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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Yosri Fouda. El Mundo. 08.09.02

Yosri Fouda


Los dos hombres que planearon y dirigieron los ataques del 11-S están vivos y en libertad. En una exclusiva mundial, Yosri Fouda, de la televisión Al Yazira, pasó dos días con ellos escuchando los escalofriantes detalles de cómo llevaron a cabo la operación 'Martes Santo'
Todo comenzó con el timbre de mi teléfono. «Conozco a unas personas que podrían proporcionarle una información de alto secreto», afirmó un individuo, que acto seguido me pidió mi número personal de fax y colgó.
Alto secreto es el nombre de mi programa de televisión, un espacio de investigación de carácter mensual. El desconocido pronunció el nombre en árabe de la misma forma que yo, Sirri Lilgaya, y me sentí más tranquilo; pensé que seguramente era un espectador.
Pocos días más tarde, por mi fax empezó a salir un mensaje de tres páginas. Era un proyecto de programa para conmemorar el primer aniversario de los atentados del 11 de Septiembre, que incluía ideas, posibles localizaciones y personalidades. Más tarde averigüé que procedía del miembro de Al Qaeda que había coordinado los atentados.
Mi contacto volvió a llamar y me pidió que viajara a Islamabad, la capital de Pakistán. Dos noches después recibí nuevas instrucciones: «Tome el vuelo nocturno a Karachi». Cuando llegué a la superpoblada ciudad, me instaron a dirigirme a un extraño hotel de 30 dólares la noche. Dos días después, un hombre llamó a la puerta y se presentó como el autor de las llamadas. Alto, moreno, de mediana edad, cambiaba continuamente de un dialecto del árabe a otro para ocultar su origen.
Mientras charlábamos, me dio la primera noticia: Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, sigue vivo a pesar de lo que han afirmado muchos comentaristas. «El jeque Abú Abdalá [Bin Laden], a quien Dios proteja, es un espectador habitual de su cadena de televisión», afirmó.
«¿Cómo nos ve?», pregunté para intentar averiguar la localización de su escondite. «No se preocupe, hermano Yosri. El jeque Osama está sano y salvo. Cuando se pierde algún programa, lo ve más tarde en vídeo».
Tras la visita en la habitación de mi hotel, seguí las nuevas instrucciones.
Debía salir por la puerta trasera del establecimiento y tomar un taxi.
-«Evite los taxis de los hoteles», dijo- para dirigirme a otro lugar y esperar allí, en las escaleras de un segundo piso.
Llevaba cinco minutos en aquellas escaleras cuando apareció un hombre de barba larga y poblada, con más aspecto de paquistaní que de árabe, y me dijo en inglés: «Salam Mulaikom. Acabo de dejar a mi suegra en casa. Ya podemos irnos».
Yo no sabía qué instrucciones había ni a quién iba a ver. Además, el hombre de la barba larga no era muy comunicativo, así que esperé en el tórrido y pegajoso vehículo mientras él realizaba tres visitas a una cabina telefónica. Después me dio nuevas instrucciones.Debía tomar una calesa y dirigirme a un lugar que ni siquiera ahora puedo revelar.
Empezaba a entender por qué habían elegido Karachi para la cita.Es una ciudad de 12 millones de habitantes donde el sentimiento antiestadounidense está muy extendido, de modo que cuenta con barrios seguros donde no sólo viven personas que simpatizan con Osama (a Bin Laden con frecuencia lo llaman por su nombre de pila), sino también fundamentalistas que han estado en Cachemira, en Afganistán, en Chechenia y en otros puntos calientes islámicos.
Acababa de bajar de la calesa cuando me recogió un coche que estaba esperando. «¿Lahore?», preguntó el conductor. Aquélla era la clave. El chófer se presentó como Hasán y era un inteligente joven árabe que hablaba en dialecto palestino.
A unos tres kilómetros a las afueras de Karachi, Hasán se detuvo junto a un vehículo que parecía estar averiado. Sin embargo, de su interior surgió otro hombre y entre los dos me vendaron los ojos con dos anchos pedazos de algodón; me los pegaron con cinta adhesiva y los cubrieron con unas gafas de sol. El asunto se estaba poniendo serio.
