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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo David Rohde y C.J. Chivers. The New York Times (El País). 11.09.02

David Rohde y C.J. Chivers


El 17 de agosto de 1995, Amir Maawia Siddiqi, el hijo de un librero en un pequeño pueblo de Pakistán, prestó juramento de lealtad a la yihad.

“Yo, Amir Maawia Siddiqi, hijo de Abdul Rahman Siddiqi, declaro en presencia de Dios que mataré infieles durante toda mi vida”, escribió. “Y, con la voluntad de Dios, causaré esas muertes bajo la supervisión y guía de Harkat ul Ansar”.
Aceptó un nombre en clave, Abu Rashid, firmó con su nombre y terminó:
“Que Dios me conceda fuerza para cumplir este juramento”.

El juramento, encontrado en una casa de Kabul usada por un grupo islamista
paquistaní, forma parte de un amplio archivo que los combatientes talibanes y de Al Qaeda dejaron atrás en su huida, el otoño pasado, en distintos puntos de todo Afganistán. Unos periodistas de The New York Times reunieron más de 5.000 páginas de documentos en refugios abandonados y campos de entrenamiento destruidos por los bombardeos.

Es una colección poco frecuente, la materia prima de la vida de los yihadis.
Cada documento es un fragmento aislado, con asuntos tan prosaicos
como una lista de la compra y tan estremecedores como las instrucciones
para colocar un camión bomba. Sin embargo, todos juntos dan una visión intensa y privilegiada de la red de grupos islámicos radicales que Osama Bin Laden ayudó formar en Afganistán.

Los documentos muestran que los campos de entrenamiento, que el Gobierno de Bush ha calificado de fábricas de terroristas, se dedicaban fundamentalmente a crear un ejército de
apoyo a los talibanes en su larga
guerra terrestre contra la Alianza del norte.

Según las autoridades estadounidenses,
se calcula que unos 20.000 reclutas pasaron por una docena de campos de entrenamiento desde 1996, cuando Bin Laden estableció su base de operaciones en Afganistán. La mayoría de ellos, de acuerdo con los documentos, recibía una instrucción básica de infantería que abarcaba el uso de varias armas pequeñas, armas antiaéreas y antiblindados y, en ciertos
casos, nociones básicas de demolición.

Luego se escogía un grupo más pequeño de reclutas para un entrenamiento de élite que, al parecer, les preparaba para cometer acciones
terroristas en el extranjero.
La “observación de embajadas e instalaciones extranjeras” era el tema sobre el que versaba un curso de espionaje de Al Qaeda. Otro hablaba de “disparar contra un personaje importante y su guardaespaldas desde una moto”. Sobre todo, los documentos indican hasta dónde llegó Bin Laden en la puesta en práctica de su visión esencial: reunir a militantes musulmanes, motivados por sus causas locales, en un ejército global dirigido contra Occidente.

Desde mediados de los noventa fueron llegando a Afganistán reclutas de más de 20 países tan variados como Irak y Malaisia, Somalia y Gran Bretaña.
Los periodistas encontraron los documentos en sótanos mohosos y
en patios llenos de basura, granadas y minas. No dan una imagen completa
de Al Qaeda. No contienen planes específicos de operaciones terroristas en el extranjero y, aunque sugieren la intención de usar armas nucleares, químicas o biológicas, no ofrecen pruebas de que los grupos las poseyeran.

Juntos forman, sin duda, una amalgama ecléctica. En una casa utilizada por el Movimiento Islámico de Uzbekistán, una publicación islamista arremetía contra “los fenómenos de los Beatles y los
hippies”, que habían “provocado un
gran peligro para la seguridad de
América y Europa”. En una casa de
Harkat, en Kabul, se halló información
relativa a la NRA (la Asociación Nacional del Rifle norteamericana).

Varios documentos, sobre todo escritos a mano, permiten vislumbrar quiénes eran los jóvenes y qué les llevó hacia la yihad. Uno de ellos, encontrado en una casa de Kabul usada por Harkat ul Ansar
—el grupo paquistaní al que se ha vinculado con el asesinato del periodista
estadounidense Daniel Pearl—, contiene breves perfiles biográficos de 39 reclutas. Pocos habían superado la escuela secundaria. Pero bastantes de ellos, observaron los entrevistadores,
habían estudiado el Corán. Varios habían tenido una relación anterior con grupos fundamentalistas en sus países.

A muchos se les preguntó, por lo visto, si sus padres les habían dado permiso
para incorporarse a la yihad. Doce
tenían permiso. Quince, no. La lista daba esta información sobre un hombre cuyo nombre en clave era Sultan Sajid: “Hijo de Muhammad Anwar, dueño de una tienda de dulces. Edad: 18 años. Estado: soltero. Educación: se inscribió
y aprendió el Corán mediante una traducción. Sabe hacer dulces y sabe cazar aves y pescar. Cinco hermanos
y cuatro hermanas. Dirección: Distrito de Kamoke, Gujranwala, en Saboki. En casa le dieron permiso con gran alegría”.
Afganistán era la encarnación de la idea de yihad mundial de Bin Laden. Allí se encontraban y confraternizaban dirigentes radicales y soldados de a pie. Una parte fundamental de su mensaje era el restablecimiento del Califato, la era de dominio del islam tras la muerte
de Mahoma en el siglo VII. El Califato
“es la única solución para las dificultades
y los problemas que sufren hoy los musulmanes y la cura indiscutible para la turbulencia y las luchas internas que les acosan”, decía un manual escrito en inglés.

“Remediará el subdesarrollo económico
que nos ha dejado como legado la dependencia política de un Este ateo y un Occidente infiel”.

Fuente: The New York Times (El País)
Fecha: 11.09.02

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