se encontraba del suelo en un aterrizaje. “En ocasiones, las interferencias confunden a la tripulación, que recibe datos falsos sobre la altitud”, asegura el piloto del SEPLA.

Fuente: Época
Fecha: 12 de julio de 2002

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