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Artículos Profesionales


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Patricke Tyler. The New York Times. 11.09.02

Patricke Tyler


WASHINGTON — Los norteamericanos tenían todos los motivos para estar prevenidos, según los expertos; y, sin
embargo, no lo estaban. Al fin y al cabo, las Torres Gemelas ya se habían visto sacudidas en una ocasión, en 1993. Pero eso no impidió al servicio de fronteras admitir a más soldados
dispuestos a luchar contra objetivos norteamericanos.

Incluso el jeque egipcio ciego que dio la autorización religiosa para asesinar al presidente egipcio Anwar el Sadat
obtuvo visado para entrar en Estados Unidos.

Varias embajadas en el extranjero saltaron por los aires, estallaron bombas en bases e instalaciones militares estadounidenses, hubo ataques contra buques militares norteamericanos mediante esquifes llenos de nitratos y gasóleo, los servicios de información descubrieron planes para volar una docena de jumbos
sobre el Pacífico y en la frontera canadiense se detuvo una conspiración para hacer estallar una bomba coincidiendo con el milenio; pero el país
siguió siendo incapaz de defenderse.

Lo que algunos miembros del Congreso han denominado el mayor fracaso de los servicios de información estadounidenses desde Pearl Harbour
no fue sólo eso: también supuso la incapacidad de reconocer a un enemigo claro y decidido.

Osama Bin Laden anunció públicamente
que iba a golpear al imperio. Aseguró a los norteamericanos que tenía el motivo, los medios y la oportunidad.
Si alguien le consideraba un guerrero marginal, los atentados contra las embajadas en África en 1998 y contra el destructor Coleen Yemen, en 2000,
demostraron su imaginativo uso de la baja tecnología, dirigida desde las cabañas de adobe de Afganistán.

Desde el 11 de septiembre del año pasado, las autoridades han revelado que los secuestradores se formaron
en escuelas de vuelo norteamericanas; un sospechoso fue detenido en Francia, un mes antes de los atentados, por sus
declaraciones contradictorias y sus vínculos terroristas; un agente atento del FBI en Arizona advirtió de que podía
ocurrir lo que sucedió el 11 de septiembre, pero su premonición
nunca llegó a manos del responsable de la lucha antiterrorista en la Casa Blanca, Richard A. Clarke, que pasó el verano de 2001 esforzándose desesperadamente para determinar
de dónde llegaría el siguiente ataque.

Había datos vagos procedentes de los servicios de información de Egipto y otros países: se preparaba un gran atentado. Se descubrió un mensaje de Bin Laden a una de sus esposas, en el que le decía que volviera cuanto antes a Arabia Saudí.

Visto desde ahora, da la impresión
de que el país estaba dormido a
causa de una extraordinaria combinación
de rasgos típicamente norteamericanos, entre ellos la autocomplacencia y la sensación de que vivían en un continente seguro, cuyas costas se habían mostrado impenetrables ante cualquier incursión, incluso tras el ataque sorpresa de Japón a Pearl Harbour, en 1941.

Había además una resistencia innata
a permitir que se llevaran a cabo dentro del país investigaciones como las que las autoridades consideran necesarias para seguir la pista a elementos terroristas y subversivos, y se ejercían presiones en
defensa de las libertades civiles.

Muchos radicales islámicos habían
llegado a Europa y Estados Unidos
en busca de protección de los derechos
humanos, tras haber huido de regímenes autoritarios.
A esto hay que añadir un problema antiguo: la degradación de los
servicios de información —lo que algunos
funcionarios disidentes llaman la retirada del espionaje tradicional — bajo sucesivos directores de la CIA, pese a que, al mismo tiempo, Washington estuviera invirtiendo cantidades sin precedentes en satélites espía. El sistema estaba en alerta, pero tenía demasiados fallos.

El centro antiterrorista de la CIA,
creado en 1986 y dotado de analistas
de la CIA y el FBI, no tenía agentes
propios sobre el terreno. Según un
ex-funcionario de la CIA que trabajaba
en él, sus solicitudes de que se llevara a cabo alguna acción, una labor de vigilancia o un reclutamiento de agentes, eran sistemáticamente rechazadas por los jefes de las oficinas
de la CIA en el extranjero. Con
anterioridad al 11 de septiembre,
estaba desvinculado de las tareas
de contraespionaje realizadas por
el FBI dentro de Estados Unidos.
En 1995, la CIA se vio obligada a
crear una nueva estación virtual
que siguiera los movimientos del
principal objetivo terrorista, Bin
Laden. También ésta fue un sonoro
fracaso. Durante el último año de
Bill Clinton en la presidencia, la CIA
empleó el avión teledirigido Predator
en Afganistán. Cuando vieron que tenía buenas perspectivas, después de haber conseguido captar una breve imagen de Bin Laden, la CIA lo retiró para modificar el diseño.

Los planes para la batalla contra Al Qaeda y los talibanes se trazaron después del ataque contra el Cole,
un año antes de los atentados del 11
de septiembre, aún con el Gobierno
de Clinton, cuentan miembros de su
Administración. Según ellos, en otoño de 2000, al final de su mandato, Clinton se sentía frustrado por la falta de datos consistentes sobre el paradero de Bin Laden, que le impedía emprender acciones contra Al Qaeda.

