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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo José Antonio Fúster. La Razón. 08.09.02

José Antonio Fúster


Un año después del salvaje ataque terrorista, la pregunta que todos se hacen es si se pudo haber evitado la matanza... y no hay respuesta. La madrugada del 11 de septiembre América dormía, inconsciente y ajena. Sólo unos pocos hombres sabían lo que iba a ocurrir: los terroristas.

Dodge this! (Esquiva esto). El 9 de septiembre, la alerta del «Erin» había llevado al hombre del tiempo de un canal local neoyorquino a saludar a sus espectadores con esa exclamación mientras trazaba la ruta del huracán «Erin» desde Bermuda: directa hacia la gran manzana. «Puede ser que nos enfrentemos a un desastre, así que estén preparados. Sin embargo, debemos confiar en que desde Canadá...» La siguiente noche, a punto de entrar en el 11 de septiembre, los neoyorquinos suspiraron aliviados después de echar un vistazo a la predicción meteorológica. El huracán «Erin», había sido frenado por un poderoso frente frío que le desplazaba en vertical hacia el norte.

«Dodged!» (esquivado).
Pero el frío no se pudo esquivar. Nueva York era una gran heladera.

Aquella noche, en su casa residencial de Cranford, Nueva Jersey, Leonard Snyder, 32 años, el vicepresidente más joven de Aon Consulting, con despacho ejecutivo en el piso 101 de la Segunda Torre del World Trade Center, se sentó junto a su mujer, Janine Marquet, su primera y última novia desde el instituto, en la habitación donde sus tres hijos pequeños se preparaban para ir a la cama. Esa noche le tocaba a Leonard dirigir el ritual de buenas noches. Primero, siempre lo primero, toda la familia se abrazó. Luego, Leonard se sentó en una gran butaca y comenzó a leer un cuento para dormir.

«Huevos verdes con jamón», del doctor Seuss, era su favorito: «No los comeré en el coche, no los comeré aquí o allí, no me gustan los huevos verdes con jamón...»

¿Habéis rezado vuestras oraciones? A ver, pidamos por mamá...

Los tres pequeños (la pequeña Lauren y los mellizos Jason y Matthew) pronto se quedaron dormidos. Leonard y Janine se fueron al salón y allí planificaron su próxima temporada de esquí en Vermont y una pequeña excursión de pesca a la playa de Long Beach. la vida de los Snyder era perfecta. Americana y perfecta.

A la misma hora, Mohammed Atta y su inseparable Abdulaziz Alomari velaban sus armas en la habitación 232 del Hostal «Comfort» de Portland, en el estado de Maine. Atta escribía: «Todo el mundo odia la muerte y teme a la muerte. Pero sólo aquellos creyentes que saben que hay una vida después de la muerte y que esperan la recompensa después de la muerte, buscarán la muerte».

Atta dejó de escribir y repasó las instrucciones que había dejado a los cuatro comandos. «Recordad que esta noche os enfrentaréis a muchos desafíos. Tenéis que afrontarlos y entended lo que hacéis al cien por cien. Obedeced a Dios, a su mensajero, y no trates de luchar contigo mismo cuando te venza la debilidad; levántate deprisa. Dios está con aquellos que se levantan rápido».

Al mismo tiempo, en el Hotel Milner de Boston, los miembros del segundo comando: Al Suqami, Al Shehi, Ahmed, y Alsheri repasaban su fe y las instrucciones de Atta, del jefe: «Debéis rezar, debéis ser rápidos. Debéis pedir la ayuda y la guía de Alá. Debéis pedir a Dios que esté a vuestro lado. Continuad rezando a lo largo de la noche. Continuad recitando el Corán. Comprobad todo lo que deberéis llevar. Comprobad vuestro equipaje, la ropa, los cuchillos, vuestra voluntad, vuestros carnets de identidad, vuestros pasaportes, absolutamente todos vuestros papeles... Aseguraros bien de que nadie os sigue».

