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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

Articulo José Javaloyes. La Razón. 17.09.02

José Javaloyes


Se ha cumplido un año del suceso terrorista que cambió el mundo. Ni los EE UU son lo que eran, desde aquel 11 de septiembre, ni tampoco las relaciones internacionales guardan semejanza entre esto de ahora y aquello de entonces, de hace poco más de un ejercicio contable. Terrorista en sus planteamientos, el 11-S fue suceso plenamente revolucionario, pues hizo cambiar el eje de giro de las relaciones internacionales. Un orden nuevo ¬ni mejor ni peor, incluso desordenado en su raíz¬ pugna por abrirse paso con la compulsión y el empuje del fórceps americano.
Esta Administración republicana, involucrada en concepciones domésticas de actuación, desentendida del mundo y de los propios aliados, parapetada en la visión galáctica de la propia seguridad con su vasto y presumidamente compacto programa antimisiles, se encontró vulnerada, burlada, poco menos que sodomizada, por la actuación de un terrorismo de base islámica que ya había amagado brutalmente con atentados a embajadas de los EE UU en África. Un discurso sin matices en el Oriente Próximo había, mientras tanto, mantenido en su punto de ebullición todas las sinrazones de un terrorismo que hace la síntesis del integrismo musulmán y el nacionalismo árabe: factores disociados, e incluso antagó- nicos, hasta la Guerra del Golfo y la subsiguiente gestión de sus resultantes logísticas y estratégicas.
Y comenzó la respuesta norteamericana. Fue primero la Guerra de Afganistán, o, más propiamente, la extirpación militar del régimen de los talibanes. Siguió la definición del «eje del mal», con la que esa respuesta dio un salto cualitativo. De una vaga y genérica acusación contra varios Estados cerrada provisionalmente con Corea del Norte, se pasó después a la descalificación y a la debelación política de Irak, como acto previo a la propia debelación militar del régimen baasista de Bagdad: hermano siamés y desavenido del de Damasco. Y en ello se está. Nunca se había producido, por causa de los propósitos norteamericanos sobre Irak, un disenso tan profundo en el seno de la comunidad atlántica; tampoco un desacuerdo más expreso con la Rusia postsoviética. Asimismo, jamás se había planteado desde que acabó la Segunda Guerra Mundial un distanciamiento más manifiesto entre Washington y el resto de las capitales del mundo. Salvo la excepción británica, que no cuenta por las relaciones especialísimas que unen a británicos y estadounidenses, París y Berlín, Rusia y China ¬todas con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU¬ están contra una acción militar unilateral en Irak sin previo mandato de Naciones Unidas. Y Alemania, la dócil y fidelísima Alemania de la postguerra, se opone incluso si media Resolución del Consejo.
La insistencia del presidente Bush en su estricta unilateralidad sobre la cuestión iraquí, omitiendo en principio la condición de un mandato onusiano, colisiona con el principio de legalidad internacional. De insistir en esta idea, de consolidarse tal enfoque unilateral de las relaciones internacionales, estaríamos, por la singularísima capacidad de los EE UU en términos de poder irrebatible, ante el nacimiento de una legitimidad nueva, de un nuevo orden, de una legalidad nueva, estrictamente revolucionaria. En cualquier caso, ello se parecería bien poco al orden, nuevo también, predicado y prometido por el padre del actual presidente, a la salida de la Guerra del Golfo. Aunque entonces los EE UU disponían de la misma capacidad de ahora para imponer a todos los puntos de vista propios, actuaron contra el invasor de Kuwait desde un consenso internacional sin precedentes.
Tuvo que sobrevenir el 11-S para que sobreviniera el cambio químico en la visión norteamericana de las relaciones internacionales. Aquel trágico y fantástico fruto de la imprevisión política y del fracaso de los sistemas internos de seguridad, parece haber ungido al poder norteamericano y a la política que lo dirige del carisma político y de la legitimidad histórica para hacer lo que estimen pertinente. Y no sólo en Irak, sino desde Irak en adelante. La destrucción del régimen iraquí de Sadam Husein modificaría esencialmente la implantación estratégica de los EE UU ¬y de su acólito británico¬ en Asia.
