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Artículos Profesionales


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Jorge Dezcallar. ABC. 11.09.02

Jorge Dezcallar
Secretario de Estado y Director del Centro Nacional de Inteligencia


El fallecimiento de Carlos II en 1700, abriendo paso a la dinastía borbónica y a una nueva etapa en la historia multisecular de España, es una excepción. Raramente los periodos históricos nuevos se acomodan a fechas tan redondas aunque hay que reconocer que se aproximan bastante: 1492, 1789, 1898...

El momento actual no es una excepción. En mi opinión el siglo XX termina en 1989 con la caída del muro de Berlín, que augura el fin del imperio soviético y la decadencia del comunismo como su aplicación práctica. Ambos han marcado de forma indeleble desde 1917 no sólo la historia de Europa sino la del mismo mundo, todavía en buena parte de este siglo regido intelectual y físicamente por los aconteceres y decisiones del Viejo Continente.

Se abrió a continuación una etapa de una cierta indefinición plagada de amenazas y de oportunidades. Al equilibrio del terror, a la Destrucción Mutua Asegurada propia de la guerra fría y del mundo bipolar siguió un periodo donde ciertamente aumentó la seguridad -en la medida en que disminuía el riesgo de confrontación nuclear- al tiempo que se incrementaban las incertidumbres, pues -sin ir más lejos- la aventura kuwaití de Sadam Husein no hubiera sido concebible con una Unión Soviética en plena forma y vigilante. Así, mientras Europa asistía atónita a las brutalidades cometidas por los nacionalismos violentos enfrentados en el solar yugoslavo, aumentaba cerca de nuestras costas mediterráneas el radicalismo religioso y los hutus y tutsis -bantúes y nilóticos- se despedazaban cruentamente en la región de los Grandes Lagos en una reedición más actual y sangrienta de las viejas luchas entre agricultores y ganaderos.

Al mismo tiempo se abrían grandes ventanas de oportunidad que España al menos aprovechó bien: en Madrid se celebró la Conferencia de Paz de Oriente Medio y en Barcelona la Conferencia Euromediterránea. Ambas han significado procesos de desigual suerte en los que hemos puesto grandes esfuerzos y que siguen generando un amplio caudal de esperanza.

La nueva etapa -el siglo XXI- comienza en 2001, precisamente con el escalofrío que recorrió la columna vertebral de la humanidad aquel once de septiembre en que el terror -filmado en primer plano- desbordó todos los límites. Como ha dicho André Glucksmann, ese día el arma absoluta pasó de manos de unos pocos gobiernos a poder estar en manos de cualquiera. Frente al equilibrio del terror se presenta el terror ilimitado. Se abre así un nuevo periodo histórico que está dominado -y lo seguirá previsiblemente al menos durante los próximos veinte o veinticinco años- por una única superpotencia, los EE. UU., que se reconocen vulnerables ante la «popularización» de la amenaza, al alcance de pequeños grupos o pequeños países capaces de dotarse de armas de destrucción masiva de tipo nuclear, de radiación, químicas o bacteriológicas. Lo que no es en absoluto imposible -aunque tampoco fácil- en el mundo de hoy. Como diría Joseph Nye, son precisamente los estados débiles y fracasados los que ofrecen un terreno de prueba más fecundo para los terroristas. Una idea en la que abunda Kaplan en «La anarquía que viene».

A partir de aquí asistimos a una nueva reordenación de las relaciones internacionales en función de la postura que cada uno adopte frente al fenómeno terrorista. Es innecesario señalar que España, que sufre desde hace años el ataque brutal del terrorismo, está en la vanguardia de esta lucha contra el enemigo común, adopte el nombre que adopte, con medidas muy concretas como el desarrollo de la cooperación internacional antiterrorista, la euro-orden, el desarrollo del Tercer Pilar de la Unión Europea o la propia ley de Partidos Políticos.

Pero ni hay fin de la Historia ni choque de civilizaciones. La primera continúa con distintos actores y competencia de intereses y el grupo de Osama Bin Laden no supone un desafío ideológico mayor que el comunismo, como también pretende Francis Fukuyama, pues ni tiene su bagaje intelectual ni pasa de fenómeno minoritario al alcance tan sólo de algunos radicales que no pueden pretender arrogarse la representación del Islam, cuya demonización es inaceptable y donde sin duda acabarán también imponiéndose las corrientes modernizadoras que existen en su seno.

Lo que es necesario es cooperar plenamente para luchar contra una amenaza, el terrorismo, de alcance global. A la ola de solidaridad que ha surgido tras el 11 de septiembre de 2001 ha seguido un fuerte desarrollo de la cooperación antiterrorista en la que los servicios de inteligencia -y el CNI entre ellos- han tenido un papel destacado. Algo que ha exigido un cierto cambio en los hábitos de trabajo porque tradicionalmente la inteligencia había sido -aquí y en otros sitios- una actividad de carácter esencialmente nacional. Ya no es así, porque frente a la globalización de la amenaza, frente al riesgo de que los terroristas lleguen a adquirir armas de destrucción masiva, ningún estado puede responder solo. Hoy se impone el concepto de la seguridad compartida. Es esencial potenciar la cooperación internacional con objeto de estar en condiciones de enfrentarse a nuevos e inesperados retos. Hay que saber para poder prevenir y ésta es labor propia y típica de los servicios de inteligencia.

Hace ya más de 2.500 años que Sun Tzu decía que si el Príncipe esclarecido y el General competente derrotan siempre al enemigo y sus hazañas se salen de lo común es gracias a la información previa y ésta no la dan los espíritus ni las divinidades sino que «hacen falta hombres que conozcan la situación del enemigo».

En eso estamos, todos unidos frente a la amenaza que golpeó salvajemente hace un año y que volverá a hacerlo si un día está en condiciones de ello. Pero lo importante es que hoy, un año más tarde, los terroristas están más solos que nunca, más aislados y más acosados, y esto es una magnífica noticia para todos

Fuente: ABC
Fecha: 11.09.02

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