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Artículos Profesionales


Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo Amitav Ghosh. El Mundo. 06/02/05

Amitav Ghosh
Escritor e intelectual indio


Empezar de nuevo. Los habitantes de las islas indias de Andaman y Nicobar se enfrentan a la incertidumbre después de que, el pasado 26 de diciembre, el 'tsunami' destruyera sus viviendas, diezmara a sus familias y les arrebatara sus documentos y certificados bancarios. Sin ayuda del Gobierno central, esperan recuperar el rastro de su lugar en el mundo. La falta de representatividad democrática dificulta aún más la reconstrucción de la zona.

Las islas de Andaman y Nicobar son uno de esos cuadrantes del planeta en los que las líneas de las fallas políticas y geológicas dibujan trayectorias paralelas. En el plano político, las islas no han dejado de estar bajo administración de la India continental en ningún momento desde su anexión por los británicos; en la actualidad, son «territorios de la Unión» india, bajo el Gobierno directo de Nueva Delhi.

Desde el punto de vista geológico, sin embargo, esta cadena de islas se levanta precisamente más allá del borde de la placa tectónica de la India. Alineadas a lo largo de 700 kilómetros en el Golfo de Bengala, estas islas son el punto culminante de una cordillera de montañas submarinas que monta guardia sobre las profundidades abisales de la fosa oceánica de Sunda.

De las 572 islas que conforman el archipiélago, sólo hay 36 habitadas; las Andaman es el nombre que se da a las islas del norte del archipiélago mientras que las Nicobar son las que emergen hacia el sur.
A pesar de los centenares de kilómetros de agua que separan las Andaman de la India continental, muchos de los campamentos de acogida de Port Blair, la capital de las islas, tienen todo el aspecto de reproducciones de la nación en miniatura. Sólo un porcentaje reducido de los refugiados recogidos en los campamentos son naturales de las islas; los demás son colonos venidos de diferentes zonas del continente.

En los campamentos, los colonos se muestran prácticamente unánimes a la hora de describirse a sí mismos como individuos que han llegado a estas islas en busca de tierras y de una oportunidad.Cuando se oye lo que cuentan resulta fácil creer que, en su mayor parte, han encontrado lo que venían buscando. Aquí, en esta extensa cadena de islas, decenas de miles de colonos han conseguido salir de la pobreza e integrarse en las filas de la creciente clase media del país.

Sin embargo, en la mañana del 26 de diciembre de 2004, este ascenso social, logrado con tantos sacrificios, se transformó en una fuente poderosa de vulnerabilidad. La razón es que formar parte de la clase media, en la India como en cualquier otro lugar del mundo, es algo que hay que mantener a flote en un bote salvavidas de documentos: documentos de identidad, permisos, cartillas de racionamiento, certificados de enseñanza, talonarios de cheques, pólizas de seguro de vida y resguardos de depósitos a plazo fijo.

Lo grave de esta catástrofe ha sido que no sólo se ha cebado en la situación material de las víctimas sino también en las pruebas de la identidad de los supervivientes. El tsunami, no sólo destruyó las viviendas de los supervivientes y diezmó a sus familias sino que además les ha arrebatado hasta el último rastro que prueba su lugar en el mundo.

El 1 de enero de 2005 acudí a visitar el campamento de la escuela Nirmala, en Port Blair. El campamento, como la escuela en la que está instalado, funciona bajo la dirección de la iglesia Católica y está gobernado por un joven sacerdote de modales suaves que responde al nombre de padre Johnson.

En la mañana de mi visita, el padre Johnson se encontraba en medio de un altercado de consideración. Los refugiados llevaban tres días de espera ansiosa en el campamento, ninguno de ellos tenía ni idea de lo que iba a ser de ellos. En ausencia de cualquier otra figura que representara la autoridad, habían empezado a asediar al padre Johnson: ¿Cuándo se les iba a permitir salir de allí? ¿Dónde iban a ir?

El padre Johnson no podía proporcionarles respuesta alguna porque él mismo estaba tan necesitado de ayuda como ellos. Los funcionarios de la Administración encargados de las tareas de socorro no le habían comunicado nada acerca de los planes para los refugiados.El padre Johnson tenía más de 1.600 refugiados acampados en la escuela.