Al mismo tiempo, y en sur del país, en la capital de la Coca-Cola, Atlanta, los ejecutivos de la firma de seguridad «Argenbright», dueña de la contrata de vigilancia en los aeropuertos internacionales de Dulles (Washington) y Logan (Boston), así como del 40 por ciento de todos los aeródromos del país, se enfrentaban a una situación de crisis: La Autoridad aeroportuaria había multado a la compañía con un millón de dólares por sus constantes fallos de seguridad y la sentencia era pública y podía ser consultada por cualquier ciudadano interesado. El informe de los inspectores fue patético: «Argenbright no comprueba los antecedentes penales de sus trabajadores, contrata inmigrantes ilegales, tiene vigilantes de monitor con pasados criminales o tan incapaces que no pueden cumplir con ciertas tareas básicas. Muchos no han recibido la instrucción necesaria para comprender lo que ven en las pantallas de los monitores de rayos-x y los hay, incluso, que no hablan inglés; lógico si tenemos en cuenta que el 87 por ciento de los trabajadores contratados por Argenbright no son ciudadanos estadounidenses».

Atta lo sabía. Él mismo había pasado pequeñas navajas y cortadores a través de los escáners de Argenbright en una docena de ocasiones. A los terroristas no les preocupaban los fallos de seguridad interna a la hora de contratar. Les bastaba haber comprobado que los arcos detectores de metal de los aeropuertos estaban todos calibrados al nivel más bajo. Elevarlo hasta hacer saltar las sirenas al paso del papel de estaño de una cajetilla de cigarrillos era posible, pero eso habría supuesto más falsas alarmas, más personal que contratar, más molestias para los pasajeros, más retrasos en los embarques. Argenbright cuidaba sus contratas. Sus arcos podrían detectar una pistola, pero no una navaja pequeña.

«No os olvidéis vuestros cuchillos ni vuestra voluntad...» No habría problema.

John Ogonowski también dormía aquella noche. Él era el comandante asignado para pilotar el vuelo 11 que despegaría de Boston a las de la mañana rumbo a Los Ángeles. Ogonowski, a sus 53 años, estaba cansado de los vuelos de costa a costa, pero se había embarcado en un proyecto de explotación agrícola en su pueblo de Dracut, en Massachussets, que le impedía, por el momento, independizarse. Necesitaba el dinero. Aquella noche, antes de acostarse, Ogonowski repasó de nuevo los informes de su sueño: «Dracut Land Trust, Inc». Cinco años atrás, él y un puñado de granjeros se habían reunido en el salón de actos del instituto local para discutir la insostenible situación de la paupérrima actividad agrícola en la zona, antaño floreciente. Ogonowski había contactado con la Universidad de Tufts para solicitar asesoramiento y éste llegó en forma de idea mágica: comprar tierra con créditos blandos y cederla a campesinos inmigrantes camboyanos que quisieran establecerse en los Estados Unidos. «Si los americanos ya no quieren trabajar la tierra, traigamos de donde sea a los que sí quieran. La agricultura en Dracut no puede morir», repetía John Ogonowski hasta en sueños. Esa misma noche, al meterse en la cama, le contó a su mujer, Peggy, que en menos de dos meses inaugurarían un centro de adiestramiento en técnicas agrícolas y le susurró otra idea: «creo que deberíamos ceder un poco más de nuestra propiedad para el proyecto... ¿no crees, querida?»

A poca distancia de Dracut, en Marstons Mills, la azafata Barbara «Bobbi» Arestegui, también dormía. Estaba cansada. En los últimos meses había volado demasiado para acumular tantos días libres como fuera posible. Su sueño era marcharse con su marido, Wayne, un psiquiatra experto en traumas laborales, a pasar unas largas vacaciones a Vermont. A las dos y media de la madrugada del 11 de septiembre, Bobbi Arestegui se despertó. Necesitaba todo el tiempo del mundo para llegar al aeropuerto Logan. Su vuelo asignado era el 11, rumbo a Los Ángeles. Aquella noche gélida encontró una nota en el frigorífico: «Bobbi, te echo de menos. Odio que tengas que trabajar tanto, pero lo comprendo. No puedo esperar para estar de vacaciones junto a ti. Necesito verte más. Te amo. Wayne.» Todas las noches, cuando se levantaba para ir al trabajo, Bobbi Arestegui despertaba a su marido y le daba un beso de «buenos días, hasta pronto». Aquel día, no le despertó.

