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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Alfonso Armada. ABC. 08.09.02

Alfonso Armada


Hoy hace un año desde que, al igual que el 6 de agosto de 1945, «con una cegadora demostración de crueldad», se anunció algo al mundo. Al igual que el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, aquella mañana de hace ahora 57 años amaneció soleada. «Ahora que el número de civiles inocentes muertos colateralmente por los bombardeos estadounidenses en Afganistán es igual al número de muertos en el ataque a las Torres Gemelas podremos empezar a situar los acontecimientos en una perspectiva más amplia, aunque no menos trágica», escribió en un conmovedor artículo el novelista, poeta y crítico de arte británico John Berger, que se atrevió a «leer» la atrocidad del 11 de septiembre junto a otra atrocidad más remota y por tanto más olvidada: la primera bomba atómica lanzada sobre una ciudad alegre y confiada.

Berger dice que «las dos ofensivas fueron planeadas para que coincidieran con la hora de entrada al trabajo de la población civil, con la hora en la que se abren las tiendas y los niños se disponen a empezar las clases del día. Similares también son la reducción a cenizas y los cuerpos arrojados al aire y convertidos en escombros. La incredulidad y el caos provocados por una nueva arma de destrucción ?la bomba atómica hace sesenta años y un avión civil el otoño pasado? son también comparables. Y en el epicentro de los dos ataques, polvo; sobre todas las cosas, sobre todos los cuerpos, un espeso manto de polvo».

Hace un año que en las calles del sur de Manhattan se vivieron estampas que recordaban a la guerra. Desde entonces, el mundo ha cambiado, y no seguramente para mejor. Por su posición imperial en el mundo contemporáneo, una posición que precisamente se fraguó tras el lanzamiento de la primera bomba atómica, decidido por el presidente Harry Truman a pesar de que el 18 de julio había recibido un telegrama del emperador japonés pidiendo una vez más que se firmara la paz, los muertos estadounidenses son considerados por Washington como muertos de primera categoría. El hecho de que los atentados fueran retransmitidos en directo, con lo que los terroristas suicidas lograron que el impacto de su atrocidad fuera un acontecimiento de instantáneo horror universal, el de que tuviera como escenario Nueva York, el más poderoso icono de esta época de imágenes fascinantes e historia inextricable, ha hecho que su proyección mundial sea infinitamente mayor.

Cómo vivió la mañana del 11 de septiembre, cómo ha cambiado su vida y su visión del mundo desde entonces, qué es Nueva York para usted y qué le dice la palabra Hiroshima fueron las preguntas que sirvieron de hilo para unir once vidas en torno a lo ocurrido. Once vecinos de Nueva York que comparten sus once miradas sobre aquel septiembre cegador que cambió la faz del mundo. José Alfonso Rodríguez, policía neoyorquino, de padres españoles; Luis Rojas Marcos, psiquiatra sevillano y en el momento del ataque, jefe del sistema sanitario público de Nueva York; Ka-Lu, vendedora china de tarjetas telefónicas; Elena del Rivero, artista valenciana que vivía junto a las Torres, pero que ese día se encontraba en Madrid; Tomi Streiff, cineasta suizo, que fue detenido como sospechoso; Tim Marmion, bombero que perdió a seis compañeros el día de autos; María Millán, española, editora gráfica, y su hija Maya Irazábal, vecinas de Chinatown; Peter Napolitano, maestro de una escuela junto al World Trade Center; André P. Kamikawa, agente de negocios brasileño que salió por su propio pie de las Torres y vio desde la calle cómo se desvanecían, y Kirsy Concepción, domicana, estudiante, cuyo padre trabajaba en el restaurante Windows of the World y murió en el atentado.

José Alfonso Rodríguez, policía: «Ahora me paro a ver los colores de la vida»




Las notas de un piano de cola que está siendo afinado en un café de Park Avenue South esquina con la calle 29 estallan sueltas, sin melodía, golpean contra un fondo de conversaciones, y contra él se abren paso las palabras de José Alfonso Rodríguez, policía neoyorquino, de 29 años, de padres españoles, que vuelve a hablar de lo que ocurrió aquella mañana. Es la segunda vez en poco tiempo. Primero en un McDonald´s de Canal Street, una de las arterias mas bulliciosas y coloristas de toda la ciudad, que durante días y días se convirtió en una calle fantasma, después en este café más tranquilo, a pesar de la afinadora que prepara el instrumento para un recital al anochecer, José Alfonso Rodríguez apenas había hablado antes de lo que se le grabó para siempre en la retina el 11 de septiembre, y todavía hay estampas que no quiere que se transcriban, que comparte, pero que no quiere que queden por escrito. «Son demasiado espantosas. Creo que es mejor que no se escriban».

