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Artículos Profesionales


Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo Rafael Torres. El Mundo. 16/02/05

Rafael Torres


La memoria del fuego se acaba convirtiendo en humo, salvo en España, donde la propia memoria es humo. Horrible es, aunque se comprende, que la casta dominante de la nación haya empeñado todo su esfuerzo en sepultar la memoria colectiva bajo las escombreras del miedo, la mixtificación, la falsificación y la ignorancia inducida.Pero si eso se comprende, porque la tal memoria desvela el infame papel de esa casta en la historia, dejándola, como si dijéramos, con el culo y con las vergüenzas al aire, no puede comprenderse tanto que se haya suprimido también, antes de su autoconsunción natural, la memoria del fuego. Y en lo que de más cerca nos toca, la memoria extensa y cegadora de los fuegos de Madrid. Acaso por efecto del nerviosismo o de la improvisación, el alcalde de la ciudad sentenció, ante las llamas que iban disolviendo los cristales del Windsor, que nos hallábamos ante el mayor incendio «en superficie» de la historia de Madrid. Dejando a un lado el hecho de que los incendios suelen producirse en superficie, salvo los de los submarinos y los del metropolitano, asombró comprobar la escasa memoria de fuego de ese hombre, pues otra cosa no, pero incendios hemos tenido, y mucho más devastadores y voraces que el de Azca, por un tubo. Todas las ciudades, no sólo Madrid, se han quemado, incluso varias veces, en el curso de los tiempos: Londres, París, Dresde, Roma, Santander, Varsovia, San Francisco, Lisboa... Madrid, aunque tan humilde, no iba a ser menos, y desde el formidable incendio que redujo a pavesas el Alcázar, hasta los recientes y recurrentes fuegos en las subestaciones eléctricas, pasando por el del teatro Novedades o por el que calcinó durante el asedio de los rebeldes medio barrio de Argüelles. La biografía de la ciudad se ha ido iluminando con el resplandor de las hogueras descontroladas. Cuando los niños queríamos ser, de mayores, bomberos (yo acabé siéndolo en la mili, en zapadores), seguíamos los fuegos con minuciosidad y entusiasmo, razón por la cual no se nos van, como al alcalde, de la memoria. En aquellos tiempos (lejanos según computa la próstata y la vista cansada), se ovacionaba a los bomberos cuando extinguían las llamas, pues como no había rascacielos acababan siempre extinguiéndolas. Pero también porque nos confortaba mucho a los pobres que unos señores que iban vestidos tan elegantes (aquellos cascos de penacho dorado, aquellas hombreras metálicas, aquellas fajas bicolores, aquellas botas de alta caña) estuvieran prontos a socorrernos, a acudir raudos a nuestras desgracias, que no eran pocas, tocando la campana. Recuerdo con particular emoción un incendio a espaldas de mi casa, en una fábrica de curtidos de la calle de Monte Olivetti, que casi churrasca al vecindario, y, sobre todo, el muy espeluznante de la fábrica de bombillas, que las chicas, las operarias, se arrojaban ardiendo desde las ventanas. Fue en ese incendio, me parece, en el que el gran actor característico Venancio Muro logró salvar a una de las muchachas tomándola, en la caída, en sus brazos, lo que le valió al cómico una lesión de espalda para toda la vida. ¡Ay, la memoria del fuego! El fuego huele y sabe, y por eso tarda tanto en disiparse su humo en la memoria. Lamentablemente, la propia memoria es, en manos de regidores desmemoriados, humo, nubecilla gris sin contornos que nada evoca. Una lástima que se nos pida olvidar, también, el fuego.


Suplemento Temático: Centros Comerciales

Fuente: El Mundo
Fecha: 16/02/05

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