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Articulo J. Dwyer, E. Lipton, K. Flym, J. Glanz y Fessenden. The New York Times - El País. 11.09.02

J. Dwyer, E. Lipton, K. Flym, J. Glanz y Fessenden


Empezaron como llamadas de auxilio, para pedir información y consejos. Rápidamente se convirtieron en sonidos de desesperación, e ira, y amor. Ahora,
son las voces añoradas de los hombres y mujeres que quedaron atrapados en los pisos altos de las Torres Gemelas.
De sus palabras ha surgido una espeluznante crónica de los últimos 102 minutos en el World Trade Center, basada en conversaciones telefónicas y mensajes de correo electrónico y de voz. Estos relatos, junto con el testimonio del puñado de personas que se salvaron, ofrecen la primera visión de
conjunto desde los pisos contra los
que impactaron directamente los
aviones y desde los superiores.
Reunidas por periodistas de The New
York Times, estas últimas palabras dan forma humana a uno de los cabos prácticamente invisibles de esta impactante catástrofe pública: el avance de la destrucción en los 19 últimos pisos de la Torre Norte y los 33 últimos de la Torre Sur, donde más vidas humanas se perdieron el 11 de
septiembre. De las 2.823 personas
que se cree que murieron en el atentado en Nueva York, 1.946 —es
decir, el 69%— perdieron la vida en
esos últimos pisos, según un análisis
de The Times.

Los equipos de salvamento no se
acercaron a ellos. Los fotógrafos no
pudieron registrar sus rostros. Si
alguien logró verlos fue vislumbrándolos
a través de las ventanas, cientos de metros más arriba. Pero, al igual que unos mensajes en una botella electrónica de gente aislada en algún firmamento distante, sus últimas palabras narraban un mundo que se deshacía. Un hombre envía un correo electrónico preguntando: “¿Alguna noticia de fuera?”, antes de encaramarse a una cornisa de Windows on the World.

Una mujer comunica que un compañero está golpeando con el zapato los extintores por aspersión inutilizados. Un marido recuerda tranquilamente a su mujer las pólizas de seguro...
Ninguna llamada por sí sola puede
describir las escenas que transcurrían
a velocidades terribles en muchos lugares. Pero, tomadas en conjunto, las palabras desde los últimos pisos ofrecen no sólo una visión amplia y escalofriante de las zonas devastadas, sino que son
también la única ventana que nos permite contemplar actos de valentía, decencia y elegancia en un momento brutal.
Ocho meses después de los atentados, muchos supervivientes y amigos y parientes de los desaparecidos reunieron sus recuerdos, cintas y grabaciones telefónicas, y 157 compartieron relatos de sus contactos para este artículo. Al menos 353 de los desaparecidos pudieron hablar con gente del exterior de las torres. Son palabras íntimas, inmortales. Según las familias, vale la pena pagar el elevado
coste emocional de hacerlas públicas
para tener una imagen más clara de aquellos últimos minutos.

Muchos esperan también que la historia del día se amplíe más allá de los homenajes al valor incuestionable de 343 bomberos y de otros 78 miembros uniformados de los equipos de salvamento. Ya es hora, dicen, de dar cuenta de las experiencias de los 2.400 civiles que también murieron aquel día. Iliana McGinnis, cuyo marido, Tom, la
llamó desde la planta 92 de la Torre
Norte, dijo: “Si pueden descubrir aunque sea un poco más de información sobre lo que ocurrió durante aquellos últimos minutos, la quiero”.

Las pruebas indican claramente que 1.100 o más personas que estaban en las zonas de impacto o por encima de ellas sobrevivieron a los choques iniciales, aproximadamente 300 en la Torre Sur y 800 en la Norte. Muchos de ellos permanecieron con vida hasta que el edificio se derrumbó. Incluso después de que se estrellara el segundo avión, una escalera abierta conectaba los
tramos superiores de la Torre Sur con la calle. The Times ha identificado a 18
hombres y mujer es que la utilizaron
para escapar de la zona de impacto
o desde más arriba. Al tiempo que
ellos salían, al menos otras 200
personas subían hacia la azotea de
esa torre, ignorando que había una
escalera transitable hacia abajo y
dando por hecho —equivocadamente
— que podían abrir la puerta de la
azotea.