Ahora llegaba el turno de que me condujera el recién llegado.A diferencia de Hasán, permaneció casi todo el tiempo en silencio.Noté que abandonábamos el campo para entrar en una zona urbana y, al cabo de un rato, llegué a la conclusión de que habíamos vuelto a algún barrio de Karachi. En los olores y en los sonidos había algo que me resultaba familiar.
El coche se detuvo y salimos al exterior. Eran personas bien entrenadas; profesionales. Mientras subíamos por las escaleras, conté cuatro pisos antes de oír el timbre de una puerta. La puerta se abrió y me introdujeron en el interior del piso.
«Ya puede abrir los ojos», dijo una voz con tono amistoso pero autoritario. Lo hice y de inmediato reconocí a mi interlocutor.A menos de un metro se encontraba el jeque Khaled Mohamed, uno de los miembros más importantes de la dirección de Al Qaeda.Incluso antes de los atentados del 11 de Septiembre, el FBI ya ofrecía cinco millones de dólares por su cabeza.
Khaled me guió por la casa, prácticamente vacía. Conté cinco habitaciones a ambos lados antes de que me invitara a entrar en una de ellas, donde me esperaba otra sorpresa. Ramzi Binalshibh, el yemení de 30 años acusado por el FBI de estar involucrado en el ataque de octubre de 2000 contra el USS Cole, se encontraba sentado en el suelo junto a tres ordenadores portátiles y cinco teléfonos móviles. Por Khaled y Ramzi se pagarían actualmente 25 millones de dólares.
Ramzi era compañero de piso de los secuestradores clave del 11 de Septiembre, cuando vivían en la Marienstrasse de Hamburgo (Alemania), y lo han buscado por todo el mundo.
«¿Ya nos ha reconocido?», bromeó Khaled, mientras Ramzi estrechaba mi mano con afecto. «Nos reconocerá cuando los perros de los servicios de espionaje llamen a su puerta», añadió Ramzi.
Comencé a dirigirme a ellos por el nombre de pila, tal y como es costumbre entre los árabes y, a partir de ahora, me referiré a ambos del mismo modo. Además, también es así como los conocen sus propios seguidores.
Khaled me dio instrucciones sobre la entrevista. «No hablará sobre nuestros medios de comunicación ni mencionará nuestros verdaderos nombres en clave -dijo-. Si, y sólo si, le preguntan por nuestro aspecto, dirá que tenemos el mismo que tengamos en las fotografías que le enseñen». Después me pidieron que colocara la mano derecha sobre el Corán y que lo jurara solemnemente.
Khaled me dio la impresión de ser un hombre astuto y directo.Se molestó cuando descubrió que me había llevado el móvil. Lo agarró, lo apagó, sacó la tarjeta y la batería y lo guardó todo en la habitación más distante.
Después, sin más preámbulos, Khaled fue directamente al grano y anunció algo que me dejó totalmente soprendido: «Soy el jefe del comité militar de Al Qaeda y Ramzi es el coordinador de la Operación Martes Santo».
Durante todo aquel tiempo me había estado preguntando con quién me reuniría. Pensé que tal vez con Bin Laden o con su segundo en el mando, el inescrutable egipcio Ayman Al Zawahiri.
Pero ahora estaba claro. Khaled y Ramzi eran los dos responsables de la planificación del 11 de Septiembre y estaban tranquilos, relajados y dispuestos a hablar. Por primera vez, los hombres que se encontraban tras los atentados de las Torres Gemelas habían decidido romper el silencio.
Rápidamente comenzaron a explicar la planificación y ejecución del Martes Santo, o de las incursiones de Manhattan y de Washington -como también las llaman- usando una antigua palabra árabe, gazwah, referida a los ataques contra enemigos del profeta.
«Alrededor de dos años y medio antes de las incursiones en Washington y Nueva York, el comité militar mantuvo una reunión en la que se decidió empezar a planificar una operación de martirio en territorio de Estados Unidos», declaró Khaled.
«Mientras debatíamos sobre los objetivos, consideramos en primer lugar la posibilidad de atacar un par de instalaciones nucleares, pero votamos en contra por miedo a que se nos fuera de las manos», continuó.
