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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

 Expertos

Ángel Sande


Almirante (R)

El silencio de los militares


La dimisión/destitución por el presidente de los EE.UU. del General McChrystal lleva a reflexiones varias; la más evidente, al habitual silencio de los militares. No cabe objeción alguna: El Presidente no tenía otro opción; y si aceptamos como exacto que con hondo pesar ha aceptado la dimisión, no ha querido poner mancha seria en su historial.

Un Mando militar no puede descalificar o contradecir en público a su Comandante en Jefe, y mucho menos con malas formas; estas, ni con el enemigo en batalla ni con el reo -¡Pedro Crespo y Álvaro de Atayde!- en el patíbulo.

Visto el deplorable ejemplo, y ciñéndonos a nuestra España de hoy, con su pasado ¿acaso el militar, aún en asuntos profesionales, ha de permanecer en silencio?

Las misiones/operaciones son el fruto de un sinfín de tareas previas de toda la institución militar -desde el reclutamiento y la enseñanza hasta el acarreo de la última bala al último rincón del planeta- durante un largo tiempo anterior.

Si de operaciones/misiones hablamos, una vez que en el planeamiento ha puesto su leal saber y entender para que cuenten con los medios y se aborden como él estima debe hacerse, al militar implicado solo le cumple obedecer, quedando al Mando el privilegio de solicitar su relevo, si el desacuerdo -con modos, tiempos y medios para ejecutar la ORDEN- es grande.

Mas ese sinfín de tareas previas, junto con las normas y directrices a que responden ¿puede ser sometido a crítica? Y aún, en este mundo en que la realidad existe porque existe en los medios de comunicación -¡si Celso Emilio Ferreiro levantara la cabeza!- para que la nación conozca que la milicia es algo vivo ¿realizar esa crítica en público?

Si a las normas y directrices unimos el espíritu que todo ello informa, la esencia de las FAs, la pregunta es ya perentoria ¿En silencio los militares?
No; con excepciones claras -por rango o implicación directa- y con el respeto a formas y fuentes, no parece conveniente, ni para la gente de armas ni para la nación. En tiempo de paz, naturalmente.

Puesto que la ciudadanía elige sus gobernantes según los programas que estos proponen, es inexcusable que conozca las instituciones primordiales del Estado según la Constitución, entre ellas las FAs; conocimiento que sólo llega hoy, estimo, si existen en los medios de comunicación.
Repito pues: ¿se pueden someter a crítica en público los asuntos militares?

Aceptar en silencio -no hablo de la ORDEN, que se da por quien puede y debe- el modo, tiempo y medios impuestos para desarrollar las tareas, podría llevar al ánimo de la nación, en tiempos difíciles, que el militar no tiene criterio y tan solo sabe asentir ante los políticos al mando.

Y estos, en la mediocracia -Pte. González dixit, inclinándose la de los medios, sin descartar fuese la de los mediocres- de hoy, legos en el como, el cuando, y el con qué, podrían pensar, bienintencionados pero engañados por el silencio, que su criterio - como electos- es mejor que el de los profesionales. Y esa convicción podría llevarles a moldear el futuro de las FAs con criterios temporales y ajenos a su espíritu. Es su privilegio, cierto, mas también el riesgo de la nación. Cabría, pues, preguntarse como ciudadanos ¿hemos de renunciar al sentido crítico?

No se cuestiona la primacía de lo civil sobre lo militar, la Constitución es bien clara, pero, ante lo peculiar -por fines, medios y motivaciones- de la institución, y tanto por darla a conocer a la sociedad como para mostrar que, siendo gentes con criterio, obedecen por principio, ¿no sería deseable mayor comunicación de los componentes de las FAs con la sociedad a la que sirven?

No hablo sólo de retirados, con su experiencia, sino también del militar en activo, conocedor de la naturaleza de los problemas y del resultado de las soluciones adoptadas; escuchar a ambos solo bien a la institución y a la sociedad traerá. siempre que con rectitud de intención se haga: si al hacerlo no se oíga ruido de sables o atentado a la disciplina.

Sobrados ejemplos hay ya de artículos -en revistas especializadas usualmente- excelentes que suelen poner "el dedo en la llaga" -banalización de lo militar, síndrome del militar quemado, futuro mercenario, etc.- mas ¿han llegado a la sociedad?

De levantarse el prejuicio -dentro y fuera- la nación sabría que existimos y que tenemos opiniones, en lo profesional, no siempre conformes con el mando civil o militar; y que ello no pone en riesgo nuestra obediencia. la obediencia de los hombres libres, ni súbditos ni militantes.
Y así quizá, al conocernos, apreciarnos.

Aunque, visto que los militares ya se expresan públicamente, quizá la pregunta debería ser: ¿Interesa la opinión profesional del militar a sus conciudadanos en España?

Me asalta lo leído en los 70, en un Proceedings de la U.S. Navy escrito por un Major de Marines en la sección "Nobody asked me, but." y que trataba de algo así como: Lo que los Coroneles no quieren oír. pues tendrían que exponerlo a su General.

Exageraciones al margen, y si acaso piensan que eso se puede dar, prueben a sustituir las denominaciones militares por las civiles que a bien tengan.

 


Fuente: ateneadigital.es
Fecha: 15/07/10

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