La crisis tuvo un inicio y un final idénticos en cada torre, pero siguió
trayectorias diferentes. Al menos 37
personas, y probablemente muchas
más de 50, pueden ser vistas saltando
o cayendo desde la Torre Norte,
mientras que no se ve a nadie caer
desde la Torre Sur, en una colección
de 20 cintas de vídeo filmadas por
aficionados y profesionales desde las
calles y edificios cercanos. Ambas
torres tenían volúmenes similares
de humo y calor, pero en la Torre
Norte estaba atrapada una cantidad
de personas tres veces mayor en
aproximadamente la mitad del
espacio. Muchas de ellas se dirigieron hacia las ventanas de la Torre Norte en busca de alivio. En la Torre Sur, la gente tuvo más oportunidades de moverse entre los pisos.

Las zonas de impacto formaban fronteras atroces entre los que se
libraron y los que estaban condenados.
Incluso en los márgenes, las colisiones fueron devastadoras. En total, unos 600 civiles murieron en la Torre Sur en la zona de impacto del avión o por encima de ella. En la Torre Norte, todas las personas que se cree que estaban por encima del piso 91 murieron: 1.344.

Para situar los mensajes fragmentarios
en su contexto, The Times entrevistó a los familiares, amigos y compañeros de los que murieron, obtuvo la duración de las llamadas de las facturas de los teléfonos móviles y de 911 archivos, analizó 20 cintas de vídeo y escuchó 15 horas de grabaciones de radio de la policía y los bomberos. The Times entrevistó también a 25 personas que vieron de primera mano la destrucción causada por los aviones.

El impacto se produjo a las 8:46:26. El vuelo 11 de American Airlines, un Boeing 767 que medía 47,54 metros de un extremo de ala al otro y que transportaba 37.800 litros de combustible, avanzaba a 752 kilómetros por hora, según los cálculos de los investigadores federales.

A esa velocidad, cubrió las dos últimas manzanas hasta la Torre Norte en 1,2 segundos. El avión se abrió camino atravesando las plantas 94 a 98, directo hasta la oficina de Marsh & McLennan Cos., haciendo trizas columnas de acero, paneles, archivadores y mesas. El combustible ardió e incineró todo a su paso. El tren de aterrizaje del avión cayó violentamente por la fachada sur del edificio, yendo a parar a Rector Street, a cinco manzanas de distancia.

Nada se movió en la oficina de Steve McIntyre, sólo tres pisos más abajo de la zona de impacto: ni el pisapapeles de pizarra con forma de barco de vela, ni las fotos de la familia en una estantería. McIntyre se encontraba frente a un ordenador que seguía funcionando.
Luego vino el latigazo.

Una potente onda expansiva se transmitió rápidamente por encima
y por debajo de la zona de impacto.
La onda rebotó desde la parte más
alta a la parte más baja del edificio,
tres o cuatro segundos en una
dirección y luego en la otra. “¡Tenemos
que salir de aquí!”, gritó Greg Shark, un ingeniero y arquitecto de la American Bureau of Shipping (ABS, agencia marítima estadounidense), que estaba en la puerta de la oficina de McIntyre. De alguna manera, estaban vivos. Sólo más tarde, los dos hombres se darían
cuenta del escaso margen de su
huida.

McIntyre, Shark y otros nueve empleados, todos ilesos, salieron a
toda prisa de la zona de recepción de
la ABS en el extremo noroeste y giraron a la izquierda hacia los ascensores y escaleras en el centro de la torre. McIntyre encontró el hueco de una escalera que escupía bocanadas de humo. En los 19 pisos superiores, 1.344 personas, muchas de ellas vivas, aturdidas e ilesas, pedían auxilio: nadie salvó la vida.

Más abajo, a lo largo de 90 plantas,
miles de personas más —también
vivas, aturdidas e ilesas— solicitaban
ayuda: casi todas sobrevivieron.
Aunque la escalera estaba en mal estado, las otras dos salidas de emergencia estaban peor, dijo más tarde McIntyre. Así que volvió a esa primera escalera. Dio un paso e inmediatamente cayó dos pisos más abajo, resbalando por el mugriento yeso. Incólume, se puso de pie y vio unas luces más abajo.

