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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo Juan Velarde Fuertes. ABC. 14.09.02

Juan Velarde Fuertes


NO tiene mucho más sentido el cerrar una contabilidad el 31 de diciembre que el 11 de septiembre. Pero el trauma causado este último día en la opinión norteamericana ha sido tal que, de algún modo todo ese amplio conjunto de novedades, en su inmensa mayor parte favorables, que se recogen en el artículo «Remember», en «The Economist» de 5 de septiembre de 2002, obligan a adelantar los comentarios que, habitualmente, se reservan para el 31 de diciembre sobre nuestra economía.

Una primera información es la que se refiere a la marcha de nuestro PIB por habitante. España ya se ha situado, si aceptamos las siempre muy fundadas observaciones de Julio Alcaide, en los 20.000 dólares de PIB por habitane, -o euros, que tanto da al pesar leña en la tosca báscula de SEC-95-, con lo que estamos situados en el puesto decimoctavo entre las naciones que no son Estados-ciudad. Además, en medio de la evidente crisis-recesión mundial actual, la economía española se desenvuelve bien. Conocemos ya las principales proyecciones del PIB global de los países más importantes económicamente del mundo. Para 2002 y 2003 se espera que España tenga sólo, en ese grupo, tres economías que avanzan más aprisa: Estados Unidos, Australia y Canadá. Del ámbito de la Unión Europea, ninguna. La cuestión es la de hacia dónde debemos progresar. Es claro que hacia la convergencia con los países más importantes. Pero esa es una tarea difícil, porque, mucho o poco, esas economías, que nos llevan bastante ventaja, se desarrollan positivamente. En este momento, según los cálculos de Angus Maddison tenemos el PIB por habitante de Estados Unidos hace treinta años, o el de hace quince de un alemán, o de hace trece de un británico o de un italiano y país hay, como Irlanda, que iba por detrás de España, y que no sólo nos sobrepasa en PIB por habitante, sino que acentúa la diferencia. El mensaje que de ahí se deriva es que los españoles tienen que optar entre la dureza de la política económica para alcanzar un fuerte desarrollo, o admitir que somos para siempre los pobres del grupo de los ricos.

La segunda cuestión se refiere al reparto del conjunto del PIB por habitante. Las informaciones del Banco Mundial nos sitúan en unos coeficientes que muestran una distribución personal de la renta mejor que la de más de un país rico, lo que se ha logrado por la confluencia de ampliaciones en el Estado del Bienestar y gracias a Fuentes Quintana, de un más eficaz sistema tributario. Pero progresar en lo uno o en lo otro encajan, en cierto grado, con una estructura productiva que origine convergencia. Lo malo es que los españoles querrán ambas cosas, y eso, como tantas veces sucede, no se puede conseguir.

España tiene -tercer asunto- una inflación baja, si contemplamos otras épocas históricas, pero insidiosa y peligrosa. Además ofrece una disparidad que preocupaba mucho a Flores de Lemus: al lado del 3 por ciento de crecimiento anual que tenía el IPC en el mes de julio, tiene unos precios mayoristas que ese mismo mes progresan únicamente, en tasa anual, un 0´6 por ciento. El crecimiento del IPC genera una presión salarial que pretende eliminar ese componente para los trabajadores, pero ello supone una alteración de costes que el mercado no parece admitir, con lo que si esa presión se mantiene por vía sindical, se reducirán con fuerza los beneficios empresariales, con su desviación de la actividad unas veces, y otras, que literalmente se buscará eliminar mano de obra y, si el mercado es propicio, presionar al alza en el IPC. Paro e inflación pueden ser los frutos. Para evitarlo es necesario aumentar la competencia del mercado, frente a lo que se alzan, en cuanto son afectadas, fuerzas sociales poderosísimas. El gran papel del Estado está ahí, no reaccionando ante los fallos del mercado con estatificaciones -que reiteradamente se ha visto que amplían su defectos-, sino aceptando un mundo mucho más duro en el terreno de la competencia. Todo político sabe que avanzar por ahí es difícil y desagradecido, pero si no se marcha por él, las consecuencias son tremendas. Por otro lado, el mundo sindical debe tener presente que, para el conjunto de los trabajadores, nunca ha sido indolora, sino todo lo contrario, una subida salarial al margen de la productividad. Como decía el profesor Torres, ese creer, o no, que es factible pasar de la microeconomía -remuneraciones salariales más altas- a la macroeconomía -que todos los asalariados aumenten su nivel de renta-, indica si un dirigente sindical tiene en la cabeza una mezcla de torpeza y demagogia, o es una pieza insustituible de la economía, como aconteció en Suecia, o como sucede en Suiza, por poner dos países ejemplares en lo económico y en lo social.

Conviene pensar, cuarta cuestión, que nuestro déficit en la balanza por cuenta corriente -16.500 millones de dólares en el año que concluye en mayo de 2002- no plantea ningún problema por ahora, al compensarse con una tal riada de capitales foráneos que, incluso, permite que España sea una de las naciones más fuertemente inversora en el exterior. Esa llegada de capitales exteriores requiere un clima sociopolítico de tranquilidad ante el futuro -lo que consigue la actual Monarquía constitucional española-, una política económica adecuada -lo que cumple España más que aceptablemente, desde que puso en marcha el Modelo Aznar-Rato en 1996- y un bajísimo nivel de corrupción. Según los datos de Transparencia Internacional, España es el país que más ha mejorado en este sentido, al saltar -los índice van de 0, plena corrupción, a 10, plena limpieza- de un 4´35 en 1995 a 7´1 en 2002. España ha superado en Europa, en limpieza, a los otros países latinos: Francia, Bélgica, Portugal e Italia, pero está por debajo de los países centroeuropeos y nórdicos. Es obligado seguir por ahí, porque la relación entre incremento de la renta, aumento de la inversión y reducción de las situaciones corruptas -lo probó el profesor Fernández Díaz- bordea las leyes de la naturaleza.

Sería absurdo -quinto problema-, no tener en cuenta lo que sucede en los mercados bursátiles, fruto de una burbuja especulativa típica, ahora relacionada con la denominada Nueva Economía. Los quince mercados financieros mundiales más importantes han caído el 4 de septiembre, en dólares, según el índice Morgan Stanley Capital International, un 19´9 por ciento respecto al 31 de diciembre de 2001. El mayor descenso es de Suecia, un 28´6 por ciento en el índice Affarsvarlden Gen, y el menor, un 4´4 por ciento de caída, el índice Nikkei 225, de Japón, en parte notable porque después del gran traspié, ya casi no tiene fuerzas para continuar disminuyendo. España experimentó un descenso del índice del 12´7 por ciento. Esto afectó a millones de accionistas novatos. Si no comprenden que en sus adquisiciones, más que procurarse el placer del juego, es preciso buscar la rentabilidad, se equivocarán. De ahí se deriva un riesgo sobre nuestra economía real, y que no se deben obstaculizar las tareas de saneamiento financiero precisas. Tiene esto mucho de impacto mundial, pero una economía muy sana y una buena cultura económica -el papel de prensa, radio, televisión e internet en esto es colosal-, alivian mucho las cosas.

Debe terminar por encajarlo todo, una disciplina presupuestaria férrea para todo el Sector Público, -y no sólo el estatal- que debe completarse con una progresiva liquidación de empresas públicas -es excelente la actual labor de la SEPI-, y una nueva legislación presupuestaria capaz de «cortar la grasa, no la carne» como indicó D.N. Laband en un artículo en «Public Choice», en 1983.

Fuente: ABC
Fecha: 14.09.02

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