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Artículos Profesionales


Seguridad Pública y Protección Civil.

Articulo Mar Ramos. La Razón. 04.11.2002

Mar Ramos


«Un día, cuando estaba en la cárcel de Navalcarnero, jugábamos un partido de fútbol. Le hice una entrada ¬normal, nada del otro mundo¬ al tío más grande del patio. Me dijo: Te voy a matar . Yo le contesté: ¿Que me vas a matar? Me lo vas a demostrar . Y me tuve que ir con él al servicio. Entré allí sabiendo que iba a perder, y allí me hubiera quedado si no es por un colega que me ayudó. Pero tenía que ir. Si no lo hubiera hecho, me habrían perdido el respeto y al día siguiente me hubiera querido matar todo el patio. Porque eso es lo más importante en la cárcel: el respeto. En eso se basa la Ley del Talego». A Javier Casero no le importa hablar de su vida en la cárcel; aquello ha quedado muy lejos y él está orgulloso de haberse rehabilitado. Durante sus cuatro años y medio de condena por robo, pasó por cinco prisiones: Carabanchel, Alcalá-Meco, Ocaña I, Alhaurín de la Torre (Málaga) y Navalcarnero (Madrid). Salió en 1996. Acaba de cumplir 34 años, y se recupera de las secuelas del sida. «Salió de la cárcel para morir, y no quiso morirse», comenta el hombre al que Javier dice «deberle la vida». Es el padre Jaime Garralda, un sacerdote que maneja el argot de la «trena» mejor que cualquier preso: se ha pasado un cuarto de siglo de cárcel en cárcel, ayudando a los reclusos a rehabilitarse desde su ONG «Horizontes abiertos».


La penúltima «vendetta»

El padre Jaime está indignado por las cosas que se han dicho desde que el pasado jueves 24 de octubre José Antonio Rodríguez Vera, «el asesino de ancianas», muriera a manos de otros dos internos de la cárcel salmantina de Topas. La Audiencia de Madrid le había condenado a 514 años de cárcel por el asesinato de dieciséis mujeres de entre 61 y 93 años; 26 delitos de detención ilegal con agresión sexual a otras tantas mujeres, y 27 atracos, entre otros cargos. Este «violador de ancianas» entró por primera vez en prisión en 1997, pero en la de Valdemoro sólo llevaba dos días. Le mataron en el patio de la cárcel, de 113 puñaladas. Es la sexta muerte violenta que se produce este año en los centros penitenciarios de nuestro país.
Los funcionarios de prisiones han aprovechado el suceso para llamar la atención, de nuevo, sobre la mala situación por la que a su juicio atraviesa el sistema penitenciario español. «Nos encontramos en el momento más crítico de los últimos 25 años», asegura José Luis Pascual, que además de trabajar en Topas, donde asesinaron a Rodríguez Vera, es el secretario nacional de ACAIP, el sindicato mayoritario de funcionarios de prisiones. Según los datos que maneja esta organización, en los últimos cinco años se han registrado más de 6.000 agresiones entre internos; un millar más contra los funcionarios; 133 suicidios de presos, miles de objetos punzantes requisados... «La masificación de los centros, la falta de medios humanos y materiales y la pasividad de la administración penitenciaria ante la avalancha de nuevos reclusos han provocado que la situación de violencia sea en estos momentos insostenible», sentencia el representante sindical.
Los presos, asegura el que tenemos frente a nosotros, no opinan lo mismo. Tampoco el padre Garralda, que los conoce bien. «¿Yo he vivido motines en los que, por menos de nada, explotaba la furia y se pegaba fuego a toda la prisión! He visto lanzar a los presos galería abajo en Carabanchel; he visto cómo se comían un grifo entero o la antena de un televisor para que los llevaran a un hospital... He vivido los tiempos en los que, cuando entraba un interno jovencito y bonito en una celda donde había 30 o 40 tíos, le daban todos por saco... ¿Que ahora hay más violencia? ¿Ahora, que como mucho hay dos presos por celda? Que hay talleres, estudios, deportes, bibliotecas... Que no hay violaciones, porque los presos tienen derecho a «vis a vis», a estar con su novia o con su mujer y desahogarse... ¿Ahora, que hace siete años que no hay ni un sólo motín? Claro que la cárcel es mala; es horrible, pero reto a cualquiera a que me demuestre que la situación es peor que en los tiempos de Carabanchel (la prisión madrileña que cerró sus puertas en 1998). Mentira podrida».
Sin embargo ¬rebatimos al ex preso y al sacerdote¬, ahí están las cifras, y los últimos casos: el del «asesino de ancianas» y el del «violador de Pirámides», Arlindo Luis Carbalho, que cumple condena de 20 años en la prisión de Valdemoro. A éste le propinaron dos puñetazos, también sus compañeros, cuando se encontraba sólo en su celda. «Pero eso es el Decálogo Taleguero ¬responde Garralda¬. Y eso claro que se sigue aplicando; es un código que siempre ha existido, y que siempre existirá».
Javier Casero nos explica esta ley no escrita, pero implacable. «Lo primero es que no tiene nada que ver con los funcionarios; es un código sólo para los presos. Y nadie te la cuenta cuando entras en el talego. Se aprende con el tiempo, con el paso de los años de condena. Aunque siempre hay alguien de tu barrio, o de los puntos de venta de droga que tú conoces, que te va diciendo de qué va la cosa».


