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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

Miguel Benzo Perea


Embajador en Misión Especial para la Reconstrucción de Irak

Emocionado recuerdo a Martín-Oar


CONOCÍ a Manuel Martín-Oar hace cuatro años en Nápoles donde ambos ejercíamos funciones profesionales, él en el cuartel general de la OTAN para el sur de Europa, yo como cónsul de España en esa ciudad. Nos vimos en varias ocasiones y en seguida me llamó la atención por su gran cordialidad y talante especialmente afectuoso. Un año y medio después de separarnos, ya en Madrid, me fue encomendada la tarea de trabajar en la reconstrucción de Irak y Manolo me llamó en seguida para decirme que estaba dispuesto a venirse a Bagdad. Me sorprendió el ánimo y la decisión con los que me lo planteó. Yo tuve grandes dudas en aceptar la encomienda y sentí miedo al pensar en la violencia con la que me iba a encontrar allí. No dudo que él también lo tuviese, pero lo asumía como un elemento más de su vida militar. A partir de entonces tuve claro que sólo aceptaría mi nueva misión si Manolo venía conmigo.

Partimos para Bagdad el 9 de mayo y nos quedamos cuatro días en Kuwait esperando el visto bueno de las autoridades norteamericanas respecto a nuestro traslado a la capital iraquí. Se me había encargado actuar como adjunto del representante norteamericano de ayuda humanitaria de la nueva Autoridad Provisional de Irak. En Madrid se esperaba, además, que Martín-Oar y yo coordinásemos la participación de expertos españoles en los trabajos civiles de la reconstrucción. El 13, cansados ya de esperar una comunicación norteamericana sobre nuestro viaje, tomamos la decisión, de común acuerdo y a pesar de sus riesgos, de trasladarnos por nuestra cuenta a Bagdad. Ese mismo día adquirimos un todo-terreno, conseguimos la documentación pertinente y, acompañados por dos generosos funcionarios de nuestra representación diplomática en Kuwait, atravesábamos la frontera. Poco después nos encontrábamos con un vehículo militar español que el almirante Juan Moreno, al frente del contingente a bordo del «Galicia», había enviado para nuestra protección desde el puerto de Umm-Qsar. Al día siguiente salíamos en un convoy militar organizado para garantizar la seguridad de nuestro desplazamiento a Bagdad.

En la capital iraquí descubrimos a un pueblo cercano culturalmente al nuestro, esperanzado por una vida mejor que la de los largos años de sufrimiento transcurridos bajo el gobierno de Saddam. Fue a partir de entonces cuando nos sentimos plenamente identificados y comprometidos con la tarea que teníamos que realizar, a pesar de sus incertidumbres y cuando se manifestó entre nosotros un profundo afecto que selló el firme compromiso de seguir juntos hasta el final de nuestra misión.

Durante los casi cuatro meses en los que vivimos y trabajamos juntos en Bagdad no me falló nunca su apoyo. Cada noche nos acostábamos en los catres que nos habíamos llevado desde Madrid y nos dormíamos escuchando el sonido de las ametralladoras que rompían el silencio de la ciudad. Pese a la dureza del clima, las temperaturas en agosto han alcanzado los 45 grados, Manolo se levantaba cada mañana antes que yo diciendo, de muy buen humor, que había dormido como un leño. Inmediatamente se ponía a trabajar en el ordenador.

Era una persona entrañable, que hablaba constantemente de su familia, a la que amaba apasionadamente, de profunda fe cristiana y vivo sentimiento religioso, comprometido con su carrera militar como marino y con el servicio a su país. Su lealtad -bellísimo descubrimiento de mi convivencia con él- me la manifestaba al estar constantemente pendiente de mí. Se preocupaba más por los demás que por sí mismo. Algo parecido he podido constatar en otros militares con los que he tenido la fortuna de trabajar. Su personalidad no se paraba ahí, se trataba de un hombre de sólida formación intelectual y rigurosa capacidad de análisis y, en tanto que tal, exigente hacia mí y hacia sus otros superiores administrativos; de todos esperaba sentido de la responsabilidad y capacidad de decisión.

Los dos sabíamos que en cualquier momento podía ocurrirnos una desgracia, pero no por eso queríamos dejar de afrontar la vida con normalidad. Manolo, no obstante, insistía todo el tiempo en la prudencia. Decidimos contratar dos guardaespaldas iraquíes, con la aprobación del Ministerio de Defensa, que al final se han convertido en buenos amigos. Uno de ellos estaba a su lado en los últimos momentos de su vida.

El hecho de poder participar en una labor de significado histórico como es la reconstrucción de un país con la vista puesta en su conversión en un Estado políticamente participativo, libre y soberano, socialmente más justo y económicamente viable, estable y en paz, en un área estratégica del mundo en donde abundan la violencia y los enfrentamientos, han justificado nuestros esfuerzos. Pienso que han dado sentido a estos últimos meses de la vida de mi queridísimo amigo Manuel, así como a su muerte.

Muchos han sido los altibajos que hemos constatado en los trabajos de la reconstrucción. La seguridad ciudadana sigue siendo una carencia muy grave en la vida de los iraquíes, más de cuatro meses después del final de la guerra. El estado precario de servicios públicos esenciales (electricidad, agua, transporte y comunicaciones telefónicas) representa un desafío de enormes proporciones para los países comprometidos con la viabilidad del proceso. Todos los que trabajamos en la reconstrucción de Irak, y Manolo era consciente de ello, sabemos que el deficientísimo estado de las infraestructuras en que Saddam ha dejado a su país, los sabotajes y la falta de repuestos ponen el listón muy alto para lograr el éxito, aunque se hayan producido avances desde que se inició la reconstrucción. Subsisten grupos minoritarios muy poderosos, tanto dentro como fuera de Irak, que no están interesados en que las cosas marchen en el sentido apuntado más arriba y que no se detendrán ante nada con el fín de amedrentar a la población y a la comunidad internacional en su conjunto. Tenemos que prepararnos para ser fuertes. Todavía pueden llegar días muy duros.

Manolo y yo decidimos alargar en su día nuestro inicial compromiso de permanecer en Bagdad un plazo de seis meses, que se habría completado en octubre. Influyó en ello nuestra toma de conciencia de las dificultades de la situación y de que serían necesarios muchos esfuerzos y sacrificios personales en el futuro, además de cuantiosos recursos financieros adicionales, antes de que el actual estado de cosas dé muestras claras de mejorar. Desde nuestra llegada, muchas han sido las voces que hemos oído en favor de que los representantes de los países de la Coalición se queden un tiempo, el imprescindible, para ayudarles a resolver sus dificultades. El decidido apoyo que hemos encontrado en el Comisionado del Gobierno para la Reconstrucción de Irak y en sus más inmediatos colaboradores influyó decisivamente en esa decisión, que yo tengo la intención de llevar adelante.

La persona que vió a Manolo muy pocos minutos antes de su fallecimiento, cuando yacía en el suelo al lado de otros heridos, tuvo la reacción instintiva de poner en sus manos el escapulario que colgaba de su cuello. Lo recibió con una sonrisa. La muerte, o el paso a otra vida, no le cogió desprevenido; siempre tuvo muy presente que la abnegación de algunos podía representar el bienestar de los demás. Sentí muchísimo no haber estado a su lado en esos momentos y es por ello que insistí en verle cuando ya era cadáver. Toqué su cara y estaba fría porque el calor que despedía su vida ya no estaba ahí. Sin embargo, ese mismo calor permanece y permanecerá siempre dentro de mí.

 


Fuente: www.abc.es
Fecha: 24.08.03

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