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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

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Lorenzo Navarrete


Decano del Colegio de Políticas y Sociología de Madrid y Profesor de Sociología de la Complutense

El botellón institucionalizado


Como sociólogo me interesa poner el foco en el carácter colectivo del fenómeno de violencia protagonizado por jóvenes y adolescentes la pasada madrugada en las fiestas de Pozuelo. En primer lugar, creo que el territorio metropolitano de la Comunidad de Madrid es un escenario muy comunicado, en el que los jóvenes se mueven y desplazan de manera cómoda y constante, por lo que no se puede hablar de un núcleo específico (los propios del pueblo) sino de un colectivo ampliado.

Además de la dimensión espacial, la dimensión temporal nos lleva a que entre agosto y septiembre se produzcan una concatenación de fiestas que derivan en un estresante circuito de utilización lúdica del espacio público, de manera autorizada, lo que termina por generar una conciencia de «toma del espacio» por parte de las personas que disfrutan, que se convierten en el caso de los jóvenes en disfrutadores habituales, muchos de ellos de fiesta en fiesta. La noche y el alcohol, asociados a la toma del espacio público, nos remiten al botellón institucionalizado, lo que si se añade a la frecuencia de seis ó siete fines de semana seguidos, acaba por producir un alejamiento y trivialización de las normas cívicas habituales.

Por otra parte, como sociólogo observo la aparición de muchos elementos que muestran la emergencia de un nuevo patrón de conducta adolescente y juvenil, pues los jóvenes actuales han aumentado enormemente en relación a sus hermanos mayores su participación en redes de mensajes y en redes de Internet, pasando de los tradicionales grupos de amigos con una posición media de ocho a doce miembros, a grupos más amplios en la actualidad, de amigos, y amigos de amigos, con una media superior a 50 por grupo, en la Web 2.0.

Habrá que preocuparse por esta generación que se siente más colectivamente grupal, o mejor dicho macrogrupal, y que ya ha dejado el microgrupo, o sin dejarlo ha incorporado una dimensión masiva a su identidad. Cuando estudiábamos el fenómeno del botellón hace unos años, nos encontrábamos con pequeños grupos que se juntaban con otros pequeños grupos en un espacio determinado y en el que, especialmente los menores adolescentes se iniciaban en algunas aproximaciones al contacto de la masa, siempre protegidos y apoyados por el microgrupo.

Sin embargo, al estar «conectados» de manera cotidiana con un grupo mucho más extenso de amigos, se ha modificado este patrón de conducta hasta alcanzar una identidad basada en el número, es decir, la idea de que lo que hacen muchos es legítimo y de que el mejor grupo es el más amplio (cuantos más amigos tengas en la red, mejor).

Entre otras cosas, los jóvenes en estas redes, en las que curiosamente buscan identidad propia, adquieren aptitudes de consenso colectivo, incorporando una mayor facilidad para legitimar acciones que bordean o quiebran determinadas normas, asumiéndolo porque lo hacen muchos; por ejemplo: beber, gritar, insultar o pelear. Es como si las normas exteriores ya no importan si el grupo hace o decide algo contra ellas.

La conexión entre las redes virtuales y la realidad es un hábito juvenil que funciona en dos direcciones, una para mostrar a los amigos virtuales que somos reales, y por otra parte, para mostrar a los amigos reales que también somos virtuales, por ejemplo participando en actos de violencia reales y grabándolos, y llevándolos al grupo virtual simultáneamente.

Suplemento Temático: Formación y Seguridad

 


Fuente: El Mundo
Fecha: 08/09/09

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