Al darse cuenta de que el padre Johnson no sabía de la situación más que ellos, los acampados redujeron sus exigencias a una sola pregunta, francamente modesta: ¿Podría proporcionarles algunos folios de papel y unos cuantos bolígrafos? Todo el mundo empezó a zarandear a los demás y a dar empujones, exigiendo que se anotaran sus nombres. En aquellos momentos, la identidad no era más que una cuestión de proclamarla y nada parecía preocupar más a nadie que dejar una huella en un papel. De eso dependía la recuperación definitiva de una vida.

Pugnando por incorporarse a la muchedumbre había un tipo rechoncho y fortachón, de unos 30 años, que respondía al nombre de Obed Tara. Era naik (cabo) del Regimiento Madras X del Ejército de la India.

El 10 de diciembre, había salido de Calcuta, donde en aquel momento se encontraba estacionada su unidad, para emprender viaje a Car Nicobar. Como la mayor parte de los nicobarenses, era de religión cristiana, miembro de la iglesia Anglicana del norte de la India, y tenía la intención de celebrar las Navidades en casa. Este año tenía algo más en que pensar: iba a casarse el primer día del nuevo año.

El 26 de diciembre, a pesar de las celebraciones y festejos de la noche anterior, Obed Tara, al igual que la mayor parte de los miembros de su extensa familia, se levantó pronto para ir a la iglesia. Su vivienda estaba ubicada en una colonia a orillas del mar en Malaca, apenas a unos cientos de metros del agua.

El barrio era el centro comercial de la localidad y su casa estaba rodeada de tiendas y almacenes. Ellos mismos eran propietarios de un locutorio telefónico. Era una familia que había ascendido a clase media gracias a las oportunidades comerciales de la pasada década.

Aquella mañana, el suelo empezó a temblar con una violencia que nadie de la familia había experimentado nunca antes; la tierra se agitaba con tal fuerza que nadie podía mantenerse quieto y todos ellos se vieron obligados a tirarse al suelo. Entonces la tierra se abrió y chorros de agua fangosa de color chocolate empezaron a surgir por entre aquellas hendiduras. Como todos los isleños, Obed Tara estaba acostumbrado a los temblores de tierra, pero ni él ni nadie habían visto jamás nada igual. Pasó un rato antes de que el suelo volviera a estar en condiciones para que todos se pusieran de pie pero, apenas les había dado tiempo a hacerlo, oyeron un bramido bestial, horrísono.

Al levantar la vista hacia el mar, vio que una muralla de agua avanzaba hacia su casa a gran velocidad. Trató de reunir a su familia y echó a correr. Cuando miró hacia atrás, su casa y el barrio entero en el que se levantaba se habían desvanecido bajo las aguas. Dos miembros de su familia, ya mayores, habían desaparecido y todos habían perdido todo lo que tenían: el coche, el locutorio telefónico, la casa... La familia pasó un par de noches en el interior de la isla y, acto seguido, los mayores de la casa le encargaron que fuera a Port Blair a ver qué era lo que podía traerles de socorro y provisiones.

Cuando Obed Tara terminó de contarme esta historia, hablaba con la voz entrecortada y se sorbía las lágrimas de forma convulsiva en sus esfuerzos por no romper a llorar. «¿Por qué no se presenta en cualquier dependencia del Ejército y cuenta quién es usted?», le sugerí. Movió la cabeza, como para indicar que ya había pensado en ello y que ya había descartado muchas veces esta idea. «El mar se ha llevado mi uniforme, mi cartilla de racionamiento, mi cartilla militar, los documentos de mi tribu... todo. No tengo medios de demostrar quién soy. ¿Por qué tendrían que creerme?».

En el mismo campamento me encontré con una mujer sij, de nombre Paramjit Kaur. Era una mujer de aspecto decidido, vestida con un salwaar-kamis marrón oscuro. Había llegado a estas islas hace 30 años, tras su matrimonio. Como muchos otros de los habitantes de esa población, su marido pertenecía a una familia sij a la que se había entregado en propiedad un terreno de labor en pago a sus servicios en el Ejército. Les dieron también una parcela en la que construir una vivienda.

