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Artículos Profesionales


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo . ABC. 09.09.02




El primer aniversario de los atentados de Washington y Nueva York está dando lugar a una corriente inagotable de análisis sobre las consecuencias de aquel acto de macroterrorismo. No es para menos que un suceso de esta magnitud histórica provoque todavía más preguntas que respuestas, síntoma de que aún perdura el sentimiento de vulnerabilidad causado por la facilidad con que unos terroristas pudieron secuestrar cuatro aviones y estrellar tres de ellos contra los símbolos del poder militar y financiero de Estados Unidos. A pesar de las incertidumbres que aún están vigentes, esos atentados produjeron efectos inmediatos en las relaciones internacionales y en la manera de afrontar, de forma colectiva, la nueva dimensión del terrorismo. El integrismo islámico abrió los ojos a una comunidad internacional acostumbrada a despachar el terrorismo con declaraciones de apoyo a los Estados que lo padecían y a alumbrar convenios mermados por las cláusulas de reserva que introducían los países firmantes. Aunque resulte un contrasentido, los atentados del 11-S sacaron al mundo -especialmente el democrático- de su ignorancia sobre la verdadera intensidad de la amenaza terrorista. Se desvaneció la visión local del terrorismo, para dar paso a un escenario mucho más inabarcable, el de las democracias occidentales, razón suficiente para que la lucha antiterrorista esté en la agenda de la política exterior de Estados Unidos y de la Unión Europea, lo que para España no constituye ninguna novedad, porque lleva años abanderando la cooperación internacional contra ETA. Las instituciones internacionales han generado un nuevo derecho internacional, que homologa mecanismos comunes contra la financiación del terrorismo y refuerza la colaboración judicial entre Estados. La Unión Europea ha avanzado de forma espectacular en la consolidación del espacio judicial común, removiendo los prejuicios de algunos países que hasta hace muy poco aún mutilaban la cooperación antiterrorista. Además, la institucionalización de estas decisiones políticas y legales ha ido acompañada por un rearme ideológico y moral de las democracias, que en parte las ha liberado de los complejos de culpabilidad que aún perviven en algunos intelectuales, contumaces en apuntar las víctimas del 11-S en el saldo negativo de la democracia liberal.

Sin embargo, el consenso antiterrorista presenta actualmente sombras que se están oscureciendo a medida que Estados Unidos persiste en una política agresiva unilateral, que ignora que las alianzas no son contratos de adhesión y que se pueden conseguir los mismos resultados sin confundir la eficacia con la contundencia. Estados Unidos tiene garantizada por Europa la solidaridad de principio en su lucha antiterrorista, porque va en ella su propia defensa, pero ha de respetar los valores de la sociedad europea, que no puede ver con conformismo la supresión de garantías individuales por leyes de excepción, con una utilidad todavía inédita, o la militarización absoluta de la respuesta a la amenaza terrorista, como cuando Europa pide pruebas contra Irak, como lo hizo antes de sumarse a la campaña de Afganistán. Ahora bien, estas discrepancias, que tienen que ser abordadas y resueltas entre aliados y no competidores, no deben comprometer el esfuerzo conjunto que Estados Unidos y Europa han fundido frente a un enemigo común. Sucumbir ahora a un rancio antiamericanismo y romper el consenso antiterrorista sería un nuevo 11-S para las democracias occidentales.

Fuente: ABC
Fecha: 09.09.02

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