Adscrito a una comisaría de Chinatown, confiesa: «He visto de todo en mi trabajo como policía de calle (acaba de ser promocionado a investigador y a principios de julio colgó el uniforme y la gorra de plato): asesinatos cometidos delante de mis narices, suicidios, peleas y escenas muy desagradables?». Pero nunca olvidará la mañana del 11 de septiembre: «Empecé a trabajar a las 4 de la mañana. Tenía que vigilar las elecciones municipales que se celebraban aquel día. No vi cuando chocó el primer avión. Alguien me dijo lo que había pasado. Sólo oí la explosión y cómo por la calle de Bowery empezaron a llegar vehículos de emergencia. Me puse a ordenar el tráfico porque enseguida se organizó un atasco monumental. Paró un coche de mi comisaría y el teniente me ordenó que fuera con ellos porque me necesitaban para acompañar a un jefe de los bomberos. Cuando llegamos a la esquina entre Vesey y Church, ayudamos a evacuar a la gente, que estaba como petrificada mirando hacia arriba. Fue entonces cuando chocó el segundo avión. Miré hacia la Torre y pensé que era una bomba. Me quedé sin aliento cuando vi las llamas, todo el mundo estaba aterrorizado. Y de pronto todos echaron a correr en todas direcciones. Yo gritaba: ?¡Corran, corran!?. Desde la esquina entre West Broadway y Church vi cómo la gente se tiraba desde lo alto. Parecían muñecos que iban cobrando más y más velocidad a medida que caían. Yo estaba en la plaza entre las dos Torres. No dejaban de caer cuerpos y más cuerpos. Los camilleros estaban desbordados, no tenían tiempo de recogerlos ni de cubrir los cadáveres. Yo también pensaba que morían antes de llegar al suelo, de un infarto, no sé? Pero lo cierto es que gritaban, caían gritando de forma desgarradora y no dejaban de gritar hasta que se estrellaban contra el suelo. Recuerdo el rostro de un hombre antes de morir, y los gritos que daba, y la corbata volando detrás del cuello. Nunca se me borrará su cara. Un jefe de bomberos me dijo que ayudara a evacuar a la gente, pero durante un buen rato no pude hacer nada. La muchedumbre que huía desesperada me arrollaba y tuve que parapetarme detrás de un coche.

Cuando se derrumbó la primera Torre no podía ver nada. Todo se cubrió de polvo blanco. Parecía como si estuviera nevando muy fuerte. No podía respirar, el calor era fortísimo. Se hizo de noche de repente, como si fuera de noche y nevara. Se encendieron las farolas automáticamente. Por la oscuridad. Y todo tenía como un resplandor irreal, una luz anaranjada. Yo tenía cortes en la cara y en los brazos. Casi no podía respirar. El calor era espantoso. Corrí a la iglesia de San Pedro para buscar a un cura, para que le diera la extremaunción al capellán de los bomberos. Pero sólo había una mujer troceando una sábana para que la gente se pudiera cubrir la boca y repartiendo agua. No había ningún sacerdote, pero tras preguntarme si era católico me dijo que yo mismo podía dar la extremaunción. Que nos arrodilláramos y rezáramos un padrenuestro. Cuando regresamos el capellán ya estaba muerto. Hice lo que la mujer me había dicho. Regresamos a la Torre que seguía en pie para echar una mano y ya sólo quedaban policías y bomberos. De pronto la Torre se empezó a mover. Vi cómo giraba sobre sí misma en medio del humo, y entonces empecé a ver la antena. Recuerdo que pensé, "no es posible". Y eché a correr con toda mi alma. Pensé que iba a morir, y al mismo tiempo que no podía morir, porque había mucha gente a la que quería y que me quería». Sesenta agentes (23 del Departamento de Policía de Nueva York y 37 de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey) perdieron la vida ese día.

