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Artículos Profesionales

Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio.

Articulo Alfonso Ussía. La Razón. 15/02/05

Alfonso Ussía


Dicen divertidas las malas lenguas, los chismosos de la Villa y Corte, que en la madrugada del domingo alguien tuvo la feliz ocurrencia de sugerir a Moratinos que no era conveniente el telegrama de condolencia que se apresuraba a enviar a la Reina de Inglaterra con el siguiente contenido: «Reciba Vuestra Majestad y toda la Familia Real mi más sentido pésame por la pérdida del edificio Windsor». De cuando en cuando, los asesores se ganan el sueldo.

La noche del sábado me llamó la calle y me acerqué al lugar de la catástrofe. Entre los noctámbulos y los curiosos nos juntamos en las cercanías de Azca una numerosa peña. No capté miedos ni histerismos. Si acaso, curiosidad y morbo. La gente es muy rara. Lo recuerda Antonio Mingote cuando recita unos versos decimonónicos que sobrevuelan El Retiro, de cuya fronda es Alcalde Honorario. «El conde Don Garcés/ tenía un lavamanos de tres pies./ Pero tres pies tan altos,/ que el pobre conde se lavaba a saltos./ En cambio, Casimiro,/ se lava en el estanque del Retiro./ La humanidad es rara,/ hasta para el aseo de la cara».

Era soltero y vivía en la calle de Velásquez cuando un grupo terrorista irrumpió en la Embajada de Egipto y secuestró a los funcionarios y diplomáticos que estaban en su interior. El «Telediario» informó del caso y en pocos minutos la calle de Velázquez era un hervidero de curiosos. La información iba de boca en boca. Se anunció que los terroristas habían exigido un avión para llevarlos a no recuerdo dónde y prometido que abandonarían la embajada a las doce de la noche. El público se impacientaba. Al final, lo hicieron con tres horas de retraso. Cuando se metían en una furgoneta con sus rehenes, el gentío les dedicó una monumental bronca. No por ser terroristas, sino por impuntuales.

Una señora me lo decía con justa indignación. –No hay derecho a este retraso. Mañana tenemos que madrugar. Madrid es una ciudad muy extraña en sus reacciones. O se acobarda como en los días posteriores al terrible atentado del 11 de marzo o se toma las cosas a chirigota. Mientras los bomberos se jugaban la vida en la extinción del pavoroso incendio del edificio Windsor, el público hacía fotografías o grababa en sus cámaras de video la hoguera feroz y devastadora. Los agentes de las Fuerzas de Seguridad y de la Policía Municipal no se lo creían. La gente quería llegar hasta la zona de máximo riesgo para hacer mejor sus fotografías.

Ningún fallecido, tres heroicos bomberos heridos –para mí que todos los bomberos son héroes , y un ambiente distendido y tertuliano en la fría y abrasada madrugada madrileña. Se desplomó parte de la fachada y nadie se asustó. Caían a centenares proyectiles de hierro incandescentes y apenas merecían comentarios de angustia. Ardía como una pira siniestra uno de los edificios más altos de Madrid y los madrileños asistían al espectáculo con ambiente de fiesta gratuita. La gente es muy rara. Pocas veces en mi vida me he sentido tan desconcertado.

Fuente: La Razón
Fecha: 15/02/05

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