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Dirección y Gestión de la Seguridad Global.

 

 Expertos

Eduardo Olier Arenas


Presidente del Instituto Choiseul España

Director de la cátedra de Geoeconomía de la Universidad
CEU San Pablo

La inteligencia económica en un mundo globalizado


 

Artículo cedido por:


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INTRODUCCIÓN

En 1992 uno de los autores del presente Cuaderno publicó el libro de título La máquina de guerra económica(1). Ya en su inicio, el autor alertaba sobre la importancia de la economía en las relaciones internacionales. Una importancia que el autor llevaba hasta los tiempos del término de la Segunda Guerra Mundial y que conectaba entonces con los iniciales procesos de la globalización y de sus intercambios, los cuales estaban modificando la misma noción de conflicto. Y ya entonces alertaba sobre los efectos de la guerra económica que, contrariamente a la guerra tradicional, comporta acciones que son muchas veces invisibles y decisivas.

Acabada la Guerra Fría, Harbulot se centraba igualmente en la desaparición de la bipolarización en el mundo y la creciente hegemonía norteamericana. Desaparecida la Unión Soviética, solo quedaba uno de los jugadores, un hecho sobre el que muchos años antes, en 1968, hacía sentir su preocupación Jean-Jacques Servan-Schreiber(2), manifestando el problema de manera muy contundente: «No nos hallamos en presencia de un imperialismo político clásico —decía—, de una voluntad de conquista, sino más mecánicamente en un desbordamiento de poder debido a la diferencia de `presión´ entre la América del Norte y el resto de mundo, comprendida Europa». Añadiendo en otro lugar del libro que: «Actuar, ¿cómo? Luchar, ¿contra quién?... Pues la General Motors no es la Wehrmacht, el caso Bull no es Múnich, y el Concorde no es Sedán. Asistimos a la primera gran guerra sin armas ni fortificaciones».

Pero no solo fueron conscientes de este problema los franceses. También los japoneses se dieron cuenta de la importancia de la economía como un nuevo espacio de dominio. Y casi desde el término de la Segunda Guerra Mundial, con sus Fuerzas Armadas, destrozadas y sin posibilidad de recomposición, iniciaron el camino de su reconstrucción industrial y de su posición como una de las potencias económicas del planeta. De manera que, con el tiempo, en los inicios de los años noventa, iniciaban su tercera revolución industrial con el potente MITI conduciendo las operaciones económicas ofensivas y defensivas. Y con los japoneses, otras naciones también desarrollaban estrategias para expandir su potencial económico, tecnológico o comercial hacia otros lugares. Una expansión que se demostró defensiva en algunos casos, sobre todo en países de menor tamaño como Suecia.

Un poco antes del libro de Harbulot al que antes aludimos, Edward Luttwak, experto reconocido en geopolítica, de origen rumano pero afincado en Estados Unidos, lanzó un nuevo concepto en la revista The National Interest(3). Era la primera vez que surgía el término geoeconomía. Para Luttwak, «la geoeconomía es el mantenimiento de la antigua rivalidad existente entre las naciones utilizando medios económicos en lugar de bélicos». Lo que amplió en 1993 en su libro The Endangered American Dream(4), indicando que «la geoeconomía mide el progreso mediante la participación que un determinado producto alcanza en el mercado, en lugar de centrarse en el avance que una fuerza militar realiza sobre el mapa». Surgía así el entronque de la economía con la geopolítica. Las guerras económicas tomaban de esta manera carta de naturaleza como parte integrante del hecho económico. Economía y política se unían en nuevos escenarios bélicos alejados de los conflictos militares tradicionales.

Y al tratarse de nuevos escenarios, la complejidad de los mismos se multiplicaba enormemente. El arte de estas nuevas guerras se hacía mucho más sofisticado. Un hecho que, a inicios de los noventa, también desarrollaba otro teórico de la geoeconomía, Pascal Lorot.

Lorot, fundador y director de la revista francesa Géoéconomie, definía en 1990 la geoeconomía como «el análisis de las estrategias de orden económico —especialmente comerciales— decididas por los Estados en el contexto de las políticas conducentes a proteger las economías nacionales o ciertos elementos bien determinados de estas, a adquirir el dominio de ciertas tecnologías claves y/o a conquistar ciertos segmentos del mercado mundial relativos a la producción o comercialización de un producto o de una gama de productos sensibles, sobre los cuales su posesión o su control confiere a los detentadores —Estado o empresa nacional— un elemento de poder o de proyección internacional y contribuye al reforzamiento de su potencial económico y social». Un poder que se llevaría a cabo según el concepto de soft power desarrollado por Joseph S. Nye (5).

La estrategia de soft power necesitaba por tanto de nuevas técnicas. Una de ellas, antigua como el arte mismo de la guerra, era la utilización de los servicios de inteligencia. Anticiparse al enemigo requería conocer su estrategia y sus movimientos con antelación. De ahí la necesidad de nuevos métodos de acuerdo con los nuevos tiempos. Aparecía con fuerza la inteligencia económica como la utilización de los servicios de inteligencia en el medio económico. Los Estados debían saber qué hacer en el nuevo mundo global que se avecinaba.

Se daba así un nuevo giro a las actividades de inteligencia, naciendo el concepto de «inteligencia económica» como el conjunto de acciones coordinadas de investigación, tratamiento y distribución de la información para tomar decisiones en el orden económico. Acciones que se dirigen tanto al ámbito de la economía nacional como en el dominio empresarial, pues la globalización de los mercados pone también en riesgo a las propias empresas. La defensa de los intereses económicos, por un lado, y, por otro, la necesidad de lograr ventajas respecto de los competidores —a nivel empresarial o estatal— han sido el motor decisivo del desarrollo de potentes instrumentos de inteligencia económica al servicio de los intereses nacionales y de importantes empresas transnacionales de muchos países que hoy dominan la escena económica mundial.

Y es en este contexto donde quiere moverse el presente Cuaderno del Instituto de Estudios Estratégicos, ya que la defensa de los intereses nacionales ha de incluir también los aspectos económicos, claves hoy en el mundo global en el que vivimos. Un hecho largamente olvidado en España, que solo desde hace relativamente poco tiempo se ha ocupado de la importancia que tienen los servicios de inteligencia económica, más allá de dotar de seguridad a personas o instalaciones críticas.


NOTAS

(1) HARBULOT, Christian. La machine de guerre économique. Estados Unidos, Japón, Europa: Ed. Económica, 1992.

(2) SERVAN-SCHREIBER, Jean-Jacques. El desafío americano. Plaza y Janés, 1968.

(3) LUTTWAK, Edward. «From geopolitics to geoeconomics: Logic of conflict, grammar of commerce». The National Interest, verano de 1990, pp. 17-23.

(4) LUTTWAK, Edward. The endangered American dream. Simon & Shuster, 1994.

(5) NYE, Joseph. Soft power: The means to success in world politics. Public Affairs, 2004.

 

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Suplemento Temático: Los nuevos retos del Director de Seguridad

 


Fuente: Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE)
Fecha: 2013

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