Recuerda que gritó: “¡Por aquí!”
Sus compañeros de la ABS se unieron al éxodo desde la 91. Los vídeos de dos fotógrafos aficionados muestran que el humo aumentaba a una velocidad terrorífica en la parte superior del
edificio, saliendo en cascadas más densas por las juntas de las ventanas
de esa altura que en los pisos más
cercanos al avión. Antes, Rajesh
Mirpuri había llamado a su empresa, Data Synapse, tosiendo; 8:46Torre Norte, 102 minutos antes del
derrumbamiento aseguraba que no podía ver más allá de tres metros, recuerda su jefe, Peter Lee. Peter Alderman, vendedor de Bloomberg, también habló a su hermana del humo, usando su BlackBerry para enviar un mensaje por correo electrónico: “Tengo
miedo”.

Las condiciones empeoraban rápidamente. Glenn Vogt, director
general del restaurante, dijo que 20
minutos después de que se estrellara
el avión, su asesora, Christine Olender,
le llamó a casa. Habló con su mujer, dijo Vogt, porque él estaba en la calle, en la puerta del centro comercial. Olender
dijo a la esposa de Vogt que no habían
oído nada sobre cómo salir. “Los techos se están derrumbando”, dijo.

Al menos 41 personas en el restaurante
contactaron con alguien de fuera del edificio. Garth Feeney llamó a su madre,
Judy, en Florida. Ésta le saludó con
un “hola” despreocupado, según
recordó más tarde. “Mamá”, respondió Feeney, “no te llamo para charlar. Estoy en el World Trade Center y un avión ha chocado contra él”.
Los que estaban en la Torre Sur
seguían siendo meros espectadores,
aunque precavidos. “Hola, Beverly,
soy Sean, por si oyes este mensaje”,
dijo Sean Rooney en un mensaje de
voz que le dejó a su mujer, Beverly
Eckert. “Ha habido una explosión en
el World Trade Uno, el otro edificio.
Parece que un avión se ha estrellado
contra él. Está ardiendo por el piso 90,
más o menos. Y es, es... horrible.
Adiós”.

Incluso en la torre de Rooney, la gente podía sentir el calor del fuego que hacía estragos en el otro edificio y ver cuerpos que caían. Muchos empezaron a marcharse. Sin embargo, los empleados del edificio anunciaron que debían quedarse, que era más seguro permanecer dentro de un edificio intacto que salir a una calle sobre la que caían escombros en llamas. Esas instrucciones cambiaron en el preciso instante en que Rooney, que trabajaba para la compañía de seguros Aon, dejaba un segundo mensaje a su mujer, a las 9:02. “Cariño, soy Sean otra vez”, dijo.

“Parece que nos quedaremos en la
torre un rato”. Hizo una pausa, para
oir un anuncio público que se oía al
fondo. “Aquí estamos seguros”,
continuó, “pero...” Calló nuevamente
para escuchar: “Si las condiciones en
su piso lo exigen, es posible que deseen iniciar una evacuación ordenada”.
“Te llamaré más tarde”, dijo Rooney. “Adiós”. Mientras Rooney hablaba, el vuelo 175 de United atravesaba estruendosamente la bahía de Nueva York.
Sí, aseguró Stanley Prainmath a la
persona que le llamaba desde Chicago, estaba bien. De hecho, había bajado al vestíbulo de la Torre Sur, pero un guardia de seguridad le pidió que regresara. Ahora estaba otra vez en su mesa del Fuji Bank. “Estoy bien”, repitió. Según la historia que más tarde relataría, ésas fueron sus últimas palabras antes de divisarla: una silueta gris en el horizonte. Un avión que acababa de rebasar la Estatua de la Libertad. El aparato se fue haciendo cada vez más grande hasta que Prainmath pudo distinguir una raya roja en el fuselaje. Luego se ladeó y se dirigió directamente hacia él.
Otro. “Señor, tú te haces cargo”, recuerda haber gritado. Y se arrojó
bajo su mesa de metal. A las 9:02:54, el morro del avión impactó de lleno contra el piso de 9:02Torre Sur, 57 minutos antes del derrumbamiento Christine
Olender Prainmath, a unos 40 metros de su mesa. Una bola de fuego empezó a arder. Una onda explosiva lanzó
ordenadores y mesas por las ventanas y arrancó manojos de cables eléctricos chispeantes. Luego,
la Torre Sur pareció balancearse, inclinándose gradualmente hacia el río Hudson y poniendo a prueba la
estructura de acero antes de volver bruscamente a su posición normal.

