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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

 Expertos

José Penalva


Doctor en Filosofía

Violencia en las aulas


Hace meses recibimos la noticia del suicidio de un niño que no soportaba las amenazas de sus compañeros de colegio. Es un hecho sorprendente, pero para los profesores de las escuelas e institutos es todavía más sorprendente ver cómo la sociedad se escandaliza ante este hecho, cuando desde hace años se viene denunciando el problema.

Un suicidio es un caso extremo y escandaloso, pero suceden hechos graves todos los días. ¿Cuántos niños y  jóvenes no habrán sufrido y estarán sufriendo situaciones similares? Ni los profesores lo pueden saber con certeza. Comparándolo con los conflictos familiares, donde si grave es maltratar a las mujeres, más grave es el maltrato a los niños –porque es mayor la indefensión-, podemos imaginar la gravedad del problema. Porque si algunos alumnos pueden amenazar, insultar y agredir a profesores, en un clima de absoluta impunidad, ¿qué podrán hacer con sus compañeros?
Para resolver este problema hay que empezar a escuchar la palabra de los profesores. Uno de los más reputados “expertos” de la formación del profesorado afirmó hace un par de años que los profesores exageran los problemas de violencia en los centros; para este experto no existe en realidad problema de violencia, sino problema de miedo de los profesores, lo que genera una injustificada alarma social. Incluso se atreve a culparlos de la violencia y los conflictos en la escuela; los profesores, afirma, “encasillan” a los alumnos problemáticos, originando así conflicto y violencia; estos profesores, dice, condenan a la marginación social a estos alumnos. Para colmo, termina justificando el “problema de la violencia escolar” que sufre el profesorado en razón de una supuesta consecución de una utopía histórica de la escolarización de toda la población.

Todavía está por estudiar el daño moral, más grave que el físico o el psicológico, que produce esta situación en los profesores afectados por la violencia, teniendo en cuenta que el profesor es un profesional que realiza su trabajo “cara a los alumnos” y que rinde cuentas en última instancia “ante la sociedad”. Quien se haya preocupado por escuchar a los profesores sabe realmente lo que sucede en estos casos: el alumno agresor, naturalmente, culpa al profesor; los padres del alumno, lógicamente, defienden a su hijo; en todo caso conflictivo, el alumno busca al profesor de confianza para que le defienda, y le jura que él no ha hecho nada, que sólo se ha defendido, y el profesor-defensor, tocado en la vena sensible y avalado por el argumento de las dos lagrimitas tiradas en su justo tiempo, sale a defender la causa del pobre indefenso; la administración, mezquina como nunca, dice que el responsable es el profesor, o por “falta de diálogo” o por incompetencia; algunos médicos dicen al profesor que es poco resolutivo o que el daño le viene de una inadecuada relación materna acaecida en la infancia; los expertos dicen que la culpa es del profesor porque “etiquetan” al alumno, o porque no saben controlar las situaciones complejas, o, cuando menos, le acusan de ser “poco comprometido”; y los compañeros de trabajo…los compañeros de trabajo miran para otro lado.

Ahora bien, si esto le sucede al profesor,…. ¿qué no le sucederá a un alumno? Contaré dos casos. En una ocasión dos alumnos (llamados por el psicólogo del centro: “significativos”) retuvieron a una alumna en los servicios del instituto y estuvieron a punto de violarla. Afortunadamente, y gracias a los gritos, se les detuvo a tiempo. Pues bien, el director concluyó que no era el asunto para tanto; la chica no tenía razón en quejarse tanto: “¿qué más da unos tocamientos más o menos?”. Al final, el centro terminó pagando un psicólogo a los agresores porque “les sentaba mal que sus compañeros les criticaran por lo sucedido”. En otro caso, retuvieron a un alumno a punta de navaja en los servicios. Esta vez los navajeros acudieron al profesor “dialogante”, que terminó exigiéndole al alumno agredido que aceptara que sólo había sido una broma de sus compañeros y criticó “la falta de disponibilidad al diálogo del agredido”. Podría llenar páginas y páginas contando casos. Basta con lo dicho, que no son hechos aislados, sino indicios de que algo grave estamos haciendo mal. Para alguien que no trabaja en la escuela le es difícil imaginar las estupideces que se están cometiendo en nombre del diálogo. Los defensores de la no-disciplina olvidan que todos los clásicos de la pedagogía afirman que el mayor autoritarismo consiste en abandonar a los niños a sus propias tendencias a, por que acabará siendo un esclavo de sus propios instintos, y se le hurta la posibilidad de llegar a desarrollarse como persona. La absolutización del diálogo ha servido para generar un clima de impunidad en los centros. En un ambiente donde “todo es discutible”, “todo es justificable”, y “nadie es responsable”, y “todo acto carece de consecuencias”, es imposible la educación.

El problema de fondo que nos encontramos a la hora de poner freno a este cáncer es que los profesores, que son lo que deberían detectar y frenar la violencia, se ven atados de pies y manos, sin autoridad y sin recursos para establecer el mínimo de disciplina que requiere el normal funcionamiento de la escuela. Y hay que decir bien claro que son los padres, aquellos que ahora exigen a los profesores que resuelvan estos problemas, los que antes les han quitado la autoridad y los mecanismos que requiere el ejercicio de su profesión. Como se sabe, nuestro sistema educativo se rige por la “participación democrática”: padres, alumnos, administración local, junto con algunos profesores, deciden la marcha del centro, también sobre la disciplina. Pero un padre o un “experto” juzga los conflictos “desde fuera”, “trata individuos” y aborda “hechos aislados”. El profesor es el que conoce la dinámica de una escuela, que nunca es cuestión de individuos, sino de grupos, y conoce-debe conocer- el “clima social” que generan las normas o la ausencia de ellas. Y es de sentido común que tenga los mecanismos necesarios para su resolución.

Esto es imposible si no se empieza por restituir la imagen del profesor. La verdadera reforma educativa empieza por la figura del educador. Como dice Giner de los Rios: “El maestro no representa un elemento importante de ese orden (de cosas en que consiste la educación), sino el primero, por no decir el todo. Dadme el maestro, y os abandono la organización, el local, los medios materiales, cuantos factores, en suma, contribuyen a auxiliar su función. Él se dará arte para suplir la insuficiencia o los vicios de cada uno de ellos”.

Suplemento Temático: Formación y Seguridad

 


Fuente: www.abc.es
Fecha: 23/12/05

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