José Alfonso Rodríguez admite que muchas cosas han cambiado dentro de él desde entonces: «Antes me preocupaba por tonterías, le daba más importancia al dinero. Ahora vivo al día, aprovecho cada instante, cada minuto, como si fuera el último que fuera a vivir. Ahora me paro a ver los colores de la vida. Ahora valoro mucho más a mi familia y a la gente que me quiere. Mi padre, que es el típico castellano algo seco, al que no le gusta ponerse sentimental, me demostró cuánto me quería. Estaba profundamente emocionado cuando regresé aquella noche a la casa sano y salvo».

Para este policía encantado de serlo «Nueva York es la capital del mundo. Es una ciudad única. No se puede comparar con otras. Hay ciudades como París, que es la capital de Europa, o Tokio, que quizá sea la capital de Asia, pero Nueva York es la capital del mundo. Aquí te puedes sentir español y americano al mismo tiempo. Puedes ir al círculo español, o a una fiesta, o a un restaurante español y comer comida auténtica y sentirte como en Madrid o Barcelona, o Galicia, porque casi todos son gallegos. Esta es mi ciudad, y creo que le pasa a mucha gente. Te puede tirar la sangre o la tierra, pero aquí no te sientes extranjero». Rodríguez nunca ha pensado en Hiroshima: «No me dice nada».

Luis Rojas Marcos, psiquiatra: «Por cada uno de los 19 fanáticos suicidas, miles de ángeles anónimos brotaron por toda la ciudad»




Psiquiatra sevillano de 58 años que encontró en Nueva York el aire fresco y la libertad que la España de Franco hurtaba a manos llenas, Luis Rojas Marcos ha sido hasta que Michael Bloomberg relevó a Rudolph Giuliani al frente de la alcaldía, presidente del sistema de sanidad y hospitales públicos de Nueva York. Al igual que John Berger, también «diagnosticó» que el daño causado en Afganistán pronto fue mayor que el sufrido por los neoyorquinos y que lo que empezó bajo el manto de la justicia «se convirtió en venganza».

Recuerda: «Por motivo del cargo público que ocupaba el 11 de septiembre, viví muy de cerca el suceso. Y aunque durante mis treinta y tantos años de trabajo en los hospitales de esta ciudad he presenciado muchas desgracias, confieso que las escenas estremecedoras que contemplé ese fatídico día, y el dolor masivo que durante meses sentí a mi alrededor, fueron profundamente traumáticos para mí. Al mismo tiempo, no se me borra de la mente el desfile interminable de personas bondadosas que con sus actos altruistas contradecían aquello de que ?el hombre es un lobo para el hombre?. Por cada uno de los 19 fanáticos suicidas que convirtieron los cuatro aviones comerciales en misiles devastadores, miles de ángeles anónimos brotaron por toda la ciudad». Ha pensado y escrito mucho acerca de lo ocurrido. Tardó en darse cuenta de que él también había sido psíquicamente afectado, y reconoce que su corazón alberga ahora «más esperanzas, menos necesidades. Me enfrento al día a día con una nueva habilidad para gozar de las pequeñas cosas. Vivo con más ilusión y gratitud. Disfruto de una existencia que el sufrimiento y el terror han hecho más valiosa. Quizá, habiéndome topado con la muerte, siento con una fuerza especial la alegría de vivir». Su devoción por la ciudad no ha mermado, pero ahora hay otras asechanzas: «Nueva York, tan entrañable para mí, es una ciudad a la que solo le tengo cariño y agradecimiento por haberme recibido y aceptado cuando era un desconocido e inexperto joven inmigrante. Desde el 11 de septiembre no puedo mirar al contorno del horizonte sin sentir escalofríos, miedo y tristeza. Los vacíos que dejaron quienes fueron robados violentamente de sus vidas definen en gran medida quiénes somos los que nos libramos de morir». Cuando se le pregunta por el significado de Hiroshima, escribe: «Muerte de decenas de miles de criaturas inocentes, devastación apocalíptica, dolor insufrible, uso demencial y perverso de la ciencia. También me hace recordar la asombrosa capacidad del género humano para recuperarse de las mayores atrocidades».