En la mayor parte de ambas torres, las escaleras estaban muy agrupadas y, en la Torre Norte, todas
quedaron inmediatamente destrozadas o bloqueadas por la explosión. Sin embargo, en la zona de impacto
de la Torre Sur, las plantas 78 a 84, las escaleras tenían que esquivar la pesada maquinaria de los ascensores.

De modo que, en lugar de estar cerca del centro del edificio, dos de las escaleras que llevaban a esos
pisos fueron construidas más próximas al perímetro. Una de ellas, en el lado noroeste, sobrevivió.
Este hecho fue crucial para Stanley Prainmath, quien, acurrucado bajo su mesa, podía ver una
reluciente pieza de aluminio del avión, encajada en lo que quedaba de la puerta. El avión, que volaba
inclinado cuando colisionó, barrió seis plantas. En la planta 84 estaba la oficina de Euro Brokers. La mayor
parte de la zona de operaciones de la empresa quedó aniquilada.

Pero incluso ahí —donde el avión había dado de lleno— había otras personas vivas: Robert Coll, Dave Vera, Ronald
DiFrancesco y Kevin York, entre otros.

A los pocos minutos, se encaminaron hacia la escalera más próxima, liderados por Brian Clark, un inspector de incendios que se encontraba en la planta 84. Un polvo fino mezclado con un humo poco denso flotaba por toda la
escalera. Cuando se aproximaban a la planta 81, recuerda Clark, se encontraron con un hombre delgado y una mujer rechoncha. “No se puede bajar”, gritó la mujer. “Tienen que subir. Hay demasiado humo y llamas más abajo”. Esta afirmación lo cambió todo.

Centenares de personas llegaron a la misma conclusión, pero esta escalera era la única ruta para salir del edificio, ya que recorría de arriba a abajo la Torre Sur. Cualquiera que la hubiese encontrado lo suficientemente pronto podría haber caminado hasta la libertad.

Esta clara oportunidad no pudo ser interpretada con facilidad por el grupo de supervivientes que permanecía en el rellano de la planta 81, momentos después de que el avión se estrellara. Discutieron las alternativas y Clark, iluminando con una linterna los rostros de sus compañeros, les preguntó uno a uno: “¿Arriba o abajo?” El debate fue
interrumpido por unos gritos que llegaban de la 81: “¡Auxilio!, ¡auxilio!”, pedía Prainmath. “Estoy atrapado. No me dejen aquí”. Sin más discusión, el grupo que estaba en las escaleras partió en diferentes direcciones. Según recuerda Clark, York y Vera se dirigieron hacia arriba, junto a la mujer rechoncha, el hombre delgado y otros dos que sabía eran de Euro Brokers, pero a quienes no pudo identificar. Clark y Di- Francesco se dirigieron hacia el hombre que pedía ayuda. Prainmath vio la linterna y se arrastró hacia ella.

Por fin, llegó hasta una pared que le separaba del hombre con la luz. Desde ambos lados destrozaron la pared. Un clavo se introdujo en la mano de Prainmath. Se lo sacó utilizando una superficie dura que encontró en la oscuridad. Por fin, los dos hombres podían verse, pero continuaban separados. “Tiene que saltar”, Clark dijo a Prainmath, cuya
mano y pierna izquierda estaban sangrando. “No hay otra opción”. Cuando Prainmath saltó, Clark le ayudó a impulsarse para salvar el obstáculo. Corrieron hacia la escalera y enfilaron hacia abajo. Las llamas se filtraban por las grietas de las paredes de las escaleras. Pasaron el punto en que se encontraba el humo denso sobre el que les había advertido la mujer. Las escaleras estaban despejadas y seguirían estándolo hasta 30 minutos después de que el avión se estrellara contra la Torre Sur.

