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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Amir Taheri. El Mundo. 12.09.02

Amir Taheri


El líder de la red Al Qaeda, el saudí Osama bin Laden, se ha convertido para buena parte del mundo islámico en un símbolo. Su discurso es tan ambiguo que a su sombra puede encontrar amparo cualquier musulmán de a pie que se sienta agraviado por Occidente. Sin embargo, entre las elites musulmanas, Bin Laden ha encontrado pocos apoyos. La mayoría le culpa de representar una traición a la causa islámica. En todo caso, pese a ser el hombre más buscado del planeta, nadie sabe dónde está ni si sigue vivo. El autor repasa todos los indicios y se inclina por pensar que el terrorista número uno ha muerto.
Junto a la entrada principal del bazar de Srinagar, la capital de la Cachemira administrada por la India, un grupo de jóvenes extiende su mercancía sobre una mesa de madera. El género que ofrecen son camisetas con el retrato de Osama bin Laden, el cerebro terrorista de origen saudí, que durante casi un año se ha convertido en el objetivo de la mayor cacería humana de toda la Historia.

«¿Significa esto que apoya a Bin Laden?», le pregunta un reportero a uno de los muchachos.

«No se trata de una cuestión de apoyo» afirmó uno de los jóvenes.«El no es un político. No sabemos dónde está y ni siquiera sabemos si está vivo. Para nosotros representa un símbolo».

¡Un símbolo! De nuevo, aquella intranquilizadora palabra. Si el simbolismo es el apunte taquígrafo de un argumento, uno intenta imaginarse el argumento que supuestamente simboliza Bin Laden.

Con independencia del grado de apoyo con el que Bin Laden cuente en el mundo islámico, esto se debe en parte a que no aporta ningún argumento claro y coherente. Desde que en 1992 surgió como una figura panislamista, el fugitivo se ha cuidado de nunca afirmar nada que pudiera parecerse a una declaración política. Desde un principio, quedó claro que Bin Laden quiere ser un profeta, no un político. Su discurso está compuesto de citas extraídas del Corán y aderezado con poesía tribal árabe, todo ello sumergido bajo oscuras alusiones. Es como si deseara ocultar el mensaje en vez de difundirlo.

Desde la tragedia del 11-S, centenares de libros y decenas de miles de artículos y programas han intentado contar al mundo lo que realmente quiere Bin Laden. Y, sin embargo, la verdad es que aún no lo sabemos. Algunos han dicho que Bin Laden sería feliz si Israel fuera destruida. Otros han sugerido una agenda más reducida: La retirada de las tropas de EEUU de sus bases en Arabia Saudí. En cambio, otros han insistido en que Bin Laden se percibe a sí mismo como un nuevo califa Omar y que, tras haber destruido a la URSS, ahora se dispone a derrocar a EEUU.

A pesar de los esfuerzos de EEUU por responsabilizar a Bin Laden por el ataque del 11-S, por su parte no existe constancia alguna de un reconocimiento explícito de la autoría. No cabe duda de que ha expresado su regocijo y su placer ante la destrucción que tuvo lugar en Nueva York y en Washington. También ha elogiado a los responsables de ello. Pero siempre ha escogido sus palabras con cuidado para ocultar más de lo que revela.

La semántica no es el campo más adecuado para comprender a Bin Laden. Su estudiada ambigüedad en el ámbito del lenguaje significa que podría representar cualquier cosa para cualquier musulmán que albergue un agravio, genuino o imaginario.

Bush ha dicho que quiere a Bin Laden vivo o muerto y en la actualidad el mundo musulmán se divide entre aquellos que quieren a Bin Laden vivo y los que le quieren muerto. Estos últimos son una extraña coalición que abarca todo el espectro político, desde los regímenes conservadores en el poder, como es el caso en la mayoría de los países árabes, hasta los liberales y aconfesionales que sueñan con la democratización del islam.

Los regímenes conservadores y sus aliados entre el clero islámico tradicional, no quieren a Bin Laden porque ha provocado la hostilidad de EEUU y de otras potencias occidentales, cuyo apoyo requieren para perpetuar su mandato.