Tomi Streiff, cineasta: «Nueva York es un escape de Suiza»




Vecino de Chinatown, la terraza de su casa en East Broadway es uno de los mejores panópticos del sur de Manhattan. Desde allí se «disfrutaba» de una prodigiosa vista sobre las Torres Gemelas, y desde ella contempló durante horas y horas todo lo ocurrido. Pero a pesar de ser cineasta, Tomi Streiff no tomó ni una sola imagen. Este director de cine y guionista suizo, nacido en Basilea un año que se ha convertido en «secreto» porque ha comprendido que en el mundo del cine la edad a menudo es «una condenación, por demasiado joven o demasiado viejo», es autor de una película multipremiada, «The wedding cow», pero sobrevive trabajando como camarógrafo para compañías europeas que requieren esporádicamente sus servicios.

Pero nunca, ni siquiera el 11 de septiembre, filma noticias, hace actualidad. Sus recuerdos de aquel día están marcados por la llegada de su madre: «El 11 de septiembre fue bastante demencial, porque mi madre había regresado la víspera a Nueva York por primera vez después de 40 años. Fue ella la que se trajo consigo todas las turbulencias (bromea). Yo estaba en la ducha y escuché un ruido muy fuerte, el primer avión, pero no le di importancia. Entonces recibí una llamada y corrí a la terraza. Pasamos todo el día allí viendo lo que ocurría. Vimos cómo se estrelló el segundo avión. Me llamaron diez minutos después de que todo comenzara para que tomara imágenes, pero les dije que no. Porque no hago noticias. He hecho muchas cosas sobre el 11 de septiembre, pero después, con otra aproximación. Odio correr a los sitios en medio del caos del primer momento. No voy a hacer eso. Me pasé todo el día en la terraza y fui retrasando la cita con mi madre de hora en hora. Más que asustado, me sentía fascinado y sólo pensé en abandonar la ciudad cuando todo el mundo empezó a sacar banderas y mucha gente empezó a hablar de guerra y de matar. Hasta los músicos de rock adoptaron una posición unánime, sin ninguna disidencia. Pero eso fue más tarde. Las primeras dos semanas después del atentado, Chinatown se convirtió en un barrio maravilloso. Todo estaba cerrado, y podías ir en bicicleta a todas partes. Si algo tuvo de bueno el 11 de septiembre es que mostró qué tipo de ciudad podía ser Nueva York, sin tráfico, una zona libre sólo para bicicletas y peatones por debajo de Canal Street. Los bares estaban casi vacíos, Nueva York ya no era lo que era, todo el mundo hablaba contigo. Era como un paraíso. Dos semanas después todo terminó».

Los recuerdos de Tomi Streiff están marcados sin embargo por las consecuencias políticas y policiales del 11 de septiembre, cuando fue brevemente detenido y empezó a entrever lo que pasaron los centenares de sospechosos encarcelados en lugares secretos durante meses por violar sus visados y finalmente deportados sin contemplaciones en su mayor parte tras ser sometidos a juicios sumarios y reservados. «Estaba trabajando para Canal + Francia como cámara en una historia sobre cómo la CIA había fabricado buena parte de la situación en Afganistán, cómo estuvieron reclutando gente aquí entre la comunidad islámica, dándoles visados, contratando gente. Volamos a Boston para entrevistar a un ex agente de la CIA y cuando íbamos a embarcar en un vuelo con dirección a Washington, me detuvieron. Sólo llevaba conmigo el documento nacional de identidad suizo, no el pasaporte, que sólo cojo cuando voy a abandonar el país. Les enseñé la tarjeta, pero me dijeron que no era suficiente. Dije que era mi trabajo, que tenía una entrevista. Me dijeron de malos modos que de eso nada. El periodista francés que me había contratado tenía su pasaporte y su visado. No había nada contra él. Los tres tipos de Inmigración desenfundaron sus armas, me impidieron subir al avión y me llevaron con ellos. Fueron muy bruscos y desagradables. Me encerraron en una habitación en la que yo era el único que no tenía trazas árabes. No paraban de insultar a todos sin contemplaciones, mujeres y personas mayores. Les increpaban de malos modos diciéndoles: ?¿A qué venís aquí, qué se os ha perdido en América?. La mayoría me parece que no entendía inglés, pero sí los gritos y el menosprecio. La escena era muy inquietante, y toda aquella gente estaba silenciosa y atemorizada. Querían deportarme de inmediato, después de insistir una y otra vez que yo no tenía derecho a trabajar en el país. Les llevó un largo rato comprobar en el ordenador que yo existía, que tenía un pasaporte, un visado, una dirección y que podía trabajar aquí. Volvieron a insultarme otra vez, me dijeron que no se me ocurriera volver a viajar sin pasaporte, me amenazaron con multarme con 400 dólares por andar sin pasaporte, y que donde quiera que estuviera, incluso en la calle, tenía que ir con mi pasaporte en el bolsillo, que si me encontraban en la calle me multarían. Todo el asunto duró tres horas. Perdimos el avión, pero cogimos el último vuelo a Washington. Lo que me quedó claro es que si algo así le puede suceder a un ciudadano suizo, que siempre se han sentido a salvo en todo el mundo, cómo lo pueden haber pasado y estar pasando los que vienen de países musulmanes y no tienen los papeles en regla. La gente que compró la casa en la que vivo eran chinos que no tenían los papeles en regla, y Nueva York fue construida por gente que no tenía los papeles en regla».