Mary Jos no puede afirmar con seguridad cuánto tiempo permaneció tumbada e inconsciente en el suelo del Sky Lobby, junto a la puerta del ascensor que llevaba directamente a la planta más alta. Recuerda que se incorporó por
primera vez cuando sintió un calor abrasador en la espalda y en la cara. Instintivamente, rodó sobre sí misma para apagar las llamas. Vio Brian Clark una llamarada en el centro de la sala y en el hueco del ascensor. Aterrorizador.
Luego, por debajo de la espesa humareda negra y a través de las nubes de escayola pulverizada, poco a poco logró distinguir algo peor: el Sky Lobby de la planta 78, que minutos antes estaba lleno de empleados de oficina que dudaban entre abandonar el edificio o regresar al trabajo, se encontraba ahora lleno de cuerpos inmóviles. Los techos, las paredes, las ventanas, la mesa de información del Sky Lobby y hasta el mármol que embellecía los
bancos del ascensor... Todo había quedado aplastado cuando el segundo avión hundió el extremo del ala
izquierda en la planta 78. En un instante, según los testigos, se vieron frente a una luz brillante, un ramalazo de aire caliente y una onda expansiva que lo derribó todo. Tumbada en medio del silencio sepulcral, quemada y sangrando, Mary Jos sólo tuvo un pensamiento: su marido. “No voy a morir”, recuerda que se dijo.

Según los supervivientes, antes de que se estrellara el segundo avión, el ánimo en el Sky Lobby era contradictorio: alivio por los anuncios de que el edificio era más seguro que la calle y miedo a que realmente no lo fuera. En esos momentos cruciales, la gente se arremolinaba, intentando decidir: ¿se quedaban en sus despachos hasta que brieran los mercados o bajaban a tomar una taza de café? En Keefe, Bruyette & Woods, prácticamente todo el departamento de inversiones bancarias se fue y sobrevivió. Casi todos los operadores de acciones se quedaron
y murieron.

Uno de ellos, Stephen Mulderry, habló con su hermano Peter y describió la llamarada en la Torre Norte que podía ver a través de una ventana. Aun así, los gerentes del edificio continuaban transmitiendo el mensaje de que la torre era “segura”. Mientras, la luz del teléfono insonoro parpadeaba para llamar su atención. “Dijo: ‘Tengo que irme, las
luces están sonando y el mercado está a punto de abrir”, recuerda Peter Mulderry.

Momentos antes del segundo impacto, todo el mundo en el Sky Lobby de la planta 78 se debatía entre subir o bajar. Kelly Reyher, que trabajaba en el piso 100, en Aon Corp., se metió en un ascensor local que subía. Quería coger su Palm Pilot. Judy Wein y Gigi Singer, ambas también de Aon, dudaban si debían o no subir a su oficina, en la 103, para recuperar sus bolsos. Pero su compañero Howard L. Kestenbaum les dijo que lo olvidaran. En el momento del impacto, un vestíbulo concurrido de gente —los testigos calculan entre 50 y 200 personas— quedó sobrecogido, en silencio, a oscuras, prácticamente sin vida.

Cuando Wein volvió en sí, tuvo que ocuparse de su cuerpo magullado. Su brazo derecho y tres costillas estaban rotos y el pulmón derecho, perforado. En otras palabras, tuvo suerte. A su alrededor había gente con espantosas heridas, muerta o agonizando. Wein gritó el nombre de Kestenbaum. Cuando le encontró, dijo, estaba callado, sin expresión, inerte. Poco a poco, los que podían moverse lo hicieron. Wein encontró a Vijayashanker Paramsothy y a
Singer; ninguno de ellos tenía heridas mortales. Kelly Reyher se las ingenió para forzar las puertas del ascensor con los brazos y la cartera.

Salió a rastras de la cabina en llamas y se encontró con Donna Spira a unos quince metros. Tenía el brazo roto y el pelo quemado, pero todavía podía andar. En un momento dado, apareció un hombre misterioso con la boca y la nariz cubiertas por un pañuelo rojo. Según recuerda Judy Wein, señaló las escaleras e hizo un anuncio que salvó vidas: que todos los que pudieran andar se levantaran y se pusieran en marcha inmediatamente. Que todo el que pudiera ayudar a otros buscara a alguien que necesitase ayuda y después enfilara hacia abajo.

