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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

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Stella Rimington


Fue la primera mujer directora general de MI5, el servicio de contraespionaje de Gran Bretaña. También ha escrito novelas de espionaje cuyo personaje central es una agente, entre ellas Illegal Action

El mito de James Bond y la Inteligencia Británica


Bellas mujeres, lugares exóticos, y fantásticos artilugios. Todos son atributos de una película de James Bond. Y el nuevo filme, Quantum of Solace, seguramente exhibirá una dosis saludable de cada uno de ellos. La película, que se encuentra actualmente en fase de producción, es el último episodio en la espectacularmente exitosa saga de James Bond, que comenzó en 1953, cuando Ian Fleming publicó la novela Casino Royale.
Aunque Fleming falleció en 1964, Bond, el osado espía que creó, sigue viviendo. La última novela de la serie, Devil May Care, escrita por el novelista británico Sebastian Faulks, se publicará el 28 de mayo, cuando se cumplan los 100 años del nacimiento del escritor.

Fleming, un ex periodista y comandante de la Inteligencia Naval durante la II Guerra Mundial, vendió más de 40 millones de copias de las 14 novelas de James Bond que escribió. Y eso dice algo, aunque no lo coloca en un pedestal como maestro de la narrativa. Tampoco en sus relatos reveló la verdadera naturaleza del trabajo de un espía. Lo que demostró, en cambio, es que una inteligente combinación de sexo, violencia y la actividad de la Inteligencia Británica logra vender libros.

Las novelas de Bond provienen de dos tradiciones literarias británicas. Una es la historia política de espías. La novela de Rudyard Kipling Kim, un relato publicado en 1901 ambientado en el espionaje contra los rusos llevado a cabo en la frontera noroccidental de la India británica, fue seguida en 1903 por Riddle of the sands, escrita por Erskine Childers en torno al descubrimiento, por parte de dos aficionados a las regatas, de los preparativos de Alemania para invadir Inglaterra. Esta fue la primera historia de espías que acabó siendo un best seller.

La segunda tradición, también arraigada en la historia imperial de Gran Bretaña, es la de un caballero adicto a las aventuras que lucha contra enemigos muy astutos. Esos personajes existieron y sirvieron de modelos a Richard Hannay, protagonista de la novela de John Buchan Los 39 escalones, y para otras tantas aventuras. El mundo de Hannay, como el de Bond, gira en torno a magníficos automóviles, mujeres glamurosas y horrendos villanos.

Con Casino Royale, Fleming modernizó la marca, añadiendo sus propios ingredientes: su conocimiento de la parte técnica del espionaje, cosechado a lo largo de sus experiencias durante la II Guerra Mundial; su pasión por ambientes exóticos, inspirados en su residencia de Jamaica, Goldeneye, y un agudo sentido de los lugares, los nombres y los personajes, producto de su memoria y de su instinto periodístico. A eso añadió sus fantasías, sueños de «lo que todo hombre querría ser, y lo que toda mujer querría tener entre las sábanas», como señaló en una ocasión Raymond Chandler. Toda esa mezcla satisfizo el deseo de glamour de los británicos tras la guerra.

Los libros de Fleming no pertenecen verdaderamente al género de la novela de espionaje y han tenido escasa influencia en él. Fleming no trabaja con la sutileza de escritores tales como John Le Carre o Graham Greene, quienes reflejaron la incertidumbre y la ambigüedad que rodean a los espías reales. Eso iba más allá del alcance y la inclinación de Fleming.

El agente 007 no es un espía como se entiende entre los profesionales. El es un asesino con licencia para matar. Su tarea es eliminar a los enemigos de la nación. Para Fleming, esos enemigos eran individuos con excéntricos atributos, muy apropiados para el drama (Goldfinger, Le Chiffre, el doctor No), aunque la mayoría de ellos estaban respaldados por toda una maquinaria de matar, SMERSH, controlada por el Gobierno de Moscú.