Me quedé estupefacto. Objetivos nucleares. ¿No podía ser más específico?
«En este momento no necesita saber nada más al respecto. Además, se decidió abandonar el ataque a objetivos nucleares. Por ahora», dijo.
«¿Qué quiere decir con 'por ahora'?», pregunté.
«Por ahora, significa por ahora», respondió tajante. «Los ataques se planearon de forma que provocaran tantas muertes y tanto caos como fuera posible y para dar un duro golpe a Estados Unidos en su propio territorio».
«¿Y quién iba a llevarlo a cabo?», inquirí.
«Nunca nos han faltado mártires potenciales. De hecho, tenemos un departamento llamado Departamento de los Mártires».
«¿Sigue activo?», pregunté.
«Sí, y siempre lo estará mientras nos estemos en yihad contra los infieles y los sionistas».
Khaled añadió: «Tenemos muchos voluntarios. Nuestro problema entonces era encontrar a personas adecuadas que estuvieran familiarizadas con Occidente».
Entonces, Ramzi interrumpió la narración con una sorpresa. Se había marchado a la habitación contigua y apareció con un sucio maletín gris. Mientras lo abría, me miró.
«Sí, son mis recuerdos de Hamburgo», comentó mientras me tendía una taza de té. «Y usted es el primer desconocido que va a verlos».
Con sumo cuidado comenzó a sacar sus «recuerdos», uno a uno.En poco tiempo esparció en el suelo, frente a mí, la mayor parte del material utilizado por Mohamed Atta y por los otros secuestradores de los aviones mientras planeaban los ataques. Un flamante folleto de Boeing y varios manuales, un grueso libro de texto para aprender a pilotar, un mapa de navegación de la costa Este de Estados Unidos, libros para aprender inglés, disquetes, CD-ROM de simuladores aéreos: todo ello se encontró en el piso de Hamburgo que Ramzi compartía con Atta, y en el que el clan había realizado las reuniones iniciales para elaborar la estrategia.
«Un momento, un momento», dije mientras Ramzi iba mostrándome los recuerdos. Junto a una serie de complejas ilustraciones sobre la forma de realizar maniobras repentinas, había visto una página con párrafos subrayados y minuciosas notas manuscritas.
«Es la letra del hermano Abu Abdul Raman», dijo Ramzi, mencionando a Atta por su nombre en clave de Al Qaeda.
No se parecía mucho a la letra bastante más caligráfica que había visto en un escalofriante documento atribuido a Atta, hecho público por el FBI. Aquel documento, encontrado en el equipaje que Atta había dejado en el aeropuerto Logan de Boston, proporcionaba una guía espiritual a los secuestradores aéreos para el momento en que se acercara el punto culminante de su misión.
«Obligaos a olvidar eso que se llama mundo», decía. «Ha pasado el tiempo para la diversión y ahora nos ha llegado la hora de la verdad. Si Dios nos concede a alguno de nosotros una matanza, debéis realizarla como una ofrenda en honor de vuestro padre y vuestra madre, puesto que estáis en deuda con ellos. No discutáis entre vosotros; escuchad y obedeced».
Ramzi me explicó el motivo de la discrepancia: Atta no era el autor de estas «instrucciones y oraciones»; eran obra de Abdul Aziz al Omari, que había acompañado a Atta durante las últimas horas de su vida.
Ramzi estaba deseoso de participar en los ataques. Había solicitado tres veces el visado para viajar a Estados Unidos para tomar lecciones de vuelo, pero lo habían rechazado por motivos de seguridad.Insistió, y lo creo cuando dice que se sintió desesperado y abatido al ver que no podría tomar parte.
Reveló que su maleta de recuerdos contenía material que le había traído Atta de Estados Unidos, para que lo estudiara y aprendiera de ello, cuando aún se esperaba que fuera uno de los «mártires».
Se había aprendido al pie de la letra los horarios anuales de las líneas aéreas estadounidenses, y todavía está familiarizado con los extraños símbolos que representan las variaciones de los vuelos. Explicó que estos conocimientos se habían utilizado para planear los ataques aéreos.