Desde la retirada británica del Este de Adén en los sesenta, compensada por el despliegue de la V Flota norteamericana en el Índico, la complementariedad angloamericana en la zona ha sido una constante. Fue el establecimiento de bases en Arabia Saudí, como consecuencia de la Guerra del Golfo, el peldaño siguiente en la escalada de presencia estadounidense en Asia Menor, asistida después del episodio del Canal de Suez, tras la nacionalización por Gamal Abdel Naser, por el Estado de Israel. El complemento estratégico que aportaba el Irán del Sha se vino abajo con la revolución de los Ayatolas, lo que forzó una política de ambigüedad con Irak, complacida y cooperante, durante los ocho años que duró la guerra desatada por la disputa fronteriza sobre el Chat el Arab. Fue en las arenas movedizas de esa ambigüedad donde Sadam Hussein quedó atrapado, creyendo que los EE UU, poco menos que por los servicios prestados al desangrar con la guerra la revolución iraní, aceptaría la anexión de su reclamado Kuwait.
Tras de la guerra contra Irak que nuevamente proponen, los EE UU recompon- drían, ampliándolo, su despliegue estratégico y logístico en Asia, reiniciado ya con la Guerra de Afganistán, mediante el control de este espacio y el de sus entornos, en las que fueron repúblicas soviéticas dentro del mundo centro-asiático. El petróleo del Caspio quedaría bajo su férula lo mismo que el petróleo del Golfo, que restarían estratégicamente anudados con la producción del Asia Central ¬en la que se inscriben capitales intereses rusos¬, y todo ello conjuntado, en términos de seguridad, con el dominio estratégico de Afganistán.
De la necesidad surgida del ll-S quieren los EE UU hacer virtud. Aquella catástrofe producida por el terrorismo global, tan colosal pretexto, aspiran a que oficie como espaldarazo del primer imperio universal que en la Historia ha sido. Y, a partir de ahí, las tentaciones se acumulan. Una, prefigurada también con la cuestión de Irak, es la de enmendar la estructura de las relaciones internacionales y el censo de los Estados diseñados en el Tratado de Versalles, al cabo de la Primera Guerra Mundial; y con todo ello, muchas de sus variantes sobrevenidas en el periodo de entreguerras y luego de la II GM. Reconstruir desde la aliada e incondicional pieza turca, todo el escenario del Próximo y del Medio Oriente, pasando por la operación militar en Irak ¬acaso indisociable de la desarticulación de Irak como Estado, otorgando autonomías radicales a los kurdos del norte y a los chiíes del sureste¬, sería el proyecto de más calado que nunca se diseñó para aquella estratégica zona del mundo. Incluyó la pésima paz de Versalles, en su desarrollo, un capítulo que otorgaba Estado a la nación kurda: conjunto humano repartido entre la propia Turquía, Siria, Irak e Irán. Se trata de una bomba histórica que permanece enterrada en el olvido de 80 años. ¿La desenterrarían los EE.UU. para desmontar el Estado iraquí, surgido como recipiente del petróleo de Mosul, y cercenar a Siria e Irán, incluidos en el «eje del mal», esenciales puntos de apoyo del nacionalismo árabe, en un caso, y en el otro, del integrismo islámico chií?
Nada habría de colmar más las ansias israelíes de seguridad militar y confort estratégico. Incluso la cuestión palestina se reconvertiría en otro asunto: dejaría de ser la punta de lanza del nacionalismo árabe para consistir en una cuestión poco menos que de política doméstica.
La sangre del 11-S sigue manando a estas horas, pero, según las percepciones imperiales de Washington, como fuente de legitimidad. Legitimidad nueva y nueva legalidad internacional. Un orden cuyo coste, a través de la guerra contra Irak, podría ser, por desmesurado, aterradoramente caótico. A veces no hay en la Historia precios más altos que aquellos que se deben pagar por las discontinuidades. Por ejemplo, el de la continuidad estructural rota, y desaparecida, con la Primera Guerra Mundial, no fue otro precio que la Segunda Guerra Mundial. No es prudente acumular un resentimiento excesivo sobre tan gran número de árabes y musulmanes, precisamente porque salió de éstos el ll-S, detonante de este salto, de esta discontinuidad casi abismal a la que parecemos abocados.

Fuente: La Razón
Fecha: 17.09.02

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