La franja de tierra que se reservó para parcelas residenciales se situaba justo delante del mar, lo que proporcionaba a los residentes magníficas vistas. En la mañana de ese día, Paramjit Kaur y su familia se encontraban en el interior de su casa, frente al mar, cuando se desencadenó el terremoto. La tierra se movió bajo sus pies como una hoja de papel ondeando al viento y nada más cesar las sacudidas oyeron un ruido «como el que hace un helicóptero». No hubo tiempo para recoger papeles ni joyas; todos los que se demoraron en hacerlo resultaron muertos. Paramjit Kaur y su familia no dejaron de correr y sólo así pudieron salvarse.«Muy bien y ¿para qué?».

¿Cómo vamos a cuantificar la ayuda que pueda necesitar esta gente para reconstruir sus vidas arruinadas? La pregunta es bastante fácil de responder si la planteamos no en abstracto, sino en relación con nosotros mismos. Ponernos en el lugar de todas estas víctimas implica darse cuenta de que nunca será suficiente toda la ayuda del mundo.

En las islas de Andaman y Nicobar, aunque la mano de obra y la maquinaria empleadas en las tareas de socorro han corrido a cargo de las Fuerzas Armadas en una parte muy considerable, en Port Blair la autoridad máxima ha quedado en manos de un reducido grupo de altos funcionarios civiles de la Administración. A pesar de la sensación de crisis que reina por doquier, la actitud de la autoridad administrativa de Port Blair es de una autosuficiencia desdeñosa. En más de una ocasión les he oído rechazar ofertas de ayuda por innecesarias y dirigidas incorrectamente a ellos.Tenían provisiones en cantidad más que suficiente, me dijeron; de hecho, tenían a su disposición más de las que estaban en condiciones de distribuir.

Esta argumentación es un círculo vicioso: en pura lógica, la existencia de cuellos de botella en la distribución denota la necesidad de una mayor ayuda, no de menor. Sin embargo, para los mandamases de Port Blair, la campaña de socorro es un juego de suma cero en el que ellos hacen de árbitros. ¿Qué otra ayuda pueden necesitar estos individuos que no sea la que ellos, los que la reparten, deciden que es adecuada?

¿Realmente hay provisiones en abundancia a disposición de los damnificados en todas las islas? Lo que se oye contar en los campamentos de acogida es lo opuesto a lo que se repite como un eco en los cubiles de los burócratas. En su gran mayoría, los refugiados han tenido que esperar varios días hasta ser evacuados.Olvidados en unas islas perdidas en el océano, oían los boletines radiofónicos que les decían que su nación estaba enviando urgentemente ayuda a Sri Lanka y que había rechazado toda ayuda del exterior por innecesaria.

En Port Blair, los campamentos de acogida son la fuente principal de ayuda y sostenimiento de los refugiados. Todos los campamentos se sostienen gracias a la iniciativa privada; su personal está integrado por voluntarios de grupos locales de jóvenes, organizaciones religiosas y otros por el estilo, mientras que las provisiones les son suministradas por organizaciones locales de comerciantes, empresarios y ciudadanos. Yo me he entrevistado con los organizadores de unos cuantos campamentos de acogida y todos han coincidido en manifestar que no habían recibido del Gobierno ayuda de ningún tipo, salvo algo de agua.

La actitud de las Fuerzas Armadas no es la misma. A todos los niveles de la cadena de mando, se veía una urgencia, una diligencia y una disposición que contrastaban con la actitud del personal civil. De hecho, las proezas llevadas a cabo por algunas unidades hablan de una dedicación ejemplar a su deber. Como el teniente coronel de las Fuerzas Aéreas B.S.K. Kumar, piloto de helicópteros de la base de Car Nicobar. El 26 de diciembre, cuando se dejó sentir el primer temblor de tierra, estaba en su casa, a apenas 30 metros del mar. No sólo se las arregló para correr más que el tsunami y escapar con su mujer y su hijo, sino que a los 10 minutos ya estaba a bordo de un aparato. A lo largo del día, rescató izándolas con el cable de su helicóptero a unas 60 personas que habían quedado aisladas y evacuó a otras 240.

Dadas la diligencia del Ejército y la generosidad de los ciudadanos, ¿a qué puede achacarse la actitud de la Administración? La respuesta es bien sencilla: falta de democracia y de legitimación popular.Las islas no cuentan con Asamblea legislativa propia y, por tanto, tampoco con representantes electos, salvo un único miembro en el Parlamento indio. Los mecanismos democráticos son esenciales para una adecuada distribución de los recursos en cualquier situación extrema. Y estos están ausentes en Andaman y Nicobar.

Fuente: El Mundo
Fecha: 06/02/05

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