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Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio.
 

Bibliografía

 

Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español

Francisco Fernández Pardo -
- Editorial: Fundación Universitaria Española Año: 2007 Páginas: 3073 ISBN: 9788473926584 Precio: 300 €


 

Síntesis

Italia acorrala a la Fundación Getty; Grecia presiona al Reino Unido para que devuelva los mármoles del Partenón que se exponen en el British Museum; hasta Colombia clama por el Tesoro Quimbaya que permanece en Madrid. ¿Y España? España es el tercer país más castigado de Europa por los expoliadores de arte de los últimos dos siglos y sus ciudadanos ni siquiera son conscientes de ello.«Llevamos 200 años de despilfarro constante en todos los campos: arte, arquitectura, archivos, artes decorativas... Y todo por una mezcla de inconsciencia, irresponsabilidad y mezquindad...». Lo cuenta Francisco Fernández Pardo, miembro de la Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jordi, profesional del patrimonio artístico y autor del esfuerzo más grande hasta ahora concebido para denunciar dicho expolio.

Fernández Pardo acaba de concluir Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español, cinco volúmenes, 3.082 páginas y 3.500 ilustraciones dedicadas a narrar esos 200 años de infamia, desde la Guerra de la Independencia hasta el boom urbanístico del siglo XXI. «Hoy podemos felicitarnos porque ha aparecido cierta conciencia del valor del patrimonio, aunque el dinero, confabulado con algunos políticos incompetentes, sigue presionando».

De hecho, el último capítulo de Dispersión y destrucción lleva un título casi feliz: Al final, un horizonte de esperanza. Es el continuará de un relato que tiene tres hitos tristes y una larga continuidad llena de pícaros, bandidos y desaprensivos.

Empecemos por el capítulo uno, «la francesada», tal y como llama Fernández Pardo al periodo 1808-1812. ¿Fue tan dramática la rapiña de los oficiales de Napoleón como se suele contar? «Mucho más», responde Fernández Pardo. «Lo peor es que nunca sabremos el volumen de ese expolio porque los franceses arrasaron también con muchos archivos y nos dejaron sin datos para saber lo que había y lo que desapareció».

Quedan los indicios: los goyas, los riberas y los grecos que se desperdigaron después por toda Europa y América, las piezas de arte románico del Museo del Cluny... «Se suele hablar del arte español del Metropolitan de Nueva York pero se olvidan las colecciones de Buenos Aires, Santiago de Chile, Dresde, Budapest, Bucarest...», explica Fernández Pardo.

La siguiente tragedia en la historia del Patrimonio español es el largo proceso de desamortizaciones que expropiaron y pusieron en el mercado las tierras no productivas en poder de las manos muertas: aristócratas, órdenes religiosas, obispados... O sea, los propietarios de lo más destacado del patrimonio español.

Sin embargo, no hay que pensar que los políticos más o menos liberales que acometieron las desamortizaciones durante todo el siglo XIX y el primer cuarto del XX fueron los únicos culpables del expolio. «Los religiosos, que vivían muy precariamente y eran ignorantes, fueron los que liquidaron sus bienes porque temían quedar empobrecidos», explica el autor de Destrucción y dispersión. Los marchantes de la época pusieron en contacto a aquellos sacerdotes inconscientes con los primeros coleccionistas de arte de la Historia. El Victoria & Albert Museum de Londres fue uno de los grandes beneficiados de aquel floreciente mercado. Los conventos de San Millán y Santo Domingo de Silos, dos de los perjudicados.

La tercera puñalada a la cultura española tiene un presagio en la Semana Trágica de Barcelona y en la proclamación de la República, cuando grupos de trabajadores exaltados arrasaron algunos conventos y destruyeron «a hachazos» retablos barrocos «sin más ánimo que la furia y la sed de venganza».

A patir de 1936, las cosas empeoraron, aunque ninguno de los dos bandos puede declararse inocente. Así, si los republicanos incendiaron Toledo, los franquistas bombardearon Madrid y su arquitectura: «Franco y sus aliados sabían dónde caían las bombas y el valor simbólico que tenían», explica Fernández Pardo, antes de enumerar los objetivos nobles de los rebeldes: el Senado, el Palacio Real (entonces Palacio Nacional), el Museo Arqueológico, el Ministerio de Fomento (hoy, de Agricultura), el mismísimo Museo del Prado... Hasta las iglesias de Madrid ardieron bajo el fuego fascista (por ejemplo, la de San Sebastián, con los restos de Lope de Vega).

Poco después, cuando Madrid cayó, el gabinete de Negrín llenó un yate, el Vita, con tesoros nunca inventariados sobre los que se ha especulado durante años. Mientras, los alemanes empezaban a instalarse en Madrid. Tras la caída del Reich, España se convirtió en el único mercado (junto a Suiza) que consintió la compraventa del arte robado a los judíos. El país, de pronto, se llenó de traficantes de arte que tomaron nota y provecho de las delicias locales. Como si nos hiciera falta la ayuda de los extranjeros para arruinar nuestro patrimonio.

Palacios perdidos, murallas rotas
'Dispersión y destrucción del Patrimonio Artístico español' (editado por la Fundación Universitaria Española con el Gobierno de La Rioja y que se presenta hoy en la sede de la primera en Madrid) tiene uno de sus ejes en la desaparición de la arquitectura histórica de las ciudades españolas durante los últimos dos siglos.

«Por ejemplo: los bombardeos de 1939 dañaron 7.922 edificios de Madrid y destruyeron otros 219», cuenta Fernández Pardo. Sin embargo, las guerras no fueron los únicos momentos dramáticos para la arquitectura española, que también sufrió en los periodos de estabilidad.

Así, la segunda mitad del siglo XIX asistió a la industrialización y el ensanche de algunas ciudades de la Península. Por el camino, se destruyeron murallas y puertas como las de Córdoba y Sevilla y cayeron conjuntos urbanos completos como el que hizo hueco a la Gran Vía de Madrid o a la Avenida Laietana de Barcelona. Más grave fue lo del siglo XX, cuando se desvirtuaron los grandes planes urbanísticos de Madrid y Barcelona (Cerdà, De Castro, Arturo Soria) y cayeron los palacetes de La Castellana. «Era lo mejor de Madrid», según Fernández Pardo, «y ya sólo queda el del Marqués de Salamanca, que fue el especulador que arruinó la ciudad».

«Con todo», continúa el autor, «lo peor es lo de la arquitectura modernista que estuvo abandonada hasta los 80. Ahora es valorada pero me temo que llegamos tarde para salvarla».

Fuente: www.elmundo.es
27/03/08

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