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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

Luis Solana


Ex-presidente de la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados.
Analista en temas de Seguridad y Defensa

Terrorismo y guerra


Algunas gentes asistimos preocupadas a la mezcla que se está dando entre el concepto de guerra y el de terrorismo.

Avanzo que no es nueva esta posible y a veces deseada confusión que normalmente tiende a reforzar la idea de terrorismo frente a la de guerra. Las manos del fuerte se atan más en un escenario de guerra que en uno de terrorismo. Y siempre se preferirán las manos desatadas.

La primera vez que aparece la idea de «terror» como concepto político se produce durante la Revolución Francesa. Maximiliano Robespierre es elegido presidente de un Comité de Seguridad Pública encargado de llevar adelante a la mayor velocidad posible las metas fijadas por la revolución. La explicación de Robespierre tendrá ecos más tarde en otros esfuerzos de cambio violento: «Cuando la tiranía se derrumba no hay que darle tiempo para que se levante».

Es curioso que sea uno de los correctores de esos excesos quien nos vuelve a proponer teorías militares/terroristas: Napoleón Bonaparte.

Aunque sea en la distancia temporal, quisiera subrayar un cierto paralelismo entre las guerras napoleónicas y la ocupación de Iraq por los EE UU. Napoleón estaba convencido de que sus tropas llevaban junto a la guerra una constitución y el final del feudalismo. G. W. Bush (perdida la esperanza de encontrar armas de destrucción masiva) se considera el liberador de la dictadura en Iraq para instaurar con una guerra el nuevo estado en libertad y democracia.

Pero, Napoleón, en esa estrategia se tropieza con una resistencia desordenada pero dañina, los guerrilleros españoles. ¿A quien retrató Goya en sus cuadros y grabados, a unos resistentes o a unos terroristas? Goya no tiene duda, pero los soldados franceses tampoco. Unos se titulan patriotas, los otros son considerados bandoleros. Ahí están los «Desastres de la guerra» para entender cómo resolvían unos y otros esas situaciones de violencia.

El siglo XX vuelve a poner en circulación la expresión «terrorista». Se comienza a identificar con acciones aisladas, ajenas a los Estados, y dirigidas a producir cambios políticos desde el miedo. Nunca se consideraron soldados o resistentes a estos violentos, casi siempre de origen ideológico anarquista. A finales del siglo XIX, tras la I Guerra Mundial, e inmediatamente después de la II Guerra, se van fijando diversas normas para reglamentar la lucha armada. Lo que podría parecer una contradicción en sí misma se logra abrir paso, precisamente, entre los Estados que han sufrido las mayores carnicerías de la Historia. Acuerdos diversos en La Haya y en Ginebra fijan normas para reconocer al combatiente y al resistente. Conviene no olvidar que están en vigor y firmadas por España.

La Guerra Civil española vuelve a poner sobre el tapete el asunto. Hay restos del Ejército de la República que combaten en distintos puntos de España cuando ya su Gobierno se ha rendido. A aquellos soldados de una guerra perdida se les empezó llamando los huidos, porque parecía que luchaban por la pura supervivencia. Pero rápidamente eso fue cambiando y los que continuaron la resistencia lo hicieron en nombre de unas ideas: apareció de nuevo el viejo e hispano concepto del guerrillero. No es un tema menor que, si en la represión no se utilizaron fuerzas armadas en sentido estricto, en los procesos judiciales sólo se contó con el Ejército. Leyes como la de Bandidaje y Terrorismo dan ya una definición de cómo se entendía la resistencia final: una mezcla de soldados (no se reconocían, pero eran juzgados por militares), bandidos y terroristas.

La Segunda Guerra Mundial coloca ya en primer plano los grandes interrogantes que hasta el día de hoy están en el aire. Maquis, partisanos o resistentes son palabras que para unos eran (y son) sinónimo de soldados heroicos y para otros significaban lo mismo que terroristas. Pocos se acuerdan que hasta 1947 hubo resistencia militar en la Alemania derrotada y que murieron a manos de los llamados werewolf (hombres lobo), personajes tan significativos como el alcalde de Aquisgrán cooptado por los aliados. El tratamiento que se dio a estos restos de un Ejército derrotado fue el de espías. Se los fusiló o se los colgó de los árboles. Nada nuevo desde las guerras de Napoleón en España.

Ahora una fuerza armada española ocupa un territorio de un país extranjero: Iraq. ¿Todo iraquí que ataque a un soldado español es un terrorista? Simplemente recuerdo la historia de nuestro propio país y no me pronuncio. Un sospechoso de acción violenta detenido por soldados españoles ¿ha de ser entregado a los soldados de los EE UU? Leo el artículo 34 de la Reales Ordenanzas y no me pronuncio (aunque pido que se lea). Pero, sobre todo, le recomiendo al general Cardona (y a quienes le sucedan) que tenga un rato para volver a leer el manual «El derecho de los conflictos armados» que ha redactado y publicado el Estado Mayor del Ejército español. Tiene fecha de marzo del 96. Se lo recomendaría también a los civiles que mandan y que pudieran dudar de la sensatez de nuestros ejércitos. Y, sobre todo, se lo recomendaría a nuestros actuales gobernantes para que incorporen a su cultura tan beligerante hoy todo lo que ya tienen muy trabajado nuestros propios militares.

No todo combatiente es un terrorista, pero tampoco siempre quien dispara es un resistente. Nada fácil para nuestros soldados, pero imprescindible la diferenciación para ese Derecho Internacional de Guerra que es posible que convenga volver a redactar bien pronto; y desear que con España a la cabeza.

 


Fuente: La Razón
Fecha: 31/10/2003

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