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Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio.
 

 Expertos

José García Medina


Director de Seguridad Corporativa de Vodafone España

No es nada personal, son sólo negocios…


La necesidad de poder sentirse bien consigo mismo, de racionalizar y justificar un delito, es esencialmente un patrón común fácilmente reconocible en muchos casos.

Como cada mañana, Ramiro P.A. se dirigió a la sede de la multinacional de equipamientos electrónicos InShigt donde trabaja como responsable de Proyectos Internacionales. Tomó un café junto a sus compañeros de equipo, saludó a su jefe y, una vez en su despacho, comprobó en su ordenador la bandeja de correo electrónico. Nada nuevo en esta mañana de lunes, los mismos anuncios corporativos, unos mensajes pidiendo el cierre de las cifras trimestrales y poco más. En definitiva, vuelta a la penosa rutina tras un fin de semana en su casa de la costa.

Ocho años en la compañía y el ascenso prometido no había llegado. De hecho, le habían pedido que ayudase a su nuevo jefe y ni tan siquiera le habían pagado este año el “bonus”.

A fin de cuentas, la empresa ganaba con él mucho dinero. Había invertido en ella mucha energía y esfuerzo. Tanto, que le había costado su propio matrimonio. ¿Por qué él no podía beneficiarse personalmente de sus éxitos profesionales? A fin de cuentas, él negociaba con los proveedores el “mejor precio para su empresa”, permitiendo a los proveedores que pudieran tener un buen margen. Eso sí, incluyendo en el acuerdo su particular “comisión” personal.

En definitiva, no se trata de un robo. La empresa gana, el proveedor gana y él gana… son sólo negocios.

En la mente de Ramiro no cabe la posibilidad de verse a sí mismo como un defraudador. Es sólo una parte más del negocio, en el que se ve como un vértice complementario al del comprador y proveedor.

Sin embargo, toda la justificación para su actividad ilegal no es otra que la personal. Para él, sus acciones son correctas desde el momento en que la empresa, por la que ha dado tanto, no le recompensa como él considera en justicia y decide resarcirse obteniendo dinero por parte de algunos proveedores.

Este mecanismo de autojustificación es muy común encontrarlo en la mayoría de los defraudadores.

Racionalización

Para servir como base para su investigación, Donald Cressey entrevistó a cerca de 200 personas que habían estado en prisión por malversación de fondos. Sobre la base de sus entrevistas con estas personas, Cressey desarrolló la siguiente hipótesis, que sigue siendo el modelo clásico para el estudio del fraude ocupacional: “Personas de confianza se convierten en defraudadores cuando se ven a sí mismas en un problema financiero que no pueden compartir. Son conscientes de que ese dilema puede ser resuelto en secreto violando la confianza depositada y son capaces, en esa situación, de justificar su conducta ajustando la concepción de sí mismo como persona de confianza y usuarios de los fondos o propiedades encomendadas”.

Posteriormente, esta hipótesis sería conocida como el triángulo del fraude, la cual aproxima y llama la atención, sobre los tres aspectos fundamentales y necesarios para la existencia del fraude: incentivo, oportunidad y racionalización.

El defraudador típico, en primer lugar, basa su acción en el incentivo, siendo la más habitual la presión financiera, aunque podría ser también la consecución de objetivos desafiantes y retadores. La oportunidad suele aparecer como una debilidad en el sistema de control de la que el defraudador se aprovecha.

Por último, y la más “personal”, necesita  racionalizar su acción, por medio de una actitud o proceso mental que le permita llevar a cabo el fraude justificando que con él va a resolver un problema inmediato, una necesidad o ver redimida una injusticia. Es este elemento, el de la racionalización, en el que el defraudador emplaza el proceso de concepción, planificación y realización del fraude. 

Después de todo, las personas no nacemos deshonestas. Es un proceso que se aprende y adquiere a través de la racionalización.

Perfiles

Las principales señales de alerta de comportamiento, de acuerdo con ACFE (Association of Certified Fraud Examiners), que se vienen incluyendo prácticamente de forma repetida en los diferentes informes anuales, son los siguientes: 

  • Mantener una inusual y estrecha asociación con el proveedor o cliente (19 por ciento). 
  • Problemas de control y falta de voluntad para compartir funciones (18 por ciento). 
  • Utilización de técnicas “poco éticas” y falto de escrúpulos en los negocios (15 por ciento). 
  • Divorcio/problemas familiares (15 por ciento). 
  • Actitudes de irritabilidad, desconfianza o defensiva (13 por ciento). 
  • Problemas de adicción (8 por ciento). 
  • Negativa a tomar vacaciones (7 por ciento).

El distinguir a un defraudador entre la multitud es tarea difícil, por no decir imposible. No obstante, tal y como se incluyen en numerosos informes especializados, la investigación de los casos ayuda a identificar ciertos rasgos comunes, así como las señales de alerta a tener en cuenta. Esto es, en su forma básica, la creación y estudio de “perfiles”.

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Suplemento Temático: Los nuevos retos del Director de Seguridad

 


Fuente: Seguritecnia
Fecha: 2016

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