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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

José Luis Hernangómez de Mateo

Coronel de Artillería (R)
Doctor en Ciencias Políticas y Sociología.
Especialista en Investigación Operativa.
Director de Seguridad y Auditor SGSI, con una acreditada experiencia en Inteligencia
Gerente de CIBERINTELIGENCIA
Ex-Director de Planificación y Alertas de Seguridad Corporativa GRUPO PRISA

En recuerdo a Pablo Huelin Ruiz-Blasco


El 11 de abril de 1969 un helicóptero del Ejército de Tierra se precipitó en las aguas del pantano de El Vellón en San Agustín de Guadalix (Madrid). Murieron tres de sus seis ocupantes, todos militares. Entre los fallecidos estaba el comandante artillero Pablo Huelin Ruiz-Blasco. Ese día, a mí me faltaban cinco años para ingresar en la Academia General Militar. Hasta entonces, mi contacto con la milicia había sido mi tío Carlos, y sólo dos años después entablé la amistad, que aún disfruto, con mis mejores amigos de hoy día. Algunos de ellos eran entonces hijos de profesores de la segoviana Academia de Artillería. Camiruaga, Fortuny y Gan eran capitanes y comandantes profesores, amigos y compañeros de Pablo Huelin.

A Pablo Huelin no llegué a conocerle sino mucho tiempo después. En diferido. Pero sí he tenido la oportunidad de compartir buenos momentos con Rosario, su viuda ya reunida con él, y también con sus hijos. Fue sobre todo uno de ellos, Pablo también, quien me ha contado en ocasiones cómo fue su padre y cómo nos dejó. No soy quién para decir nada de él, y apenas nada ante lo mucho que saben de él los suyos y quienes compartieron con él la vida. Apenas nada de él como amigo, ni esposo, ni padre, ni artillero. Ni tan siquiera como segoviano y ciudadano sensible a los problemas de los demás y fundador de una asociación tan hermosa como Apadefim. Su hijo Pablo, en un arranque de cariñosa irresponsabilidad que le agradezco, me tentó con la posibilidad de escribir algo sobre su padre. Aunque Pablo debería saber bien que escribo casi tan mal como hablo, me tentó. El caso es que aquí estoy.

Por sus obras los conoceréis, hemos leído todos en el mayor best seller de la historia. Y hablaré por una pequeña parte que sé de sus obras, tan vez la más importante: mi recuerdo de Rosario y lo que conozco de sus hijos y de los hijos de sus hijos. Y lo haré con un barniz militar, reflejando lo que he visto y conozco de ellos en las Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas. Poco importan los cambios que ha sufrido la redacción y el contenido de este auténtico código deontológico desde que fuera sancionado por Carlos III. Creo que las Ordenanzas, las de entonces y las del pasado mes de febrero, son aprovechables por todo colectivo e individuo que busque la honestidad y la eficiencia en su trabajo. Máxime, si se trata de un servicio a los demás. Recomiendo su lectura.

Como digo, repaso sus obras y veo a Pablo Huelin como servidor público íntegro, entregado a su trabajo y tratando de mejorar su entorno con un sentido de la responsabilidad social que ahora parece patrimonio de las empresas. Veo a Pablo Huelin dedicado a la milicia, esperando sólo la íntima satisfacción del deber cumplido, algo que no es tópico en un militar ni en cualquiera que en todo tiempo cumpla con su obligación sin esperar oropeles y portadas. Veo a Pablo Huelin amando su profesión, perfeccionándose a pesar de que ello le condujera no sólo a ocasiones de riesgo y fatiga, sino a su muerte. Me va a perdonar el lector, pero quiero traer a estas líneas el literal del artículo 14 de estas Ordenanzas, referido al espíritu militar: "El militar cuyo propio honor y espíritu no le estimulen a obrar siempre bien, vale muy poco para el servicio; el llegar tarde a su obligación, aunque sea de minutos; el excusarse con males imaginarios o supuestos de las fatigas que le corresponden; el contentarse regularmente con hacer lo preciso de su deber, sin que su propia voluntad adelante cosa alguna, y el hablar pocas veces de la profesión militar, son pruebas de gran desidia e ineptitud para la carrera de las armas". Sigo pensando en Pablo Huelin no sólo como militar, sino como persona, esposo, padre y ciudadano, a la vista de las obras que dejó. Y creo que bien podríamos sustituir en este artículo la palabra militar y la expresión carrera de las armas por la palabra esposo o padre y por la palabra vida.

Canta Joan Manuel Serrat aquello de decir amigo es decir bota, charnaque y fusil, y creo que Pablo Huelin fue un amigo de muchos, y no sólo de sus familiares y compañeros de armas y de tanta gente que compartió trazos de su existencia. También lo fue de Segovia y de los segovianos, con los que vivió y con los que se comprometió de forma solidaria. Me parece que después de aquel 11 de abril, cuarenta años después, es tiempo suficiente, quizá demasiado, para darnos cuenta de que no saborearíamos tanto nuestro vivir si morir no fuese tan sencillo. Su muerte fue muy simple, tan simple como un accidente, pero fue una muerte en acto de servicio. Conviene recordar a quienes nos precedieron y, más que nada, sus buenos ejemplos. Hoy, aquí, estamos recordando a Pablo Huelin Ruiz-Blasco. Y yo, de paso, para tratar de evitar la desmemoria colectiva, invito a quien corresponda a que considere la posibilidad de que Segovia tenga una "Calle del Comandante Huelin".

 

Experto: Comandante Huelin: el heroísmo diario, por Rafael Vidal  (17/04/2009)

Suplemento Temático: Formación y Seguridad

 


Fuente: El adelantado
Fecha: 17/04/09

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