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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Bibliografía

 

Por qué no soy musulmán.

IBN WARRAQ-
Editorial: Ediciones del Bronce Año: 2003 Páginas: 357
Precio: 22 €


  En los últimos años, como fruto del complejo de culpa –no entramos ahora en si justificado o no– se ha venido produciendo en el mundo occidental una apología del islam y su sociedad, en la mayoría de los casos con independencia de la realidad concreta de esas comunidades humanas y hasta de su proyección agresiva y violenta sobre nosotros. Y no nos referimos sólo al 11 de setiembre de 2001. Libros como Orientalismo de Edward Said –que vivió muy próspero y jaleado entre y por occidentales– se utilizaron como base teórica del ataque, insistiendo en las facetas más irracionales y victimistas. Entre la avalancha de publicaciones aparecidas desde los atentados terroristas contra Estados Unidos, la línea predominante reincide en la culpabilización de Occidente en todos los ámbitos, quizá porque sus autores conocen y explotan bien los excesos a que es capaz de llegar la mala conciencia europea y norteamericana (única en el mundo, como si los demás fuesen ángeles) unida a lo políticamente correcto que, por cierto, también es otro invento occidental. Sin embargo, en la jungla de obras oportunistas –y no siempre bien documentadas ni escritas– asoman los «escasos nadadores en el piélago inmenso» que decía Virgilio: se trata de libros escritos antes del 11 de setiembre que, por no ir a la moda y ocuparse de problemas de fondo, habían pasado casi desapercibidos entre el gran público. Me refiero a La conspiración de Bassam Tibi (1ª ed. alemana, 1992), al mismo Choque de civilizaciones de Huntington (1996) y, desde luego, a Por qué no soy musulmán de Ibn Warraq (1ª ed. inglesa, 1995), por no aludir a trabajos de Bernard Lewis que, sin exageración, podemos calificar de clásicos. Con pseudónimo Ya es bastante grave que el autor –a la vista del caso Rushdie y de otros en que los asesinos no fallaron– deba escribir y publicar con pseudónimo. Inspirándose en la idea de Bertrand Russell (Por qué no soy cristiano) compone un acta general de acusación contra el islam abordando los aspectos centrales del dogma y la praxis islámicos. Algo inusual y sorprendente viniendo de un musulmán de origen, porque en esa religión y en la sociedad que genera, la autocrítica suele brillar por su ausencia. La diferencia, no baladí, respecto a Russell es que éste, hasta su muerte, siguió firmando con su nombre, dando sus conferencias y viajando tranquilamente por el mundo. Los hechos hablan por sí solos, si queremos escuchar. Aquí no podemos extendernos en el comentario de todos los temas abordados, pero no deja fuera ninguna de las cuestiones cruciales acerca de las creencias y el funcionamiento del islam y de sus relaciones con el resto de la humanidad: el Corán y su carácter divino e inmutable y por tanto de reinterpretación imposible (a diferencia de la Biblia que ya casi nadie toma al pie de la letra, cribada por la razón humana); la figura de Mahoma y su discutible santidad; el imperialismo árabe arrasador de culturas preexistentes (aspecto que ignoran, en sentido literal, casi todos los apologistas occidentales); la innegable inferioridad de la mujer, por mucho que se intente disfrazar el muñeco; el no menor aplastamiento de los dhimmíes (sometidos practicantes de otras religiones); el mito de la tolerancia islámica; la masiva falsificación de hadices, base de la shari’a, junto con el Corán, cuya divinidad no se acepta… El autor –cuyo pseudónimo significa «el papelero» o «el copista»– reivindica su derecho a apostatar, a equivocarse, a cambiar de religión, sin que por ello se le aplique la pena prevista por el derecho islámico: la muerte. Basándose en la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo artículo 18 garantiza el derecho a convertirse a otra religión, reclama un lugar bajo el sol sin ser perseguido, al tiempo que rechaza el como relativismo de la Declaración Universal Islámica de Derechos Humanos (1981) que niega al hombre la capacidad de enfrentarse a los mandatos de Dios, de los cuales son depositarios y albaceas, naturalmente, ulemas y alfaquíes, como si la pertenencia a una cultura distinta confiriera derechos básicos diferentes a los seres humanos, algo inaceptable en el plano racional. Razón de Dios, razón humana Ibn Warraq no ve posibilidad de transacción y acomodo entre «razón de Dios» y «razón humana» mientras la oligarquía de jurisconsultos, jeque y funcionarios religiosos más o menos burocratizados, no acepte someter a discusión todo el entramado, es decir, cuando dejen de ser musulmanes en el sentido actual. Según sus propias palabras, «la única solución es que el debate sobre los derechos humanos no se lleve a cabo en la esfera religiosa sino en el ámbito del Estado civil; en otras palabras, que se separe la religión del Estado y se promueva un Estado laico en que el islamismo quede relegado a la esfera personal, donde pueda seguir ofreciendo consuelo y esperanza a millones de individuos», algo que hoy por hoy continúa provocando persecuciones como las de Rushdie, los egipcios Nasr Abu Zeid y Nawal as-Sa’dawi, ejecuciones públicas como la del infortunado filósofo sudanés Mahmud Muhammad Taha o asesinatos como el del escritor, también egipcio, Farag Foda. Contestar a este vendaval de desmanes con el recuerdo de la Inquisición o del colonialismo anglofrancés no sólo es injusto (los occidentales, felizmente, hemos superado esa barbarie hace tiempo), sino además coartada perfecta para distraer la atención y mantener a los países islámicos inmersos en el fanatismo y la ignorancia, porque como señala Ibn Warraq, «la causa principal del fundamentalismo islámico es el propio islam. ¿Qué tiene que ver la política exterior estadounidense con la lapidación a muerte de una mujer por adulterio en Nigeria? Sólo tiene que ver con el islamismo y la ley islámica. La teoría y la práctica del yihad no se tramaron en el Pentágono: derivan directamente del Corán y el hadiz, la tradición islámica. Pero a los liberales y los humanistas occidentales les cuesta aceptar esto. El problema con ellos es que son amables, patológica y mortalmente amables. Creen que todo el mundo piensa como ellos. Para los humanistas, los terroristas no son más que ángeles desilusionados […] Los países islámicos nunca harán progreso alguno si continúan culpando a Occidente de todos sus males. Quejarse del imperialismo estadounidense no sacará a las naciones islámicas del pantano en que ellas mismas se han hundido». Dos objeciones al libro se nos ocurren. La primera es la insuficiencia teórica en aspectos teológicos y filosóficos –que también afectan a cristianismo y judaísmo y a los que alude– como el principio de causalidad, el origen del Cosmos, de la vida, etc., en que el autor, argumentando al islámico modo, aduce un sinfín de citas y opiniones ajenas sin trabar una teoría propia (Stephen Hawkins nos puede resultar tan digno de crédito, o no, como los Padres de la Iglesia). Y, por otra parte, quizá el mayor problema que arrastra la obra es el público a quien va dirigida –aunque esto no sea culpa del autor–, pues difícilmente sus destinatarios naturales, los mil millones de musulmanes, van a tenerlo a su alcance, a no ser en lenguas europeas, es decir entre élites cultivadas que, en caso de prestarle atención, inciden entre poco y nada en las opiniones de la masa de la población. Con todo, un libro necesario y que, por ello, debe ser posible.

Fuente: Blanco y Negro Cultural
03/01/2004

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