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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

Richard N. Haas


Presidente del Consejo sobre Relaciones Exteriores de EE.UU

Antiterrorismo a reexamen


La detención en Londres de 21 terroristas que al parecer tenían intención de hacer estallar varios aviones sobre el Atlántico nos recuerda, si es que se necesita algún recordatorio, a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Ésa sigue siendo la fecha que ha pasado a representar al terrorismo moderno en toda su terrible capacidad para sembrar muerte y destrucción. Un lustro tal vez sea un período demasiado breve para que los historiadores juzguen la importancia plena de ese acontecimiento, pero brinda una oportunidad para hacer balance. En el mejor de los casos, se trata de un historial desigual. Posteriormente, se han producido atentados terroristas en Indonesia, Madrid, Londres, Egipto y, más recientemente, en Mumbai. Miles de hombres, mujeres y niños inocentes han sido asesinados. También está el incesante redoble de la violencia terrorista en Irak, una violencia que entraña el riesgo de sumir al país en una guerra civil a toda escala.

Pero los terroristas todavía no han hecho nada de la envergadura del 11-S. Vale la pena pensar en la razón para ello. Tal vez refleje el derrocamiento del Gobierno de Afganistán y la eliminación del refugio seguro de Al Qaeda en ese país. Un servicio de espionaje mejorado y más coordinado, las agencias policiales, y las campañas de seguridad tanto en el ámbito nacional como internacional han dificultado más el éxito de los terroristas. Y, como indican las recientes detenciones practicadas en Londres, también es posible que el deseo de algunos terroristas de lograr algo más impresionante que los ataques del 11-S haya socavado su capacidad para llevar a cabo sus planes y aumentado la posibilidad de que sean detectados. Nadie debería confiarse por todo esto. La globalización hace que a los terroristas les resulte más sencillo adquirir las herramientas de su oficio y circular de un lugar a otro. Las probabilidades también favorecen a los terroristas, en el sentido de que un éxito puede compensar múltiples fracasos. La tecnología moderna, probablemente incluidas las armas de destrucción masiva, aumenta la posibilidad de que cualquier triunfo terrorista cause daños de gran magnitud. Además, Irak está produciendo una nueva generación de terroristas experimentados de un modo parecido a como hizo Afganistán hace dos décadas.

Por tanto, ¿qué debemos hacer? La respuesta que propone la Administración de Bush es fomentar la democracia. La idea es que habrá menos probabilidades de que los jóvenes se conviertan en terroristas si son miembros de una sociedad que les ofrece oportunidades políticas y económicas para llevar una vida satisfactoria y que tenga sentido. Por desgracia, no hay pruebas que apoyen lo anterior. Los individuos que se crían en democracias maduras como la del Reino Unido también pueden aislarse y radicalizarse. Un Irak más democrático se ha transformado en un Irak más violento. De forma similar, las elecciones en Palestina no convencieron a Hamás para que le diera la espalda a la violencia, al igual que los comicios en Líbano no disuadieron a Hizbolá de iniciar la actual crisis en Oriente Próximo. Además, aunque la democracia fuera la respuesta, es extraordinariamente difícil de instaurar, como demuestra Irak. El erigir una auténtica democracia (a diferencia de una mera celebración de elecciones) es una empresa que requiere décadas, e incluso generaciones. Sin embargo, entretanto necesitamos una política para lidiar con el terrorismo que tenemos ante nosotros. Es más, la democracia es irrelevante para quienes ya son terroristas comprometidos. Es improbable que sus metas de recrear un califato del siglo VII o, en el caso de Irak, reinstaurar la dominación suní, las alcancen hombres y mujeres libres que elijan abiertamente su sistema y liderazgo políticos.

Entonces, ¿qué hay que hacer? Lo primero es abandonar la metáfora de una «guerra contra el terrorismo». Las guerras se libran principalmente con armas, en campos de batalla, y entre soldados de países enfrentados. Las guerras tienen un principio y un final. En este caso, ninguna de esas características es relevante. Actualmente, el terrorismo puede llevarse a cabo con cuchillas y aviones con tanta facilidad como con explosivos. Los edificios de oficinas, los trenes de cercanías y las cafeterías son los campos de batalla de hoy en día. No hay uniformes y, a menudo, quienes asesinan actúan en nombre de causas o movimientos. Y no se atisba el final. Por el contrario, el terrorismo ahora forma parte del tejido de la vida contemporánea.

Hay otro motivo para prescindir del vocabulario marcial. No puede derrotarse al terrorismo sólo mediante las armas. De hecho, es probable que otros instrumentos políticos, entre ellos el espionaje, la labor policial y la diplomacia, desempeñen un papel más destacado en cualquier política eficaz. En segundo lugar, es esencial distinguir entre los que ya son terroristas y los que podrían llegar a serlo. Debe detenerse a los que ya son terroristas antes de que actúen; si eso falla, las sociedades deben protegerse y tener listos los medios para mitigar las consecuencias de los atentados que se saldan con éxito.

Pero, para empezar, puede -y debería- hacerse mucho más para convencer a los jóvenes de que no se conviertan en terroristas. El objetivo debe ser la creación de un entorno en el que el terrorismo no se vea como algo aceptable o necesario. Debe desproveerse al terrorismo de su legitimidad; quienes lo perpetran deben ser avergonzados. Ninguna causa política justifica el cobrarse una vida inocente. Los líderes árabes y musulmanes deben dejarlo claro, ya sea en declaraciones públicas de políticos, conferencias de profesores o fatwas (dictámenes) de clérigos destacados. La reacción crítica inicial de varios gobiernos árabes al secuestro de soldados israelíes por parte de Hizbolá es un signo de que dicha crítica es posible, al igual que lo son los comentarios selectivos de varios líderes religiosos musulmanes. Pero también debe desproveerse al terrorismo de su motivación. Esto se traduce en que Estados Unidos y otros expongan con detalle los beneficios que pueden esperar los palestinos de un acuerdo de paz con Israel, y lo que suníes y chiíes pueden esperar razonablemente del nuevo orden político iraquí. El proclamar un alto el fuego duradero en Líbano también contribuirá a templar los ánimos que llevarán a algunos a convertirse en terroristas y a otros a tolerarlos o apoyarlos. El camino a seguir está claro: vigilancia contra violencia, además de posibilidades políticas. Una política antiterrorista de esa índole no acabará con la plaga del terrorismo del mismo modo en que la medicina moderna no puede acabar con la enfermedad. Pero sí ofrece la promesa de reducirlo a una escala que no amenazará la apertura, la seguridad o la prosperidad de las sociedades modernas.

 

 

Especial: 11-S. Operación global contra el terrorismo: El análisis de los profesionales

 


Fuente: www.abc.es
Fecha: 13/08/06

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