Aunque los servicios de información
le dijeron a Bush en agosto de
2001 que Al Qaeda podía intentar secuestrar aviones de pasajeros en
Estados Unidos, hasta comienzos
de septiembre no llegó a la mesa del
presidente un plan de acción para
eliminar la red terrorista, de dimensiones
todavía más ambiciosas que las del plan de Clinton. Para entonces, ya estaban a punto de despegar cuatro aviones norteamericanos con 18 secuestradores bien preparados y disciplinados.

Cuando los terroristas destruyeron pudo ocurrir y cómo podemos evitar
que ocurra otra vez? Al Qaeda
sigue existiendo, es posible incluso
que el propio Bin Laden siga al mando
y, detrás de él, vendrán otros, porque la relación de Estados Unidos con el mundo árabe y musulmán está mpeorando. Además, según los dirigentes árabes, la obsesión del presidente de preparar la guerra contra Irak está uniendo a la región frente a Washington.

Hay una teoría que dice que los
terroristas arremeten contra Estados
Unidos porque no pueden atacar
a sus propios regímenes autoritarios.
Pero Bin Laden ha roto ese molde. Según un miembro de la CIA que estuvo en la guerra de Afganistán, en el caso de Bin Laden no se trata de una transferencia de odios, sino de una gran estrategia de renacimiento de un Islam “vigoroso” y “combativo” para hacerse con el control de todo Oriente Próximo.

El golpe asestado en el corazón de Estados Unidos y el asesinato de más
de 3.000 personas pueden haber hecho
que la popularidad de Bin Laden aumente de nuevo. Bernard Lewis,
especialista en Oriente Próximo de
la Universidad de Princeton, dijo el
mes pasado que Bin Laden está
adquiriendo un aura de Robin Hood
moderno en la zona. Su meta, dijo
Lewis, es “desafiar a los fuertes y
proteger —y vengar— a los débiles”.
Cuando el terrorismo llegó a Estados
Unidos en 1993, con el primer
intento de destruir el World Trade
Center, no pareció que los autores
fueran muy eficientes, y su capacidad
de destrucción pronto se vio superada
por Timothy J. McVeigh, que mató a 168 personas en un edificio federal de Oklahoma, en 1995.

No obstante, si pasamos por alto
la bomba de 1993 en Nueva York
estaremos minusvalorando el perfil
que ha seguido la entrada de extremistas islámicos en Estados
Unidos, un grupo cuyos diversos círculos
formaban un engranaje que relacionaba al jeque egipcio ciego Omar Abdel Rahman con el líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden —entonces, poco conocido—, y El Sayyid A. Nosair.
Este último fue el extremista que
organizó en 1990 el asesinato del rabino
Meir Kahane, el dirigente de la liga de defensa de los judíos en Nueva York, y luego elaboró los planes para al atentado de 1993 contra el World Trade Center con Ramzi Yousef.

A la defensiva, también Estados
Unidos cayó en la trampa del extremismo. Los presidentes Carter,
Reagan y Bush padre contribuyeron
a impulsar, financiar y armar una guerra islámica contra las fuerzas soviéticas en Afganistán entre 1979 y 1989, la mayor operación de la CIA desde Vietnam. En
el sur de Asia existía ya una fuerte
corriente de yihadque sirvió de lazo
de unión entre Arabia Saudí y Pakistán,
primero en la lucha musulmana contra la hegemonía india y luego en Afganistán, donde había un movimiento islámico que llevaba años agitando contra el Gobierno
comunista impío.

Egipto y China servían de proveedores
de armas y Arabia Saudí era el guardián de la ortodoxia musulmana.
El príncipe Turki al Faisal, jefe de los servicios de información saudíes, colaboró con los directores de la CIA para ayudar a los “combatientes de la libertad” procedentes de todo el mundo musulmán.

Los muyahidín afganos convocaron
a jóvenes devotos, dispuestos a
morir en defensa de su fe y su tierra.
La CIA les proporcionó armas, incluso
misiles Stinger para derribar helicópteros soviéticos, y otros les
enseñaron táctica de guerrillas. Estados
Unidos y Arabia Saudí explotaron
la cultura de la yihad, según afirma el príncipe Turki. En retrospectiva, añade, Bin Laden, los talibanes y Al Qaeda son manifestaciones del extremismo fomentado entonces. Al quedar abandonado, se volvió contra quienes lo habían patrocinado.

“Luché contra la amenaza comunista, pero no me olvidé nunca del peligro de Occidente”, declaró Bin Laden en 1995.
El hecho crucial que provocó la decisión de Bin Laden de volverse contra su país y Estados Unidos muy bien pudo ser la guerra del Golfo Pérsico, en la que se apresuró a ofrecer a los dirigentes saudíes un ejército de muyahidín para expulsar a los iraquíes de Kuwait.
Cuando, en su lugar, vio que llegaban las fuerzas estadounidenses y aliadas y
que allí se quedaban, Bin Laden
—rechazado y, tal vez, despreciado
en su país— decidió incluir entre sus
enemigos a la familia real saudí y
Estados Unidos.