Para Tomi Streiff, que casi nunca pierde el buen humor y para quien «Nueva York es un escape de Suiza», su visión del mundo no ha cambiado desde entonces, aunque admite que se han confirmado sus peores temores sobre las verdaderas convicciones de los liberales estadounidenses. «Imaginaba que iba a haber un movimiento liberal en defensa de los principios y las libertades en medio de una crisis, pero cuando vi que tan sólo una mujer se atrevió a votar contra todo el Congreso frente al Acta Patriótica, que otorgaba plenos poderes al presidente, se me cayó el alma a los pies». Este cineasta, que busca financiación para su nuevo proyecto, «Amor y éxtasis», no cree que la historia esté trazada por momentos estelares, pero reconoce que la bomba atómica que Truman arrojó sobre Hiroshima «cambió la historia y la idea de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. La hipótesis de que la destrucción del planeta era posible se convirtió en una realidad. Lo paradójico es que después, mientras se mantenía el llamado equilibrio del terror, hemos tenido infinidad de guerras limitadas a pesar o precisamente a causa de ese temor a la destrucción del mundo. Pero lo que más me sorprendió de la forma en que destruyeron el World Trade Center fue cómo con tan pocos elementos, con una energía tan pequeña, causaron un daño tan grande».

Tim Marmion, bombero: «El impulso irresistible es entrar y tratar de salvar vidas, aunque te juegues la tuya»




Del Destacamento 16, Coche-escala número 7, en la calle 29 de Manhattan, Vernon Richard, George Cain, Vincent Princiotta, Robert Foti, Richard Muldowney y Chuck Mendez no vivieron para contarlo. Seis de los 343 bomberos que murieron en menos de dos horas (el primer avión se incrustó a las 8.46, la segunda Torre se desplomó a las 10.28). Tim Marmion, de 46 años, fue más afortunado. No le gusta darse importancia, ni que le hagan fotos, y no le da mayor valor a ser bombero o a jugarse la vida. No soñó con ser bombero cuando era niño. Lo decidió de adulto, después de pensar que era casi lo natural, no en vano el barrio de Staten Island donde vive buena parte de los vecinos desempeñan servicios públicos, y muchos son bomberos y policías. «No te enrolas en este trabajo para hacerte millonario», dice sentado en la destartalada oficina de su destacamento, donde teléfono, micrófono, mesa empotrada y estanterías parecen los de un taller de mala muerte. El teléfono no para de sonar, y Marmion atiende solícito y llama por la megafonía interior a los compañeros que reclaman mientras desgrana sus recuerdos de aquella mañana de septiembre: «Nos llamaron a las nueve menos diez para responder a una emergencia en el World Trade Center». Y el teléfono vuelve a sonar en ese instante, como si se tratara de otra demanda de auxilio. Pero no es el caso. «A las nueve de la mañana, llegamos al WTC, justo cuando el segundo avión chocó. Vi trozos cayendo desde lo alto. Corrimos para ponernos a salvo. Vi a mucha gente saltando al vacío. Esperamos instrucciones dentro del vestíbulo principal de la Torre Norte, la de la antena, con el capellán que murió y todos los jefes. Primero nos dijeron que esperáramos. Después que subiéramos. No funcionaban los ascensores y lo hicimos a pie. Cuando llegamos al piso 23 fue cuando la primera Torre se derrumbó. Todo el edificio se conmovió. No sabíamos qué había pasado. No estabamos seguros de nada. Las comunicaciones eran tan malas que no recibíamos noticias desde fuera de lo que estaba ocurriendo. Pero a través de una radio escuchamos que había que evacuar el edificio. Sólo entonces decidimos bajar. Vimos a dos civiles que transportaban a una mujer en una silla de ruedas. Nos ocupamos de ella. Ayudamos también a una mujer que estaba herida. Muchos compañeros estaban todavía en los pisos superiores. No sé si habían escuchado la orden de evacuar.