Donald DiTullio y Natalie Lasden se conocieron en 1997 en un local de música country. Su amor rondando la cincuentena fue un flechazo. Él era inspector de seguridad en la empresa Smith & Nephew y ella analista de sistemas en la compañía General Electric. En sus ratos libres, él era un motero de Harley que retaba el paso del tiempo con su cazadora de cuero, pero que apagaba el motor cuando estaba a tres manzanas de la casa de su madre para no molestarla con el ruido. Ella era hogareña y se había volcado en la informática para poder diseñar una página web de homenaje a DiTullio. Por muy diferentes que fueran, no podían vivir el uno sin el otro y sin sus «hijos», sus perros: Shiloh, Sasha y Jessie. Aquella noche conectaron todos los despertadores para llegar a tiempo al aeropuerto Logan para tomar el vuelo 11 de American Airlines que les llevaría de vacaciones a Palm Springs, a la costa californiana.

Esa madrugada, Duff y Nasty (sus identificativos como pilotos de la Guardia Nacional. Literalmente: «beodo» y «antipático»), entraban en servicio de alerta en la base de la Fuerza Aérea en Cabo Cod, en Massachussets. Eran aviadores a jornada partida, como todos los americanos que se enrolan en la Guardia Nacional buscando ganar unos dólares extra a costa de unos cuantos fines de semana. Aquella noche, la tranquilidad era total. La posibilidad de que una amenaza aérea perturbara la pequeña base norteña era mínimo. Sólo 14 aviones estaban preparados en todo el país para responder a una amenaza aérea. Sus únicas jornadas de alerta máxima coincidían con los desplazamientos de Bill Clinton, cuando era presidente de los Estados Unidos, a la residencia de Martha s Vineyard, a poca distancia de Cabo Cod. Ahora, con el tejano Bush II en el poder, su actividad se había reducido todavía más. Aquella noche, «Beodo» y «Antipático» revisaron sus F-15 y volvieron a la sala de aviadores. Unas horas después, ambos preguntarían a
control aéreo de Nashua si aquella orden de dirigirse a toda velocidad a Nueva York y derribar cualquier avión que estuviera en vuelo era una «jodida broma o un simulacro». Una horas antes, mientras Atta y los suyos rezaban el Corán y pedían ayuda a Dios para ser fuertes, los dos aviadores de Otis dormitaban. No había nada que hacer.

Greg Sikorsky también tenía una noche tranquila. Sikorsky era, sin dudas, «el mejor de todos». Había nacido para la aventura, pero nunca fue a buscarla demasiado lejos. Marine, aviador, submarinista y paracaidista; voluntario durante 16 años en el cuerpo de bomberos de Hillcrest, en 1997 fue destinado a la escuadra de rescate número 41 del Bronx. Los más duros. Aquella madrugada del 11 de septiembre, Sikorsky se la pasó estudiando los diagramas de su afición favorita: dirigir la restauración de un viejo camión de bomberos «Mack» de 1939 a tiempo para el desfile del día de San Patricio. Casado, 34 años, un hijo. Unas pocas horas más tarde, Sikorsky recogería el aviso para que la escuadra se dirigiera al World Trade Center en una misión de «búsqueda y rescate».

A las dos de la mañana

A las dos de la mañana del 11 de septiembre, Leonard Snyder, el vicepresidente más joven de Aon Consulting, con despacho ejecutivo en el piso 101 de la Torre Norte del World Trade Center, dormía junto a su mujer, Janine. A esa misma hora, en el Hotel Milner de Boston, Al Suqami, Al Shehi, Ahmed y Alsheri repasaban las intrucciones escritas de Atta y se confiaban a Alá. En ese momento, John Ogonowski, capitán de American Airlines, apuraba sus últimos minutos de sueño en su casa de Dracut antes de levantarse y dirigirse al aeropuerto Logan. A la azafata Bobbi Arestegui todavía le quedaba media hora para desperezarse antes de salir para Logan sin despertar a su marido Wayne, que soñaba con unas vacaciones junto a ella en Vermont. Donald DiTullio y Natalie Lasden también dormían, a la espera de que «todos los despertadores de la casa» les obligaran a ponerse en marcha rumbo a Boston y Palm Beach. «Beodo» y «Antipático», pilotos a jornada partida para la Guardia Nacional, reposaban en estado de semialerta en al sala de aviadores de la base de Cabo Cod; y Greg Sikorsky, bombero de la escuadra de rescate número 41 del Bronx, repasaba las fotografías antiguas de su ilusión por restaurar.