Muerte al chivato

Primer «mandamiento»: Muerte al chivato. Nadie ha oido, ha visto ni sabe nada. Si «canta», está muerto. La ley del silencio es sagrada. Un ejemplo, que ilustra también otra de las normas del «código»: las deudas se pagan. (Jari, llaman a las deudas por droga, que son la mayoría). «Estábamos en el patio, y llegó un chaval que venía de una comunicación (visita). Le habían pasado droga, que le debía a otro, y se tiró una chulería, «tengo la droga, y no te la voy a dar». Le pincharon en el corazón con una tijera, y se murió allí mismo. Todos estábamos allí. Nadie dijo nada. Su propio hermano, que estaba delante, lo que hizo fue agarrar la droga y refugiarse, cambiarse de módulo, en vez de ayudar a su hermano».
«Y en el 92, cuando estuve en Carabanchel, a un tipo de la quinta galería le tiraron para abajo desde la tercera planta. También era un jari (Todos los problemas de la cárcel, las peleas, las muertes, los suicidios están relacionados con la droga. Y ahora, más que nunca)».
Siguiente capítulo del «Decálogo taleguero» (que, por cierto, no tiene un número determinado de puntos), y llegamos a una cuestión fundamental: «A las mujeres, ni tocarlas». «Cuando entra una chica guapita en prisión, hay cuatro o cinco guardaespaldas voluntarios que la rodean, por si hubiera algún drogota que se pasara con ella», comenta Garralda. El violador sigue estando considerado como el más despreciable de los seres que entran en la cárcel, aunque algunas cosas han cambiado. «No se va a matarle, no es como antes, porque ahora salen en los periódicos, y en la televisión, y en todas partes. Lo que se hace es acosarle para que se vaya del módulo, porque con gentuza como esa no se puede vivir. Además, el violador se convierte siempre en chivato, para sentirse protegido por los guardias. Y los hay que son provocadores... Son lo peor que hay».
Éste es el «mandamiento» que, según el ex recluso, explica el asesinato de Rodríguez Vega. «Eso es una cosa que venía de muy atrás, y siempre te acabas encontrando a la gente en algún patio».
«Las paredes de la cárcel hablan. Todo el mundo sabía lo que había hecho ese, y fueron a por él. El tipo había provocado a esas personas ¬los que le asestaron 113 puñaladas¬ en otra prisión, y aquel día se encontraron en el patio de Topas. Rodríguez Vega había estado provocando, soltándole a gente que tenía una ruina (las condenas más largas) cosas como: Eh, yo he violado, he torturado, he asesinado, y voy a salir de aquí cualquier día. Y tú tienes cuarenta años de condena . Estaba claro lo que iba a pasar. En cuanto tuvieron la oportunidad, le ajustaron las cuentas». Los asesinos de Rodríguez se pavonearon de su crimen al salir de la prisión camino del juzgado. «¿Me he cargado al violador de viejas!», gritó, con satisfacción indisimulada, uno de ellos.