En 1990, la embajada norteamericana
en Jartum, Sudán, concedió un
visado múltiple al jeque egipcio
Omar Abdel Rahman, que se había
escapado de su arresto domiciliario
en Egipto y había visitado las redes
de la yihad en Afganistán. Se fue a
vivir a Nueva York y formó una
célula terrorista en su mezquita.
Bin Laden pasó parte de esos años maniobrando entre los grupos marginales islámicos a los que ansiaba
organizar y dirigir. En Afganistán se alió con el líder talibán, Muhammad Omar, e incorporó las fuerzas de Al Qaeda a la milicia afgana.

Creó redes el Yemen y Sudán, donde invirtió millones para establecer una base a mediados de los noventa, aunque fue expulsado debido a las presiones de saudíes y stadounidenses. Nadie le consideró lo bastante peligroso como para detenerle.

El fracaso de los servicios de información, que permitió la entrada
de los terroristas del 11 de septiembre
en Estados Unidos para formarse
durante largo tiempo antes de subir a bordo de cuatro Boeing aquella mañana, no es quizá tan complicado como creen muchos norteamericanos, según varios veteranos de la lucha antiterrorista.

La CIA y el Pentágono han invertido
millones de dólares en nuevos
aparatos de recogida de datos, satélites espía con imágenes en tiempo real de todo el mundo. A través de antenas espaciales, terrestres y marítimas, el Organismo Nacional de Seguridad (NSA) absorbe voces y datos y los introduce en una serie de ordenadores para ser analizados. Allí se quedan, en su mayor parte, acumulando polvo electrónico.

La escasez crónica de expertos en
idiomas es el talón de Aquiles de la
NSA, hasta el punto de que uno de
los datos más delicados que se han
revelado sobre el 11 de septiembre
es que sus agentes interceptaron, la
víspera, un mensaje de Al Qaeda
que decía: “Mañana es la hora cero”. Pero nadie lo tradujo hasta después de que todo hubiera sucedido.

Algunos veteranos de los servicios
de información dicen que la reorganización de la CIA y el FBI no
es tan importante como la vuelta a
los fundamentos del espionaje y el
contraespionaje: la captación de
agentes valiosos en los países de
Oriente Próximo, que sean capaces
de introducirse en las organizaciones
terroristas. Para dirigir a dichos
agentes y construir esas redes,
Estados Unidos necesita a responsables
mejor formados expertos en las culturas de Oriente Próximo y el sur de Asia y que hablen las lenguas de la región. Y, para que todos esos esfuerzos den fruto, tanto la dirección
de la CIA como el Congreso deben apoyarlos y protegerlos.

Ahora bien, continúan esos mismos
veteranos, la aversión a los riesgos está ya demasiado extendida en los servicios de información norteamericanos. Al Qaeda es un
buen ejemplo. No es que los agentes
estadounidenses no pudieran acercarse
a la organización. Como dice un responsable de la CIA, John Walker Lindh, un infeliz soñador californiano que se unió a los talibanes, demostró que “Al Qaeda era una organización proselitista: quería atraer miembros. Sencillamente, nunca le propusimos a
ninguno”.

Algunas de las medidas necesarias
son evidentes. En la era de la informática, las fuerzas del orden
no están debidamente dotadas. Después del atentado contra el Cole, en
agosto de 2000, el FBI buscó a dos
sospechosos de Al Qaeda, Khalid al
Midhar y Nawaq al Hazmi, porque
los servicios de información malaisios decían que habían estado en una reunión de terroristas en diciembre
de 1999. Pues bien, vivían sin problemas en San Diego. El nombre de Hazmi aparecía en la guía de teléfonos. Midhar usaba una tarjeta de crédito a su nombre y ambos eran miembros activos del Centro Islámico de la ciudad. Los dos participaron en los atentados
del 11 de septiembre y compraron
billetes de avión a su nombre, pese a
que el FBI les buscaba en relación
con la investigación sobre el Cole.

El sistema informático del FBI era un batiburrillo de sistemas que se le impuso a una cultura que prefería los informes escritos a mano o a máquina. La base de datos con todos los informes de sus
agentes se informatizó en los años
noventa, pero el programa no era
capaz de buscar términos múltiples
como “entrenamiento de piloto” y
“secuestro”. Robert S. Mueller III,
el director del FBI, ha dicho que
harán falta dos años para poner el
organismo al día.

Las embajadas estadounidenses
en el extranjero no dejaron de conceder
visados a sospechosos conocidos
de terrorismo. Los ordenadores del Departamento de Estado no estaban
conectados a los de la CIA, ni a los del FBI ni a los del Servicio de Inmigración y Naturalización, cuyos agentes vigilan las fronteras y los puertos de entrada.
Y algo fundamental: no había ninguna conexión con los ordenadores de venta de billetes de las líneas aéreas. Ahora ya se han introducido muchos de estos cambios, con el fin de lograr más eficacia.

Fuente: The New York Times
Fecha: 11.09.02

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