De las docenas de personas que esperaban en el Sky Lobby cuando se estrelló el segundo avión, se sabe que 12 escaparon con vida. Tan urgente era la necesidad de aire que la gente se apiñaba en grupos de cuatro y cinco en una ventana tras otra, con la parte de arriba del cuerpo colgando, a 390 metros del suelo. En la planta 103, un hombre miraba directamente al frente por una ventana rota hacia el lado noroeste, sujetándose al marco de la
ventana con una mano. Con el otro brazo rodeaba a una mujer, al parecer para evitar que cayera al suelo.
Ya no cabía error. La oficina de Cantor Fitzgerald y, justo encima de ella, Windows on the World se convertirían en el punto de referencia de esos momentos fatídicos.

Casi 900 personas morirían en los pisos 101 a 107. En el restaurante, al menos 70 personas se amontonaban alrededor de las ventanas de la oficina en el extremo noroeste de la planta 106, según relataron a familiares y
compañeros de trabajo. “Todo lo demás está lleno de humo”, escribió Stuart Lee, uno de los vicepresidentes
de Synapse, en un correo electrónico enviado a su oficina en Greenwich Village. “En estos momentos hay una discusión sobre si debemos o no romper una ventana”. Lee prosiguió unos minutos más tarde: “El consenso es ‘no’ por el momento”. Pero, pronto, una docena de personas apareció a través de las ventanas rotas en la fachada oeste del restaurante.

En la sala de conferencias noroeste, en la planta 104, Andrew Rosenblum y 50 personas más se las apañaron para
detener temporalmente el humo y el calor taponando las rejillas de ventilación con chaquetas. “Arrojamos los ordenadores contra las ventanas para que entrara algo de aire”, narró Rosenblum por el teléfono móvil a su compañero de golf Barry Kornblum. Pero no había escapatoria.

Cuando la gente empezó a caer desde más arriba de la sala de conferencias, Rosenblum perdió su calma sobrenatural, según recordaba su mujer, Jill; mientras estaba hablando con ella, de pronto exclamó, sin entrar en más detalles: “¡Oh, Dios mío!” “Ed, ¡ten cuidado!”, gritó Alayne
Gentul, directora de recursos humanos de Fiduciary Trust, cuando Edgar Emery se resbaló de la mesa a la que se había subido, en la planta 97 de la Torre Sur. Emery, uno de sus compañeros de trabajo, había estado intentando utilizar su chaqueta para sellar un conducto de ventilación que arrojaba humo. Para evacuar a empleados de
Fiduciary que trabajaban en esta planta, Emery y Gentul habían subido siete pisos desde su oficina.

Ahora, los dos y las seis personas a las que intentaban salvar estaban en serias dificultades. Mientras Gentul hablaba con su marido —que podía oír lo que estaba sucediendo—, Emery se levantó y extendió el abrigo por la rejilla. A renglón seguido, tiró un zapato contra uno de los extintores por aspersión, con la esperanza de que empezara a soltar agua. “Los extintores no funcionan”, Gentul dijo a su marido, Jack Gentul, que
escuchaba desde su oficina en el New Jersey Institute of Technology, en Newark, donde es decano. Nadie sabía que el avión había roto las cañerías de agua. “No sabemos si quedarnos o irnos”, Gentul dijo a su marido; “no quiero
bajar adonde está el fuego”.
Según atestiguan las llamadas de teléfono, los mensajes y los testigos, entre las víctimas mortales había muchas personas que se pusieron en peligro por detenerse a echar una mano a compañeros o desconocidos. Otros
actuaron con ternura cuando todo lo demás se había perdido. Gentul y Emery, de Fiduciary, cuyas oficinas abarcaban desde la planta 90 a la 97, tomaron la decisión fatal de ayudar a otros. Cuando el primer avión se estrelló al otro lado de la plaza, la bola de fuego se encrespó por toda la fachada oeste de la planta 90, donde se encontraba la oficina de Emery. “Sentí el calor en la cara”, dijo Anne Foodim, miembro de recursos humanos, que trabajaba cerca. Emery salió con las solapas de su chaqueta azul revoloteando mientras agitaba las manos para echar a la gente. “Venga, vámonos”, dijo, escoltando hasta la escalera a cinco empleados, entre ellos Foodim, que relató los
acontecimientos. Bajaron andando 12 pisos hasta llegar a la planta 78 y al ascensor directo, con Emery dándoles ánimos.