Por supuesto, Fleming sabía que todo esto era una tontería. Por lo tanto, para ofrecer un fragmento de credibilidad, colocó a Bond en un sector burocrático, El Servicio Secreto, su versión de MI6, el servicio británico encargado de recolectar datos de Inteligencia de otros países.

Aún así, las tramas parecían traídas por los pelos. Moonraker comienza un lunes, de manera muy rutinaria. Bond está revisando archivos cuando suena el teléfono rojo en su escritorio y se le ordena perseguir a Sir Hugo Drax. El individuo se ha convertido en sospechoso porque hace trampas cuando juega a las cartas.

En Casino Royale, el proyecto para destruir al agente ruso Le Chiffre implica que Bond se ponga a jugar a las cartas con el enemigo hasta hundirlo en la bancarrota. Cualquier moderno agente del servicio MI6 se sentiría bastante sorprendido si le entregan una bolsa repleta de dinero y le ordenaran ir a jugar a un casino de Francia en estos términos: «Usted tiene bastante capital. Unos 25 millones de francos».

Mientras que escribía los libros de Bond con bastante ironía, Fleming no pudo haber previsto que el agente 007 pasaría a definir buena parte de lo que el resto del mundo sí creía que era la Inteligencia Británica y terminaría otorgándole un caché único.

En realidad es una distinción merecida, pero no debida a su caballeresca indiferencia o a su talento para asesinar -los servicios de Inteligencia británicos no tienen licencia para matar- sino simplemente porque la Inteligencia Británica es buena en el trabajo de verdad: el cultivo de fuentes, el análisis e interpretación de la información y el uso de datos.

En la vida real, las amenazas casi siempre provienen de organizaciones, grupos o países, y el verdadero agente de la Inteligencia Británica trabaja en un medio ambiente muy estructurado y controlado. El o ella posiblemente vivan en Londres o en Manchester, infiltrando en grupos de jóvenes descontentos en apartamentos situados encima de comercios donde venden kebab.

Sin importar dónde vive hoy el agente 007, lo cierto es que no anuncia al mundo «mi nombre es Bond, James Bond» mientras bebe martinis secos en la riviera francesa con el brazo en torno a una mujer seductora y un revólver en su bolsillo. ¿Cómo debe responder la Inteligencia Británica al mito de Bond? Con una sonrisa compungida, como mis colegas y yo misma lo hicimos poco después de convertirme en la primera directora general de MI5 (el servicio de seguridad interna de Gran Bretaña). El personaje de M, jefe del agente 007, se convirtió en una mujer claramente inspirada en mí.

Sin embargo, no fue un honor que busqué; más bien al contrario, intentaba, a través de una mayor apertura, destruir el mito popular de que los organismos de Inteligencia trabajan tal y como se refleja en una novela de James Bond. Aún así, esta lacra era preferible a la respuesta de los tabloides británicos a mi nombramiento: «Una ama de casa super espía», llegó a afirmar uno de los titulares.

El MI6 todavía considera que el mito de James Bond es útil cuando se trata de reclutar personal. A través de página web promete una carrera que, «como la de Bond», estará al servicio del país. Pero el mito puede causar daño. La teoría conspirativa de que el MI6 asesinó a la princesa Diana siguiendo órdenes del príncipe Felipe de Edimburgo encuentra seguramente su raíz en Bond.

Mi respuesta personal ha sido crear en mi serie de novelas la antítesis de James Bond: Liz Carlyle, una agente del MI5, que usa su intelecto, su intuición y su capacidad profesional para derrotar las formidables amenazas contra la seguridad que existen en la actualidad.

¿Qué ocurriría si Carlyle se encontrase con Bond? Ella, seguramente, vería al espía que considera a las mujeres «objetos de recreación», que «cuando hay un trabajo se interponen en el camino y oscurecen las cosas con el sexo y su herida susceptibilidad», como apenas un vejete anacrónico.

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

 


Fuente: www.elmundo.es
Fecha: 19/05/08

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