A esa hora, a las dos de la mañana, Abdulaziz Alomari y el jefe de los comandos de Al Qaeda, Mohammed Atta, salieron de la habitación 232 del Hostal Comfort al sur de Portland, en Maine en dirección al aeropuerto local. Su billete incluía una conexión en Boston para abordar el vuelo 11 de American Airlines, donde se encontrarían con los demás integrantes del primer comando. Debían pasar sin problemas sus armas (cutters, pequeñas navajas y bombas falsas) por los detectores de metales, calibrados todos al nivel más bajo para evitar demoras innecesarias.
Buenos días, el comandate Ogonowski y su tripulación les dan la bienvenida a bordo del vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles. La duración aproximada del vuelo será...
American Airlines 11. Aquí control de tierra de Logan, permiso para taxi hasta pista número 14. Allí espere y contacte Torre de Control...
El despegue no tuvo misterio alguno. El frente frío que había llegado desde Canadá y que pugnaba con el huracán «Erin» dejaba rachas de viento constante, pero sin mayores problemas para los aviones y las tripulaciones sólidas de la American Airlines. Poco más de diez minutos después de abandonar Boston, la Torre de Logan transfirió el vuelo a Control Aéreo de Nashua, en el Estado de New Hampshire. Uno de los 20 controladores de la gigantesca sala recibió la etiqueta del vuelo y miró rutinariamente a su monitor Sony de 27 pulgadas y vio al avión en rumbo, a 27.000 pies, cruzando Massachusets hacia el occidente. Debido al fuerte tráfico de aquella mañana, otro avión había entrado en rumbo de colisión con el 767 de American Airlines. Sin dudarlo, el controlador ordenó un cambio de altitud.
American Airlines 11, aquí control de Nashua. Débido a problemas de tráfico, ascienda y mantenga a 31.000 pies.
(...)
American Airlines 11. Aquí control de Nashua. Repita la orden transmitida.
(...)
El controlador cambió, según lo establecido, a la frecuencia de emergencia. 121.5.
American Ailines 11. Aquí Nashua. Diga cómo me recibe.
(...)
En ese preciso momento, el transpondedor que emite la señal de radar para los controladores dejó de funcionar. El jefe de Nashua, ya de pie junto al monitor, no lo dudó ni un instante: «Debe de ser un fallo eléctrico. Inténtelo en todas las frecuencias».

Alineado con el Hudson
Nada más decir esto, el radar indicó que el avión había virado hasta situarse en un rumbo sur, en dirección a Nueva York. Un segundo después, una voz con un fuerte acento se transmitió a los altavoces del control de Nashua. Era una voz airada que se colaba, intermitente. Nashua supo de inmediato que aquella era una situación peligrosa. Aparentemente, un piloto de American Airlines estaba pulsando a ráfagas un botón situado detrás de su timón que conecta la radio. Lo más claro que se oyó en New Hampshire fue: «No hagan ninguna tontería. No van a resultar heridos». El jefe de controladores activó el plan de emergencia.
A las 08,28 horas de la mañana del 11 de septiembre, el controlador que seguía al vuelo 11 observó cómo la aeronave giraba al este de Nueva York y se alineaba con el río Hudson. El jefe de controladores decidió establecer una situación de «alerta uno» y llamó a las autoridades aéreas que ordenaron la salida inmediata de los F-15 de «Beodo» y «Antipático» de la base aérea de Otis.
Quince minutos después, a las 08:43, control aéreo de Nashua perdió la señal de radar del vuelo 11 cuando comenzaba a sobrevolar Manhattan. Dos minutos después, se informó de que un avión se había estrellado contra la Torre Norte del World Trade Center, matando, entre otros cientos de personas, a Leonard Snyder, John Ogonowski, Bobbi Arestegui, Donald DiTullio, Natalie Lasden, Mohammed Atta y Abdulaziz Alomari. A más de 200 millas de distancia, «Beodo» y «Antipático» no pudieron cumplir la orden de derribar el avión secuestrado. A las 08,47, Sikorsky, un héroe a punto de morir, recibía la alerta en el puesto de mando del grupo 41: «Búsqueda y rescate en la Torre Norte». Estados Unidos despertaba de un largo sueño de inmunidad y se despertaba en la pesadilla del terror.

Fuente: La Razón
Fecha: 08.09.02

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