“Si puedes con la quimioterapia, puedes bajar esos escalones”, le dijo Emery a una agotada Foodim, que acaba de someterse a un tratamiento con quimioterapia. Cuando por fin llegaron hasta un ascensor abarrotado en la planta 78,
Emery se aseguró de que todo el mundo se subía. Apretó el hombro de Foodim y dejó que la puerta se cerrara ante él. Luego volvió a subir y se unió a Alayne Gentul. Juntos, Gentul y Emery fueron a la planta 97 para evacuar a seis
personas que habían estado haciendo una copia de seguridad informática, según dijo Gentul a su marido.
Emery estaba buscando una escalera en la planta 97 cuando llamó a su mujer por el teléfono móvil. Lo último que su esposa oyó antes de que se cortara la comunicación fue a Alayne Gentul gritando desde muy cerca de Emery: “¿Dónde están las escaleras?, ¿dónde están las escaleras?” Cerca se desarrollaba otra conversación telefónica. Edmund McNally, director de tecnología de Fiduciary, llamó a su mujer, Liz, cuando el suelo empezó a ceder.
cNally recitó a toda prisa sus pólizas de seguros y bonificaciones de empleado. “Dijo que yo lo era todo para él y que me quería”, explicó la esposa de McNally, e intercambiaron lo que ellos creyeron que era su último adiós. Luego volvió a sonar el teléfono de Liz McNally. Su marido le informó tímidamente de que había reservado billetes para un viaje a Roma por su 40 cumpleaños. “Me dijo ‘Liz, tienes que cancelarlo”, contó.

Incluso cuando la situación era más desesperada, las víctimas atrapadas siguieron velando unas por otras. En la planta 87, un grupo de unas 20 personas de Keefe, Bruyette & Woods se refugió en una sala de conferencias perteneciente al Departamento de Impuestos y Finanzas del Estado de Nueva York. Durante los últimos minutos, Eric Thorpe consiguió hacer una llamada a su mujer, Linda Perry Thorpe, que aguardaba noticias de él en el apartamento de una vecina. Nadie habló desde la torre. En cambio, Linda Thorpe y su vecina escucharon
el ruido de fondo. “Oía todo lo que pasaba”, recordaba la esposa de Thorpe, “incluso los jadeos”. “Alguien pregunta: ‘¿Dónde está el extintor?’, y otra persona contesta: ‘Ya lo hemos tirado por la ventana’. Oí la voz de alguien que preguntaba: ‘¿Hay alguien inconsciente?’ Algunos sonaban tranquilos”. “Un hombre perdió los estribos, se puso a gritar. No podía entender lo que decía. Sencillamente, se volvió loco”. “Oí que otra persona le tranquilizaba, diciéndole: ‘Está bien, todo saldrá bien”. Unos minutos después de que el segundo avión se estrellara contra la Torre Sur, Roko Camaj llamó a su casa para informar de que una multitud se había congregado cerca de la azotea, según su hijo, Vinny Camaj. “Estoy en la planta 105”, explicó Roko Camaj a su mujer. “Aquí hay por lo menos 200 personas”.

La promesa de ponerse a salvo en la azotea había parecido tan lógica, tan irresistible, que una multitud selló su destino escaleras arriba. Era un callejón sin salida. Camaj, un limpiacristales que había sido representado en
un libro infantil, llevaba la llave de la azotea, según contó su hijo. Esa llave por sí sola no podía abrir la puerta: el personal de seguridad también tenía que apretar un zumbador desde un puesto de mando, en la planta 22. Pero el
puesto había quedado destrozado y fue evacuado.

La azotea parecía una opción evidente —y la única— para las personas que estaban en los pisos de arriba. Un helicóptero de la policía había evacuado a gente desde la azotea de la Torre Norte en febrero de 1993, después de que una bomba colocada por terroristas hiciera explosión en el sótano. Pero, por una serie de razones, la Autoridad
Portuaria, con el visto bueno del Departamento de Bomberos, recomendó que no se utilizaran helicópteros como parte del plan de evacuación. Aquella mañana, los comandantes de policía descartaron un rescate desde la azotea. Sólo unos pocos se dieron cuenta de que la Escalera A podía conducirles a la seguridad y esa información no fue transmitida a los que estaban arriba por los que escapaban o por las autoridades.