Los liberales y otras fuerzas aconfesionales no quieren a Bin Laden porque ha provocado un conflicto entre civilizaciones donde el liberalismo y la aconfesionalidad quedan perfilados como un arma política y cultural occidental. Por este motivo, Bin Laden y el binladenismo no disfrutan de un apoyo visible en los círculos políticos, intelectuales, culturales y mediáticos musulmanes.Ni un solo teólogo, político, escritor o periodista musulmán de renombre ha hecho oír su voz en apoyo de Bin Laden. Al contrario, casi todas las personalidades se han alineado para condenar los atentados del 11-S y declarar que Bin Laden representa «una traición a la causa musulmana».

Resulta paradójico pero este visible aislamiento de Bin Laden en la esfera política del islam ha creado un nuevo peligro. Ha obligado a muchos regímenes musulmanes y a sus elites intelectuales a situarse en el bando occidental liderado por EEUU. A su vez, esto ha minado sus posiciones en sus respectivas sociedades.

Los regímenes tradicionales, que se habían escondido tras una imagen piadosa y ocultado su auténtica naturaleza tras una fachada de islámico celo misionero, quedaron al descubierto. La elite liberal y aconfesional que declaraba que sí era posible una síntesis entre islam y modernidad, ahora es vista como agente de la occidentalización.

A medio y largo plazo, esta clarificación de la situación puede resultar saludable. Al final, los musulmanes se verán obligados a admitir que el mundo en el que viven no es de su creación y que, o luchan contra ello desde el exterior o intentan reformalo desde dentro.

Durante casi 200 años, los intelectuales musulmanes han intentado ocultar esta cruda realidad al sugerir que el islam podría existir tanto dentro como fuera del mundo moderno y, por lo tanto, cosechar sus ventajas sin tener que pagar el correspondiente precio. Desde el pasado 11-S, el cambio más importante que ha tenido lugar en el mundo musulmán es esta clarificación de posturas. Más y más musulmanes comienzan a comprender que, o se rinden ante la realidad del mundo contemporáneo o entran en un estado de guerra permanente contra el mismo.

Bin Laden carece de un discurso claro, pero su análisis del mundo actual resulta lo suficientemente clarificador. Cree que el islam se encuentra en guerra contra el mundo no creyente. En uno de sus rebuscados textos, el líder terrorista enumera las principales derrotas sufridas por el islam a manos de los adoradores de la cruz y de los sionistas: Desde la conquista de Granada hasta la captura de Jerusalén Este en 1967 por los israelíes.

A continuación hace hincapié en que una guerra no termina cuando un bando obtiene la victoria, «sino cuando uno de los bandos admite su derrota». Por lo tanto, lo único que tiene que hacer el islam es no admitir sus numerosas derrotas y seguir luchando.A cualquier nivel y durante el mayor tiempo posible.

En un futuro previsible y en vista de la desorganización del islam, puede que la única opción posible sea intentar restañar este resentimiento. Pero lo importante es no perder la fe y prepararse para la guerra.

En gran parte del mundo musulmán y ante la ausencia de elecciones libres, sondeos de opinión fiables y unos medios de comunicación independientes, resulta imposible de evaluar la repercusión de un análisis tan simplista.

Un reportero que visita con frecuencia los cuatro confines del mundo musulmán, no encontraría un significativo nivel de apoyo hacia las tesis de Bin Laden. Sin embargo, muchos musulmanes expresan cierto grado de simpatía hacia este análisis y se lamentan del estado de postración en el que se encuentra el islam, aunque rechazan recurrir al terrorismo.

No obstante, conviene recordar que incluso si sólo un 1% de los musulmanes respondiera al llamamiento de Bin Laden, esto supondría una cifra que ronda los 13 millones de personas.

Es interesante comprobar que Bin Laden y el binladismo cuenta con un apoyo menor en el corazón del islam que entre los musulmanes que viven en Occidente. En Buraida, el bastión del fundamentalismo saudí, en la provincia de Qassim, poca gente duda a la hora de condenar a Bin Laden por su «obsesión con autopromocionarse».

Culto fanático

Pero entre los pequeños grupos de fanáticos está arraigando un auténtico culto hacia Bin Laden; se reúnen para ver sus videos o para intercambiar los últimos rumores sobre él. ¿Dónde está Bin Laden? O para ser más preciso: ¿Está vivo o muerto? Lo cierto es que desde el 22 de noviembre de 2001, no hay confirmación independiente de un avistamiento de OBL.