A lo largo de las 48 horas siguientes seguí en el piso con estos dos personajes, escuchando los detalles de la planificación del 11 de Septiembre. Los dos estaban orgullosos de lo que habían organizado; Ramzi hablaba con calma y autoridad, mientras Khaled hacía intervenciones esporádicas.
Resultaba evidente que no estaban dispuestos a revelarlo todo, y sin duda, sigue habiendo muchos detalles sobre la planificación que sólo conocen esos dos hombres y puede que uno o dos más.Pero conseguí encajar lo que decían en las partes que habían quedado sin explicar en los anteriores intentos de narrar la trama. He elaborado una descripción que, en mi opinión, no tiene precedentes y es fidedigna.
A menudo, Ramzi se sentaba en el suelo, en silencio, mientras jugueteaba con los ordenadores portátiles. Pertenece al tipo de entrevistados que necesitan que les den pie para decir algo.Cuando hablaba, empleaba una voz sonora que rezumaba autoridad.
Khaled era más activo. Nunca dejaba de mover las manos mientras deambulaba sin rumbo fijo alrededor de nosotros. El era el hombre de acción, mientras que Ramzi era el teórico: una buena división de papeles.
Había sido Khaled, como presidente del comité militar de Al Qaeda, quien había propuesto que la operación de martirio que se llevaría a cabo en Estados Unidos se dirigiera contra edificios importantes.En líneas generales, su plan era parecido a uno anterior, el plan Bojinka, consistente en estrellar simultáneamente 12 aeroplanos contra los principales monumentos estadounidenses.
Ahora, Khaled me estaba explicando que no sólo resucitó el plan Bojinka, sino que lo remodeló para convertirlo en una acción bélica de una eficacia demoledora.
Durante el año pasado se han hecho muchas conjeturas sobre el momento en que se reclutó a Atta y los demás personajes clave.La narración de Khaled confirma que Atta fue agente durmiente de Al Qaeda desde 1992, cuando trabajaba y estudiaba urbanismo en Hamburgo.
En otoño de ese año se juntaron y empezaron con la planificación detallada. Se reunieron en la polvorienta y decrépita ciudad de Kandahar, la capital de hecho de los talibán, situada en el sur de Afganistán. El lugar de reunión era un edificio que utilizaban a menudo los voluntarios de Arabia Saudí. Con frecuencia lo denominaban la casa de Al Gumad en honor del clan saudí Gamdi, cuatro de cuyos miembros más jóvenes desempeñaron la tarea de soldados de infantería en los secuestros aéreos.
«Se celebró una shura [concilio] a la que asistieron los cuatro pilotos, así como Khaled al Mihdar y Nawaf al Hazemi, la mano derecha de Atta», dice Ramzi, mencionando a otros personajes importantes.
Hasta ese momento no se sabía que Al Hazemi fuera el segundo de Atta. Acompañaba a Haní Hanyur en el vuelo AA77 de American Airlines, que se estrelló contra el Pentágono.
Khaled reveló: «Después de la shura enviamos al menos cuatro unidades de reconocimiento a Estados Unidos, por parejas o solos, a lo largo de cinco o seis meses».
También poco después de la shura, Atta partió con rumbo a Alemania, donde, para evitar que lo interrogaran con respecto a los visados paquistaníes de su pasaporte, declaró que se lo habían robado.También declararon que les habían robado el pasaporte dos de los otros jóvenes que asistieron a la shura: Marwan al Shehí, que más adelante pilotaría el vuelo 175 de United Airlines, que se estrelló contra la Torre Sur del World Trade Center, y Ziad Yarra, piloto del vuelo 93 de la UA, que se estrelló en Pensilvania.
La siguiente etapa consistió en adquirir nociones básicas de pilotaje. En el verano de 2000, Atta entró en Estados Unidos y empezó a tomar lecciones de vuelo en Venice (Florida), junto con Al Shehí. Yarra estaba en otra escuela de aviación cercana.Hanyur, que ya contaba con formación como piloto, hacía un curso de perfeccionamiento en Arizona.
Ramzi dijo que se había decidido que fueran a distintas escuelas de vuelo. Debían mantener el menor contacto posible.