Asesinar «de gratis»

«Los que tienen una ruina suelen estar también enfermos de sida, y saben que les quedan más años de condena que de vida», apunta Jaime Garralda. «Así que una muerte más les da lo mismo; les sale gratis, como se dice en el talego».
Los niños también son sagrados en esta ley no escrita. Ahora es el sacerdote quien recuerda una anécdota vivida en una cárcel de mujeres que demuestra, además, que el «código» lo aplican por igual ambos sexos. «Llegó a la prisión una jovencita, a la que habían condenado por matar a su niño nada más nacer. Todas las mujeres le dieron su galletita (golpe). Le estaban diciendo: Vete, vete, vete. Tú no eres decente. No te queremos aquí . Y es que la cárcel tiene sus valores, y una cosa como esa no es admisible».
Como tampoco lo es el saltarse la «jerarquía». Sobre todo, las ordenes o los deseos del kie, el que manda, el rey del patio. «Si el kie te dice: me gusta esa chupa , tienes que dársela».
Pero hay otro mandamiento: No huyas del kie. «Cuando uno entra nuevo, el tío se pone ahí mirando, en actitud de aquí mando yo , explica el sacerdote. Vuelta al principio de «respetar y hacerse respetar»: «Si pasas por delante de el kie corriendo, todo el mundo se dará cuenta de que tienes miedo. Y no puedes apartarle la mirada, tienes que mirarle con cara de estar pensando: Qué, los guapos también mueren (por dentro ¬aclara el sacerdote¬, por fuera no que te parte la cara). Te retan, pero hay que demostrar siempre que no te achantan».


El poder de una «kíe»

También aquí funcionan igual las cárceles de mujeres. Garralda recuerda un episodio de demostración de poder con una kíe, que él vivió en primera línea. «Se llamaba Dolores y era de las duras. Estaba en Asturias. Se quedó embarazada de su marido, al que mandaron a Carabanchel. El hombre murió de sida antes de que naciera el bebé. Pero la niña vino al mundo, y Dolores la bautizó con el nombre de Libertad. Dejó la droga, dejó de ser kie, se convirtió en una madraza, y se dedicaba sólo a cuidar de su niña».
«Pero un día la pequeña enfermó. La llevó al médico. La niña tenía sida y sífilis, heredadas de sus padres. Aquello destrozó a Dolores. Dijo: «Se acabó», y se echó otra vez al monte. La trasladaron de cárcel. Recuerdo perfectamente el día que la ví; era verano ¬los motines siempre eran en verano¬ y estaba allí sentada, en actitud de mando. Me dijo:
¬ Padre, mi hija está en Asturias. Quiero que me lleven allí. Si hago así (chasqueó los dedos), esta cárcel sale ardiendo ahora mismo.
Yo sabía que hubiera ocurrido eso exactamente. Le contesté:
¬ Dolores, te propongo un trato. Yo consigo que te lleven a Asturias, y aquí no hay motín.
Se arregló su traslado, y la llevaron a ver a su hija. Pero esa cárcel hubiera saltado por los aires si así lo hubiese ordenado Dolores. Porque el kie es el dueño».
Y luego está el «gallo», con el que también conviene tener cuidado. Es el que tiene mejor historial taleguero, el que nunca se ha chivado de nada, el que ha aguantado bien las celdas de castigo... Prestigio de cárcel. Javier Casero era uno de ellos, un «gallo». «¿Que cómo se llega a eso? Ganándote el respeto desde el primer día, porque nadie te lo da. En la cárcel, si te dejas pisar una vez, ya te están pisando constantemente. Así que no hay que crear problemas, pero tampoco dejarse aplastar. Si te insultan, te llevas al que lo ha hecho al servicio; para darte, pero sobre todo para demostrarle a todo el patio que a tí no se te puede tocar. Y tienes que hacerlo, aunque sepas que te pueden matar. Porque si te achantas, si te escondes, si huyes, te encontrarán igual. Así es el talego».

Fuente: La Razón
Fecha: 04.11.2002

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