Antes de eso, ya era sabido que OBL tenía varios dobles que a menudo se empleaban para sembrar la confusión en torno a sus desplazamientos. Dos de estos dobles fueron capturados por los americanos y ahora se encuentran detenidos en Guantánamo, Cuba.

Desde entonces, se han sucedido incontables avistamientos de Bin Laden. La gente que afirma haber visto al fugitivo y que alberga la esperanza de llevarse parte de la recompensa de 25 millones de dólares por su cabeza, ha inundado con sus llamadas la centralita de las legaciones americanas en varias ciudades musulmanas.

En las últimas fases de la guerra, Bin Laden pudo aprovechar para huir de Afganistán. Una posible vía hubiera sido a través de la provincia paquistaní del Baluchistán. Pudo haber llegado a Quetta, donde disponía de contactos y desde ahí coger una pequeña avioneta que le hubiera trasladado hasta Hadhramaut, la tierra de su padre. Bin Laden ha utilizado esta ruta al menos en cuatro ocasiones, utilizando pequeños reactores privados, propiedad de sus hermanastros.

Alternativamente, OBL pudo escapar hasta la montañosa región colindante con la frontera afgana. En la década de los 80, las tribus Afridi recibieron importantes sumas de dinero, tanto de la CIA como del servicio de Inteligencia saudí, canalizado a través de la Oficina de Servicios dirigida por OBL en Peshawar, Pakistán. Estas tribus controlan la zona y podrían ofrecerle refugio, al menos temporal.

También cabe la posibilidad de que Bin Laden esté oculto en Karachi, la gigantesca urbe paquistaní. En los últimos 20 años, la familia Bin Laden ha mantenido una poderosa presencia empresarial allí y no debería serle difícil encontrar refugio para uno de los suyos.

Muerto en noviembre

Sin embargo, existe mayor evidencia de que OBL pueda estar muerto.El pasado diciembre recibimos la noticia de su muerte, procedente de dos fuentes fiables. Una fue la Organización Unida de los Muyahidin, liderada por el doctor Anwar ul-Haq, cuya sede central se encuentra en Islamabad. La OUM anunció el 5 de noviembre que Bin Laden había fallecido tras un fallo renal y que aquel mismo día recibió sepultura, según el rito islámico. La versión salafí del islam profesada por Bin Laden prohíbe marcar las tumbas o mantener el luto a partir del primer alba tras el óbito.

El segundo informe era de un médico paquistaní que en ocasiones anteriores había sometido a Bin Laden a diálisis. En el transcurso de una conversación telefónica mantenida el 18 de diciembre, afirmó que había tenido previsto viajar hacia un destino desconocido en el interior de Afganistán para tratar a su paciente. Pero el 5 de diciembre, en el último momento, la cita fue cancelada.Aquello le hizo pensar que Bin Laden había fallecido.

Desde entonces han surgido otras pistas. En diciembre, la madre de Bin Laden y uno de sus hijos insertaron una esquela en algunos diarios árabes, pero sin nombrar al fugitivo. Luego llegó el anuncio de que Bin Laden había transferido su fortuna a Mohamed, uno de sus hijos que dirige en Jedda una empresa de importación y exportación.

En enero otro edicto fue transmitido a los grupos fundamentalistas en Londres nombrando a Abdala, otro de los hijos de Bin Laden como su heredero político y militar. Finalmente en febrero, Seif al Islam Gadafi, hijo de Muamar Gadafi, dispuso que una de las esposas de Bin Laden y algunos de sus hijos partieran desde Pakistán con destino desconocido. Funcionarios paquistaníes de alto rango, entre los que se incluye el propio presidente Pervez Musharraf también han confirmado la noticia de la muerte de Bin Laden.

Los que le conocen bien afirman que con un ego del tamaño del Himalaya y su ansia de publicidad, resulta impensable que haya permanecido un año en silencio. El que nadie tenga noticias suyas significa que está muerto. El símbolo se ha convertido en un enigma.

Amir Taheri es editor de la revista Politique International, con base en París, y experto en asuntos del mundo árabe.

Fuente: El Mundo
Fecha: 12.09.02

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