Sé por otras fuentes que Yarra, un libanés de pasado más hedonista que los otros, siempre se mantenía alejado de ellos, tanto en Alemania como en Estados Unidos.
En la primavera de 2001, el equipo ejecutor, mayoritariamente saudí, estaba entrenándose en Afganistán. «Sabían que se trataba de una operación de martirio, pero no conocían los detalles», añadió Khaled.
En julio, Atta voló de Estados Unidos a Madrid, donde se reunió con Ramzi y otros miembros de Al Qaeda para ultimar detalles.En esta reunión se acordó que, aunque imperaría el espíritu del «todos para uno y uno para todos», Atta tendría plenos poderes para seleccionar los objetivos y el calendario de los ataques.
Se estableció un protocolo que permitiría a Atta mantener el contacto con sus jefes de Al Qaeda por medio de correo electrónico y charlas en directo por Internet.
Atta pasó a utilizar el nombre clave de Abu Abdul Raman Al Masri (el Egipcio). Otros nombres clave tenían resonancias de héroes islámicos. El de Ziad Yarrá era Abu Tarek, una referencia al conquistador árabe de Andalucía; el de Al Shehí era Abul Qaqá, que sometió a Persia al islam.
Ramzi hablaba con mucho afecto del «hermano Abu Abdul Raman», del que alababa la «genialidad», y con gran admiración del «hermano Abul Qaqá», que mucho antes de saber de la operación «tenía hermosas visiones en las que surcaba el cielo en grandes pájaros verdes y se estrellaba contra cosas».
«¿Qué cosas?», pregunté yo.
«Simplemente, cosas», sentenció.
Sin embargo, lo que más me sorprendió, mientras me desvelaban los nombres en clave, fue que ni Khaled ni Ramzi pudieran recordar las verdaderas identidades de sus «mártires».
Khaled aportó un dato más: los objetivos también tenían asignados nombres en clave. El Pentágono era la Facultad de Bellas Artes, mientras que las Torres Gemelas, en un reflejo del odio de Atta por los rascacielos, eran la Facultad de Urbanismo.
Ramzi reveló que el objetivo del cuarto avión, que cayó en Pensilvania, era el Capitolio, el corazón de la democracia estadounidense.¿Adivinan su nombre en clave? La Facultad de Derecho.
Durante julio y agosto, Atta y Ramzi intercambiaron mensajes de correo electrónico con contenido aparentemente inocente: los candidatos han sido admitidos o no en una u otra facultad. En realidad, Atta informaba sobre el estado de la preparación de los distintos ataques.
Ramzi rebuscó entre los archivos de su ordenador y me mostró un mensaje en la pantalla. «Este es de tres semanas antes del 11 de Septiembre», dijo emocionado. Era la última ciberconversación entre Atta y Ramzi. Estaba en alemán, y se produjo en una sala de chat de Internet. Atta fingía ser un joven estadounidense que hablaba con Jenny, su novia alemana.
«El primer semestre empieza dentro de tres semanas», me traduce Ramzi. «Nada ha cambiado. Todo está bien. Hay buenas señales e ideas estimulantes. Dos escuelas superiores y dos universidades.Todo marcha según el plan. Este verano seguramente será caliente.Me gustaría hablarte de algunos detalles. 19 certificados para estudios privados y cuatro exámentes. Recuerdos al profesor.Adiós».
En su lenguaje en clave, contiene la historia completa de los ataques. «Dos institutos y dos universidades»: las Torres Gemelas, el Pentágono y el Capitolio. «19 titulaciones» son 19 secuestradores, y «cuatro exámenes» son cuatro objetivos.
Lo que no decía era la fecha de los ataques. Este detalle crucial iba a llegar por un camino más intrincado.
A las tres de la madrugada del miércoles 29 de agosto, una semana después de la conversación por Internet, sonó el teléfono en el piso de la segunda planta del 54 de la Marienstrasse de Hamburgo.Ramzi Binalshibh cogió el teléfono. Le contestó una voz conocida en un dialecto egipcio: «Tengo un chiste y un rompecabezas», dijo el que llamaba. «El rompecabezas me lo ha propuesto un amigo mío, y confío en que me ayudes a resolverlo: dos bastones, un guión y un pastel con un rabo hacia abajo... ¿Qué es?».