Cuando llegamos otra vez al vestíbulo y salimos del edificio, mientras sopesábamos si había que volver a entrar sentimos que el edificio empezaba a temblar. Entonces echamos a correr por la calle West. Podías sentir un calor sofocante que te quemaba, y una gran explosión, y una polvareda que lo cegaba todo, y que no te dejaba respirar. Entramos en un edificio de oficinas lleno de polvo para intentar recobrar el aliento. Esperamos a que las cosas se calmaran, pero apenas si podíamos respirar. Tratamos de localizar a los compañeros que no estaban con nosotros. Durante horas recorrimos las calles buscándolos, y esperamos a que volvieran. Cuando regresamos al destacamento eran las nueve de la noche. Esperamos y esperamos, pero seis de los nuestros nunca regresaron».

Admite que en una ciudad de rascacielos, casi todos son trampas cuando se desencadena un fuego, y cuanto más altos peor. Ahora que todo el polvo se ha posado, y que han terminado las tareas de desescombro, y se ha dado por concluida la recuperación de cadáveres y restos humanos, han empezado a surgir las primeras voces críticas acerca de cómo se llevaron a cabo las operaciones. Tim Marmion no las comparte: «Hicimos lo que pudimos. No hay nada que pueda prepararte para hacer frente a algo así. Incluso ahora, si volviera a ocurrir, no tendríamos otros planes. Lo que está claro es que los bomberos de Nueva York no nos vamos a quedar quietos contemplando un fuego sabiendo que dentro hay gente que se está abrasando. El impulso irresistible es entrar y tratar de salvar vidas, aunque te juegues la tuya. No podemos quedarnos inmóviles cuando algo así ocurre. Era evidente que no podíamos apagar el fuego. No había la más mínima posibilidad de extinguirlo con los medios de que disponemos. Pero por mi mente nunca pasó la idea de que las Torres se fueran a derrumbar».

Asegura que su vida «verdaderamente no ha cambiado», y remacha: «Si permites que esta gente cambie tu manera de vivir ya han ganado». Con antepasados remotos que llegaron a Nueva York desde Irlanda e Italia, de la ciudad dice que es su hogar, donde ha crecido: «Me gusta, aquí te encuentras con todos los estímulos en cualquier esquina. Tienes el ?skyline? y sitios estupendos en los que tomar un trago, Little Italy, Chinatown, el Upper East Side, el Lower East Side, no hay otra ciudad como esta, que yo sepa, aunque nunca haya estado en Europa. Claro que no es un sitio perfecto, pero si lo que buscas es estilo, carácter y excitación, éste es el lugar». Ante Hiroshima recuerda que «ellos, los japoneses» fueron los primeros al atacar Pearl Harbor. «Y tal vez tuvo su parte buena, porque nos obligaron a entrar en una guerra en la que tarde o temprano no nos iba a quedar más remedio que implicarnos. Lo de Hiroshima fue seguramente la decisión más dura y difícil que un presidente ha tenido jamás que tomar. Pero que yo sepa fue la mejor manera de salvar miles y miles de vidas, porque los japoneses no iban a rendirse. Todos hemos visto las fotografías, y fue algo espantoso. Pero creo que hay una diferencia cuando te enfrentas a una guerra entre naciones y cuando se trata de un frío acto terrorista contra civiles inocentes sin que los que lo perpetran sientan, como ocurrió el 11 de septiembre, ningún tipo de remordimiento».

Fuente: ABC
Fecha: 08.09.02

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