Sean Rooney llamó a Beverly Eckert. Se habían conocido en un baile de instituto en Buffalo cuando los dos tenían 16 años. Acaban de cumplir los 50 juntos. Intentó bajar, pero tropezó con obstáculos y luego subió unos 30
pisos hasta la azotea cerrada. Quería planear una salida, así que pidió a su mujer que le describiera la situación del fuego guiándose por las imágenes de televisión. No podía entender por qué la azotea estaba cerrada con llave, dijo.
Ella le instó a intentarlo otra vez mientras llamaba al teléfono de Emergencias por otra línea. Él dejó el teléfono y regresó unos minutos después diciendo que la puerta no se movía siquiera. La había aporreado. “Estaba preocupado por las llamas”, Eckert recordaba. “Le dije una y otra vez que no estaban cerca de él. Pero él comentó que las ventanas estaban calientes. Empezaba a respirar con dificultad”. Los techos se derrumbaban.
Los suelos cedían. Se dijeron adiós. “Me estaba diciendo que me quería. Luego se pudo oír la explosión”.
“Mamá”, preguntó Jeffrey Nussbaum, “¿qué ha sido esa explosión?” A 32 kilómetros de distancia, en Oceanside, Nueva York, Arline Nussbaum podía ver en la televisión lo que su hijo no podía distinguir desde una distancia de
45 metros. Recuerda sus últimas palabras: “La otra torre acaba de derrumbarse”, le dijo.
“Dios mío”, exclamó su hijo. “Te quiero”. Luego, el teléfono se quedó sin línea. La Torre Norte, que había sido atacada 16 minutos antes que la Sur, seguía todavía en pie. Moría, más lentamente, pero con la misma
certidumbre. Las llamadas menguaban. El número de gente que caía desde las ventanas aumentaba.

Aproximadamente dos docenas de agentes de la empresa matriz de Carr habían sido convocados para una reunión especial a las 8:00 de la mañana. Cuando el edificio empezó a bambolearse como la antena de un coche, los
marcos de las puertas se doblaron y éstas quedaron atrancadas, atrapando a varios de ellos en una sala de conferencias. Carr estaba dos pisos por debajo del impacto y todo el
mundo sobrevivió, pero no pudieron salir.
Según muestran los vídeos, entre las 10:05 y las 10:25, el fuego se propagó hacia el oeste recorriendo la fachada norte de la planta 92, en dirección hacia su refugio en el oeste. A las 10:18, Tom McGinnis, uno de los agentes
convocados para la reunión especial, llamó a mujer, Iliana McGinnis. Las palabras están grabadas en su memoria: “Esto tiene muy, muy mal aspecto”. “Ya lo sé”, dijo la esposa de McGinnis, que tenía la esperanza de que la
reunión hubiera terminado antes de que se estrellara el avión. “Es malo para el país; parece la tercera guerra mundial”.
Algo en el tono de la respuesta de su marido alarmó a Iliana McGinnis. “¿Estás bien, sí o no?”, le preguntó. “Estamos en la planta 92, en una sala de la que no podemos salir”, respondió McGinnis. “¿Quién está contigo?, preguntó. McGinnis mencionó a tres viejos amigos: Joel Holland, Brendan Dolan y Elkin Yuen. “Te quiero”, añadió, “cuida de Caitlin [su hija]”. La mujer de McGinnis no estaba preparada para oír una despedida. “No pierdas la calma”, le animó. “Sois muy duros, sois ingeniosos. Vais a salir de ahí”. “No lo entiendes”, replicó McGinnis, “hay gente que está saltando desde los pisos de arriba”. Eran las 10:25. El fuego hacía estragos en la fachada oeste de la planta 92. La gente caía por las ventanas. McGinnis volvió a decirle a su mujer que la quería a ella y a su hija, Caitlin. “No cuelgues”, le suplicó Iliana McGinnis. “Tengo que tirarme al suelo”, dijo McGinnis. En ese punto, la conexión telefónica se cortó. Eran las 10:26, dos minutos antes de que la torre se desmoronara.

El World Trade Center había quedado en silencio.

Fuente: The New York Times - El País
Fecha: 11.09.02

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