Todavía ligeramente aturdido, Ramzi no lo captó. Sin embargo, de pronto su mente se puso en marcha. Entendió el mensaje. «Es un buen rompecabezas. Dile a tu amigo que no tiene de qué preocuparse», le aseguró a su interlocutor.
Sentado frente a mí en el suelo de una casa segura en Karachi, Ramzi echó atrás la cabeza con una sonrisa de orgullo y dijo en tono grave: «El que llamaba no era otro que el hermano Abu Abdul Raman [Atta]».
«¡Era un hombre increíble! ¡Increíble! Dios bendiga su alma y ponga el paraíso a sus pies, para que esté, inshalá, entre los Shuhadaa [mártires]».
Pero ¿de qué iba el rompecabezas? Bastones y pasteles con un guión... Yo estaba completamente perdido.
Con un extraño arranque de malicia, Ramzi me explicó: «Dos bastones es el número 11, un guión es un guión, y un pastel con un rabo hacia abajo es el número nueve. Y ése era el día D: el 11 de Septiembre».
Los estadounidenses escribirían 9/11 pero en Gran Bretaña y Arabia se dice 11/9, y los números se parecen mucho en inglés y en árabe.
Una de las últimas personas en saber la fecha fue el propio Bin Laden, según mi primer informante misterioso, que volvió a hablar conmigo después de que finalizaran las entrevistas en Karachi.
En primer lugar, Ramzi había dado orden de evacuación a las células activas en Europa, Estados Unidos y todos los demás lugares.Cogió su maleta de recuerdos y limpió a fondo el piso de la Marienstrasse.Se aseguró de que su compañero de piso, un medio alemán medio marroquí llamado Said Bahaji, había llegado antes que él a Karachi.Por último, partió con rumbo a Pakistán.
Fue entonces cuando Bin Laden, a través de un mensajero enviado por Ramzi el jueves 6 de septiembre, pudo saber que su plan a dos años vista para humillar a Estados Unidos daría frutos en sólo cinco días más.
Durante los dos días y la noche que duró mi entrevista no se me permitió salir del piso. Khaled y Ramzi permanecieron conmigo todo ese tiempo. Al final, me fui como llegué. Me vendaron los ojos, me metieron en el maletero de un coche y me llevaron directamente al aeropuerto de Qaid-i-Azam para coger mi avión de regreso a Londres.
Mientras despegaba, reflexioné sobre este extraordinario encuentro y sobre el destino de Bin Laden.
Antes de reunirme con Khaled y Ramzi pensaba que las posibilidades de que estuviera vivo eran del 50%.
Ahora, a pesar de que mi misterioso informante había dicho que estaba estupendamente y veía la televisión, y de que, como me dijo después de que terminaran las entrevistas, había preparado mi reunión con Khaled y Ramzi, he cambiado de parecer.
Khaled se fue un poco de la lengua al referirse a Bin Laden en pasado. Pero yo también me voy dando cuenta de que empieza a haber grietas en la organización Al Qaeda.
El dato más elocuente es el hecho de que mis cintas de vídeo de las entrevistas con Khaled y Ramzi, que ellos dijeron que se quedarían durante dos semanas para ocultar sus rostros, no me fueron devueltas.
¿Por qué? A fin de cuentas, ellos habían pedido que se celebraran las entrevistas, las controlaron y querían que se emitieran.
Me inclino a interpretar que algo marcha mal en las altas esferas de Al Qaeda, que hay una especie de discontinuidad. Ahora creo, más bien, que Bin Laden está muerto.
¿Quién lo sucedería? Fue Ramzi Binalshibh quien me causó mayor impresión durante el encuentro. Su filosofía, incluso su vocabulario, se parecen mucho a los de Bin Laden. Tiene el carisma sereno, la vitalidad y los conocimientos religiosos del shaid.
Con sólo 30 años de edad, eclipsa a su maestro con la experiencia de campo que da haber coordinado una operación sin precedentes en suelo occidental. Lo veo al frente de la organización algún día. Este es nuestro futuro Osama bin Laden.

Fuente: El Mundo
Fecha: 08.09.02

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